18 MATERIALS AND METHODS
3.1. Statistical analysis
se de instrumentos de música. Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego to- das las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vani- dad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesias- tés 2:111).
Los estudios psicológicos que más han profundizado en poner de relie- ve los contenidos del corazón hu- mano son aquellos que investigan los estratos más recónditos y oscu- ros de la esfera de la intimidad. Je- sús de Nazaret nos enseñó que lo que contamina al hombre no lo constituyen tanto las influencias pe- ristáticas del medio en el que vive, sino las tendencias y deseos que na-
cen en los niveles más profundos de su propio corazón[53].
Como ya pusimos de manifiesto, la tesis fundamental que se investiga y explicita en Eclesiastés aboca a una conclusión que expresa cómo la búsqueda de la felicidad y de la rea- lización del ser humano, debajo del sol, nos conduce siempre a una ex- periencia de frustración que da al traste con los deseos más trascen- dentes que anidan en el inconscien- te del hombre.
Desde el punto de vista de la psico- logía profunda, podemos hablar de un inconsciente individual o idio- sincrático (cuyos contenidos perte- necen a la experiencia propia de cada persona) y de un inconsciente colectivo (cuyos contenidos son co- munes a todos los seres humanos pertenecientes a todas las etnias y periodos de la Historia). Los conte- nidos del inconsciente colectivo han sido estudiados y descritos de manera magistral por el gran psicó- logo suizo C. G. Jung[54], que los denominó como contenidos arque- típicos del alma humana. Uno de
los contenidos arquetípicos más im- portantes, y que actúa con más in- fluencia en la vida y comportamien- to de las personas, es aquel que hace referencia a los deseos atávi- cos que, surgiendo desde lo más profundo de la esfera de la intimi- dad, impulsan a los hombres a la búsqueda del Paraíso perdido. De este aspecto psicodinámico que se deviene en la misma interioridad del inconsciente se han ocupado fi- lósofos, poetas, prosistas, pintores, psicólogos, psiquiatras y científicos de los más diversos ámbitos del sa- ber. El término atavismo tiene el sentido de vuelta atrás; es decir, los sentimientos atávicos actúan, desde la esfera de la intimidad, des- encadenando en el ser humano los deseos de retroceder en el tiempo, para encontrar la situación existen- cial y primigenia en la que alcanzó mayores cotas de equilibrio psicoe- mocional y de felicidad.
En el presente capítulo nos ocupa- remos de estos sentimientos atávi- cos que los hombres vivenciaron cuando devenían su existencia en la realidad espaciotemporal que la Es critura describe como paradisiaca o edénica.
En su afán de investigación de la realidad, nuestro autor decide reali- zar una experiencia existencial pro-
pia que le permita situarse, experi- mentalmente, en una situación anímica semejante a la que pudo te- ner el hombre en el Paraíso antes de que, por su transgresión de los lími- tes que Dios le había impuesto, fue expulsado del mismo: para encon- trarse en la misma realidad en la que actualmente vive y sufre. Una de las fuerzas instintivas más poderosas que actúan condicionan- do la conducta humana es aquella que, psicoanalíticamente, se conoce como el principio del placer, al que ya hicimos referencia en otro lugar. Es precisamente la realiza- ción de este principio la que subya- ce en el comportamiento de todos los seres humanos; pero en más de una cuarta parte de la humanidad, la realización del principio del pla- cer intenta su consumación por la vía de la experiencia toxicomaníge- na: Es decir, el yo experimenta una sensación de malestar, y de dises- tar, al comprobar que el medio psi- cosociocultural en el que vive in- merso no le aporta soluciones a los deseos más profundos, ni satisfac- ciones a las tendencias más pujan- tes y angustiosas que emergen a su
conciencia desde la esfera más ínti- ma, o inconsciente, de su propio ser.
El Eclesiastés nos enseña que en esta búsqueda angustiosa y anhe- lante de la felicidad, su autor tomó la siguiente determinación: “Propu- se en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi cora- zón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cie- lo todos los días de su vida. En- grandecí mis obras, y edifiqué para mí casas (heb. Paraísos), y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para re- gar de ellos el bosque donde cre- cían los árboles... No negué a mis
Adán y Eva, expulsados por el Arcángel San Miguel y su espada en llamas - PABLO AULADELL
[53]. Mr 7:1523.
