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Las relaciones familiares son una curiosa mezcla de biología y libertad, como lo es el hombre mismo. Es biología, porque ser hijo y hermano es biología. Y es libertad, porque hay libertad al elegir la media naranja o al no elegirla; y hay libertad para vivir con amor o con egoísmo, para querer y para perdonar. La libertad convierte una relación natural y biológica en un afecto y una amistad particularmente intensa que enraíza fuertemente nuestra personalidad en la existencia y en la sociedad.

Ordinariamente, por ese fuerte amor paternal, maternal y fraterno —biología y libertad — hemos sido cuidados y educados: hemos aprendido a hablar y a comportarnos, y hemos sido introducidos en la sociedad, en un mundo de relaciones, de costumbres y de conocimientos. Esas relaciones nos dan un lugar en el mundo; y son una fuente de sentido para la vida; sin esos lazos, flotaríamos. Claro es que hay madres desnaturalizadas, padres borrachos, hermanos egoístas... Pero todo niño espera —en la medida en que sabe lo bueno que es— que su madre lo mime y su padre le quiera; y todo anciano desea tener al lado un descendiente que le preste atención. Todo hombre normal aspira a ser amado mientras vive y a ser llorado cuando muere; y a tener a quién transmitir su experiencia, y en quién confiar sus negocios, y su querida casa... Los lazos de la carne y de la sangre son los cauces naturales y espontáneos del amor, de la confianza e incluso de la economía. Y esto sucede en todas las culturas, y entre personas de toda condición. En sociedades más primitivas, son mucho más fuertes. En las modernas sociedades occidentales, más débiles: pero con un coste evidente de soledad, de frialdad social, y de problematización del sentido de la vida.

El sentido de la vida no viene tanto de tener planteadas y resueltas unas cuestiones teóricas, como la gran cuestión vital de amar y ser amado, y de jugar un papel en la sociedad. Por eso, el sentido de la vida de una persona tiene mucho que ver con asumir su papel en esa red de relaciones familiares: padre, madre, hija, hermano, también tío, abuela, etc.

Esos lazos tienen una fuerza sorprendente y crecen naturalmente como si se tratara de una hiedra vigorosa, con muy pocos medios. No hacen falta grandes condiciones personales: dotes de inteligencia, cultura, posición. La fuerza natural de la maternidad, la paternidad y la fraternidad empujan a la abnegación y a la ayuda mutua, facilitan el trato, y consolidan el amor, que es el mejor y el más elegante de los bienes humanos, aunque tenga expresiones vulgares. Basta con que la libertad quiera seguir a la naturaleza. Si los padres son sanos y tienen un mínimo de dominio de sí mismos, llegarán a querer mucho a sus hijos; y ese amor les llevará a ser más responsables, mejores trabajadores, mejores ciudadanos, mejores hombres; les dará una tarea y unas aspiraciones: hará que su vida tenga sentido, y les proporcionará muchos momentos de orgullo y felicidad.

La biología —la naturaleza— ayuda a querer y a cuidar a los niños pequeños, y la ilusión que se ha puesto, y el cariño que libremente se ha derrochado, dan lugar a un amor muy firme, que es el mejor clima para que un ser humano se desarrolle bien. En familia, es el único lugar donde los hombres son queridos por sí mismos, no porque sean

agradables o simpáticos, o poderosos o ricos, inteligentes o capaces: son queridos sencillamente por ser hijos o hermanos; más tarde, por ser padres, tíos, abuelos o parientes. La familia garantiza que las personas seamos tratadas uno a uno, y no en serie, como los pollos de una granja avícola. Los lazos de la carne y de la sangre son una garantía de trato humano y personal.

