SECTION III: THE LONG DIVERGENCE
7.3 Differences in Agrarian Policy
7.3.2 State Support Mechanisms
Mariátegui no fue, ciertamente, ni el primero ni el único que, antes de 1930, contribuyó a la in- troducción del marxismo en América Latina, y a la educación y organización políticas de la cla- se obrera de estos países dentro del socialismo revolucionario. En la misma época, actuaban Recabarren en Chile, Codovilla y Ponce en Ar- gentina, Mella en Cuba, Pereyra en Brasil, y las primeras ideas marxistas ya habían comenzado antes a circular, en pequeños cenáculos, en Mé- xico, a través de Rhodakanaty y otros. Inclusi- ve, algunos de ellos pudieron, quizás, acceder a
un conocimiento intelectual del marxismo más elaborado que el de Mariátegui84.
¿Por qué, entonces, cuando todos los demás sólo pueden ser estudiados ante todo por razo- nes históricas, Mariátegui sigue vigente? ¿Por qué, no obstante las insuficiencias y las incon- gruencias de su formación de pensador mar- xista, ocupa aún un lugar decisivo en nuestro actual debate?
Algunos, como Dessau, contestan que fue el atraso del desarrollo histórico del Perú y de la mayor parte de los países latinoamericanos, lo que favoreció a Mariátegui para lograr una obra “de resultados relevantes para todos los países latinoamericanos”, ya que en otros, como Ar- gentina y Chile, “los pensadores progresistas y revolucionarios se veían obligados a renovar y
84 Por ejemplo, Jaime Labastida sostiene que Aníbal Ponce logró una formación marxista teóricamente más consistente que la de Mariátegui, no obstante reconocer que Ponce no intentó la investigación crítica de la historia y la sociedad argentinas. Pero este es, precisamente, el problema. Porque ¿cómo se demuestra la profundidad real de la asimilación del instrumental teórico y metodológico marxista, si no se lo lleva al descubrimiento de una realidad histórica concreta? Véase de Jaime Labastida, Introducción a humanismo
y revolución, selección de ensayos de Aníbal Ponce
(México, Siglo XXI, 1973) Segunda edición.
adaptar tradiciones estancadas o cubiertas por procesos históricos ulteriores”, como, según Dessau, habrían sido los casos de Ingenieros y de Ponce85. Y añade que “además, tienen (las
enseñanzas de Mariátegui) la particularidad de que él concibió su obra desde el principio como una empresa de trascendencia nacional orientada a la vez a organizar a la clase obrera y a orientar a sus aliados”86.
Sin embargo, el hecho de que el sedimento ideológico liberal o socialista fuera en el Perú menor que en otros países, puede otorgar a Ma- riátegui una nitidez mayor a su gloria de fun- dador, pero ¿de qué modo responde por la ori- ginalidad, no meramente cronológica, y por la perdurable validez de su contribución al mar- xismo y a la revolución en América Latina? ¿De qué modo podía favorecer a esa calidad de su obra, el tener que lidiar con el atraso histórico- social e intelectual del medio peruano de esa época? ¿No concibieron Recabarren o Mella su propia obra como “una empresa de trascenden- cia nacional”?
Más certero y perspicaz, Melis señala en Ma- riátegui “su propósito de situar los rasgos espe-
85 Dessau, op. cit., p. 72. 86 Op. cit., p. 73.
cíficos de una formación económico-social en un modelo de desarrollo histórico, lo cual es lo único que confiere un valor auténticamente científico al marxismo, más allá de toda inter- pretación deformadora en el sentido del histori- cismo idealista”87. En otros términos, es el mar-
xismo de Mariátegui y menos el atraso o ade- lanto relativos del Perú y otros países, lo que da cuenta del valor y de la vigencia de su obra.
Esa es, en verdad, la respuesta. Si Mariátegui fue capaz de dejar una obra en la cual los revo- lucionarios de América Latina y de otros países, pueden aún encontrar y reconstruir una matriz de indiscutible fecundidad para las tareas de hoy, se debe ante todo al hecho de haber sido, entre todos los que contribuyeron a la implan- tación del marxismo en la América Latina de su tiempo, el que más profunda y certeramente logró apropiarse –y no importa si de modo más intuitivo que sistemático y elaborado, o cruzado con preocupaciones metafísicas– aquello que, como Melis apunta, “confiere un valor auténti- camente científico [revolucionario, pues, A.Q.] al marxismo”. Esto es, su calidad de marco y punto de partida para investigar, conocer, expli- car, interpretar y cambiar una realidad histórica
87 Melis, op. cit., p. 30.
concreta, desde dentro de ella misma. En lugar de ceñirse a la “aplicación” del aparato concep- tual marxista como una plantilla clasificatoria y nominadora, adobada de retórica ideológica, sobre una realidad social determinada, como durante tanto tiempo fue hecho entre nosotros, lo mismo por los herederos de la retina euro- centrista que por los seguidores de la “ortodo- xia” de la burocracia oficial del movimiento co- munista, después de Lenin.
Más allá de las limitaciones de su formación, en una vida corta y como pocas dura, sujeta también a las limitaciones del horizonte de ideas y de conocimientos de su tiempo sobre los problemas específicos de la historia pe- ruana y latinoamericana: más allá de nuestros acuerdos y desacuerdos con sus formulaciones concretas, como investigador y como dirigente político del proletariado revolucionario, es por aquellas razones que Mariátegui tiene hoy el si- tial de un fundador y de un guía actual para el marxismo en América Latina.
Es, por eso, desde esta perspectiva y en fun- ción de ella, que debe hacerse el debate de su pensamiento y de su acción, y el balance de los elementos que concurrieron a su desarrollo. En particular, de aquellos de origen no marxis- ta que llegaron a tener presencia destacada en su formación intelectual y emocional, como la
concepción, en muchos aspectos metafísica, que atravesaba su fascinada avidez por explo- rar todos los ámbitos de la experiencia humana sobre la tierra, o su admiración por figuras que hoy nadie admira, como Sorel, o su frecuente referencia a Dios y al sentido religioso de su vocación política. Nada añade a Mariátegui la minimización inútil de esos elementos en su pensamiento, como unos procuran, ni le rebaja destacarlos por sobre todos los demás, como otros hacen. No está en ellos, ni el valor ejem- plar de su vida, ni lo perdurable de su lugar his- tórico entre nosotros.