[54]. C.G.Jung: “Formaciones de lo in- cosciente” “AION”. “Contribución a los simbolismos del sí mismo” “Sim- bología del espíritu” “Arquetipos e in- consciente colectivo”. “El hombre y sus símbolos”.
El sentido de
la vida
#9
José Manuel
González Campa
Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psi- quiatría Comunitaria. Psico- terapeuta. Especialista en al- coholismo y toxicomanías. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y Es- critor evangélico.“Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto también era vanidad. A la risa dije: Enlo- queces; y al placer: ¿De qué sirve esto? Propuse en mi corazón aga- sajar mi carne con vino, y que an- duviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida. Engrandecí mis obras, edifi- qué para mí casas, planté para mí viñas; y me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jeru- salén. Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de canto- res y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda cla-
Paraísos artificiales
se de instrumentos de música. Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego to- das las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vani- dad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesias- tés 2:111).
Los estudios psicológicos que más han profundizado en poner de relie- ve los contenidos del corazón hu- mano son aquellos que investigan los estratos más recónditos y oscu- ros de la esfera de la intimidad. Je- sús de Nazaret nos enseñó que lo que contamina al hombre no lo constituyen tanto las influencias pe- ristáticas del medio en el que vive, sino las tendencias y deseos que na-
cen en los niveles más profundos de su propio corazón[53].
Como ya pusimos de manifiesto, la tesis fundamental que se investiga y explicita en Eclesiastés aboca a una conclusión que expresa cómo la búsqueda de la felicidad y de la rea- lización del ser humano, debajo del sol, nos conduce siempre a una ex- periencia de frustración que da al traste con los deseos más trascen- dentes que anidan en el inconscien- te del hombre.
Desde el punto de vista de la psico- logía profunda, podemos hablar de un inconsciente individual o idio- sincrático (cuyos contenidos perte- necen a la experiencia propia de cada persona) y de un inconsciente colectivo (cuyos contenidos son co- munes a todos los seres humanos pertenecientes a todas las etnias y periodos de la Historia). Los conte- nidos del inconsciente colectivo han sido estudiados y descritos de manera magistral por el gran psicó- logo suizo C. G. Jung[54], que los denominó como contenidos arque- típicos del alma humana. Uno de
los contenidos arquetípicos más im- portantes, y que actúa con más in- fluencia en la vida y comportamien- to de las personas, es aquel que hace referencia a los deseos atávi- cos que, surgiendo desde lo más profundo de la esfera de la intimi- dad, impulsan a los hombres a la búsqueda del Paraíso perdido. De este aspecto psicodinámico que se deviene en la misma interioridad del inconsciente se han ocupado fi- lósofos, poetas, prosistas, pintores, psicólogos, psiquiatras y científicos de los más diversos ámbitos del sa- ber. El término atavismo tiene el sentido de vuelta atrás; es decir, los sentimientos atávicos actúan, desde la esfera de la intimidad, des- encadenando en el ser humano los deseos de retroceder en el tiempo, para encontrar la situación existen- cial y primigenia en la que alcanzó mayores cotas de equilibrio psicoe- mocional y de felicidad.
En el presente capítulo nos ocupa- remos de estos sentimientos atávi- cos que los hombres vivenciaron cuando devenían su existencia en la realidad espaciotemporal que la Es critura describe como paradisiaca o edénica.
En su afán de investigación de la realidad, nuestro autor decide reali- zar una experiencia existencial pro-
pia que le permita situarse, experi- mentalmente, en una situación anímica semejante a la que pudo te- ner el hombre en el Paraíso antes de que, por su transgresión de los lími- tes que Dios le había impuesto, fue expulsado del mismo: para encon- trarse en la misma realidad en la que actualmente vive y sufre. Una de las fuerzas instintivas más poderosas que actúan condicionan- do la conducta humana es aquella que, psicoanalíticamente, se conoce como el principio del placer, al que ya hicimos referencia en otro lugar. Es precisamente la realiza- ción de este principio la que subya- ce en el comportamiento de todos los seres humanos; pero en más de una cuarta parte de la humanidad, la realización del principio del pla- cer intenta su consumación por la vía de la experiencia toxicomaníge- na: Es decir, el yo experimenta una sensación de malestar, y de dises- tar, al comprobar que el medio psi- cosociocultural en el que vive in- merso no le aporta soluciones a los deseos más profundos, ni satisfac- ciones a las tendencias más pujan- tes y angustiosas que emergen a su
conciencia desde la esfera más ínti- ma, o inconsciente, de su propio ser.
