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Sraffa (1960) does not literally use ‘baskets of food’, but that is immaterial; the basic point still stands.

El 22 de julio de 1795 se firmó el segundo tratado de Basilea entre España, representada por Domingo de Iriarte, y Francia, representada por el ciudadano Barthélemy. Este acuerdo puso fin a la guerra entre ambas naciones y estipulaba la devolución por parte de los franceses de todas las plazas que habían ocupado en el norte de España, a cambio de la cesión de la parte española de la isla de Santo Domingo a Francia. De este modo, la vieja aspiración francesa de hacerse con el dominio de toda la isla, tras las infructuosas gestiones de 1698, 1740 y 1783, se vio por fin hecha realidad.

El tratado de Basilea establecía lo siguiente: “En cambio de la restitución de que se trata en el Artículo IV, el Rey de España por sí y sus sucesores, cede y abandona en toda propiedad

a la República Francesa toda la parte Española de la Isla de Santo Domingo en las Antillas”, y agregaba que “un mes después de saberse en aquella Isla la Ratificación del presente Tratado, las tropas españolas estarán prontas a evacuar las Plazas, Puertos y establecimientos que aquí ocupan, para entregarlos a las tropas francesas cuando se presenten a tomar posesión de ellas”. Por último, se concedía que “los habitantes de la parte Española de Santo Domingo, que por sus intereses u otros motivos prefieran transferirse con sus bienes a las posesiones de S. M. Católica, podrán hacerlo en el espacio de un año contando desde la fecha de este Tratado”1.

Las relaciones entre España y Francia se restablecieron por medio de la alianza sellada con el Directorio en el segundo tratado de San Ildefonso (1796), lo que provocó otro enfrentamiento con Inglaterra y la pérdida de una importante posesión española en el Caribe, la isla de Trinidad, que pasó a pertenecer definitivamente a dicho país tras la firma de la paz de Amiens, en 1802. Dos años antes, en 1800, España tuvo que devolver la Luisiana a Francia, que se la había cedido para compensarla por la pérdida de Florida, que quedó a su vez bajo soberanía británica después de la paz de París, firmada en 1763.

Sin duda, por debajo de estas sucesivas pérdidas territoriales, se trasluce una creciente debilidad de la política exterior española durante el reinado de Carlos IV. Cabe hablar incluso de cierto “pesimismo”, ya que “parece claro que el ministro Manuel Godoy daba por perdidas las Provincias de Ultramar, como lo revela en sus Memorias, donde expone el plan de crear una especie de federación hispánica, en la que los virreyes quedaban sustituidos por infantes de la casa de Borbón, y se establecían en cada uno de los virreinatos Senados formados por españoles y americanos al cincuenta por ciento”2.

1 E. RODRÍGUEZ DEMORIZI, La era de Francia en Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia,

vol. II, Ciudad Trujillo (Rep. Dominicana), Editora del Caribe, 1955, pp. 8-9.

2 L. DÍAZ TRECHUELO, “América en el reinado de Carlos IV”, en Demetrio Ramos Pérez (coord.),

América: de la Ilustración a la emancipación, “Gran Historia Universal”, vol. XI, Madrid, Ediciones Nájera, 1987, pp. 185-218; véase p. 213.

La cesión de la parte española de Santo Domingo a Francia, no obstante, revestía una especial trascendencia, dadas sus singulares características históricas y estratégicas. Como escribió Menéndez y Pelayo, los dominicanos fueron “vendidos y traspasados por la diplomacia como un hato de bestias”3, a pesar de tratarse de la primera tierra colonizada por los españoles en América y de contar con las instituciones más antiguas de las Indias, implantadas en la época de la conquista del nuevo continente. La isla, bautizada por Colón con el nombre de La Española, había servido como base de operaciones y punto de enlace con la península en los tiempos en que el dominio español sobre las tierras recién descubiertas estaba todavía en pleno proceso de consolidación.

Durante el siglo XVI, España conservó en su poder la totalidad de la isla, pero a causa del contrabando desarrollado por barcos franceses, holandeses e ingleses en la costa norte y noroeste de Santo Domingo, las autoridades de la metrópoli ordenaron la destrucción de los pueblos de esa zona, que se llevó a cabo entre 1605 y 1606, ante la incapacidad de la capitanía general para controlar dicho comercio clandestino. Estas devastaciones dejaron una gran parte del territorio de la colonia totalmente abandonada, lo que permitió que comenzase a ser ocupada hacia 1640 por bucaneros y filibusteros franceses procedentes de la isla de la Tortuga. Esta ocupación ilegal de la parte occidental de Santo Domingo fue un lento proceso de penetración alentado cada vez en mayor medida por las propias autoridades francesas que, hacia finales del siglo XVII, habían logrado extender su dominio a casi todo el extremo occidental de la isla. En el tratado de Ryswick, firmado en 1697, España se vio obligada a reconocer jurídicamente la existencia de la nueva colonia francesa, un reconocimiento que se vio confirmado tras la llegada de los Borbones al trono español en 1701.

A lo largo del siglo XVIII, los colonos franceses siguieron aumentando a su antojo el territorio bajo su control, actuación irregular que provocaba numerosos conflictos entre las

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J. D. BALCÁCER y M. A. GARCÍA ARÉVALO, La independencia dominicana, colección “Independencia de Iberoamérica”, nº 7, Madrid, Editorial Mapfre, 1992, p. 15. Los autores citan la obra de Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de la Poesía Hispanoamericana, vol. I, p. 298, pero no indican los datos de edición de la misma.

autoridades de las dos colonias. Finalmente, España vio la necesidad de fijar unos límites precisos entre ambos territorios, lo que se llevó a cabo por medio de un tratado firmado en Aranjuez en 1777. Sin embargo, la frontera continuaba siendo ignorada por los pobladores de Saint Domingue, como éstos llamaban a la parte occidental de la isla, y además “en diversas ocasiones (1698, 1740 y 1783), Francia hizo gestiones encaminadas a anexar la parte española de la isla a sus dominios. Pero las autoridades españolas siempre esgrimieron razones sentimentales (...), para no obtemperar con esa persistente demanda hasta que, en 1795, España se vio precisada a variar de posición cuando se firmó la Paz de Basilea”4.

3. SANTO DOMINGO Y SAINT DOMINGUE: DOS MODELOS DE

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