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La Filosofía y, especialmente la ética, tiene un papel muy importante en el actual escenario de crisis y de cambio de paradigma científico. En primer lugar, es fundamental recordar a los pensadores, investigadores y científicos que sus ideas, descubrimientos y creaciones tienen consecuencias que afectan directamente a la vida de las personas, a la sociedad y al medio ambiente. En segundo lugar, es importante promover un diálogo entre las diversas disciplinas científicas (interdisciplinaridad) y todos los interesados o

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34 afectados por los descubrimientos y desarrollos científicos (gobiernos, expertos, ciudadanos, etc.).

En esa perspectiva, la reflexión ético-filosófica no tendría, exclusivamente, el carácter de buscar el fundamento último de la verdad, sino el de promover la reflexión crítica, buscar la prudencia, el equilibrio de fuerzas e intereses objetivando la promoción de un modelo de vida humana más sostenible.

En este escenario, las legitimaciones y fundamentos científicos tradicionales parecen no responder a la complejidad de la red de interrelaciones entre los diversos fenómenos naturales, sociales y humanos. La reflexión ética se presenta como una «pausa obligatoria» para la acción, que busca recordar a las prácticas científicas contemporáneas que es necesario tener en cuenta las consecuencias y beneficios para todos los afectados e interesados. Pero no siempre fue así. Sólo ahora, y de forma lenta, podemos comprobar una reaproximación de las ciencias a la reflexión ético-filosófica.

Esta reaproximación sólo podría demostrar, aparente y superficialmente, una legítima preocupación ética con las consecuencias de las prácticas científicas. Sin embargo, en un análisis más sistémico y multidisciplinario, comprobamos que no se restringe a la reflexión ética, sino que influye en la discusión sobre los propios fundamentos científicos. Se trata, pues, de lo que podríamos llamar un cambio de paradigma científico. En este sentido, las ciencias están recurriendo, otra vez, a la reflexión filosófica, más aún porque «las crisis ofrecen un indicio de que ha llegado el momento de cambiar de herramientas»60 y la elección de unas nuevas se ha revelado algo tan importante en la historia, que nadie confía en dejarla a cargo, únicamente, de las ciencias y los científicos.

Según Thomas Kuhn, los paradigmas científicos determinan la manera de pensar, de identificar problemas y soluciones de una determinada comunidad científica en un momento histórico. El modelo de pensamiento paradigmático influye en la forma de cómo se comprende el propio mundo y se acaba forzando la naturaleza «para entrar en los compartimientos conceptuales suministrados por la educación profesional»61.

Las ciencias modernas tenían como principio legitimador su neutralidad, es decir, la creencia de que los científicos – por describir racionalmente la realidad objetiva –,

60KUHN, Thomas Samuel. La estructura de las revoluciones científicas, p. 140. 61Ibíd., p. 29.

35 estarían inmunes o exentos de formulaciones o juicios de valor sobre los hechos observados. Por eso, éstos no podrían ser responsabilizados por las decisiones políticas relativas al uso de sus descubrimientos62. Esta visión técnicamente reduccionista de la

responsabilidad científica será uno de los principales temas discutidos, de manera crítica, por las éticas aplicadas.

De cualquier modo, la lectura que hacemos sobre el aumento del interés por la reflexión ética, es que ese «giro ético», que vemos en las diversas prácticas discursivas contemporáneas (política, científica, mediática, etc.), parece estar directamente vinculado al «proyecto de la modernidad»63 o, más específicamente, a su fracaso.

Como sabemos, la implementación del proyecto moderno, a partir de mediados del siglo XVIII, inició un amplio y profundo cambio de ideologías y legitimaciones sociales, fue marcada por la permuta de poder político-económico y promovida por la ascensión burguesa. Esta transformación, que alcanza una «totalidad histórica de un mundo de vida»64, no fue sólo un cambio burocrático en las instituciones o en la secularización de la legitimación del poder y de la verdad, sino que fue una profunda modificación que afectó a toda la sociedad. En este contexto, la razón surge como el gran juez que somete todo a su criba y el método científico, basado en la matemática y la física, pasa a ser el procedimiento por excelencia de la nueva manera de investigar y explicar, de manera fragmentada, los fenómenos naturales y humanos, como nos explica Habermas65,

La progresiva “racionalización” de la sociedad depende de la institucionalización del progreso científico y técnico. En la medida en que la ciencia y la técnica penetran en los ámbitos institucionales de la sociedad, transformando de este modo a las instituciones mismas, empiezan a desmoronarse las viejas legitimaciones. La secularización y el “desencantamiento” de las cosmovisiones, con la pérdida que ello implica de su capacidad de orientar la acción, y de la tradición cultural en su conjunto, son la otra cara de la creciente “racionalidad” de la acción social.

La fe en Dios, como el responsable por curar los males y justificar las injusticias, se dirige ahora a la ciencia, transformándola de un simple instrumento de explicación y organización de los fenómenos mundanos en un objeto casi divino. La ciencia racional, dentro del proyecto positivista, puede dominarlo todo, inclusive las injusticias.

62JAPIASSÚ, Hilton; MARCONDES, Danilo. Dicionário Básico de Filosofia, p. 194.

63El esfuerzo intelectual de los pensadores iluministas por organizar el mundo a partir de la razón.

(HARVEY, David. Condição pós-moderna: uma pesquisa sobre as origens da mudança cultural, p. 23)

64HABERMAS, Jürgen. Ciencia y técnica como “ideología”, p. 65. 65Ibíd., p. 54.

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36 El avanzado optimismo inicial de ese proyecto, que pensaba que realmente podría llegar no solo a dominar la naturaleza y al hombre, sino a perfeccionarlos, revela muchas veces una simplificación demasiado reduccionista de la compleja realidad del mundo natural y humano.

