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Statement for Transitional Input Tax Credit

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Ya Abert señaló que nuestras fuentes permiten conocer mejor la sensibilidad musical antigua que la práctica o la teoría de la música entre griegos y romanos34. Ese mismo autor ya habló, como luego

Segal, del fenómeno llamado «respuesta mimética del oyente» en la

30Cfr. Arist. Rh. 1405b 6, Isoc. 5.27.4, 9.10, D. H. Comp. 12, Aristid. Quint. 2.11 y 14. 31Corn. ND 17.6, Hes. Th. 80.

32Luc. Salt. 15.

33Aristox. Fr. Paris, p. 27.4 ss. Pighi, cfr. Arist. Po. 1447a 26 ss. 34Abert, 1926, 137.

Grecia antigua y en sociedades más arcaicas. Por virtud de ese fenó- meno, el oyente se identifica con la música hasta el punto de mover- se a su ritmo y de cantar al mismo tiempo que el cantor. La conside- ración de esa respuesta mimética del oyente no obedece simplemente a especulaciones postrománticas, pues ya los griegos se habían dado cuenta del fenómeno35.

Esa respuesta mimética del oyente se relaciona, según Abert, con la creencia en la acción mágica de la música36, de la que ese autor

puso como ejemplos a los músicos legendarios Orfeo y Anfión o a los históricos Taletas o Terpandro, así como con los fenómenos de cori- bantismo, descritos por Platón. Con esa creencia en la acción mágica de la música hay que relacionar los prodigios que, según las fuentes, conseguía Orfeo sobre el medio natural: como veremos, griegos y romanos se defendieron de animales peligrosos, o de fenómenos cli- máticos adversos, mediante ensalmos cuya eficacia se basaba en parte, para los antiguos, en su sonido37, lo que nos aproxima al domi-

nio de la música en el que se sitúa Orfeo.

Los griegos adaptaron esas creencias a una función educativa. El ejemplo más ilustre de esa valoración de la música y de ese uso de su poder mágico lo proporciona el pitagorismo38. Éste quiso hacer de la

música un medio para la salud del alma, basándose en que los movi- mientos del alma se rigen por los mismos principios matemáticos que la música39. Esa especulación filosófica de raíces pitagóricas, a partir

de Damón, hizo de la música un medio para mantener el equilibrio del alma y de la ciudad40. En ese paso de la magia musical sobre la natu-

raleza a la educación musical en la polis la palabra se separó de la música y ésta perdió parte de su relevancia en la educación, en favor de la retórica. Pero quienes conservan durante toda la Antigüedad la conciencia del valor ético de la música son los pitagóricos. Son ellos quienes, en el marco de una sociedad ilustrada, adaptan al ámbito de la polis la creencia en una magia musical que, como señaló Abt41, no

podía gustar en un ámbito de creciente racionalismo. Y tenemos un testimonio que demuestra, a nuestro entender, que para los griegos la música que el mito atribuyó a Orfeo se relacionaba con la filosofía musical pitagórica: cuando el Pseudo-Plutarco42dice que Terpandro

35Véase Ps.-Arist. Probl. 931a 32 ss. 36Abert, 1926, 140; cfr. Segal, 1978.

37Cfr., p. e., Plot. 4.4.40. Véase el cap. 21, § 1.2. 38Abert, 1899, 5 ss.

39Más concretamente, la música de las esferas; cfr. Plot. 4.3.12. 40Abert, 1926, y Avezzù-Ciani, 1994, 228 ss.

41Abt, 1908, 116.

imitó las melodías de Orfeo, está situando a éste en los orígenes de la tradición musical que apreciaban los pitagóricos.

Una etapa importante en la configuración del pensamiento musical griego, antes de las formulaciones de los filósofos, puede hallarse en la dramaturgia de época clásica, a la vista de los ensayos de Moutsopou- los43, que ha intentado reconstruir la «filosofía de la música» en los trá-

gicos griegos. Un factor unificador que Moutsopoulos ha detectado en el pensamiento musical de los dramaturgos griegos es el afán de acer- car al ámbito de lo estrictamente humano los fenómenos musicales tal como se presentan en la naturaleza44. Platón45y Aristóteles46, siguien-

do la línea de Damón, se sitúan en esa misma órbita de pensamiento que intenta circunscribir el poder de la música a la sociedad humana y lo mismo ocurrirá con los estoicos47. En parte, la filosofía pitagórica de

la música perdura todavía en la Antigüedad tardía en la obra de Aristi- des Quintiliano48(siglo III d.C.) y entre los neoplatónicos (véase, por

ejemplo, las biografías de Pitágoras escritas por Porfirio y Jámblico). En todos ellos se mantiene una idea básica: la música puede influir sobre el alma y la naturaleza, pues todo tiene un mismo fundamento matemático que, en virtud del principio mágico de que «lo semejan- te actúa sobre lo semejante»49, hacía de la música el medio ideal para

actuar sobre el alma y el mundo. Y una curiosa pervivencia de esas ideas (concretamente, de la doctrina del ethos de los ritmos) se halla todavía en los tratadistas de retórica50, lo que no debe sorprendernos,

una vez exploradas las relaciones entre música y arte de la palabra. Cuando ésta se desarrolló, la palabra se había alejado de la música, con la revolución musical del siglo Va.C., mientras que el arte de la pala-

bra había heredado la función educativa de la música. Ese proceso es coherente con ciertos usos del mito de la magia musical de Orfeo, de los que estudiamos los aspectos básicos a continuación. Para ello, lo que nos va a servir de guía va a ser observar sobre qué ámbitos actua- ba nuestro protagonista, y cuáles eran los efectos de su arte.

43Véase para lo que aquí nos ocupa sus trabajos de 1959b y 1962. 44Moutsopoulos, 1962, 397.

45Véase Abert, 1899, 11, y Moutsopoulos, 1959a. 46Véase Abert, 1899, 13-17.

47Cfr. Phld. Mus. 4.46ss. Neubecker, Posidon. Fr. 168 Edelstein-Kidd. 48Véase Abert, 1899, 24 ss.

49Véase Combarieu, 1909, 12 ss.; Schneider, 1951, 141-143. Los testimonios analiza-

dos por Müller 1965 nos autorizan a pensar que ese principio «mágico» es válido para abor- dar la interpretación de ciertos hechos culturales de la Grecia antigua; véase desde Od. 17.218 hasta Pl. Ly. 214b y Arist. EE 1235a 9 ss. y de An. 404b 17. S. E. Math. 1.303 y 7.92 ss. atribuye el principio en cuestión a los pitagóricos; cfr. Philol. Fr. 29 Huffman y Archyt. 47 B 1 (I 431.36 D.-K.); véase también S. E. Math. 7.116; Chal. Comm. 51 s. (100 Waszink); Hp. Nat. Puer. 17 y Call. Fr. 178 s. Pf.

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