El Eclesiastés nos enseña que en esta búsqueda angustiosa y anhe- lante de la felicidad, su autor tomó la siguiente determinación: “Propu- se en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi cora- zón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cie- lo todos los días de su vida. En- grandecí mis obras, y edifiqué para mí casas (heb. Paraísos), y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para re- gar de ellos el bosque donde cre- cían los árboles... No negué a mis
Adán y Eva, expulsados por el Arcángel San Miguel y su espada en llamas - PABLO AULADELL
[53]. Mr 7:1523.
[54]. C.G.Jung: “Formaciones de lo in- cosciente” “AION”. “Contribución a los simbolismos del sí mismo” “Sim- bología del espíritu” “Arquetipos e in- consciente colectivo”. “El hombre y sus símbolos”.
ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno”[55].
Cuando llegamos, en nuestra consi- deración, a la experiencia que se describe en el primer verso del pa- saje que hemos transcrito, nos en- contramos con algo que no sólo nos sorprende, sino que desborda cual- quier consideración que hubiése- mos podido tener o imaginar sobre la vida de su autor: el investigador va a realizar una experiencia im- portantísima en su propia persona, a la manera como luego, a lo largo de la historia humana, tantos inves- tigadores han sido capaces de pro- bar en sus propios cuerpos la posi- ble idoneidad de su nuevo descu- brimiento.
Estas palabras de Salomón contie- nen las enseñanzas más importan- tes y avanzadas que hoy conoce- mos científicamente acerca de los mecanismos más íntimos que acon- tecen en el entronque psicosomáti- co del ser humano, y que se devie- nen en el puente que une el soma
(cuerpo) con la psique (alma); es decir, aquellos trastornos bioquími-
cos que se producen bajo los efec- tos de sustancias tóxicas, o drogas, que actúan distorsionando el fun- cionamiento bioquímico cerebral de las personas, y que constituye la ra- zón de ser de por qué una persona que consuma una o varias drogas, durante un tiempo determinado, puede llegar a establecer una de- pendencia psicológica y física –bio- química– de las mismas.
En este sentido, llegamos a la con- clusión de que el autor de nuestro libro –en su calidad de investigador y experimentador– no solamente comprobó en sí mismo los efectos de las bebidas alcohólicas, sino que
llegó a establecer una dependen- cia psíquica y biológica de las mismas. Es una frase que puede re- sultar para muchos dura y cuestio- nable, pero que, a la luz del análisis objetivo y desapasionado de los contenidos teológicos revelados en este texto, nos lleva a la conclusión de que el escritor, por decisión pro- pia y meditada, abocó a una expe- riencia clínica y psicopatológica de alcoholización. Como afirma- ción tan fuerte sobre un personaje de esta entidad –que para mí se pu- diera tratar del rey Salomón– no se puede ni se debe de realizar de for-
ma apriorística y gratuita, pasamos al análisis exegético y a la interpre- tación hermenéutica del texto. “Propuse en mi corazón...” Esta frase nos habla de la determinación consciente del autor de experimen- tar en su propia persona el efecto toxicomanígeno y hedonístico que se pudiese desprender del consumo, reiterativo y continuado, de bebidas alcohólicas (vino). Desde hace mu- chísimo tiempo, los diversos inves- tigadores en el campo de las toxico- manías han puesto de relieve que existen drogas que se consumen con la finalidad de alcanzar expe- riencias de realización intelectual (drogas psicoestimulantes: anfeta- minas, cocaína, etc.), afectiva (de- rivados de la cannabis sativa, tales como la marihuana, el kiffi y la gri- fa) y mística o religiosa (LSD, di- versos tipos de ácidos y, sobre todo, el alcohol). El alcohol, se diga lo que se diga en una sociedad como la nuestra, es una de las drogas más consumidas por los seres humanos desde las épocas o períodos más an- tiguos de la Historia. El alcohol etí- lico, o etanol, que todas las bebidas alcohólicas contienen en mayor o menor proporción, se consume con finalidades toxicomanígenas (alie-
nantes), para conseguir estados de mayor inspiración intelectual y también como falsa solución tera- péutica a estados afectivos y depre- sivos, y para alcanzar una reali- zación espiritual o mística que no se logra en un estado de concien- cia vigil.
