5.3 Dequantization and Evaluation
5.5.2 Spectral Sum Approximations
Quizá sea interesante que dé aquí algunos detalles sobre nuestras creencias. Nuestra religión es una forma de budismo, pero no existe una palabra que pueda dar una idea exacta en la traducción. La llamamos «la Religión », y a los de nuestra fe les llamamos «los que están dentro». A los de otras creencias los designamos con una palabra que puede significar «los que están fuera» o «los extraños». La palabra más aproximada, ya usada en Occidente, es lamaísmo. Se aparta del budismo en que nuestra religión es de esperanza y de creencia en el futuro. El budismo nos resulta una religión negativa, una religión de la desesperanza.
Muchos sabios han estudiado y comentado de un modo erudito nuestra religión. Muchos de ellos nos han condenado porque les ciega su propia fe y no admiten otros puntos de vista. Algunos han llegado a llamarnos «satánicos ». La mayoría de estos escritores han basado sus opiniones en referencias muy indirectas de los escritos de otros autores. Es posible que unos cuantos hayan estudiado nuestras creencias durante unos cuantos días y se hayan creído competentes para escribir libros sobre el tema e interpretar y difundir lo que ha costado toda una vida a nuestros hombres más sabios llegar a saberlo y comprenderlo.
Imagínense ustedes las enseñanzas de un budista o de un hindú que haya repasado durante un par de horas la Biblia y pretenda explicar los puntos más sutiles del cristianismo. Ninguno de estos autores que han escrito sobre el lamaísmo ha vivido desde niño como monje en una lamasería ni ha estudiado los Libros Sagrados. Estos Libros son secretos; secretos, porque no son asequibles a los que pretenden lograr una salvación rápida y sin esfuerzo.
Los que deseen dominar algunos de nuestros ritos o una forma de autohipnosis, pueden conseguirlo si va a servirles de algo. Pero esa no es la realidad íntima, sino un juego de niños. A algunos les resultará muy consolador que se pueda cometer pecado tras pecado y que luego, si la conciencia les molesta demasiado, baste ofrecer cualquier presente en el templo más cercano para que los dioses, agradecidos, le otorguen un perdón inmediato y total; con lo cual pueden comenzar de nuevo a pecar. Pero la verdad es que existe un Dios, un Ser Supremo. ¿Qué importa cómo le llamemos?
Dios es un hecho.
Los tibetanos que han estudiado las verdaderas enseñanzas de Buda nunca piden misericordia ni favores, sino sólo que el hombre los trate con justicia. Un Ser Supremo esencia de la justicia no puede ser misericordioso con uno y no con otro, ya que esto sería la negación de la justicia. Rezar para obtener misericordia o favores, prometiendo oro o incienso si se logra lo que se desea, supone dar por cierto que la salvación se concede al mejor postor; que Dios anda escaso de dinero y puede ser «comprado».
El hombre puede mostrarse misericordioso con sus prójimos, pero rara vez lo hace; y en cuanto al Ser Supremo sólo puede ser justo. Somos almas inmortales. Nuestra plegaria: «Om manipad-me Hum!» se suele traducir al pie de la letra de este modo: « ¡la Joya del Loto!» Los que hemos avanzado un poco más en nuestra religión sabemos que su verdadero significado es: « el Super-Ser del hombre!» No existe la muerte. Como uno se quita la ropa al terminar la jornada, lo mismo se quita el alma del cuerpo cuando éste se duerme. Así como se desecha un traje cuando se ha gastado, también se desecha el alma al cuerpo cuando está excesivamente usado o se ha roto. Morir no es más que el acto de nacer en otro plano de la existencia. El Ho mbre, o el espíritu del Hombre, es eterno. El cuerpo es sólo la vestidura temporal que cubre el espíritu y es elegido según la tarea que corresponda a cada persona en la tierra. La apariencia externa carece por completo de importancia.
Lo que importa es el alma. Un gran profeta puede presentarse disfrazado de pobre, mientras uno que ha pecado en una vida anterior puede presentarse en su nueva encarnación como un potentado para ver si comete los mismos pecados sin tener la eximente de la pobreza.
