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Una premisa

87. Hay tres aspectos sobre la vida común que quizás no tengamos suficientemente en cuenta: su estrecha relación con la misión, con el gobierno, con la vida de fe. Cuando se habla de la vida fraterna en comunidad generalmente se señalan prioritariamente los aspectos relacionados con la convivencia entre los hermanos, las relaciones entre los frailes, etc.67. Esto está muy bien, pero será conveniente ahondar más en esas tres dimensiones fundamentales que distinguen o especifican la vida fraterna en común dentro de la Orden.

88. Dados los límites de esta relatio, no pretendo descender a casos concretos que los vocales del capítulo conocen y traerán consigo como gozos y esperanzas, tristezas y angustias, ¡desafíos! Me detengo más bien en ciertos aspectos que puedan servir para fundamentar e inspirar la vivencia de la vida común dominicana.

Comunidad-misión, o la conjugación

de la vida regular con nuestra misión de predicar

89. “Como se nos advierte en la Regla, lo primero para lo cual nos hemos congregado en comunidad es para que habitemos en la casa unánimes y tengamos una sola alma y un solo corazón en Dios” (LCO 2 § I). A esta comunión de corazones mencionada en la Regla, Santo Domingo añadió otra dimensión: la misión. En el binomio comunidad-misión Domingo quiso centrar los elementos esenciales de nuestro vivir como frailes dominicos: “La configuración de la Orden, en cuanto

sociedad religiosa, proviene de su misión y de la comunión fraterna” (LCO 1 §

VI). En la Orden la práctica de la vida común se considera esencial para sustentar la predicación, no sólo para apoyar la vida personal del fraile. Una vida común de calidad sustenta y hace creíble la misión de la comunidad.

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90. El LCO y los Capítulos Generales abundan en lo mismo68. Vida común y misión están profundamente interrelacionadas69. El lector atento de las Constituciones de la Orden podrá percibir esta tensión saludable entre vida regular en comunidad y vida apostólica.

91. Los jóvenes que hoy llaman a las puertas de la Orden valoran de modo especial la vida en comunidad. ¿Hay quizás algo de romanticismo en esa apreciación? Es posible. Muchos de nuestros candidatos proceden de una sociedad donde podrían primar las relaciones frágiles y con frecuencia rotas. Pero pronto se percatan que esa vida en común que anhelan abrazar hay que construirla con esfuerzo y paciencia. Comprenden que la práctica de la vida común es algo esencial para crecer como personas y como religiosos, pero en la que también pueden naufragar si acaso creen que la comunidad es solamente el nido cálido del que esperan recibir todo, aportando muy poco para ayudar a construirla. Bastantes de las solicitudes para abandonar la Orden que tratamos en el consejo general tienen precisamente este origen.

92. ¿Una comunidad con una misión, o una misión “en y desde” la comunidad? La pregunta es importante y requiere una respuesta en línea con la mejor tradición dominicana: comunidad y misión se implican mutuamente. La práctica de la vida común prepara e impulsa la predicación y, a su vez, es informada y fecundada por ella (LCO 1 § IV). Por eso desde los comienzos de la Orden se designó a nuestros conventos como “domus prædicationis”, no solo porque desde ellos se predica, sino porque la vida fraterna en comunidad es en sí misma predicación. Necesitamos vivir en nuestras comunidades lo que predicamos. En mis visitas a la Orden he visto que las comunidades provinciales, vicariales o locales que tienen una idea clara de su misión y se entregan de corazón a ella, viven con más intensidad la comunión, apoyándose mutuamente, respetando y valorando cuanto hace cada uno.

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LCO,100 § I; 3 § II. Para citar solamente los últimos dos Capítulos generales: Cf. ACG 2001 (Providence) n. 264; ACG 2004 (Cracovia) n. 225.

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“Estos elementos, solidamente trabados entre sí, equilibrados armoniosamente y fecundándose los unos a los otros, constituyen en su síntesis la vida propia de la Orden: una vida apostólica en sentido pleno, en la cual la predicación y la enseñanza deben emanar de la abundancia de la predicación” (LCO 1 § IV).

93. ¿Creemos verdaderamente que la misión debe estar sustentada e impulsada por una sólida vida común? O, por el contrario, ¿consideramos las exigencias de nuestra vida común como un simple apéndice o, incluso, como un obstáculo para ser más eficaces en nuestra predicación? Dado el decreciente número de hermanos en algunas entidades y el multiplicarse de los compromisos, corremos el riesgo de sacrificar la vida común por una pretendida mayor eficacia en la misión. Si esto sucede, la tensión saludable entre vida común y misión que manifiesta nuestro estilo de vida, se puede convertir en una tiranía del trabajo y de los compromisos apostólicos sobre la vida comunitaria, sobre esa realidad que debe sostener nuestra misión.

Gobierno y vida común

94. Gobernar una comunidad, decía Humberto de Romans, es como pilotar una nave: es imprescindible que haya un piloto. Pero no es menos necesario que todos los pasajeros se pongan de acuerdo para dirigirse al mismo destino. Si a cada uno se le antojara ir a un punto diferente, jamás llegarían a puerto! La clave del buen gobierno de la comunidad está en la unión de voluntades. Esta es una de las condiciones de la unanimidad y pieza fundamental de la Regla de San Agustín, que se nutre en los Hechos de los Apóstoles (2, 42-44 y 4, 32-35). Es interesante notar que Humberto de Romans no dice que uno solo determina el objetivo y que todos los demás se inclinan ante esta decisión, sino que todos tienen un mismo objetivo. No obstante, el piloto debe guiar el barco y no puede abdicar de esta función para que el barco pueda llegar felizmente al puerto de destino70.

