La ciudad de Nueva York constituye un punto vital de cualquier mapa antillano. La ciudad concentró la gran mayoría de la migración puertorriqueña a los Estados Unidos y fue, consecuentemente, la sede de la cultura niuyorriqueña surgida de este proceso migratorio. La historia del vínculo entre Nueva York y las Antillas se remonta mucho más atrás todavía. La ciudad fue uno de los grandes polos de atracción de los procesos migratorios latinoamericanos, al punto de que la primera novela de la migración hispánica en los Estados Unidos aparece, precisamente, en Nueva York cuando en 1914 el colombiano Alirio Díaz Guerra publica su obra Lucas Guevara. A su vez, la ciudad albergó a la gran mayoría de los exiliados políticos antillanos durante sus luchas independentistas, los cuales transformaron a Nueva York en cuna y sede de muchos de estos movimientos emancipatorios antillanos, tal como se desprende, por ejemplo, de las cruciales fundaciones en la ciudad del Partido Revolucionario Cubano y su sección puertorriqueña hacia fines del siglo XIX. La antillanidad de Nueva York no sólo surge de este papel trascendental en la historia antillana, sino también del influjo constante que las oleadas migratorias del archipiélago le han impreso, y le continúan imprimiendo hoy día a sus barrios y sus calles.
Nueva York constituye el espacio en que la relación dolorosa entre Puerto Rico y los Estados Unidos se flexiona para introducir su condición dual, en tanto agente de la hostilidad hegemónica y posibilidad de sobrevivir resistiendo. La relación de los Estados Unidos con la nación puertorriqueña se remonta, como hemos visto, a una historia de colonialismo que, desde la guerra hispano-estadounidense de 1898 hasta la fecha, marca a la cultura puertorriqueña con el estigma insoslayable de constituir una colonia norteamericana bajo los eufemismos modernos del Estado Libre Asociado (E.L.A.) o la libertad de mercado. De esta relación, fundamental para comprender la historia cultural puertorriqueña, se desprende un fenómeno crucial para la historia de esta nación antillana como fue el éxodo masivo de puertorriqueños a lo largo del siglo XX, principalmente, luego de la segunda guerra mundial, hacia los Estados Unidos y, fundamentalmente, hacia Nueva York. Este éxodo masivo fue producto de varios factores, entre los que sobresalen la proclamación en 1917 de la ley Jones-Shafroth (conocida popularmente como Acta Jones) por la cual se reconocía la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, la constitución puertorriqueña de 1952 que
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establecía la calidad de Estado Libre Asociado de los Estados Unidos29 y la política socio-económica orquestada por el gobierno de Luis Muñoz Marín, la cual se dio a conocer como Bootstrap Operation (―Operación manos a la obra‖) y supuso un plan de industrialización de la nación que empujó al país, primero a una migración desde los sectores rurales hacia las urbes, producto de la transformación macro-económica de una sociedad anteriormente concentrada en la producción agrícola y ahora volcada hacia un proceso de industrialización, y en segundo lugar, a una migración hacia los Estados Unidos favorecida por las políticas oficiales que encontraban en la densidad poblacional de Puerto Rico un problema para el desarrollo de este proceso de modernización y saneamiento económico.30 Esta política demográfica impuso una verdadera expulsión de trabajadores puertorriqueños forzados a migrar en busca de
trabajo y mejores condiciones, una ―exportación indiscriminada de obreros y sus
familias desde Puerto Rico hacia los Estados Unidos que acarreó un impacto social y
cultural de proporciones significativas‖ (Flores 1993: 13) 31.
