Al momento de producirse los recortes en el envío de gas por parte de Argentina, las reacciones de los dos gobiernos hacen referencia a dos elementos sustantivos, el alcance y la característica esencial del acuer- do suscrito. Mientras el gobierno de Kirchner argumentó inicialmente que el protocolo gasífero no se había ratificado, por lo que no existía tal compromiso con Chile y después negó que fuera un acuerdo entre Estados, sino un contrato entre privados y adjudicó toda responsabilidad a la administración de Menem; Chile se amparó en su tradición legalista y señaló que Argentina estaba violando un acuerdo entre Estados. Desde el momento que la esencia de la vinculación que Argentina y Chile habían desarrollado a través del gas estaba en duda (si resguarda- ban el contrato suscrito entre privados o ambos Estados eran quienes suscribían el acuerdo), existían pocas posibilidades de avanzar en la so- lución del problema. Además porque las reacciones de ambos gobiernos y el desarrollo de los hechos después del primer recorte, demostraban que dos factores presentes en el avance bilateral de los noventa, ya no existían. La confianza y la voluntad política y la sintonía entre los prin- cipales interlocutores políticos, que había permitido que la diplomacia presidencial tuviera un rol central en el mejoramiento cualitativo de
Argentina-Chile: ¿Una relación afectada por la crisis del gas?
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Durante la gestión del presidente Lagos resolver esta situación y esto en gran medida se justificó con la escasa afinidad alcanzada por los mandatarios argentino y chileno. Así, se cifraron altas expectativas en la llegada de Michelle Bachelet al poder, por la cercanía que demostró con los Kirchner durante su campaña a la presidencia y por la prioridad que ésta dio a la profundización de la identidad latinoamericana. No obstante, las dificultades se mantuvieron e incluso se incrementaron y se evidenció el real origen del problema, el protocolo gasífero había sido suscrito sobre un potencial inexistente. Los errores cometidos por Argentina en el sector energético, a mediano plazo convertirían a este país en un importador neto de gas y en ningún caso podría responder a la demanda real de Chile.
Frente a esta realidad, la reacción fue negociar con Bolivia el aumento del gas que ese país le exportación y la fijación de nuevos precios. El país antiplánico accedió a las peticiones argentinas, aunque incremen- tó los precios, pero puso la condición de que ni una molécula de gas boliviano fuera enviada a territorio chileno. Argentina, por otra parte estableció conversaciones con Venezuela —país con el que existe cierta cercanía— para garantizar su provisión de recursos energéticos. La situación para Chile ha sido bastante más complicada. Frente a las dificultades de acceder al gas de sus países vecinos —por las situaciones antes mencionadas, indirectamente ha sido beneficiado, por el momento, por el precio fijado por Bolivia y Argentina; pero la demanda interna es creciente y ha debido desarrollar una estrategia de diversificación de su matriz energética. Las opciones de importar gas desde otros países de la región, como Venezuela, son bastante limitadas. Las relaciones entre el
régimen de Chávez y la coalición gobernante chilena no han sido fáciles.28
Así las alternativas chilenas se restringen a buscar fuentes alternativas de energía y a explorar opciones de importación de gas por vía marítima para efectuar el proceso de licuefacción en territorio chileno.
Conclusiones
Los recortes del gas enviado por Argentina a Chile efectivamente han afectado a la relación bilateral, pues han minado los niveles de confianza y la imagen de Argentina como socio confiable en Chile. No
Paz Milet
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obstante, la relación ya venía experimentando un desgaste, los gober- nantes chilenos no tenían un interlocutor con la misma sintonía y con similar voluntad política. Esto afectó directamente el rol central de la diplomacia presidencial como generadora de cambios y soluciones, que tanta importancia tuvo en la década de los noventa.
Además en la práctica se comprobó que el protocolo de 1995, más allá de los argumentos de los dos países respecto a las características y el alcance de éste, no tenía asidero en la realidad del escenario energético argentino. Era imposible que con la política desarrollada en esta área, este país respondiera adecuadamente a la demanda chilena e incluso a su propia demanda interna.
No obstante, la falta de transparencia y claridad sobre tema repercutió en que se generaran expectativas sobredimensionadas y que los costos de la crisis en la relación bilateral fueran altos. No sólo respecto de la imagen de Argentina en Chile, sino también desde la perspectiva de la imagen de la propia capacidad de las autoridades chilenas para suscribir acuerdos con socios confiables y cosechar los frutos del trán- sito del conflicto a la cooperación en la relación bilateral. Aunque en otras áreas, como la defensa, se siga manteniendo el diálogo y el nivel de avance a través de desarrollo de Medidas de Confianza Mutua y el Comité Permanente de Seguridad.
Desde la perspectiva de Lederach efectivamente la relación entre Argentina y Chile está actualmente —como a lo largo de la historia común— signada por el conflicto, por una relación de intereses y ne- cesidades competitivas. No obstante, en el caso específicamente de la crisis del gas, éstas no han tenido un decurso positivo.
Por último, es importante considerar en el desarrollo de la crisis del gas y específicamente en la generación de posibles soluciones, el rol que pueden jugar terceros países. Esto es esencial de considerar en una región políticamente fragmentada como América Latina, en la que aún persisten divergencias históricas, como las existentes entre Chile y sus vecinos del norte; que en la práctica han limitado la posibilidad de que este país obtenga en sus vecinos una solución para su dependencia energética de Argentina.
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