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La arqueología del saber no se refiere a la ciencia sino al saber como objeto de análisis. Aunque existe una relación entre el sa- ber y la ciencia, uno es condición de posibilidad de la otra, el sa- ber es irreductible a la ciencia y a la ideología. El saber, sus jue- gos y prácticas, no se explican por la ciencia o por la ideología. Una «práctica discursiva» crea un saber determinado que posibi- lita la ciencia, pero esto no quiere decir que el saber sea precien- cia. ¿Qué es el saber para Foucault entonces? Varias realidades. En primer lugar, aquello de que se puede hablar en una práctica discursiva. En segundo lugar, los diferentes objetos que como do- minio adquirieron un estatuto científico. En tercer lugar, el espa- cio donde un sujeto puede hablar de los objetos tratados por un discurso. En cuarto lugar, el campo de coordinación y subordina- ción de los enunciados en que aparecen, se definen, se aplican y se transforman los conceptos. En quinto lugar, un saber es defini- do por las posibilidades de utilización y de apropiación ofrecidas por un discurso. Entre la práctica discursiva, el saber y la ciencia

no cabe decir que hay grados de menor a mayor elaboración del conocimiento como correspondería a un progreso en orden a aprehender la realidad. No hay escala de progreso entre ellos y son irreductibles entre sí. Y aquí la relación entre los tres ele- mentos no es simétrica. Prácticas discursivas y saber están inter- penetrados de modo que todo saber se define por una práctica discursiva y toda práctica discursiva puede definirse por el saber que forma. En cambio, pueden existir saberes no dependientes de ciencia alguna. En la formulación de las relaciones entre los ele- mentos de este eje tripartito, Dominique Lecourt ha visto un in- tento de revocación de la metodología de Louis Althusser. Este último propuso una escisión epistemológica entre ciencia e ideo- logía, mientras que Foucault sitúa a la ideología en el espacio del saber que condiciona una ciencia.

Cuando Gilles Deleuze califica a su amigo de «nouvel archi- viste» se refiere a que Foucault ha realizado el archivo de algunas formaciones discursivas, de sus condiciones materiales, tarea que requería un cambio radical de estilo de trabajo inatendible por el historiador. La pregunta fundamental del archivista es por qué se dio este enunciado y no otro en el tiempo. Tampoco iba a ser for- mulada esta pregunta por el lingüista. El análisis de la lengua es- tudia las reglas de construcción de un enunciado, mientras que la arqueología estudia las condiciones de posibilidad de que acon- tezca un enunciado determinado y no otro. Se trata de describir los enunciados en su dispersión propia previa a las agrupaciones que realizan las «unidades discursivas» empleadas por la historia. El nivel de la arqueología es previo al que estamos habituados cuando nos manejamos con producciones culturales, libros, auto- res, ciencias, discursos políticos, novelas.

Junto a la existencia prolija de un aparato conceptual sober- bio, en La arqueología del saber hay premeditados silencios. Así, Foucault no define qué entiende por enunciado. Va cercan- do una definición a través de descartes que no se cierran en la esperada definición. Del enunciado cabe saber qué no es y que no le interesa ni la estructura formal, ni la estructura material del enunciado, sino la función que existe entre unas y otras es- tructuras. Maurice Blanchot en Michel Foucault, tal como yo le imagino se refiere a que hay toda una «teología negativa» del enunciado, o una «tautología casi heroica». Lo más que encon-

