PART IV Item 17 Financial Statements
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Es posible enfocar las doctrinas particulares de estos doctores de la Iglesia y aun así no percibir la poderosa visión de la realidad--la cosmovisión bíblica--que forma el entramado de su magisterio. Sin embargo, es casi imposible entender el sentido de una doctrina en particular a menos que uno entienda el entramado general--pasado, presente y futuro-- que se nos descubre en la revelación bíblica. En este capítulo quisiera mostrar cuáles son los elementos más importantes de este entramado, cómo da forma al camino espiritual y la semejanza con que es comprendido a través de la tradición espiritual que estamos estudiando. Lo que estamos considerando aquí es un aspecto importante de esa “renovación de la mente” o ese “ponerse la mente de Cristo”, a que nos urgen los apóstoles:
Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cual es la voluntad de Dios; lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Ro 12,2).
Es el momento, ahora que comenzamos, de conocer a algunos nuevos santos. Uno de los santos elegidos por Dios para hacer singularmente claro este entramado bíblico del camino cristiano es Santa Catalina de Siena.1
El don del Padre para Catalina: una visión de la realidad
Catalina nació en Siena, Italia, en 1347, la penúltima de veinticinco hijos. Su padre era un próspero tintorero de lana y hoy se puede visitar la casa de la familia, preservada casi toda ella.
Como otra santa que también moriría joven, Teresa de Lisieux, el proceso de transformación de Catalina empezó a una edad sorprendentemente temprana. Cuando tenía seis años tuvo una visión de Cristo Rey bendiciéndola desde encima de la iglesia de los Dominicos, en Siena. Ella se sintió llamada personalmente por el Señor mismo e hizo promesa de virginidad a la edad de siete años. A los quince se cortó el pelo como manera de resistir los esfuerzos de sus padres por darla en matrimonio. A los dieciocho convenció a los dirigentes de una Orden Dominicana terciaria de la ciudad, designada especialmente para viudas, para que la aceptaran en la comunidad. Durante tres años llevó una vida de soledad y oración, saliendo del dormitorio de la casa familiar sólo para la Misa. A los veintiuno, habiendo experimentado el “matrimonio espiritual” de que
hablan muchos de los doctores de la Iglesia que estamos estudiando, salió de su habitación y empezó una vida de servicio a su familia y a los pobres y enfermos de Siena. Cuando se declaró la plaga en Siena en 1374, Catalina, a la edad de veintisiete años, se puso al frente del ministerio para las víctimas de la plaga.
Pronto se hizo evidente que Catalina poseía una extraordinaria combinación de dones contemplativos y carismáticos: conocimiento y sabiduría, sanación, liberación, profecía. La gente reconocía que Dios estaba obrando en ella y empezó a buscarla para pedirle consejo. Comía muy poco, pero llevaba una vida muy activa. En una ocasión trató incluso de mediar entre facciones beligerantes en Italia, con diferentes resultados. También viajó hasta Aviñón, donde vivía el papa, Gregorio XI, para instarle a vencer sus temores y volver a su legítima sede de Roma. En efecto, el papa volvió, y la mayoría de los eruditos creen que un factor en su decisión fue la intervención profética de Catalina.
Su director espiritual, el Beato Raimundo de Capua, que más tarde llegó a ser general de la Orden Dominicana, escribió un maravilloso relato de primera mano sobre la vida de Catalina.2 Catalina no sabía leer ni escribir hasta bien entrados los veintitantos años y nunca recibió una educación teológica formal; pero, como Teresa de Jesús, aprendió mucho por conversaciones con competentes teólogos y recibió muchísima sabiduría directamente de Dios.
Catalina dictaba muchas cartas, de las que se han conservado más de cuatrocientas. Su obra principal, que constituyó una base significativa para ser reconocida como doctora de la Iglesia, se llama simplemente El diálogo. Como el título implica, el libro está escrito en forma de diálogo entre Catalina y Dios Padre. Catalina le hace al Padre cuatro preguntas y el libro contiene lo que Dios Padre comunicaba a Catalina como respuesta. Muchos testigos dan testimonio de que recibió casi la totalidad del libro directamente en oración, dictándolo a medida que lo recibía.
Ella y su pequeña comunidad de hombres y mujeres se trasladaron a Roma a petición del papa Urbano VI, sucesor de Gregorio. Durante los últimos días de su vida asistió al papa y a varios cardenales a la vez que continuaba enseñando a sus discípulos. Todos los días iba andando desde su vivienda de Roma hasta la Basílica de San Pedro para asistir a Misa, hasta que en febrero de 1380 ya no pudo andar más. El 29 de abril de 1380 murió a la edad de treinta y tres años.
