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2.3. Globalisation and developing countries

2.4.2 A staple theory of regional development

como responsables por el BNDG a dos gobiernos, el municipal y el de la Nación. El tema era que se tiraban la pelota unos a otros, “a mí no me corresponde, no hay presupuesto, no hay reactivo”. No sabés todo lo que viajamos para que nos den reactivos, a los países de Europa o a Estados Unidos y Canadá. Reactivos que eran necesarios para estos exámenes porque acá no había. Había que traerlos, eran costosos y decían “no, nosotros no tenemos por qué pagar eso”. Lo decían en la municipalidad, y también lo decían en Nación. Entonces era un momento donde se superponían poderes en un mismo lugar que, claro, no entendían. Ade- más, no nos olvidemos de que había presiones muy fuertes de los criminales to- davía. Alfonsín dijo, tardíamente, que por poco tenía un revólver en la sien cuando hizo sancionar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Pero en el momento no nos dijo nada, si no salíamos.

Rosa Roisinblit: Yo entiendo que muchos tienen mucha rabia por eso, pero yo a Alfonsín no le tengo rabia. ¿Por qué no le tengo rabia? Porque gracias a él tenemos el Banco Nacional de Datos Genéticos. Cuando él asume como presidente de la República, nosotras fuimos a verlo, y si bien es cierto que coqueteó mucho con nosotras hasta que nos recibió, conseguimos visitarlo y hablamos del Banco Na- cional de Datos Genéticos. Fue él quien mandó el proyecto de ley al Congreso para la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos. Nosotras, las Abuelas, no po- demos estar más que agradecidas y reconocidas con este hombre, por Dios. En ese momento nosotras habremos sido conocidas en el extranjero, pero acá nada era tan sencillo.

EC: En general siempre tuvimos problemas, siempre hubo, digamos, momen- tos de preocupación, de la carencia de material para trabajar este tema en el Banco. De todos modos había gente que ya tenía experiencia allí, y que propiciaba que les dieran respuestas positivas. Si no lo conseguían, lo hacíamos nosotros, yendo a hablar directamente con el Estado para ayudar a que llegaran los re- activos. Los reactivos llegaban a veces del exterior, en donaciones que nos venían muy bien. Una vez que fuimos a Ezeiza dos Abuelas a buscar los reactivos que habían llegado, y eran, claro, todavía tiempos complicados para nosotras. “Y estos reactivos, ¿de dónde vienen?”, nos preguntaron de un modo poco com- prensible. Entonces, un empleado le grita al otro: “¡Che, mirá que estas son las Abuelas de Plaza de Mayo, se ponen el pañuelo y lo sacan hasta al presidente, eh!”. Así que enseguida nos atendieron, nos dieron todo. Sí, sí, había todavía esa cosa. Si aún todavía hoy hay encontronazos de incomprensión y de desconoci- miento, en aquella época era mucho más difícil.

Igual anduvimos bien y empezaron a hacerse los posibles entrecruzamientos familiares con resultados absolutamente claros y buenos. Cuando buscábamos chicos nacidos con anterioridad al secuestro de nuestros hijos, los familiares tenían una foto, había una partida de nacimiento, tenían datos en muchos casos irrefutables. En cambio con los que buscábamos esos hijos nacidos en cautiverio, era necesario tener esta herramienta. Por entonces era el HLA, que no era muy completo, requería mucha profundización para dar un porcentaje aceptable. Para que funcionara en el Hospital Durand trabajó mucho quien entonces era ministro de Salud de la municipalidad de Buenos Aires, el doctor Puga. Él propuso el Hospital Durand como el mejor lugar, nosotros lo aceptamos, por supuesto. Esto es parte de la ley. Nosotros teníamos nuestros abogados, como el doctor Ramón Torres Molina. No recuerdo si entonces ya era parte de nuestro equipo la Dra. Alcira Ríos. Era un equipo que se reunía con los abogados del gobierno. Nosotros pensábamos que íbamos a tardar poco, que todo iba a salir rápido, pero era novedoso el tema, era un tema extraño.

