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STAKEHOLDER DIALOG

Nuestra vida afectiva es más que el entramado familiar concreto. En los amigos el amor encuentra también su realización; los amigos son, de pleno derecho, nuestros seres queridos. Queridos, porque han sido elegidos; los amigos se eligen; la familia no, ella simplemente está ahí antes y después. Queridos, porque se ha establecido entre ambas partes una comunicación amorosa. Esto es lo que diferencia la amistad de otras vinculaciones: "La amistad en sentido estricto, la verdadera amistad, puede combinarse o fundirse, y muchas

veces se combina o se funde de hecho, con la camadería, la simpatía social, la tertulia, la proximidad y el enamoramiento; pero difiere esencialmente de todos esos modos positivos... de la vinculación entre hombre y hombre. [...] La amistad de una comunicación amorosa entre dos personas, en la cual, para el mutuo bien de éstas, y a través de dos modos singulares de ser hombre, se realiza y perfecciona la naturaleza humana" (P. Laín Entralgo, Sobre la amistad, Espasa Calpe, Madrid 1985, 157).

Si con los amigos construimos nuestra persona, su muerte será también la fractura de nuestro propio universo personal. Cuando un amigo se me muere, algo muy mío se muere. El amigo es otro igual que yo, pues sólo desde esa igualdad fundamental se puede cimentar una amistad. Por ello entre los amigos hay una relación de igualdad e identificación mutua que lleva a compartir intimidades, experiencias, afectos, vivencias... Y ello hace que la muerte de un amigo se convierta en una experiencia exclusiva y única. La muerte de un amigo nos desazona por el hundimiento interior que provoca, por el reajuste a que nos conmina, por el vacío que nos deja. El testimonio de San Agustín ante la muerte de un amigo suyo es conmovedor y puede resultar muy representativo de los sentimientos que provoca:

"¡Con qué dolor se entenebreció mi corazón! Cuanto miraba era muerte para mí. La patria me era un suplicio, y la casa paterna un tormento insufrible, y cuanto había comunicado con él se me volvía sin él cruelísimo suplicio. Buscábanle por todas partes mis ojos y no aparecía. Y llegué a odiar todas las cosas, porque no le tenían ni podían decirme ya como antes, cuando venía después de una ausencia: "He aquí que ya viene". Me había hecho a mí mismo un gran lío y preguntaba a mi alma por qué estaba triste y me conturbaba tanto" (Confesiones, IV,4,9, en Obras, II, BAC, Madrid 1946, 437).

La muerte del amigo hace que para mí la muerte se individualice y se me haga muy cercana, casi propia: se me identifica y se me hace reconocible. La muerte de un amigo arroja despiadadamente ante mí la inexorable posibilidad de morir pronto, "casi-ya". La muerte me muestra su rostro cercano, inmediato, palpable. Porque mi amigo es un "casi-yo", su muerte es "casi-mía". Por ello la muerte del amigo altera mucho el ánimo: genera consternación, abatimiento y decaimiento. Reconstruir el propio universo tras la muerte del amigo es tarea ardua, pues la amistad se vive en lo concreto: espacios, tiempos, modos, hábitos, circunstancias, experiencias, etc. Y todo ello se ve modificado, transformado, trastocado. La muerte del amigo urge a vivir la propia vida desde la provisionalidad y la exclusividad. Provisionalidad, porque la muerte del amigo nos recuerda que también nosotros debemos morir; exclusividad, porque la muerte del amigo nos recuerda que nuestra vida es única, irrepetible, cargada de posibilidades exclusivas y privilegiadas, que sólo la muerte podrá truncar.

La realidad de la muerte muestra especial complejidad, no sólo en lo que respecta a su adecuada definición, sino también en los modos como se hace presente. En efecto, la muerte nos iguala a todos, pero la muerte es desigual para todos. Ante la muerte no hay acepción de personas, pero cada persona está afectada diferentemente ante la muerte: cada uno se muere de un modo diverso. La muerte llega silenciosa y para todos, desde la cuna hasta la tumba, el vivir es ya morir, pero cada cual muere particularmente su morir sucesivo y, sobre todo, su morir definitivo. Aunque la muerte en sus efectos es idéntica para todos, los sujetos que mueren afrontan su muerte diversamente según su edad cronológica; también el impacto social que provoca la muerte varía según la edad de quien muere. Porque no siempre somos lo mismo y vivir es cambiar, a lo largo de la vida, el hombre pasa por diversas etapas cronológicas que configuran un período con características propias: se es niño, joven, adulto o anciano. Digamos una palabra sobre la muerte en cada una de estas edades del hombre.

1. La muerte del niño: entre la "Incorrupción" y la tragedia

El niño representa el ideal de la inocencia no perdida, el ideal de la perfección que aún no ha conocido la corrupción, una especie de paraíso de la naturalidad. La muerte de un niño supone su permanencia en este estado originario aún no alterado y que ya no se verá afectado por las transformaciones que conlleva el crecimiento. La muerte libra al niño de caer en los brazos de la degradación continua que le conduciría a la pérdida progresiva de esa inocencia incorrupta; lo preserva inmune de futuros avatares... Y, sin embargo, pese a esta imagen tan idealizada -fruto de una reflexión en clave de anticipación protectora-, la muerte de un niño es un escándalo insoportable, es una muerte injusta y absurda, es una muerte inexplicable y, hasta cierto punto, irracional y antinatural: la muerte de un niño no entra en los planes de la naturaleza racional, que ve en él el comienzo esperanzador de una vida abierta a un razonable futuro. Por ello la muerte de un niño produce estupefacción y "pasmo", es decir, provoca desconcierto y asombro extremos, que dejan como en suspenso la razón y dificultan todo posible discurso explicativo. Por ello, hoy, la muerte de un niño - a l menos en los países occidentales- es un suceso trágico.

A esta consideración de la muerte como tragedia contribuye la reflexión que recuerda que todo niño es hijo de unos padres, nieto de abuelos, sobrino de tíos, y tal vez hermano de quienes le precedieron o siguieron en el nacer de su familia. Lo cual hace que el niño que muere tenga rostro concreto, nombre y apellidos, ambiente familiar preparado, proyectos anticipados y ahora truncados, etc.

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