PART I. THE DESIGN AND IMPACT OF CASE MANAGEMENT SERVICES
PART 2. THE LEGAL BASIS FOR MEDICAID CASE MANAGEMENT SERVICES
A. Statutory Provisions Governing Program Administration
actitud consciente o, se podría decir, de apartarse de la inundación que lo anegó, y ahí ven ustedes para qué sirve un credo o una actitud religiosa oficial: es un bote donde uno puede refugiarse del ataque de los tiburones.
Uno puede salir a bañarse en el inconsciente, pero si aparecen los tiburones está el bote para volver a él, y ésa es la razón de que a la Iglesia se la haya comparado con un bote o una isla donde uno se puede refugiar cuando la influencia del inconsciente se hace demasiado fuerte. Si no cuento más que con mi razón humana y me digo que tengo que ser razonable, con eso no me basta para mantener a raya el influjo del inconsciente, pero tener una creencia que sigue existiendo en la conciencia es como un bote, es un lugar donde uno puede refugiarse.
Por ende, debemos llegar a la conclusión de que nuestro autor no era un hereje y no dudaba de su Credo, sino que creía en él, como cabía esperar de un clérigo del siglo XIII. Era realmente un católico creyente, un cristiano medieval, y por consiguiente ahora intenta refugiarse en su creencia, ¡pero hay un cambio! Si ustedes se fijan, primero confiesa que cree en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y eso se mantiene más o menos durante las diez primeras líneas de la
primera página, pero el resto del capítulo, en su totalidad, está dedicado a los efectos del Espíritu Santo. Es sorprendente. El Espíritu Santo llena la totalidad de uno de los capítulos más largos de todo el libro; el autor sólo está interesado en sus diferentes efectos alquímicos. Así, el énfasis total de su Credo se desplaza súbitamente hacia el Espíritu Santo.
Aquí atrapamos in flagrante, por así decirlo, lo que sucedió hacia aquella época, es decir entre los siglos XII y XIII. Si conocemos la historia de la evolución espiritual del cristianismo, sabemos que por aquel entonces las sectas del Espíritu Santo aparecieron por todas partes. Algunas eran heréticas, en tanto que otras intentaban mantenerse dentro de la Iglesia, pero de pronto el Espíritu Santo se convirtió en la ocupación y preocupación de la gente. Hubo muchas discusiones teológicas y muchos movimientos, como el de los Hermanos del Espíritu Santo «los Humillados», los Pobres de Lyon, el Corazón Leal, el Gran Corazón de los Terciarios y otros semejantes, y todos confesaban que estaban especialmente consagrados a la adoración y el seguimiento del Espíritu Santo.
Ustedes recordarán que en la Biblia el propio Cristo predecía que después de Su muerte Dios enviaría un Consolador que consolaría a las gentes de Su partida de la tierra y de Su muerte, y que aquellos que recibieran al Espíritu Santo podrían hacer obras aún mayores que las de Él mismo. El Espíritu Santo ha sido pues, desde el comienzo mismo, un aspecto muy burdo de la imagen cristiana de Dios, porque de acuerdo con la Biblia, de él se dice que entra directamente en el individuo. Con Cristo uno ya no puede comunicarse directamente, porque después de Su resurrección regresó al Cielo. El propio Dios no ha bajado jamás a la tierra..., cosa que no es verdad exactamente, porque los tres son uno, pero ahora estoy hablando como si no lo fueran. Pero, de acuerdo con la Biblia, se supone que el Espíritu Santo desciende una y otra vez sobre los individuos, y que eso no está restringido por el tiempo. Oímos hablar de contemporáneos que se encuentran una y otra vez con Cristo, pero no podemos comunicarnos con El ahora, a no ser mediante visiones o por la oración. Por otra parte, a lo largo de la historia se ha supuesto que el Espíritu Santo es capaz de descender sobre las personas; eso transmite la idea de un individuo que se llena directamente con el espíritu de Dios o, como lo han visto con claridad ciertos teólogos, que incluso continúa la encarnación de Dios. Dios sólo se encarnó «oficialmente» una vez, en la persona de Jesucristo, pero por mediación de las obras del Espíritu Santo cualquier individuo de la comunidad cristiana puede volver a convertirse en receptáculo del espíritu divino, lo que sería una encarnación de una partícula de la Divinidad.