tramos es cuenta de su especificidad. El enunciado no es una frase gramatical, tampoco una proposición lógica. El enunciado se parece más a un conjunto de signos observables en su existen- cia. Cabe que su apariencia sea una proposición o una frase, pero desvinculadas de sus reglas lingüísticas o lógicas. A la arqueolo- gía le interesa la consistencia material del discurso, en ningún modo su significación, su coherencia lógica o semántica. Conse- cuente con su planteamiento, el enunciado permanece como un elemento anómalo, extraño, átomo del discurso a la vez que irre- ductible al significado. Ni es proposición, ni es frase o acto de alocución. Para mantener la intriga e inquietar, Foucault da un ejemplo de enunciado que no puede ser más que paródico: la se- rie de letras de las máquinas de escribir francesas, A, Z, R, T. El enunciado tiene una «función de existencia» diverso a un agru- pamiento de signos, interpretable o formalizable lingüística o ló- gicamente. Si no da una definición de enunciado, sí ofrece cuáles son sus condiciones de existencia. En primer lugar, para Fou- cault la relación del enunciado con lo que enuncia no es del or- den de la significación; es condición de posibilidad de la propo- sición o la frase, pero como pura materialidad. En segundo lugar, no existe por creación de un sujeto pues éste guarda una relación funcional con el enunciado que le da el lugar necesario para ser sujeto de un enunciado. En tercer lugar, la identidad del enuncia- do tiene un soporte material encuadrado en el espacio y en el tiempo fuera de los cuales pasa a ser otro distinto. En cuarto y último lugar, el enunciado posee un «dominio asociado» de for- mulaciones que agrupa o a las que el enunciado se refiere, no identificables con la frase o la proposición por guardar relacio- nes de significación. Gilles Deleuze señala que también cabe di- ferenciar al enunciado de la frase y la proposición porque aquél puede ser repetido, mientras que estas sólo pueden ser recomen- zadas o revocadas y reactualizadas. En todo caso, las condicio- nes de repetición de los enunciados son muy severas: identidad del espacio de distribución, de repartición de singularidades enunciativas, identidad de orden de plaza y lugar, y de relación con un medio institucional... En estas coordenadas de repetición puede volver a darse. Como objeto, es singular y susceptible de batallas políticas por su apropiación y reapropiación. Como otros muchos objetos manipulados por los hombres, es suscepti-

ble de operaciones y estrategias de circulación pacíficas o con- flictivas, pero siempre reflejo de intereses en liza.

Hay una relación de conjunto a elemento entre la «formación discursiva» y el «enunciado». Cada «formación discursiva» rige el sistema de dispersión y reparto de un grupo de enunciados, so- metidos a un «sistema de formación». Los cuatro dominios que configuran la estrategia de una formación discursiva coinciden con las cuatro direcciones de la función de existencia del enun- ciado. Por ello, Michel Foucault mantiene algunas hipótesis co- munes a las dos nociones. En primer lugar, el análisis del enun- ciado y de la formación discursiva están conexionados. En segundo lugar, la formación discursiva define la «regularidad» o «ley de coexistencia» de los enunciados que agrupa. En tercer lu- gar, un «discurso» puede definirse como un conjunto de enuncia- dos con las mismas condiciones de existencia establecidas por una formación discursiva. Enunciado, formación discursiva y dis- curso forman un mismo eje conceptual.

Gilles Deleuze señala que la arqueología pretende describir el suelo y el subsuelo sobre el que se ejercita el pensamiento. El análisis del «zócalo» del saber requirió en Las palabras y las cosas y en La arqueología del saber utilizar las nociones de a priori y episteme. En este último escrito añade el uso del con- cepto de «archivo». Ahora, el concepto de episteme es mucho menos utilizado. Tal desuso ha sido interpretado como síntoma de su alejamiento del estructuralismo. En todo caso, Foucault se- ñaló una línea de continuidad entre Las palabras y las cosas y La arqueología del saber, dentro de un deseo constante de pro- longación de esta vía de reflexión. No parece acertado, en cam- bio, interpretar, como hace Dominique Lecourt, el abandono de la noción de episteme en La arqueología del saber como un acercamiento al materialismo histórico y un alejamiento del ide- alismo, adolecido por la noción continua del sujeto y la disconti- nuidad estructural de las rupturas. Este materialismo marxista nunca reconoció el nivel propio de la investigación arqueológi- ca: la búsqueda del «pedestal positivo de los conocimientos» o de las condiciones de emergencia de diferentes formaciones discursivas.