La píldora anticonceptiva que surge en la década de los 60 como la solución para el amor libre y seguro, el Prozac, que empezó a ser comercializado en los años 80 como la «píldora de la felicidad», la solución para la angustia humana y, por último, la Viagra, que promete con una sola pastilla la virilidad masculina y la felicidad en el matrimonio, son claros ejemplos de cómo el pensamiento técnico simplifica fenómenos tan complejos como la felicidad y la sexualidad humana, tratándolos como disfunciones químicas fácilmente «reparadas» con el «consumo» de algunos fármacos.

Es como si la técnica separara la parte del todo, centrándose en un aspecto que queda descontextualizado, sin historia, en el intento de controlar aquello que, de tan reducido, no es necesario constatar. La atención se desvía de lo que realmente importa y busca solucionar o disfrazar los síntomas, pero nunca tratando las causas.

Por lo tanto, la ideología de la técnica no crea solamente una ciencia tecnicista o una política tecnicista; el propio sujeto humano queda, de una u otra manera, tecnificado. La visión técnica ofrece al hombre, además de soluciones sencillas para problemas complejos, un mundo racionalmente organizado listo para ser utilizado y consumido, pero no comprendido.

Los «objetos de estudio» de las ciencias modernas son como creaciones suspendidas en la historia, es decir, descubrimientos verdaderos e inéditos de facetas de la realidad que antes no tenían explicación o ni siquiera existían. Es el constante reinvento de la novedad que alimenta la fe en la ciencia. El problema es que cada nuevo invento se presenta tan descontextualizado que no conseguimos identificar con qué está relacionado, dónde surgió y cuáles son sus consecuencias.

Asimismo, el hombre comienza a ser visto y tratado como un objeto descontextualizado, a-histórico y fragmentado: un «enfermo» susceptible de intervenciones médicas, un «recurso» en las organizaciones, un «consumidor» en los datos estadísticos positivos de la economía o un «parado» en los datos negativos de esta última, un «elector» en los discursos políticos democráticos o una «baja» en los campos de batalla.

37 En lo que concierne a la totalidad, es la dimensión humana que se pierde en el discurso utilitarista de la técnica, como nos explica Rollo May66,

Nuestra situación es la siguiente: en la actual confusión de episódicos racionalistas y técnicos perdemos de vista y nos despreocupamos del ser humano; hay que volver ahora humildemente al simple cuidado…; es el mito del cuidado – y muchas veces creo que solamente él – lo que nos permite resistir al cinismo y a la apatía, que son las enfermedades psicológicas de nuestro tiempo.

La apatía de la que nos habla este autor existencialista se refiere a la insensibilidad ante el sufrimiento del otro. La patología de nuestro tiempo se manifiesta en el individualismo que representa la pérdida de la capacidad del sujeto de ponerse en relación con los otros y con el mundo alrededor. El pensamiento estrictamente técnico coloca a los sujetos dentro de un modelo de relación de posesión, de uso, donde el conocimiento se manifiesta en cuanto conocimiento de «algo». «Algo» que, a su vez, se revela pasivo ante el acto activo de conocer. Este modelo de ciencia, este método científico, descubre a un sujeto que conoce el mundo de manera solitaria y, según Lévinas67, «no nos pone

verdaderamente en comunión con el otro; no reemplaza a la sociedad; es siempre y todavía una soledad».

De esta forma, la relación tecnificada propia de los sujetos modernos se manifiesta entre un yo y un ello, un sujeto inanimado, un objeto. Este vínculo es primordialmente de posesión y uso, una relación sin contexto. Sin embargo, si Buber68 defiende que el verdadero yo sólo se revela/constituye a través de una concomitancia complementaria con un tú (con un otro que signifique en cuanto a un yo). De esta manera, el individuo que establece una relación en el modelo yo-ello pierde también la condición del mismo y se convierte, asimismo, en un ello. En resumidas cuentas, del sujeto en relación queda solo el ello.

En definitiva, la deshumanización y cosificación del hombre, las guerras económicas, los interminables conflictos políticos y económicos entre las naciones, el aumento de la miseria, de las enfermedades y del hambre en el mundo, la degradación ambiental, la primacía de la economía sobre la política y la crisis de las democracias representativas occidentales: todos estos factores apuntan al fracaso del «proyecto moderno».

66MAY, Rollo. Amor y voluntad, p. 255. 67LÉVINAS, Emmanuel. Ética e infinito, p. 55. 68BUBER, Martin. Yo y Tú.

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38 Además, la supuesta neutralidad de la ciencia, legitimadora ideológica de este proyecto, se revela como un mito, ya que buscaba ocultar por detrás de un discurso técnico, objetivo, puro, supuestamente neutro y universal, los intereses económicos y políticos de una clase, reflejados en una ideología de dominación, control y sujeción del hombre por el hombre69.

Estas son las causas del sentimiento que algunos autores actuales denominan de malestar contemporáneo. Para Bauman70, Hall71 y Harvey72, por ejemplo, dicho malestar, que es fruto de la decepción del sueño moderno, sería el responsable de la profunda crisis que atraviesan las sociedades occidentales. Tal crisis afectaría a la identidad de los individuos y a la propia estabilidad del mundo y de lo real, anticipando el surgimiento de una nueva era post-iluminista, post-racionalista y post-moderna. Este nuevo tiempo histórico-social se revela, principalmente, como inestable, pesimista y totalmente incrédulo con relación a las cosmovisiones, las metanarrativas y las ciencias modernas.

Por lo tanto, la construcción de un nuevo proyecto científico es, además de inevitable, fundamental para que podamos interpretar con más responsabilidad la realidad.