95. Me alegra mucho ver que se han celebrado encuentros en algunos sitios para reflexionar sobre la función del prior. Creo que hoy es necesario recuperar y resaltar el rol imprescindible que nuestras Constituciones le otorgan71. No podemos pensar en el prior solamente como un coordinador de las actividades de la comunidad. El prior es, ante todo, el animador que invita, estimula, ayuda a la comunidad a promover su vida y misión. Las Constituciones no solamente le otorgan la función de coordinar, sino de gobernar, de dirigir la comunidad de acuerdo a las leyes de la Orden. Ello implicará en ocasiones tener que tomar decisiones difíciles en bien de la vida y misión de la comunidad. Especialmente en

70

Humberto de Romanis, Opera de vita regulari, Ed. Berthier (Romae 1888) Vol. I, pp. 71-72. Cf. Sœur Marie-Ancilla OP, Gouvernement et spiritualité de communion (Actes 2) en La Vie Spirituelle (juin 2002) 65.

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esos casos, necesita del apoyo de los hermanos que lo confirmen día a día en su ministerio.

96. El prior debe dar oportunidad a todos, invitando a los más tímidos a expresar sus opiniones, a mostrar sus cualidades. Por otra parte debe hacer ver a los que son más articulados o tienen personalidad más fuerte que por eso no tienen derecho a dominar sobre los demás. En una palabra, debe ayudar a que unos y otros descubran y valoren sus cualidades respectivas para vivir en comunión y para ponerlas al servicio de la misión.

97. Aunque hoy la tarea del prior se presente muy difícil para muchos, la experiencia de las visitas canónicas a las provincias indica que hay algunos medios que realmente animan y ayudan a una comunidad a vivir su misión en la Iglesia y en el mundo. Ellos son:

a. reuniones comunitarias bien preparadas y celebradas con regularidad72; b. liturgia viva y participada73;

c. tiempos de celebración y de fiesta74.

98. El proyecto comunitario ayudará sin duda a la comunidad a traducir en la práctica el estilo de gobierno dominicano y por ello es de gran ayuda75. Olvidar lo que precede, aboca necesariamente a una comunidad al desencanto, a la rutina, a los proyectos meramente personales al margen de la comunidad y – finalmente– a economías privadas.

Formación para la vida común

99. La formación para la vida en común es indispensable a lo largo de toda la vida, tanto para el crecimiento en la fe como para el servicio de la predicación. Para el hermano que entra en la Orden, iniciarse en una vida de comunidad para la misión requiere atención, paciencia, estímulo, apoyo y acompañamiento. Esto reclama tiempo para asimilar, interiorizar; pide amor y vigilancia. Permanecer en una vida de comunidad para la misión exige no menos valor, tenacidad, apertura, alegría, fe.

72

Una buena síntesis ha sido ofrecida en ACG 2001 (Providence) n. 274.

73

Cf. ACG 2001 (Providence) nn. 214-221.

74

En el mismo sentido Cf. ACG 2004 (Cracovia) nn. 223 y 224

75

Cf. ACG 1989 (Oakland) n. 39; ACG 1992 (México) n. 39; ACG 1995 (Caleruega) n. 44; ACG 1998 (Bolonia) n. 127, 1.; ACG 2001 (Providence) n. 274; ACG 2004 (Cracovia) n. 224.

100. En el libro de los Hechos leemos cómo el día de Pentecostés los apóstoles reciben el Espíritu Santo y comienzan a predicar y dar testimonio de Jesús. Muchos acogen el mensaje y forman una comunidad de creyentes que viven unánimes, con una sola alma y un solo corazón, no obstante la diversidad de sus procedencias. ¿Cómo pudo ser esto posible? Sólo queda pensar, como efectivamente así es, que el Espíritu Santo, enviado por el Padre por medio de Jesús, se hizo presente y transformó aquellos corazones haciéndolos una comunidad76. 101. La vida en comunidad no es posible sin una mirada de fe. El Misterio Pascual que

celebramos en la liturgia lo hacemos vida en el día a día de la comunidad, que se convierte así en un constante morir y resucitar con Cristo. Los dolores y gozos que conlleva la práctica de la vida en común nos ayudan a conformarnos con Cristo y a crear un espacio en el que la misericordia hace posible la concordia y la comunión. El amor hacia el hermano, sin buscar el propio interés sino el bien común; el perdón que cimenta la fraternidad; la libertad, que engendra una obediencia alegre y voluntaria a la Palabra. Todo eso permite a la comunidad poder caminar juntos hacia el objetivo común: la misión de predicar la Palabra de Dios.

102. Una palabra pensando en nuestros hermanos más ancianos. Ellos se han ofrecido con generosidad y sin reservas en tan diversos ministerios. Vaya nuestra gratitud por ser signos elocuentes de fidelidad a la gracia y a la Orden.

103. Algunas provincias han discernido y reflexionado acerca de los frailes de mayor edad –incluso en los capítulos provinciales– para asegurarles una atención prioritaria. Las soluciones pensadas son muchas y variadas. Creo que el Capítulo General puede y debe ofrecer algunas pistas de reflexión que ayuden a las Provincias y comunidades en este tema. La verdadera promoción vocacional no se limita al acompañamiento de aquellos que –en su mayoría jóvenes– desean ingresar a la Orden sino también a cultivar la vocación de todos los hermanos que han consagrado su vida en ella usque ad mortem.

76

Cf. Sœur Marie-Ancilla OP, Gouvernement et spiritualité de communion (Actes 2) en La Vie Spirituelle (juin 2002) 65.

IV – PASTORES DABO VOBIS

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