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DEL COMBATE HOMÉRICO A LA FALANGE

Dentro de la argumentación de la “Revolución hoplita”, la idea del “abismo” entre dos perío- dos de la historia de Grecia fue sin duda una de las más importantes y a la que se destinaron ma- yores esfuerzos. Ese supuesto “abismo” era la justificación que los seguidores de la teoría aportaban para explicar el cambio militar que ponía en marcha el proceso de aparición de la pó- lis arcaica. Así pues, se trataba de un argumento complejo por lo que respecta a las fuentes, pues necesitaba demostrar ante todo que esos dos contextos radicalmente diferentes habían existido y podían ser fácilmente descritos; había que partir de la base, por tanto, de que el combate indivi- dual y a larga distancia de época homérica, y la falange de Época Arcaica habían sido modelos de combate diferentes. Justificar la imagen de un combate pre-hoplita basado en guerreros aristo- cráticos que se enfrentaban en combates singulares no era excesivamente problemático, pues bas- taba con recurrir a Homero para encontrar toda una batería de testimonios; sin embargo, la introducción de la falange era una cuestión más compleja que precisaba de evidencias más diver- sas y que en la práctica comprometía al segundo argumento, el relativo al determinismo tecnoló- gico. Por ese motivo, nos centraremos ahora en las fuentes relacionadas con el combate aristocrático, y analizaremos los testimonios de la falange hoplita en el siguiente apartado.

Fig. 1. Crátera ática geométrica, ca. 760-750 a.C.

Las escenas de combate son muy habituales en la pintura tardo geométrica. En la banda superior, un com- bate se desarrolla entre fuerzas de diverso tipo: guerreros armados con espadas o escudos combaten entre sí, mientras los arqueros disparan sus flechas desde distancias próximas; algunos guerreros toman a sus opo- nentes del penacho del casco, antes de asestar el golpe definitivo. Los cadáveres se apilan a la izquierda de la escena. Sin orden, sin formación, los guerreros geométricos parecen combatir en un sistema de duelos individuales.

A la hora de ilustrar y definir el modo de combate propio de fines de la Época Oscura, un tes- timonio relativamente firme se encontró en las pinturas cerámicas de estilo geométrico, cuyas es- cenas de combate aparentemente mostraban un universo radicalmente diferente al de la falange: guerreros provistos de armamento diverso –panoplia completa y pesada en ocasiones, combina- dos con lanceros ligeros sin escudo ni coraza, arqueros, etc.– se enfrentan entre sí de modo indi- vidual, en escenas que parecen denotar una lucha abierta y basada fundamentalmente en los proyectiles (Lorimer 1947; Salmon 1977) (Figs. 1-3). Esas imágenes parecían describir un modo de combate que nada tenía que ver, se decía, con la homogeneidad y rigidez que se consideraban propias de la falange.

Las escenas geométricas parecían además corroborar la información obtenida de testimonios literarios contemporáneos, los poemas homéricos, donde la teoría tradicional había resaltado siempre la existencia de combates individuales entre los grandes héroes (Weber 1944; Meyer 1965; Nilsson 1928). Ejemplos recurrentes de ello eran algunas de las escenas de duelos, como el de Paris y Menelao (Il. 3.15-388), el de Héctor y Áyax (Il. 7.23-305) o el de Héctor y Aqui- les (Il. 22.90-409), entre otros muchos. Los pasajes que representaban a los héroes avanzando o simplemente circulando en sus carros (Il. 4.301-309, 5.503-505, 16.367-369, etc.) también se utilizaron como testimonio a favor de un combate abierto, pues la presencia del carro parecía ex- cluir la posibilidad de formaciones cerradas (Weber 1944; Meyer 1965; Nilsson 1928; Detienne 1968a). Otros testimonios de los poemas se emplearon además para enfatizar las diferencias del sistema de combate homérico con la falange hoplita: la presencia de escudos con telamón (Il. 2.388, 5.796, 12.401, 16.803), el énfasis en la lucha a distancia mediante proyectiles (Il. 3.79- 80, 15.313, 16.361 y 773), o la existencia de distintas tipologías armamentísticas (Lorimer 1947).

Fig. 2. Enócoe de Lambros, ca. 750 a.C. Los guerreros geométricos parecen actuar siempre de modo individual. En la banda central de esta enócoe geométrica, guerreros con diverso armamento (escudos, espadas, proyectiles) se suceden sin que exista ninguna apariencia de orden entre ellos.