Y todo esto mueve resortes tan delicados y tan fuertes, que no hay quien lo sustituya. De hecho, a pesar de todo tipo de experimentaciones, y la «ingeniería social» de los regímenes totalitarios, todas las naciones desarrolladas tienden a imitar el modelo familiar en las instituciones que acogen niños abandonados y huérfanos. No parece haber alternativas mejores a lo que viene dada por la naturaleza. Y desde luego, otras perspectivas como la descrita en la famosa novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, no son muy prometedoras. La naturaleza es sabia: la libertad puede dominarla y manejarla hasta cierto punto, pero no sustituirla. La ecología es un redescubrimiento de nuestra época que no afecta sólo a los animales en extinción.

No siempre funciona. Pero es evidente que lo que está en juego es tan importante que, tanto a nivel individual como a nivel social, deberían ponerse todos los medios para que funcione. A veces una frivolidad estúpida impide hacerse cargo de la importancia de los bienes que están en juego; y de los graves costes personales y sociales que una degradación de la vida familiar genera. Alguien ha dicho que «si los niños pudieran votar suprimirían el divorcio»1; y también obligarían a sus padres a quererse, a respetarse, a respetarlos y harían lo posible para que no se destruyera el hogar que los acoje. No son solo ocurrencias románticas y prejuicios teóricos de signo conservador. Son las leyes de la vida. Es la ecología humana.

No siempre sale bien. Y quizá, por la lotería de la vida, puede tocarnos una familia rota. Cada circunstancia nos pide que hagamos lo que está en nuestra mano y, a veces, hay cosas que no lo están. En el prólogo de la novela Los perros negros, del escritor inglés McEwan, el protagonista revisa su triste infancia: su familia se deshizo y tuvo que vivir con su hermana que se llevaba mal con su marido, en un hogar que se degradaba por momentos. Recuerda su deseo —hambre— de familia, y cómo le gustaba relacionarse con los padres de sus amigos, apreciando ese bien que sus amigos disfrutaban sin valorarlo. Y recordando cómo se ocupaba de su pobre sobrina Sally, concluye: «Debería haber aprendido de mi experiencia con Sally que la forma más sencilla de recuperar a un padre perdido es convertirse en padre uno mismo; que para socorrer al niño abandonado que llevamos dentro, no hay mejor cosa que tener niños propios a los que querer»2; y, en otro momento: «Nunca tuve dudas al respecto; en alguna medida uno es huérfano para toda la vida; cuidar niños es una forma de cuidar de uno mismo»3. Lo que a veces no tiene remedio hacia el pasado, lo tiene hacia el futuro.

La familia se basa en dos pilares inseparables: el sexo, que representa a la biología, y el amor, que es la cumbre de las relaciones personales y el mejor fruto de la libertad. Necesita los dos elementos: el sexo es el origen biológico de la familia: origina un vínculo singular de amistad entre marido y mujer, genera a los hijos y lleva instintivamente a

cuidarlos. La libertad pone el amor, cuando acepta el sacrificio y la entrega que exigen la amistad conyugal y la crianza de los hijos. Los dos elementos se refuerzan y hacen falta en las mejores condiciones posibles.

El sexo tiene una fuerza extraordinaria. E.F. Sheed hace unas consideraciones llenas de sentido común: «La generación y la educación de los hombres requiere un máximo de orden, de estabilidad y de tranquilidad. Y el sexo, sin embargo, es la más turbulenta de las potencias humanas»4; y sigue: «La perpetuación de la raza humana que, por encima de todo, exige un marco ordenado de vida, está confiada al sexo que por sí mismo tiende al caos. En el matrimonio es donde se concilian estas dos cosas inconciliables. Los críticos del matrimonio no se han dado cuenta de lo increíblemente difícil y totalmente necesaria que es la conciliación que tiene lugar en el matrimonio. En el matrimonio, el sexo no pierde nada de su fuerza, pero se pone al servicio de la vida»5.

Es necesaria una disciplina sexual. El trato matrimonial de un hombre y una mujer lo encauza, aprovecha su fuerza, lo convierte en amor mutuo y en fuente de fecundidad, y lo corona y ennoblece con el amor a los hijos.

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