Esta relación colonial entre la potencia imperial del norte y la isla de Puerto Rico, junto con la continua e ininterrumpida migración de puertorriqueños que siguen arribando a suelo estadounidense cada día, unió, indisolublemente, la cultura de Puerto Rico con la de los Estados Unidos. Este lazo es tal que, si bien en la actualidad
29 La constitución de 1952 y su proclamación del E.L.A. no hizo otra cosa que formalizar el nuevo estatuto colonial de Puerto Rico, condición impuesta de hecho por los Estados Unidos sobre la isla desde 1898 con la invasión militar norteamericana. Señala al respecto Jorge Duany que esta formalización del estatuto colonial bajo la fórmula del E.L.A., supuso la emergencia de un nuevo estado “post-colonial”
para la sociedad puertorriqueña, imponiendo un sistema democrático incompleto con una ciudadanía parcial y subordinado a una entidad política externa que no representa a sus propios habitantes. Esto, sumado al hecho de que esta nueva modulación de la relación colonial con la metrópoli imperial otorgaba al estado subalterno cierta autonomía, configura este nuevo tipo de postcolonialidad impuesta a Puerto Rico, entre otros estados modernos. A su vez, y por consiguiente, los puertorriqueños emigrados a los
Estados Unidos también poseen un estatuto singular producto de su particular migración “intra-estatal”, lo
cual, según Duany, redunda en su condición de “inmigrantes coloniales” (2008: 120), condición que como señala Ramón Grosfoguel (2003) acerca a los puertorriqueños a otros sujetos coloniales antillanos en sus viajes hacia las metrópolis imperiales a partir, fundamentalmente, de la posición subalterna que pasan a ocupar en estas sociedades hegemónicas.
30 Las políticas migratorias respecto a Puerto Rico se orientaron a lo largo del siglo XX a favorecer la expulsión de la población hacia regiones extranjeras bajo la concepción difundida de Puerto Rico como una nación pequeña, pobre, superpoblada y con muy pocos recursos naturales. Esta política migratoria fue amparada por el gobierno estadounidense cuya percepción de Puerto Rico no era distinta de esta concepción degrada y produjo, consecuentemente, un proceso diaspórico para la nación puertorriqueña que si en un principio comprendió diversos destinos como Hawaii, República Dominicana y Cuba, entre otros, hacia la década del cuarenta se orientó definitivamente hacia los Estados Unidos, en principio hacia la ciudad de Nueva York, generando un proceso demográfico y socio-cultural cuyas consecuencias visibles son la escisión de la nación en una dualidad constitutiva que hoy la divide entre la isla y el territorio norteamericano. De allí que el gobierno puertorriqueño ocupó durante el siglo XX, y a pesar de su falta de soberanía tal como señala Jorge Duany, “el rol de un intermediario 'trasnacional' para sus ciudadanos migrantes” (2008: 129).
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los puertorriqueños no componen la primer minoría de los Estados Unidos (a menos
que se los integre al colectivo de los ―latinos‖), la magnitud y características de su
historia diaspórica hizo que ya para el año 2007 la población de puertorriqueños viviendo en los Estados Unidos superase a los puertorriqueños viviendo en la isla.32 A su vez, una de las características de la migración puertorriqueña fue el alto grado de organización y articulación que alcanzaron las numerosas instituciones y espacios colectivos fundados por los inmigrantes puertorriqueños, los cuales permitieron a este grupo alcanzar una gran cohesión no sólo nucleándolo alrededor de estos espacios comunitarios, sino también por medio de la organización de las bases socio-políticas que constituirían su fecundo y extendido activismo socio-cultural. Ejemplo de ello son los numerosos sindicatos de trabajadores puertorriqueños, las sociedades de beneficencia, los partidos políticos, las instituciones deportivas, etc. institucionalización de la cultura puertorriqueña de los Estados Unidos que fueron determinantes para la cohesión y afianzamiento de su identidad cultural.