El papa Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 4 de octubre de 1970, una semana después que a Santa Teresa de Jesús. Juan Pablo II la nombró compatrona de Europa en 1999.3
Jesús, puente sobre aguas agitadas
Una de las principales imágenes que Dios Padre dio a Catalina para explicar la “estructura de la realidad” fue la imagen de Jesús como puente entre el cielo y la tierra. Bajo el puente fluyen oscuras y agitadas aguas, arrastrando a los seres humanos a la destrucción. El único camino sobre estas aguas, dominadas satánicamente, es el del puente que es Jesús.
escape a la destrucción y que todos los que conozcan el puente deben tomarlo para salvarse. El Padre le dice también a Catalina que hay realmente un cielo y un infierno, y que son horrorosas las consecuencias de rechazar la salvación ofrecida por medio de Jesús. La vida humana está siendo continuamente evaluada a la luz de la eternidad. Lo que creemos y cómo nos comportamos en esta vida determina nuestro destino eterno.
Bernardo, como Catalina, expresa con gran realismo la profunda y significativa realidad de nuestra condición caída debida al pecado original:
En este día nacimos todos. Eva permanece viva en nuestra carne, por cuya hereditaria concupiscencia la solícita serpiente se empeña en reclamar nuestro asentimiento a su rebeldía, por eso llevamos impresa en nosotros la señal de la antigua conspiración (CC, 72.8).
A continuación explica claramente algunas de las implicaciones:
Si no se naciese hijo de ira, no sería necesario renacer [Jn 3,7] [...] ¡Ay de los hijos de la rebeldía [Ef 5,6], también de aquellos descendientes de Adán que nacieron hijos de ira [Ef 2,3], y que por obstinación diabólica, para sí mismos han convertido la ira en cólera, la vara en vergajo, e incluso en martillo! En fin, para sí mismos atesoran ira para el día de la ira [Ro 2,5]. ¿La ira acumulada que es sino cólera? Cometieron el pecado del diablo, y serán abatidos con la sentencia del diablo (CC, 69.3).
El horror del infierno
Catalina continúa completando la imagen al compartir con nosotros lo que ella entiende que el Padre le comunica:
Mas quienes no andan por este camino [el puente] van por debajo, por el río, camino hecho no con piedra, sino con agua. Y como el agua no tienen consistencia, nadie puede andar por ella que no se ahogue [...] Estos siguen la mentira y andan por el camino de la mentira. Son hijos del demonio, padre de la mentira [Jn 8,44], y, porque pasan por la puerta de la mentira, reciben eterna condenación [...] He aquí el fin miserable a que llegan estos que andan por el camino de abajo, el río, no retrocediendo para reconocer sus culpas y para pedirme misericordia. Llegan a la puerta de la mentira, porque siguieron la doctrina del demonio, que es padre de la mentira, y este mismo demonio es su puerta, y por ella llegan a la condenación eterna (D, 27, 42).
Bernardo también explica claramente las consecuencias de rechazar la misericordia de Cristo y lo terriblemente definitivo que es el infierno. Ahora es el tiempo de la misericordia; pero con la muerte o con el retorno del Señor el tiempo de misericordia, el tiempo de poder responder libremente a la oferta de la salvación en Jesús, habrá llegado a su fin:
Vete, pues, a esperar en medio del infierno la salvación que ya se ha realizado en medio de la tierra. ¿Qué posibilidad de alcanzar el perdón es la que sueñas que se te ha de mostrar entre las llamas eternas, siendo así que ya pasó el tiempo de la misericordia? Para ti, que has muerto en pecado [Jn 8,24], ya no queda un sacrificio por los pecados [Hb 10,26]. No es crucificado de nuevo el hijo de Dios [Hb 6,6]: murió una vez y ya no muere más [Ro 6,9,10]. La sangre que fue derramada sobre la tierra no desciende a los infiernos. La bebieron todos los pecadores de la tierra; los demonios ya no pueden reclamar nada de ella para sí para apagar sus llamas, ni tampoco los hombres asociados a los demonios (CC, 75.5).
Bernardo no duda en identificar algunos ejemplos, posiblemente históricos, de aquellos que han encontrado el destino de la condenación eterna:
Con razón lloró David por el hijo parricida, porque sabía que estaba cerrada para él la salida del vientre de la muerte por causa de la enormidad de su pecado. Con razón lloró también por Saúl y Jonatán, porque, habiendo sido tragados a la vez por la muerte, ya no esperaba que pudieran salir [2 Sam 1,17-27]. Sin embargo, con toda certeza resucitarán, pero no para la vida: mejor dicho, resucitarán para la vida, para que, estando vivos en la muerte, mueran más tristemente, aunque de Jonatán se puede pensar no sin razón que no está condenado (CC, 26.12).