Algunos autores recurrieron también a Arquíloco para justificar la idea del cambio táctico (Lo- rimer 1947; Podlecki 1969), debido a sus referencias al combate con espadas en la llanura lelan- tina, sistema que se consideraba antitético al hoplita. En el fragmento 3 West, Arquíloco confiesa: “No se tensarán ya muchos arcos ni numerosas hondas (oÜ toi pÒll' ™pˆ tÒxa tanÚssetai, oÙd\e qameiaˆ sfendÒnai), cuando Ares convoque el combate en la llanura (™n ped…wi). Será un trabajo funesto de es- padas (xife/wn œrgon). Pues en este tipo de combate (taÚthj m£chj) son expertos (d£mone/j) los dueños de Eubea, famosos por la lanza (despÒtai EÙbo…hj dourikluto…)”.

Este texto de Arquíloco se ponía en directa relación con la cita de Estrabón (10.1.12) acerca del pacto anti-proyectiles suscrito supuestamente entre Cálcis y Eretria en esa misma guerra (Lo- rimer 1947; Jeffery 1976; Greenhalgh 1973; Murray 1980), con lo que parecían ilustrarse los ini- cios de un cambio táctico tendente a la eliminación del combate a larga distancia y a la preferencia por las formaciones cerradas. En efecto, Estrabón afirmaba que

“En general, esas ciudades estaban en paz unas con otras, pero cuando disputaban sobre la llanu- ra de Lelanto (perˆ d\e Lhl£ntou dienecqe‹sai) no rompían relaciones por completo de modo que cada una se comportase en la guerra a su capricho (™n tù pole/mJ kat\a aÙq£deian dr©n), sino que llegaban a un acuerdo sobre el modo en que iban a llevar a cabo el combate (sune/qento ™f' oŒj sust»sontai tÕn ¢gîna). Este hecho lo pone de relieve una estela en el Amarintio que prohíbe el empleo de proyec- tiles (™n tù 'Amarunq…J st»lh tij fr£zousa m\h crÁsqai thlebÒloij)”.

De este modo, la estela del Amarintio, de la que Estrabón es la única referencia existente (Wheeler 1987), se ponía en relación con el fragmento de Arquíloco para respaldar la idea de que se estaba produciendo en Grecia un cambio táctico que conduciría a la falange.

TECNOLOGÍA Y TÁCTICA HOPLITA

Con respecto al segundo argumento, ya hemos mencionado que el determinismo tecnológi- co trataba de explicar el modo en que el cambio en la tecnología armamentística en Grecia con- dujo a la introducción de la falange, una transformación táctica que a continuación se empleaba como causa fundamental de un proceso que desembocaba en la pólis arcaica. Este argumento era

Fig. 3. Enócoe de Atenas, 735-720 a.C.

Los guerreros combinan las armas arrojadizas con la espada, mostrando un tipo de combate abierto y cam- biante. La presencia de carros aumenta la sensación de falta de formación cerrada, aunque la postura de la enigmática figura central (interpretada habitualmente como una pareja de gemelos míticos) parece demos- trar que estos artefactos no se utilizaban como plataformas móviles de tiro, sino que, como confirma Ho- mero, los guerreros descendían a tierra para luchar a pie.

el cimiento en el que se apoyaba toda la estructura teórica de la “Revolución hoplita”, de ahí que fuese preciso justificar dos ideas diferentes: primero, el cambio táctico, que ya hemos descrito; y segundo, las características del armamento hoplita, tanto de cada elemento de la panoplia por se- parado como del conjunto, y su adecuación a un sistema de combate en formación cerrada.

El escudo argivo representaba la clave del argumento determinista, de modo que fue objeto de la mayor atención. Se enfatizó primeramente la presencia de la doble abrazadera, el pórpax y la antilabé –nombres tomados de Estrabón (3.3.6)– (Lorimer 1947; Detienne 1968a; Greenhalgh 1973), que se muestran en innumerables pinturas vasculares y representaciones escultóricas (Figs. 4-5). Pero también se hizo hincapié en su relevancia dentro de la cultura griega, defendida con dos argumentos básicos: primero, que el hoplita extraía su nombre del escudo, y segundo, que los griegos solían referirse a los soldados de infantería pesada mediante la metonimia del “escudo”. El primer argumento se apoyaba casi de modo exclusivo en una fundamental –aunque muy proble- mática– cita de Diodoro (15.44.3), quien afirmaba que “los hoplitas fueron nombrados a partir

Fig. 4. Escudo argivo, siglos VII-VI a.C.