En Las palabras y las cosas expone los «modelos teóricos co- munes a varios discursos» o «formaciones discursivas», mante-

niéndose dentro del nivel propiamente discursivo para el análisis. No los vincula con prácticas, instituciones, relaciones sociales, políticas... En cambio, La arqueología del saber retoma el nivel de análisis de Las palabras y las cosas al referirse a las prácticas discursivas pero abriendo el estudio del nivel extradiscursivo. El desuso de la noción de episteme no es definitivo. En La arqueo- logía del saber, Foucault define qué entiende por episteme. En primer lugar, una episteme es el conjunto de relaciones que, en una época dada, pueden unir las prácticas discursivas que dan lu- gar a unas figuras epistemológicas o a unas ciencias. En segundo lugar, es el conjunto de relaciones que, en una época dada, se es- tablece entre las ciencias si se las analiza en su regularidad dis- cursiva. En último lugar, una episteme es el conjunto de rela- ciones que, en una época determinada, se establece entre unas positividades, unas prácticas discursivas, unas figuras epistemo- lógicas y unas ciencias. En La arqueología del saber hay una re- capitulación metodológica que incluye conceptos empleados en la Historia de la locura, el Nacimiento de la clínica y Las pala- bras y las cosas, junto con conceptos nuevos que avanzan diver- sos planteamientos y un giro definido hacia la filosofía política. La mayor ruptura con el concepto tradicional de historia de las ideas, Foucault la da con el empleo del concepto de «archivo», en cuyo seno ha de estar incluida la totalidad de los enunciados de una época. Al elaborar el archivo de una época, Michel Foucault no pretende hacer análisis del discurso, sino explorar sus condi- ciones de producción. Gilles Deleuze, muy gráficamente, se ha referido a que se trata de un nivel geológico de análisis del dis- curso. El archivo reúne los enunciados que operan como condi- ción de posibilidad de los discursos. Por archivo, Foucault entien- de el conjunto de sistemas de enunciados que se localizan en el espesor de las «prácticas discursivas» y regulan la aparición de enunciados como «acontecimientos discursivos». De una parte, es el sistema que rige la aparición de los enunciados como aconteci- mientos singulares; y, de otra parte, es la ley de regularidad de las cosas dichas. Con esta noción de «archivo», la arqueología pre- tende definir un nivel particular donde se expresan las prácticas que hacen aparecer una multiplicidad de enunciados que son ob- jeto de tratamiento y manipulación. La elaboración del archivo de lo dicho en un periodo requiere considerar las prácticas, teorías e

instituciones que forman un conjunto de «huellas verbales», de las que habría que concluir un inventario total y describir, a su vista, sus constantes. Realizar el archivo de una época en su tota- lidad es imposible. No cabe realizar el inventario del conjunto de los discursos de una época pasada, tampoco es posible realizar el archivo de lo dicho en nuestro tiempo presente desde el que ha- blamos. La tarea de Foucault es trágica y desgarrada en su plan- teamiento más absoluto. Ante esta imposibilidad, ha intentado realizar el archivo de dominios discursivos concretos —lo dicho en psiquiatría, medicina, biología, lingüística, economía...

Para Foucault, la arqueología es la ciencia del archivo de una época. La arqueología es un análisis del discurso en su modalidad de archivo. No se trata de un análisis formal del lenguaje, a la manera del realizado por Wittgenstein y Russell. Las reglas dis- cursivas que estudia la arqueología no son ni internas ni externas al discurso, están en su límite, y son la sustancia de su propia ma- terialidad. No se trata de comprender al discurso como una esen- cia vinculada a un sujeto trascendental sino de estudiarlo como una función a la vista de sus «relaciones discursivas» o «regulari- dades discursivas». El sujeto no es el autor o creador del discurso, sino que su operatividad remite a una serie de prácticas discursi- vas y extradiscursivas. Foucault quiere desvincular su análisis del discurso de cualquier antropomorfismo. El discurso no es el fruto de una actividad racional de un sujeto. El discurso es un conjunto de reglas anónimas, determinadas histórica y geográficamente, que definen las condiciones de ejercicio de la función enunciati- va en un área social, económica, geográfica o lingüística dada.