La Rueda de la Vida es la expresión que aplicamos al acto de nacer, de vivir en este mundo, morir, volver al estado de espíritu puro y luego nacer de nuevo en diferentes circunstancias y condiciones. Un hombre puede haber sufrido mucho en una vida sin que esto signifique necesariamente que fuese malo en una vida anterior;
puede muy bien habérsele colocado en esa situación para que aprenda con mayor rapidez ciertas cosas. ¡Se aprende mucho más por la experiencia que de oídas! Uno que se suicida puede renacer en otra vida para completar los años que no pudo vivir en una vida anterior, pero esto no implica que todos los que mueren jóvenes, o de niños, sean suicidas. La Rueda de la Vida se aplica a todos, desde los mendigos a los reyes, a los hombres y a las mujeres, a las razas de color y a las blancas. Por supuesto, esto de la Rueda es sólo un símbolo, pero resulta de gran claridad para todos aquellos que no pueden estudiar a fondo el asunto.
No se pueden explicar las creencias tibetanas en un par de párrafos; el Kangyur (o Escrituras tibetanas) se compone de un centenar de libros, y ni siquiera leyéndolos todos ellos se puede conocer a fondo el tema. Hay mu chos libros ocultos en remotas lamaserías, libros que sólo conocen los Iniciados.
Durante muchos siglos, los pueblos de Oriente han conocido las varias fuerzas y leyes ocultas y han sabido que todas ellas se basan en la utilización de energías naturales. En vez de prescindir de estas fuerzas bajo el pretexto de que no pueden ser pesadas ni probadas con reacciones químicas, los hombres de ciencia orientales han procurado siempre dominar esas leyes de la Naturaleza. Por ejemplo, no nos interesa la mecánica de la clarividencia, sino los resultados de esta facultad. Hay gente que pone en duda que se pueda ser clarividente; son como los que han nacido ciegos y opinan que es imposible ver porque ellos no lo han experimentado, porque ellos no pueden comprender cómo es posible ver un objeto que se encuentra a cierta distancia si no hay un contacto inmediato entre ese objeto y los ojos.
La gente tiene auras, perfiles de color que rodean al cuerpo, y ateniéndose a la intensidad de estos colores, quienes dominan ese arte pueden deducir la salud, integridad, y estado general de evolución de esa persona. Este aura es la radiación de la fuerza vital interna, el ego o alma. En torno a la cabeza hay un halo o nimbo que también forma parte de esa fuerza. Con la muerte, la luz se apaga porque el yo abandona al cuerpo y emprende su viaje a la etapa siguiente de la existencia. Se convierte en un fantasma. Al principio se desorienta y vaga por los espacios astrales sin saber adónde dirigirse, seguramente por el deslumbramiento que le produce su brusca separación del cuerpo. Es muy posible que al principio no tenga conciencia de lo que le sucede. Por eso los lamas asisten a los moribundos para informarles de las etapas que han de recorrer. Si se descuida esta información, el espíritu puede sentirse arrastrado de nuevo hacia la Tierra por los deseos de la carne. Los sacerdotes tienen el deber de romper esos vínculos. Con bastante frecuencia atendíamos a un servicio religioso especial: la Orientación de los Espíritus.
La muerte no causa terror a los tibetanos, pues creemos que se puede pasar de esta vida a la siguiente con gran facilidad si se toman ciertas precauciones.
Para ello es necesario seguir ciertos caminos claramente definidos y pensar dentro de ciertas líneas. El servicio a que me he referido se realiza en un templo hallándose presentes unos trescientos monjes. En el centro del templo se sitúan cinco lamas telepáticos sentados en círculo cara a cara. Mientras que los monjes, dirigidos por un abad, salmodian, los lamas procuran mantener el contacto telepático con las almas perdidas. No es posible traducir con exactitud las oraciones tibetanas, pero trataré de aproximarme:
Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que vagáis desorientados por la tierra fronteriza. Los vivos y los muertos habitan en mundos distintos; ¿dónde pueden verse sus rostros y oírse sus voces? Quemamos la primera barra de incienso para que un espíritu errante encuentre su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas todos aquellos que vagáis desorientados.
Las montañas se elevan hacia el cielo, pero nada se oye. Basta una suave brisa para agitar las aguas y las flores siguen floreciendo. Las aves no emprenden el vuelo al acercarse vosotros, ya que ni os ven ni os sienten. Quemamos una segunda barra de incienso para que otro espíritu errante encuentre su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que vagáis extraviados.
Éste es el Mundo de la Ilusión. La vida es sueño. Todos los que nacen han de morir. Sólo el Camino de Buda conduce a la vida eterna.