RR: La ley, según tengo entendido, no está muy bien hecha. No era una ley que nos conformara, pero estábamos tan apuradas por todo que aunque sea algo era bueno y se aceptaba todo.

EC: Ya era una ley consensuada. Ahí se votó una ley ya consensuada. RR: No se nos ocurrió a nosotras. Siempre las personas que venían a ayudarnos nos sugerían esas cosas. No eran tantas las ideas nacidas de nosotras. No tenemos que elevar las cosas a la enésima potencia, no. Nosotras ayudamos, nosotras co- laboramos, nosotras luchamos, nosotras averiguamos, pero encontramos la gente adecuada y esa gente nos ayudó. Y la idea del Banco, sí, puede ser que haya sido idea nuestra, puede ser pero ni nos dábamos cuenta de lo que estábamos haciendo. Nos habían dicho todos los genetistas que nos apoyaban y conversaban con nos- otros, que no había otro banco. La realidad es que en ese tiempo había mucho que hacer, ¡había mucho que hacer! Necesitábamos organizar de foja cero todo lo que hoy se llama Banco Nacional de Datos Genéticos. Parece un sueño que hemos con- seguido; cómo hemos desarrollado semejante proyecto, no sé cómo explicarlo, pero es una gran satisfacción poder decir esas cosas. Yo, cuando hablo del Banco Nacional de Datos Genéticos, me pongo muy orgullosa de lo hecho.

EC: La idea era totalmente innovadora. La idea surge compartida, yo no me acuerdo quién dijo “banco”, pero éramos muchas personas que estábamos bus- cando. Había que analizarlas a todas y qué se iba a hacer, una por una ¿dónde? ¿cómo? Y había que hacerlo de una manera formal, con una ley y que involucrara un banco donde se depositara y garantizara la reserva, la idoneidad y buena in- tención, porque calculá que cambiando un numerito se descarta. Y si hay mala intención podía quedar ese caso como no resuelto, cuando en realidad era po- sitivo. En ese tiempo la duda sobre la buena o mala voluntad existía. El tema era poder concentrar en un lugar a todas las familias que ya estábamos buscando a nuestros nietos, y hacerlo lo antes posible porque también el paso del tiempo nos dificultaba en el sentido de que los abuelos vivieran, de que estuvieran vivos. Que no se murieran las abuelas. Éramos personas mayores cuando empezamos la búsqueda, éramos abuelas, abuelos.

La idea del banco no recuerdo cómo surgió. Debemos haber recibido consejos de los científicos que han participado de otros países. Ideas que se gestan y se ponen en práctica. Entonces yo no sé en qué lugar y quién vino y trajo la idea de concentrar todo en un Banco de Datos Genéticos, que era lo aconsejable para reunir a todas las familias, reservar ahí el material genético para los estudios.

[Idoneidad, seguridad, confianza] EC: Primero nosotras estábamos convencidas porque nos convencieron los sabios. Aquellos científicos que hicieron ese congreso y nos dijeron “sí, se puede y hay que hacer tal cosa”. Había que extraer la sangre de todos los familiares, los abuelos paternos, todos los familiares de los paternos, hermanos, hijos si hubieran dejado anteriores y de los maternos. Y para eso, empezamos a viajar, a mandar cartas –porque el correo electrónico no existía–. Íbamos a visitarlos, tocábamos los timbres de cada uno de ellos para decirles “tenemos tal cosa, ten- drían que ir”. Citarlos, los citaban del Banco, tenían un horario, condiciones de documentación, etcétera. Acreditando el parentesco, por supuesto.

Fue un proceso largo, incluso hubo quienes no quisieron. Las distancias pe- saban mucho también. El costo del traslado era importante. No es como ahora que, en una tirita, una gotita de sangre desde Europa viene y llega todo perfecto. Y se hace sin problemas. Antes eran tubos que tenían que llegar en tantas horas a Buenos Aires porque si no se echaba a perder la sangre. Era todo complicado, todo lento, pero lo fuimos haciendo.