Las consecuencias de este proceso migratorio fueron numerosas y trascendentales para la cultura puertorriqueña. La relación insoslayable con los Estados Unidos produjo una suerte de relación obsesiva que condenó a la cultura de Puerto Rico, como advierte Juan Duchesne Winter (2009), a un binomio angosto que obturó muchas veces cualesquiera otras relaciones posibles, por caso la relación entre Puerto Rico y el Caribe, la cual ha devenido muchas veces a partir de este vínculo
atávico con los Estados Unidos, una verdadera ―interzona de fuga‖ (Duchesne Winter:
2009) que ha obstaculizado, por momentos, la labor crítica en torno a los profusos y productivos contactos entre la cultura puertorriqueña y las demás culturas caribeñas dentro y fuera de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, el otro extremo de este binomio lo constituye la antillanización de la ciudad de Nueva York, la cual concentró, como señalamos, el grueso de la diáspora puertorriqueña.
Al igual que en el caso paradigmático del sudoeste norteamericano, la histórica
32 Estos números están tomados de fuentes oficiales, como la Oficina de Censos de los Estados Unidos (US Census Bureau 2008), y comprenden tanto a puertorriqueños nacidos en la isla como en los Estados Unidos. Las estadísticas sirven no sólo para corroborar el crecimiento exponencial de la comunidad de origen hispánico en los Estados Unidos, sino también la trascendencia que tiene esta migración puertorriqueña en la composición demográfica de los Estados Unidos. Las características de este proceso migratorio se mantienen a lo largo del tiempo, por lo cual la comunidad puertorriqueña es relegada a los márgenes de la sociedad norteamericana a través de un acceso restringido a la educación, la imposición de los puestos laborales peor remunerados y una pauperización progresiva que ha ubicado históricamente a los puertorriqueños en las peores condiciones frente a otras minorías, incluso dentro del propio colectivo de los latinos. Para un análisis de estos factores de la migración puertorriqueña ver: Duany (2008) y Vargas-Ramos (2006).
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presencia puertorriqueña en Nueva York contribuyó decisivamente en la configuración de los contornos antillanos de la metrópoli. Esta antillanización estuvo fuertemente marcada por la función ejercida por los periódicos, en tanto medios de difusión y espacios discursivos de cohesión y afirmación identitaria de las culturas latinas de Nueva York. Entre estos periódicos se encuentran El mensajero semanal y El mercurio de Nueva York, los cuales entre 1820 y 1830 difundieron la cultura de origen hispánico de la ciudad por medio de la publicación no sólo de noticias de sus naciones originarias, sino también poemas, cuentos y fragmentos de obras que contribuyeron a la evolución del campo cultural latino. Entre algunos de los autores de ascendencia latina que publicaron sus obras durante este período en Nueva York se encuentran el poeta Miguel Teurbe Tolón (1820-58), nacido en Estados Unidos pero de ascendencia cubana y Anastasio Ochoa y Acuña, el cual en 1828 publicó su libro Poesías de un mexicano. El caso más emblemático de esta presencia latinoamericana en Nueva York lo constituye la figura preponderante de José Martí, quien vivió gran parte de su vida en la ciudad norteamericana y en la cual escribió la mayoría de sus obras maestras. Pero es con los movimientos independentistas de las Antillas y sus exilios políticos que esta presencia cultural latina, y específicamente antillana, se afianzó definitivamente en Nueva York. La influencia que tuvieron los movimientos políticos por la independencia de las naciones antillanas en la vinculación de Nueva York con el área caribeña, y especialmente con Puerto Rico, es de tal magnitud que muchas de las organizaciones independentistas de la región fueron concebidas y fundadas en la propia ciudad de Nueva York, donde también se publicaron alguno de los textos más importantes de este movimiento emancipatorio antillano como El grito de Yara de Luis García Pérez (1879), y la mayoría de los escritos de figuras patrias de la cultura puertorriqueña de fines del XIX como Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances, Lola Rodríguez de Tió o Sotero Figueroa. El destino principal de los exilios políticos de estas figuras de las luchas independentistas antillanas, fue la ciudad de Nueva York. La figura de Martí, por caso, es también un paradigma de esta centralidad neoyorquina de la política antillana, por cuanto es, precisamente, su actividad política en esta ciudad la que conformará la base de la independencia cubana y sus intentos por alcanzar también la independencia puertorriqueña. Así es como el 10 de abril de 1892 se funda en Nueva York el Partido Revolucionario Cubano, cuyas bases, redactadas por el propio Martí, dejaban consignado el propósito de alcanzar la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico. Por otro lado, desde los primeros años del siglo XX florecieron en