También relaciona la existencia en el infierno de los demonios y la de los humanos condenados, describiendo a ambos como “sombras”:
han sido designadas con el nombre de sombras las potestades contrarias, que por el Apóstol no sólo son llamadas sombras o tinieblas, sino también príncipe de las tinieblas [Ef 6,12]; y a la vez designa a todos los hombres que se adhieren a ellos, es decir, a los hijos de la noche, no a los de la luz del día [1 Tes 5,5]. En efecto, estas sombras no serán reducidas a la nada cuando aspire el día, como ocurre con las sombras materiales, que ante el resplandor de esta luz corporal no sólo vemos que desaparecen sino que se extinguen totalmente. Por lo tanto, en modo alguno serán reducidas a la nada; será algo peor. Seguirán viviendo, pero inclinadas y subyugadas [...] no son aniquiladas, para que sean abrasadas siempre (CC, 72.5).
Los cuatro tormentos del infierno
El Padre dio a Catalina una vivísima comprensión de la realidad del infierno y de los cuatro principales tormentos que allí se sufren.
El primero es que se ven privadas de mi visión. Es esto para ellos pena tan grande, que, si les fuera posible, elegirían antes el fuego y los más terribles tormentos, con tal que pudieran verme, que estar privados de mi visión, careciendo de todas estas penas.
Este tormento despierta en ellos el segundo: el gusano de la conciencia, que roe siempre, viéndose privados de mí y de la visión de los ángeles por su culpa, y verse hechos dignos de la compañía de los demonios.
Así como los teólogos se refieren a veces al estado del arrobamiento celestial como la “visión beatífica”, Dios Padre le indica a Catalina que el tercer tormento del infierno será su opuesto, la “visión demoníaca” de la fuente misma del mal, lo que intensifica todos los tormentos. El Padre indica que las almas perdidas, al ver la horrorosa imagen del demonio, llegan a saber mejor lo que han llegado a ser por su pecado impenitente. Lo mismo que en la vida todo conocimiento de las realidades sobrenaturales está significativamente velado, después de la muerte se quita el velo: el mal y el bien se ven tal como son. Volviéndonos hacia Cristo nos hacemos poco a poco como Él en su gran belleza; volviéndonos hacia el pecado y el demonio nos hacemos más como él en su mayor horror y fealdad. Lo que hemos llegado a ser, por las creencias y acciones a las que nos hemos entregado en esta vida, se revela con total claridad después de la muerte:
Les es todavía de mayor pena, porque le ven [el demonio] en su propia figura; tan horrible, que no hay corazón humano que lo pueda imaginar (D, 38).
Entonces el Padre le recuerda a Catalina una experiencia que tuvo ella una vez:
Recordarás que, habiéndotelo mostrado en su propia forma por un brevísimo espacio de tiempo (sabes perfectamente que fue un instante), al volver en ti preferías mil veces, antes que verlo otra vez, caminar por un camino de fuego aunque fuese hasta el último día del juicio. A pesar de lo que viste, no puedes saber lo horrible que es [...] (D, 38).
El cuarto tormento es el incesante arder de un fuego inmaterial que tiene tantas formas como formas tienen los pecados que hemos cometido, y es más o menos severo en proporción a su gravedad (D, 38).
en sus cuerpos aparece la señal de las iniquidades cometidas con indecible pena y tormento. Cuando oigan aquella terrible palabra: “Id, malditos, al fuego eterno” [Mt 25,4], cuerpo y alma irán a vivir con los demonios, sin remedio alguno de esperanza y envueltos con todas las hediondeces de la tierra, cada uno según sus acciones depravadas. El avaro, con la inmundicia de su ambición, envuelto con las riquezas del mundo, que tan desordenadamente amó, arderá con ellas en el fuego. El cruel, con su crueldad; el inmundo, con su inmundicia y la abyecta concupiscencia. El injusto, con sus injusticias; el envidioso, con su envidia; el rencoroso, con su odio y rencor para con el prójimo. El amor desordenado de sí mismo, junto con el orgullo del que procedieron todos sus males, arderá también y les proporcionarán tormento intolerable. Todos serán castigados de diversas maneras, alma y cuerpo juntamente (D, 42).
Bernardo señala que muchos no captan estas verdades debido a una falta de penetración contemplativa, o porque no invitan a la acción del Espíritu Santo para que dé vida a la Sagrada Escritura.