Quemamos una tercera barra de incienso para que otro espíritu errante encuentre su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que tenéis poder, todos aquellos que habéis sido entronizados y abarcáis en vuestro reino montañas y ríos. Vuestros reinos sólo han durado un instante y las quejas de vuestros pueblos no han cesado. Corren ríos de sangre por la Tierra y los suspiros de los oprimidos barren las hojas de los árboles. Quemamos una cuarta barra de incienso para que los espíritus de los reyes y dictadores encuentren su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas todos vosotros; guerreros que habéis herido, matado e invadido, ¿dónde están ahora vuestros ejércitos?
Ruge el suelo y la maleza cubre los campos de batalla. Quemamos la quinta barra de incienso para guiar a los espíritus de los señores de la Guerra que no encuentran su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas, todos los que sois artistas y sabios, los que habéis trabajado escribiendo y pintando. En vano habéis esforzado vuestra vista y gastado muchos tinteros. Nada se recuerda de vosotros y vuestras almas han de seguir su camino. La sexta barra de incienso la quemamos para que los espíritus de los escritores y artistas encuentren su camino.
Escuchad las voces de nuestras almas, vosotras, hermosas vírgenes y damas de elevada condición, cuya juventud puede compararse con una fresca mañana de primavera. Después del abrazo de vuestros amantes se rompen vuestros corazones. Llega el otoño y luego el invierno, se marchitan las flores y se secan los árboles y, lo mismo que la belleza, se convierten en esqueletos. Quemamos la séptima barra de incienso para que los espíritus de las vírgenes y de las damas de elevada condición se libren de los vínculos de este mundo.
Escuchad las voces de nuestras almas, vosotros, los mendigos y ladrones y cuantos hayáis cometido crímenes contra vuestros prójimos y no halléis descanso. Vuestra alma vaga por este mundo sin hallar amigos y no encontráis justicia dentro de vosotros. Quemamos la octava barra de incienso por todos los espíritus que han pecado y que ahora van errantes y solitarios.
Escuchad las voces de nuestras almas, prostitutas, mujeres de la noche, y todas aquellas contra las cuales han pecado los otros y que ahora vagáis solas por fantasmales espacios. Quemamos la novena barra de incienso para que estos espíritus encuentren su camino y se liberen de las cadenas de este mundo.
En la penumbra del templo, cargada de humo de incienso, danzan detrás de las imágenes de oro las sombras producidas por la vacilante luz de las lamparillas. La atmósfera se hace aún más densa con la concentración mental de los monjes telepáticos que se esfuerzan en mantener el contacto con los que se han marchado de este mundo y que, sin embargo, siguen ligados a él.
Los monjes de túnicas rojo-oscuro están sentados en dobles filas, cara a cara, entonando la Letanía de los Muertos, y unos tambores ocultos marcan el ritmo monótono del corazón humano. De otra parte del templo, como de un cuerpo humano, llegan los rumores de los diferentes órganos, el murmullo del fluir de los líquidos corporales y la respiración de los pulmones.
A medida que prosigue la ceremonia, cambian los sonidos del cuerpo, se van haciendo más lentos y espaciados, hasta que por fin desaparecen para dejar paso al espíritu que abandona sus vestiduras terrenales. Ese momento se oye materialmente; es como un aletear, un suave estertor y, por último, el silencio total. El silencio que llega con la muerte. Y no hay que estar dotado de facultades metafísicas para percibir en tal silencio la presencia de otros seres que esperan y escuchan. Paulatinamente, a medida que la instrucción telepática continúa, va disminuyendo la tensión. Es que los inquietos espíritus están pasando a la siguiente etapa de su viaje astral.
Creemos firmemente que nacemos una y otra vez. Pero no sólo en esta tierra. Hay millones de mundos y sabemos que la mayoría de ellos están habitados. Por supuesto, es gente muy distinta a los seres humanos que conocemos.
En el Tíbet no hemos creído ni por un momento que el Hombre sea la forma más elevada y más noble de evolución. Creemos que por ahí, en otros mundos, se pueden hallar formas de vida mucho más perfeccionadas, gente incapaz de lanzar bombas atómicas. Yo he visto, en nuestro país, descripciones de extraños artefactos que vuelan por los cielos. Les llamamos los “Carros de los Dioses”. El lama Mingyar Dondup me contó que un grupo de lamas había establecido comunicaciones telepáticas con esos «dioses» y éstos les dijeron que estaban contemplando la Tierra de un modo semejante a como los humanos contemplamos los peligrosos animales salvajes en un parque zoológico.