La novedad fundamental del escudo argivo consistió en que el asa central (pórpax) ya no estuvo destinada a la mano sino que se convirtió en una banda por la que pasar el antebrazo, como se observa en la cara in- terior de este escudo encontrado en Olimpia. De este modo se mejoraba su agarre y estabilidad. La longi- tud del antebrazo paso a ser, por tanto, un factor clave, pues determinaría las dimensiones finales del propio escudo.

del escudo (¢pÕ tîn ¢sp…dwn `opl‹tai kaloÚmenoi), como los peltastas recibieron su nombre del pel- te (¢pÕ tÁj pe/lthj peltastaˆ metwnom£sqhsan)”; ello solía completarse a menudo con otra cita, esta vez de Pausanias (5.8.10.1-5), acerca de la carrera de soldados armados en Olimpia: “La ca- rrera de hoplitas (tîn de/ `oplitîn `o drÒmoj)”, dice Pausanias, “fue establecida en la 65 olimpiada, como preparación, me parece a mí, para los asuntos de la guerra (mele/thj ›neka tÁj ™j t\a pole- mik£). El primero que venció a los corredores con escudos (to\uj d\e dramÒntaj ¢sp…sin) fue Dema- rato de Herea”. El nombre del nuevo soldado de infantería pesada aparecía así supuestamente unido a la nueva pieza de tecnología.

El segundo argumento, por otra parte, se apoyó en las diversas referencias de historiadores clá- sicos a la profundidad de las falanges clásicas medida en “escudos”: por ejemplo, Tucídides afir- ma (4.93.4) que los tebanos formaron con 25 escudos en fondo en Delio (™p' ¢sp…daj d\e pe/nte m\en kaˆ e‡kosi Qhba‹oi ™t£xanto), mientras que Jenofonte cuenta (Hell. 6.4.12.5-6) que pusieron 50 escudos en fondo en Leuctra (oƒ d\e Qhba‹oi oÙk œlatton À ™pˆ pent»konta ¢sp…dwn sunestram- me/noi Ãsan). De este modo se pretendía respaldar la idea de que el escudo era una pieza decisiva pa- ra los griegos, no sólo en términos estrictamente militares, sino incluso culturales. Otra cualidad

Fig. 5. Escudo argivo, siglo IV a.C.

El escudo argivo consistía en una estructura de madera recubierta de una fina capa exterior de bronce. El borde (ítus) solía ir reforzado con una protección metálica, y la cara interior podía cubrirse con una lona o fieltro que podía ir decorado. La ilustración muestra el modo en que las diversas partes se ensamblaban, así como la peculiar forma de cuenco, que mejoraba su resistencia frente a impactos directos y presiones en los bordes.

del escudo que habitualmente se señalaba era su concavidad, y para afianzar esta idea se recurrió a algunas representaciones cerámicas que muestran el escudo de perfil (Fig. 6), así como a diversos pasajes de la lírica arcaica en los que se hace referencia a esa cualidad mediante el adjetivo “koílos”, “hueco” (Tyrt. 19.7; Mimn. 13a.2; Alc. 357.8), o alguna perífrasis similar, como el “anchuroso vientre” (eÙre…hj gastrˆ) que encontramos en Tirteo 11.24.

La lanza de combate era un arma secundaria para los teóricos de la “Revolución hoplita”, de modo que prescindían a menudo de descripciones acerca de sus rasgos físicos, como la madera del asta o la presencia de dos puntas metálicas (Fig. 7). En cambio, preferían centrarse en la idea de que era un arma representativa de la cultura griega (Nilsson 1928; 1929; Lorimer 1947; De- tienne 1968a), y para ello citaban de modo recurrente el fragmento de Arquíloco (frg. 2 West) en el que el poeta se refiere a su lanza como su herramienta principal: “En la lanza tengo mi pan ne- gro, en la lanza mi vino de Ismaro; bebo apoyado en la lanza” (™n dorˆ m/en moi m©za memagm/enh, ™n dorˆ d' o’inoj 'IsmarikÒj: p…nw d' ™n dorˆ keklim/enoj). También citaban a Esquilo y el modo en que el dramaturgo ateniense presentaba las guerras contra los persas como un enfrentamiento entre la “lanza doria” (Dwr…doj lÒgchj) y el arco persa (Pers. 816-817; cf. 25-32, 52-57, 85-86, 147-149, 278, 728-729).

Fig. 6. Copa ática, fines siglo VI a.C.

Las pinturas cerámicas ofrecen un testimonio absolutamente coherente acerca de la concavidad del escudo argivo. En esta imagen, en la que el artista representa el escudo de perfil, se puede observar el modo en que esa característica podía ser aprovechada para ofrecer una protección total a un guerrero agachado. Ver tam- bién Fig. 5 (p. 78).