RR: Eso nos costó siempre, incluso antes de tener que pedir que aporten la sangre. Primero que todo teníamos que reunir a esas mujeres que como nosotras no solamente tenían los hijos desaparecidos, sino que también se llevaron a los nietos. Entonces hacemos publicidad para que se enteren que estamos reunién- donos, que estamos siendo un conjunto, que necesitamos que se agreguen todas, no fue sencillo todo eso. En ese entonces el Banco no llamaba [NE: La CONADI no existía aún], nosotras las llamábamos. Hasta hoy en día, nosotras las llamamos y les decimos que hay una posibilidad, que vengan. Ahora ya todas tienen la sangre dada, pero cuando no tenían la sangre dada nosotras les decíamos “vayan y dejen la sangre porque hay una posibilidad, blablablá”; ellas iban ahí, con des- confianza y todo, pero iban.

[Los próximos cincuenta años] EC: Sigue. Sigue con los bisnietos, porque ahora nuestros nietos tienen cua- renta años, están casados, la mayoría tiene hijos. Ya vamos a los jardines de in- fantes a charlar con los chiquitos, cariñosamente, a hablarles de quiénes somos. Entonces la charla que da la Abuela es contar que es una abuelita que ya estaba muy mayor, pero que desde hace muchos años está buscando un nietito que le robaron, que ahora también debe ser grande, que tendrá la edad de sus padres, y que, como queremos que eso no le pase a nadie, esto hay que contarlo. Es una historia triste pero hay que contarla porque la tristeza se transforma en alegría cuando uno encuentra.

Un discurso claro, sano hacia los chicos, porque ese chico, de cuatro o cinco años, les va a decir a sus padres: “Sabés, papá, sabés, mamá, que vino una abuelita, pobrecita, ¿sabés qué le pasó? Le robaron el nieto en tal fecha y tal otra, y lo está buscando, dice que puede tener tu edad el nieto. ¡Puede tener tu edad!” Entonces, entra, ya con las dudas, porque cuando uno le dice si no sabe el papá quién es, tampoco el hijito sabe quién es, porque la falsificación de la identidad se hereda. En un futuro, aunque no tengo la bola de cristal, supongo que las cosas van a seguir, sobre todo confiando en el progreso de la ciencia.

RR: Yo cuando doy una charla justamente digo eso. Siempre sostuvimos que el Banco Nacional de Datos Genéticos va a existir hasta el 2050. ¿Por qué? Porque

Cuando un grupo de abuelas nos dimos cuenta de que teníamos los mismos problemas y que éramos inexpertas en lo político, en la militancia, en la in- vestigación, nos planteamos que en la búsqueda y restitución de nuestros nietos/as nos encontraríamos con varios obstáculos: uno, el desconocimiento de los personajes siniestros que se apropiaron de los chicos y borraron su identidad; otro, no contar con una herramienta científica que probara el vínculo biológico con nuestros nietos/as, en ausencia de sus padres.

Era presidenta de Abuelas cuando comenzaron las inquietudes y dudas por demostrar la filiación. A nosotras los análisis existentes de exclusión que se aplicaban en ese momento para confirmar la paternidad no nos servían. Algunos niños apropiados habían nacido en cautiverio, y no había siquiera registro de su huella plantar. La mayoría de las familias no tenían el grupo sanguíneo de los progenitores, como en mi caso. Estaban des- aparecidos.

Demostrar con parecidos físicos no era suficiente para certificar la identidad de una persona. Además existía la posibilidad de que nos pu- dieran entregar un niño que no fuera el nieto/a biológico de esa abuela. Caminábamos por la búsqueda de los chicos, y caminábamos para obtener una herramienta científica que avalara el vínculo biológico abuela/nieto/a. Recuerdo lugares y gente importante que colaboró y trabajó en silencio in- vestigando la posibilidad de nuestra inquietud. Íbamos con un recorte del diario, pequeño, que decía que era posible a través de la sangre demostrar el vínculo. Con Licha [Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, primera presidenta de Abuelas] fuimos al Hospital de la Pité en París, nos reunimos con su director, el Dr. Tznanck. No tenía idea, un tema desconocido para él. Aun así se comunicó con especialistas en sangre y genética. Después de varias horas de espera nos retiramos sin la solución. Estaban molestos con ellos mismos por el resultado negativo. Al Hospital de Niños de Upsala en Suecia fuimos