La frase “agasajar mi carne con vino” refleja la realidad más pro- funda de los mecanismos bioquími- cos subyacentes que se producen para que una persona quede depen- diente –enganchada– físicamente al alcohol. La traducción más lite- ral del hebreo sería: “Propuse en mi corazón arrastrar mi carne (cuerpo)
al vino”. De entrada, puede pare- cernos increíble, pero –como ya in- tenté demostrar en mi obra Econo- mía de la muerte[56]– las obras del rey Salomón que conservamos en la Revelación de Dios (Proverbios y Eclesiastés) constituyen los pri- meros escritos en la historia de la humanidad que nos descubren, o ponen de manifiesto, que el consu- mo reiterativo y en determinada cantidad (80 g/día para los varones y 40 g/día para las mujeres) de be- bidas alcohólicas puede convertir a un ser humano en un enfermo al- cohólico, con una dependencia psi- cológica y bioquímica (somática) a la droga que, por excelencia, se uti- liza en el mundo occidental: el al- cohol.
Salomón nos expresa en este mis- mo texto que, al mismo tiempo que las alteraciones bioquímicas que el alcohol iba produciendo en su cere- bro, se devenía en la esfera de su intimidad anímica (en su corazón) una confrontación dialéctica entre la sabiduría y la necedad (hb. locu- ra). La búsqueda de la felicidad por la vía de la realización toxicomaní- gena no le estaba ayudando a resol- ver el problema de su gran frustra-
ción existencial; dicho de otra ma- nera, la realización del principio del placer por medio del consumo de bebidas alcohólicas no le ubica- ba sino en el centro de la experien- cia ansiosa y dramática de una con- tradicción que le sumía en el pro- fundo y tenebroso mundo de los trastornos mentales, de la locura. La experiencia que devino en tan peligroso experimento consigo mismo, no le sirvió para superar los deseos de felicidad y trascendencia que se demandaban desde los estra- tos más profundos de su ser; sino que, antes al contrario, concienció su experiencia hedonísticatoxico- manígena como una posibilidad de autodestrucción, o de autolisis. Y así lo expresó en alguno de los tex- tos que contiene su profunda obra: “A la risa dije. Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?”[57]. “Y alabé a los finados (según la traducción de algunos eruditos; fe- licité a los muertos), los que ya mu- rieron, más que a los vivientes, los que viven todavía”[58].
Desde mi punto de vista, resulta claro y notorio que la búsqueda atá- vica del Paraíso perdido no se pue- de conseguir por la vía del consu- mo de sustancias toxicomanígenas que, al producir una alteración del estado de la conciencia, permiten que emerja a la misma la vivencia- ción de paraísos artificiales, en los que se viven y experimentan sensa- ciones placenteras transitorias, efí- meras y alienantes. En realidad, el sentimiento atávico que impulsa a que uno de cada cuatro seres huma- nos busque el consumo de drogas para repetir en su vida la experien- cia que en su día realizara el autor del Eclesiastés –con resultados de frustración moral y espiritual–, no conduce a un Paraíso verdadero, donde el hombre encuentre res- puesta y satisfacción a los interro-
gantes y demandas más profundos de su ser, sino a la vivenciación de una experiencia tanática que sume al hombre en la concientización que contiene uno de los dichos más po- pulares y trágicos de la experiencia toxicomanígena de los heroinóma- nos: ¡La esperanza ha muerto!
Resumámoslo: El consumo de bebi-