Hay también un lugar desde el que la secretísima y severísima observación del justo juicio de Dios [Sal 7,12), que es terrible en sus designios sobre los hijos de los hombres [Sal 65,5], vigila a la criatura racional que ha sido condenada. En este lugar, digo, Dios es visto por el atemorizado contemplativo como aquel que, por su juicio justo pero misterioso, ni borra los males de los réprobos, ni acepta los bienes, e incluso endurece sus corazones, no vaya a ser que deploren su mala vida y vuelvan a buen camino, y por haberse convertido tenga que salvarlos [Jn 12,40]. Esto ocurre por un decreto justo y eterno, tanto más horrible cuanto más inamovible permanece para la eternidad. Hemos de sentir terror de lo que leemos en el Profeta, donde, hablando Dios con sus ángeles, dice: “Si se trata con bondad al malvado...” Ellos temerosos y deseando averiguar el pensamiento de Dios, preguntan: “¿No aprenderá la justicia?” “No”, responde, señalando el motivo: “En la tierra de los santos cometió la maldad, y no verá la gloria de Dios” [Is 26,10] (CC, 23.12).
El temor de Dios
El “temor de Dios”, tal como se habla de él en la Biblia, no es sólo un concepto, sino una experiencia que nos predispone a la sabiduría. De hecho, “El temor de Dios es el principio de la sabiduría; son cuerdos los que los practican” (Sal 111, 10; Sir 1,14).4
Este temor no es el temor hacia un Dios tiránico que impetuosa y arbitrariamente inflige el castigo, sino el apropiado respeto, y temor, hacia un Dios que administra su justo castigo a los que lo merecen. El temor bíblico de Dios es un temor inteligente basado en una profunda percepción de la santidad y majestad de Dios que reconoce justamente la posibilidad de violar su ley, despreciando su amor, rechazando su misericordia y mereciendo la separación eterna de Él. Mientras que el temor del Señor es simplemente el principio de la sabiduría, y el fin de la sabiduría es el amor (1 Jn 4,17), uno no se mete de golpe en el amor sin una profunda y continuada experiencia del temor
bíblico, inspirado por el Espíritu. De hecho, la Escritura nos dice que “bienaventurado es el hombre que teme al Señor”, y que, verdaderamente, este temor del Señor que da Dios nos libera de otros temores: “No temerá la mala nueva; su corazón estará firme, confiado en el Señor” (Sal 112,1, 7-8).
El temor del Señor es gloria y honor, alegría y corona de júbilo. El temor del Señor deleita el corazón, da alegría, gozo y larga vida. El que teme al Señor tendrá un
y el día de su muerte será bendecido (Sir 1, 11-13).
Hoy existe una gran aversión hacia un apropiado temor del Señor. Y, por consiguiente, existe una gran trivialización del amor y una gran necedad con respecto a la relación con Dios. El temor de Dios es un don de Dios; no se opone al amor, pero nos prepara para él. El temor del Señor y el amor del Señor van unidos. Una de las razones por las que ha habido tanta necedad en la Iglesia y en el mundo ha sido la carencia de temor de Dios.
Bernardo nos dice que no aprendemos sabiduría en una sala de conferencias, sino en un encuentro con el Señor que produce un temor apropiado:
en este lugar [...] escuchamos a la Sabiduría, maestra de todas las cosas, enseñando en algo así como su auditorio, pero en este segundo lugar la recibimos; allí somos instruidos, aquí el amor se apodera de nosotros. La instrucción nos hace doctos; el amor, sabios [...] la Sabiduría: a muchos de los que enseña lo que se de hacer no los sigue animando para que lo lleven a cumplimiento [...] una cosa es conocer a Dios y otra temerlo; y no es el conocimiento el que hace sabio; sino el temor que nos conmueve [...] Está muy bien dicho que el temor del Señor es la primicia de la sabiduría, porque, cuando Dios mueve el alma a temerlo, y no cuando la instruye para que sepa muchas cosas, es cuando el alma empieza a saborear a Dios [...] el sabor hace al sabio [...] [el temor] es el primero que se opone a la peste de la insipiencia (CC, 23.14).
La gloria del cielo
Una de las cosas más sorprendentes que Catalina nos transmite de Dios Padre es cuánta más “profundidad” hay en la realidad de lo que comúnmente suponen muchos. El pecado y el mal son bastante más feos y horrendos de lo que la mayoría de nosotros podemos imaginar; pero también lo son la belleza, la gloria y la bondad del cielo más grandes de lo que podemos alcanzar a comprender.
Ni los ojos de tu entendimiento pueden ver, ni los oídos oír, ni la lengua referir, ni pensar el corazón cuánto es el bien de los elegidos. ¡Qué gozo para ellos el verme a mí, que soy todo bien! ¡Qué dicha experimentarán al recuperar su cuerpo glorificado! [...] Todos gozarán de verse semejantes a Él [mi Hijo]. Sus ojos se conformarán con los ojos de Él; sus manos, con las manos de Él; todo su cuerpo, con el cuerpo de mi dulce Verbo, Hijo mío [...] Estos no esperan el juicio divino con temor, sino con alegría. Y el semblante de mi Hijo no les parecerá terrible ni lleno de odio, porque éstos terminaron en