Se ha escrito mucho sobre la levitación. Se puede lograr, y yo lo he visto muchas veces. Desde luego, se necesita una gran práctica. Pero no tiene objeto perder tiempo en esto cuando existe un medio mucho más seguro y fácil de elevarse sobre la tierra. Me refiero al viaje astral. La mayoría de los lamas lo dominan y cualquier persona que posea la paciencia necesaria podrá disfrutar de las ventajas de este arte tan útil y agradable.
Durante las horas en que estamos despiertos, nuestro Yo se encuentra preso en el cuerpo físico y se necesita un cierto entrenamiento para separarlos.
Cuando dormimos, sólo reposa el cuerpo físico. Mientras, el espíritu se libera de toda traba y suele marcharse al reino de los espíritus lo mismo que un niño regresa a su hogar cuando terminan las clases. El yo y el cuerpo físico mantienen el contacto por medio del Cordón de Plata, que puede estirarse ilimitadamente. El cuerpo permanece con vida mientras ese Cordón de Plata no se rompa. Con la muerte, al nacer el espíritu a una nueva vida, se rompe el Cordón, como se parte el cordón umbilical para separarnos de nuestra madre. Para un bebé, el nacimiento significa la muerte de la vida que llevó en el cuerpo de su madre. Para el espíritu, la muerte significa un nuevo nacimiento a un mundo espiritual más libre. Mientras el Cordón de Plata permanezca intacto, el ego podrá vagar libremente durante el sueño y en el caso de los que se han entrenado especialmente, lo hará de un modo consciente. El vagar del espíritu produce en sueños con las impresiones transmitidas a lo largo del Cordón de Plata. Cuando la mente física las recibe va «racionalizándolas» para adaptarlas a la visión del mundo que tiene el ser humano. En el mundo espiritual no existe el tiempo — es un concepto puramente físico— y por eso hay ensueños larguísimos y muy complicados que ocurren en una fracción de segundo. Probablemente, todos hemos tenido algún sueño en que hemos hablado con alguna persona que se halla muy lejos, quizá más allá del Oceáno. Otras veces se nos habrá dado algún mensaje y al despertar tenemos la fuerte impresión de que debemos recordar algo. Con frecuencia recordamos haber encontrado en sueños algún amigo o parientes distantes y nada tiene de particular que al poco tiempo recibamos noticias directas o indirectas de esa persona. La memoria de los que no están preparados suele deformarse y a ello se debe el aspecto ilógico y disparatado de los sueños y las pesadillas.
En el Tíbet viajamos mucho por medio de la proyección astral —no por levitación—, y se trata de un procedimiento que podemos controlar a voluntad. Hacemos que el yo abandone el cuerpo físico, aunque siga unido a él por el Cordón de Plata. Podemos viajar por donde queramos con la mayor velocidad concebible. La mayoría de nosotros posee la habilidad de realizar esos viajes, pero muchos, después de haberse lanzado, han sentido un gran choque psíquico por falta de entrenamiento. Probablemente todos han tenido la sensación de dormirse y luego, sin razón aparente, despertarse violentamente, como por una fuerte sacudida. Esto se debe a una exteriorización del yo excesivamente rápida, una separación demasiado brusca de los cuerpos fisico y
astral. Esta violenta contracción del Cordón de Plata hace que el cuerpo astral vuelva, como si tirase de él un elástico demasiado distendido, a introducirse de nuevo en su vestidura física. De todos modos, la sensación es mucho peor cuando se regresa después de un viaje. El ser astral está flotando a enorme altura sobre el cuerpo como un globo al extremo de una cuerda. Algo, quizá un ruido externo, hace que el astral se reintegre al cuerpo con excesiva rapidez. Entonces, el cuerpo despierta repentinamente y tenemos la horrible sensación de estar cayendo por un precipicio y de habernos detenido en el mismo momento en que íbamos a estrellarnos.
El viaje astral, perfectamente controlado y sin perder la conciencia, puede ser realizado casi por todos. Necesita práctica, pero sobre todo al principio requiere un absoluto aislamiento para que nadie pueda interrumpirnos.
Esto no es un texto de metafísica, por lo cual no intento dar instrucciones sobre la manera de viajar astralmente; pero hay que insistir en que estos experimentos producen trastornos si no se cuenta con un buen maestro.
No es que haya un peligro, pero se está expuesto a choques psíquicos y trastornos emotivos si dejamos que el cuerpo astral abandone el cuerpo físico o regrese a él inoportunamente. Además, las personas que padecen del corazón nunca deben practicar la proyección astral. Aunque no existe un peligro en la proyección misma, sí lo hay —y muy grande—, tratándose de personas de corazón débil, si una persona entra en la habitación y