Foucault no esclarece meridianamente qué constitución mate- rial tienen las prácticas discursivas y qué relaciones mantienen con las prácticas extradiscursivas. Sus críticos —así Dominique Lecourt— resaltaron que Foucault llegaba a una aporía irresolu- ble si no establecía alguna incidencia de las prácticas extradis- cursivas en las discursivas. Las instituciones habrían de tener un papel decisivo en la formación de los discursos o resultarían inexplicables por sí mismas. Foucault reconoció la necesidad de una deriva teórica entre Las palabras y las cosas y La arqueo- logía del saber: de la supuesta autonomía del discurso a un de- cisivo énfasis en el juego de elementos extradiscursivos en su re- gulación. De ahí que haga, en La arqueología del saber, un

reconocimiento de una diversidad de relaciones en la formación del objeto científico. No sólo intervienen relaciones discursivas en su formación —haz de relaciones que el discurso debe reco- rrer para hablar, tratar, nombrar o analizar determinados obje- tos—, sino también relaciones secundarias o reflexivas —rela- ción entre categorías científicas e instituciones sociales— y relaciones primarias o reales —relaciones exteriores al objeto, lo- calizadas en instituciones, procesos económicos y sociales, for- mas de comportamiento...

Aunque este cambio teórico fuera necesario, a sus críticos marxistas cabe objetarles que la atención a la relación entre prác- ticas discursivas y extradiscursivas no debiera hacer desestimar la especificidad que tiene el juego del discurso en su materialidad propia. Aunque puede observarse una consecutiva revisión o ma- tización de la «ilusión de la autonomía del discurso» —en expre- sión de Dreyfus y Rabinow— alentada en Las palabras y las co- sas, es necesario resaltar el interés específico de los análisis de Foucault al reconocer la importancia del propio nivel discursivo, irreductible a las instituciones y a los procesos económicos y so- ciales. Incluso cuando Foucault está desarrollando su plan de tra- bajo más político como genealogía del poder, mostró la validez y el interés de este estudio de las reglas de juego propiamente dis- cursivas.

El paulatino énfasis en la operatividad de las prácticas extra- discursivas conllevó la aparición de un nuevo concepto, el «dis- positivo», correlativo a la desaparición de la noción de episteme. El análisis del poder irrumpe con la aparición de la reflexión en torno a las «matrices jurídico-políticas» o matrices de «poder- saber». La arqueología del saber plantea los problemas que con- dujeron al tránsito de la «arqueología del saber» a la «genealogía del poder». Foucault plantea un nuevo proyecto de «historia po- lítica de los cuerpos». De los escritos arqueológicos a los genea- lógicos, se concede mayor importancia a la «analítica del po- der», pero la irrupción genealógica marca, más que un cambio, una incidencia en el tema del poder. Hay dos acontecimientos sociales a los que Foucault atribuyó siempre una importancia trascendental en esta incidencia política en sus escritos. Poco an- tes de la publicación de La arqueología del saber (1969) y antes de Vigilar y castigar (1975) ocurre el movimiento de Mayo de

1968 y se organiza el G.I.P. (Grupo de Información sobre las Prisiones). La estrategia política del G.I.P. está muy vinculada a la reflexión de Foucault sobre el control de la palabra. Ahora, en este grupo reivindicativo, se trata de conceder la palabra a quie- nes no la tienen: los presos. No se trata de ponerse a la cabeza de ellos sino de servir de vaso comunicante que facilite la pro- yección de la palabra de quienes se han visto silenciados. Quie- ren ser el soporte invisible de los desposeídos. A Foucault, De- leuze y algunos otros marginales de la filosofía tampoco se les facilita ser el centro de la universidad. Conocen el exilio acadé- mico de Vincennes, otro elemento presente en tan valioso cam- bio de rumbo.