Las características formales del resto de elementos de la panoplia –casco, coraza, espada y gre- bas– han carecido normalmente de relevancia para los autores que estudian el proceso de im- plantación de la falange hoplita, por lo que no incluiremos menciones al respecto aquí. Lo que interesa resaltar es que una primera línea de testimonios se emplearon para representar a las dos piezas principales del equipamiento hoplita, el escudo y la lanza, como las armas características del soldado-ciudadano, convirtiéndolas poco más que en la encarnación de los valores ciudada- nos de la pólis griega. Sin embargo, otras características del armamento han sido tradicionalmen- te puestas de relieve con el fin de resaltar la naturaleza de la panoplia como conjunto integrado. Por supuesto, hay innumerables restos arqueológicos –algunos muy conocidos, como la pa- noplia de Argos (Fig. 8)– que se han propuesto como ilustración de las características formales del armamento hoplita (Snodgrass 1964; 1980); en todos ellos pueden apreciarse los distintos elementos que componían la panoplia del hoplita, e incluso apreciar matices que ayudan a con- formar tipologías diferentes. Evidentemente, no vamos a entrar en detalle en ellos1, pues no

1Estudios armamentísticos: Snodgrass 1964; 1999; Jarva 1995; Anderson 1991; Hanson 1990; 1991b; 1999a. Fig. 7. Tipos de punta de lanza griega,

siglos VIII-V a.C.

La tipología de puntas de lanza empleadas por los griegos a lo largo de la época Arcaica es muy ex- tensa. Snodgrass (1964: 115-139) distinguió cerca de una veintena de formas y tamaños diferentes, asimilando las de menor peso y longitud a jabali- nas o armas arrojadizas, y las de mayores dimen- siones a lanzas de combate o acometida. De entre todas ellas, identificó el tipo “J” (un tanto frag- mentado en la ilustración) como la lanza de com- bate griega por excelencia.

interesaba tanto a la teoría describir físicamente ese equipamiento como interpretar su potencial militar al emplearlo. En ese sentido, una línea teórica trató de enfatizar los inconvenientes de la panoplia hopli- ta derivados de su excesivo peso y su escasa manio- brabilidad (Hanson 1990; 1991b; 1998; 1999a); para justificar esa idea, se buscaron testimonios que mencionasen el peso del escudo, como el hecho indirecto de que las tropas en fuga lo arrojasen de inmediato al suelo para favorecer la huida, una tra- dición aparentemente larga que procede al menos de Arquíloco (frg. 5 West), Alceo (Hdt. 5.95; Strab. 13.1.38) y Anacreonte (frg. 36b). Se incidió tam- bién en las limitaciones sensoriales derivadas de la forma del casco corintio (Hanson 1990; 1991b), idea justificada con ayuda de la narración de la debacle ateniense en las Epípolas (Th. 7.44), o de la confusión reinante en Delio, cuando “algunos atenienses, desorientados por el movimiento en- volvente (di\a t\hn kÚklwsin taracq/entej), no se reco- nocieron y se dieron muerte entre sí (ºgnÒhs£n te kaˆ ¢pe/kteinan ¢ll»louj)” (Th. 4.96.3.6-7). Los in-

convenientes de la panoplia sirvieron, por tanto, como argumento para justificar no sólo su ne- cesario empleo conjunto, sino también su uso en una táctica de formación cerrada en la que la rapidez y la movilidad no eran esenciales, y la lentitud y falta de agudeza sensorial se veía con- trarrestada por la proximidad de los compañeros.

Mientras, otra línea teórica trató en cambio de insistir en la extraordinaria idoneidad de la pa- noplia hoplita a la falange (Detienne 1968b; Cartledge 1977; Salmon 1977; Snodgrass 1964), pe- ro las fuentes en las que se apoyó está idea fueron muy escasas. La referencia de Tucídides es posiblemente la fuente más importante; pocos textos han influido de modo más decisivo en un argumento historiográfico, y merece la pena recogerla entera. Al describir la primera batalla de Mantinea (5.71.1.3-8), el historiador ateniense afirma que:

Fig. 8. Panoplia de Argos, fines siglo VIII a.C.

La llamada “panoplia de Argos” es uno de los ejemplos más antiguos de armamento defensivo griego de época Arcaica. Las piezas que la componen, realizadas en bron- ce, poseen sin embargo una extraordinaria calidad. El casco, del tipo denominado Kegelhelm con grandes carri- lleras triangulares y elevado penacho de acuerdo con mo- delos orientales, desaparecería en los siglos siguientes en favor del casco corintio, mientras que la coraza, denomi- nada “de campana” y consistente en dos placas unidas con correajes, sobreviviría un tiempo más hasta ser sus- tituida en época Clásica por modelos más ligeros.