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Nueva York, al calor del crecimiento exponencial de las migraciones antillanas, numerosas editoriales de lengua española que permitieron la publicación de varios autores latinos que abastecían a este nuevo público hispanoparlante. Uno de los ejemplos más representativos de esta emergencia editorial hispánica lo constituye la editorial Spanish American Publishing Company que publicó a autores hispánicos de Nueva York desde principio de siglo hasta 1950, aproximadamente, a la cual se le sumaron, entre otros, el periódico Las novedades, que no sólo publicaba libros en español sino que publicó a autores de la envergadura del dominicano Pedro Henríquez Ureña, con su pieza dramática El nacimiento de Dionisos (1916); y también Gráfico, periódico especializado en teatro (género de enorme popularidad en estas primeras décadas del siglo XX) y dirigido por el cubano Alberto O'Farrill, el cual publicó numerosos poemas, cuentos, ensayos y crónicas de los escritores latinos que proliferaban en nueva York a lo largo del siglo XX (incluso tras la Gran Depresión de la década del treinta) y los cuales contribuyeron decididamente en la conformación de
ese imaginario antillano levantado sobre la ciudad bajo el lema del ―Trópico de Manhattan‖. Esta antillanización de la metrópoli neoyorquina atraviesa así toda la historia de Nueva York, la cual más allá de su exacerbada condición cosmopolita, en tanto epítome de las metrópolis modernas, siempre estuvo ligada a la cultura antillana que pobló sus calles no sólo con sus hombres y mujeres trasplantados, sino también con su música, sus comidas, sus colores, etc., es decir, con sus pueblos como cuerpo de prácticas culturales, tal como se apreciaba en la semblanza de Héctor Manuel Colón y su encuentro casual con un trepao antillano a mitad de un parque neoyorquino.
Estas figuras ligadas íntimamente a la historia de Nueva York dan cuenta de la historia antillana de la ciudad, la cual a través de las oleadas migratorias que a diario la poblaron cambió para siempre su paisaje cultural, adquiriendo desde fines del siglo XIX la fisonomía de un enclave más del archipiélago antillano. Es dentro de esta ciudad antillana que los puertorriqueños fundaron, a su vez, su propio enclave dentro de la isla (vale recordar que Manhattan, el corazón de Nueva York es a su vez una isla), un enclave que bautizaron como Loisaida y del cual surgió la literatura niuyorriqueña, una tradición literaria centrada en la experiencia cruel del desamparo frente a la perdida de la cultura natal y en la hostilidad imperante en la sociedad norteamericana para con los emigrantes. Esta tradición configuró una representación desmitificadora
de la apostasía latina frente al ilusorio ―sueño americano‖, ese imaginario celebrado
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construido. Esta tradición literaria retomó, en principio, las décimas folclóricas de la tradición puertorriqueña que cantaban la experiencia lacerante de la diáspora y la nostalgia, como la difundida décima ―El lamento de un jíbaro‖, esa letanía por el pasado natural y bucólico de un Puerto Rico idealizado frente a la marginalidad de la urbe moderna. Y luego, en un segundo momento marcado por la emergencia de las segundas generaciones, con la gestación plena de una nueva modulación literaria que, lejos de fijar la mirada en la relación truncada, deseada e imaginada con la isla, se asentó, en cambio, sobre la base de una nueva relación con el espacio, una cartografía largamente inventariada bajo el nombre de Loisaida, ese barrio sobre el cual los niuyorriqueños levantaron una nueva identidad cultural que prescindía del territorio y sus prerrogativas insulares, y construyeron así, extraterritorialmente, esta nueva puertorriqueñidad niuyorriqueña.
46 2.2 Historia de la literatura niuyorriqueña
2.2.1 Diáspora e hibridez en la cultura puertorriqueña del s. XX.
La historia de las naciones latinoamericanas, se halla atravesada por el antiguo colonialismo europeo y el actual colonialismo norteamericano en sus diversas modalidades. La figura hegemónica de los Estado Unidos en el pasado inmediato y el presente de las naciones latinoamericanas, lo ubica junto a los antiguos imperios hispánico y portugués como uno de los ejes centrales en la conformación de las modernas naciones americanas. Con diversos grados y formas de intervención, directa e indirecta, los Estados Unidos han jugado, y continúan jugando, un papel central en la historia del continente. Esta presencia imperial y expansionista de los Estados Unidos es todavía más visible y evidente en el área de las Antillas que en cualquiera otra región de América Latina, y todavía más en países como el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, colonia norteamericana que se vuelve un ejemplo paradigmático de esta expansión imperialista. La presencia militar, económica y política de Estados Unidos en la región abarca el mapa antillano de un extremo al otro, desde Cuba hasta el canal de Panamá, estableciendo así un territorio neocolonial que se extiende, a su vez, a lo largo
del océano Pacífico y configura lo que Lenny Thompson (2002, 2010) ha llamado “el archipiélago imperial norteamericano”.33
En el caso puertorriqueño, el papel de los Estados Unidos representa un punto de inflexión insoslayable. Hay un antes y un después de 1898, fecha en la cual la historia puertorriqueña pasa de ser la historia de una lucha por la independencia frente a la colonia española, a ser la historia de una relación bipolar de asimilación y resistencia al colonialismo norteamericano. Es tal la magnitud y trascendencia de esta historia colonial para Puerto Rico y sus consecuentes procesos migratorios, que se ha
naturalizado la referencia permanente a una cultura puertorriqueña “insular” y otra “continental”, para designar así los dos estratos en que se divide, desde la mitad del siglo XX, la cultura de la nación puertorriqueña. Esta mitosis34 fundacional no es más
33 Los puntos de contacto entre el área colonial antillana y del pacífico son varios, excediendo el mero hecho de ser territorios anexionados u ocupados por la política imperialista norteamericana; por caso, los vínculos entre Puerto Rico y Filipinas van, desde el particular tratamiento estigmatizante que recibieron por parte de la política exterior norteamericana, la cual veía a ambas naciones como incapaces de gobernarse a sí mismas (Thompson 2002: 15), hasta similitudes en los procesos migratorios masivos impulsados desde las colonias hacia los Estados Unidos (Duany 2008).
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que otra fase transcultural del proceso de constitución de la cultura puertorriqueña contemporánea, pero es una fase crucial para comprender la dinámica actual de la perviviente transculturación latinoamericana, ya que, si en un principio, el motor histórico de este proceso estaba constituido por la fuerza centrípeta de la conquista, la cual atraía esa multiplicidad heterogénea hacia el fecundo melting pot constituido por América como espacio de fundaciones, hoy el proceso invierte su carga, y son las fuerzas y movimientos centrífugos que impulsan a miles de latinoamericanos a abandonar sus territorios los que traccionan los fenómenos transculturales contemporáneos.35
Cuando en el siglo XIX estallan las revoluciones independentistas a lo largo del continente americano, las Antillas bajo el liderazgo cubano, comienzan a profundizar sus propias luchas de independencia. El grito de Yara en 1868 marca el inicio de la resistencia cubana ante el colonialismo español. Mientras Cuba tiene como figura insigne de su lucha por la independencia a José Martí, Puerto Rico, históricamente