“Todos los ejércitos (stratÒpeda “apanta) actúan del siguiente modo: durante el combate se despla- zan hacia su flanco derecho (™pˆ t\a dexi\a ke/rata aÙtîn ™xwqe‹tai), de modo que ambos bandos sobre- pasan con su extremo derecho el flanco izquierdo del enemigo (peri…scousi kat\a tÕ tîn ™nant…wn eÙènumon ¢mfÒteroi tù dexiù), pues a causa del miedo (di\a tÕ foboume/nouj) acerca cada hombre su lado desprotegido lo más posible al escudo del compañero situado a su derecha (prosste/llein t\a gumn\a ›kaston æj m£lista tÍ toà ™n dexi´ paratetagme/nou ¢sp…di), en la idea de que están más protegidos cuan- to más apretada está la línea (nom…zein t\hn puknÒthta tÁj xugklÇsewj eÙskepastÒtaton e’inai). Y el que origina este comportamiento (`hge‹tai m\en tÁj a„t…aj taÚthj) es el hombre situado en el extremo de- recho (`o prwtost£thj toà dexioà k/erwj), constantemente preocupado por sustraer al enemigo su lado desprotegido, y los demás le siguen por el mismo temor (›pontai d\e di\a tÕn aÙtÕn fÒbon kaˆ oƒ ¥lloi)”. Esta idea aprovechaba una cualidad del escudo hoplita, por la cuál la doble abrazadera apa- rentemente desplazaba el eje defensivo del escudo y provocaba que proporcionase protección a su portador con su mitad derecha, mientras que la mitad izquierda quedaba desocupada; a la vez, el lado derecho del portador quedaba también desguarnecido. De este modo, el propio diseño téc- nico del escudo hacía necesaria, supuestamente, la formación cerrada, con el fin de contrarrestar esa carencia defensiva. En apoyo de este testimonio solía citarse también uno de los apotegmas la- conios de Plutarco, que afirmaba que “el escudo se lleva por el bien de toda la fila (t\hn d’ ¢sp…da tÁj koinÁj t£xewj ›neka)” (Mor. 220a 5-8). Desde la perspectiva de los estudiosos de la “Revolu- ción hoplita”, ambos testimonios se complementaban, pues, del mismo modo que en Tucídides el escudo necesitaba de la fila para ser efectivo, en Plutarco se ponía de manifiesto que la fila ne- cesitaba del escudo para mantener su cohesión e integridad.

Otro argumento para justificar el vínculo entre tecnología y táctica, entre armamento y fa- lange, se apoyaba en referencias textuales al empleo de “flautas” en contextos bélicos, pues se asu- mía que la flauta, al favorecer con su ritmo la integridad de la línea, era indicativa del orden y la cohesión de la falange (Detienne 1968a). Así, se solía citar a Tucídides cuando afirmaba que los espartanos avanzaron al ritmo del aulós, “según era su costumbre (`omoà ™gkaqestètwn)”, en la ba- talla de Mantinea, con el fin de “avanzar en orden y sin que sus filas se abrieran (†na `omalîj met\a ·uqmoà ba…nontej prose/lqoien kaˆ m\h diaspasqe…h aÙto‹j `h t£xij)” (5.70.1); otras referencias (Xen. Cyr. 7.1; Plut. Lyc. 21-22) se interpretaron de modo similar. Por último, la idea del amateurismo tradicional de los ejércitos griegos también se empleó como un argumento a favor de la forma- ción cerrada, pues en la falange, opinaban algunos (Detienne 1968a), la pericia con las armas no era tan necesaria como en el combate individual; así, se citaban las referencias de Jenofonte (Oec. 5.4-5, 6.6-7, 6.9-10) y Aristóteles (Oec. 1343 b 2-6) a la condición campesina de los soldados griegos.

La mayoría de los testimonios antiguos que se empleaban, por tanto, para justificar ese vín- culo entre tecnología y táctica pertenecen en realidad a la Época Clásica, y sólo algunos frag- mentos procedían de la literatura arcaica. Algunos teóricos de la “Revolución hoplita” (Latacz 1977; Pritchett 1985a) interpretaron en cierto momento –aunque no de modo unánime– los de- nominados “pasajes hoplitas” de Homero como una representación vívida y fidedigna de una fa- lange en acción. Estos dos pasajes, casi idénticos, se han hecho enormemente famosos por

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