Las conclusiones de ciertas sectas medievales, cuando estas ideas cobraron de improviso tanta importancia emocional, eran muy sorprendentes. Por ejemplo, hay un dicho de san Pablo: ubi spiritus, ibi libertas, es decir, donde opera el espíritu —se entiende el Espíritu Santo— hay libertad, y por lo tanto ellos pensaban que si estaban plenos del Espíritu Santo ya no necesitaban obedecer a la Iglesia ni ir a confesarse, porque mediante el Espíritu Santo tenían su propia conexión directa con la Divinidad. Esta interpretación, como es natural, se convirtió en un peligro para la organización de la Iglesia.
Además algunos sectarios dijeron que si uno estaba pleno del Espíritu Santo podía leer por su cuenta las Sagradas Escrituras y entenderlas directamente, y que entonces la interpretación de la Iglesia ya no era necesaria. La Biblia podía ser entendida simbólicamente y tomada espiritualmente, esto es, simbólicamente. Por eso estas personas empezaron a leer la Biblia y a interpretarla por sí mismas. Otras sectas llegaron al punto de decir que si uno estaba lleno del Espíritu Santo podía cometer cualquier pecado sin que estuviera mal —el adulterio, por ejemplo— porque «donde está el espíritu, hay libertad».
Pueden ustedes imaginarse que la Iglesia no aprobó semejantes interpretaciones y por lo tanto algunas sectas del Espíritu Santo fueron parcialmente condenadas e incluso muy perseguidas, y en su mayoría tuvieron que cerrarse. Se anticipaban, como ya se vio hace tiempo, a la evolución de la Reforma, en cuyos comienzos hubo también un intento de afirmar que cada individuo tenía el derecho de comunicarse directamente con la Divinidad, sin tener como intermediario a ninguna organización humana. A estos movimientos se los denomina en general prerreformistas, porque comparten la idea de una comunicación individual y directa con Dios, aunque en otros sentidos eran, naturalmente, diferentes.
Por lo tanto, si nuestro autor, que ha pasado por una experiencia religiosa, quiere mantener su actitud cristiana, se ha de referir al Espíritu Santo, como si la situación hubiera quedado salvada si él podía entender que su experiencia le había sido transmitida por el Espíritu Santo; desde este ángulo, todavía podía integrar su experiencia con su punto de vista consciente.
Por eso se aferra emocionalmente a esta idea como factor de salvación. Describe al Espíritu Santo primero en tres formas de bautismo: por el agua, por la sangre y por el fuego, y luego describe los siete procesos en los cuales el Espíritu Santo afecta a la materia. Después el texto cambia en forma pasmosa, porque de pronto el Espíritu Santo se convierte en una especie de agente químico que cocina, limpia, purifica y sutiliza la materia alquímica. Aquí se lo concibe como una especie de energía, algo como el fuego o la electricidad, que tiene un efecto sobre la materia. Aquí la idea del espíritu retorna a su forma original y arquetípica, es decir, el mana.
Por la historia comparada de las religiones sabemos que uno de los conceptos más antiguos de lo Divino en muchas religiones primitivas es el concepto de mana, mulungu y otros semejantes, la idea de un poder divino, que muchos etnólogos han equiparado con algo así como una electricidad mística. Es como una energía divina, que penetra ciertos objetos y hiere a determinadas personas. Un rey tiene mana, un jefe también lo tiene, lo mismo que las mujeres cuando menstrúan y cuando acaban de dar a luz, y también un árbol herido por el rayo.
Al mana se lo debe tratar siempre con respeto, ya sea manteniéndose alejado de él mediante tabúes, o aproximándose a él de acuerdo con ciertas reglas. Puede ser destructivo o positivo. Una mujer menstruante, por ejemplo, tiene mana negativo y hay que mantenerla alejada de la tribu y de los rituales tribales durante el período, porque está, por así decirlo, cargada de electricidad destructiva. El mana también puede ser neutral, porque si el jefe de una tribu tiene
mana puede otorgar fertilidad a la tribu, al ganado y al suelo de sus dominios; o, si lo abordan
con irreverencia, puede embrujar a la gente y hacer que enferme, por ejemplo.
Ésta es una idea arquetípica. Psicológicamente, se podría decir que era una representación de los efectos del Sí mismo, o de la energía psíquica que en este nivel no se vivencia como una imagen personificada de Dios, sino más bien como un aspecto impersonal del poder divino. En variantes religiones posteriores, y a veces geográficamente diferentes, hay otros aspectos de lo Divino, ya sean dioses, demonios, espíritus ancestrales o lo que sea, que están todos más o menos personificados; son figuras más o menos antropomórficas que también representan el poder del inconsciente, pero que tienen una forma, y de las que se habla como si fueran, en parte, personalidades. La culminación de esto se encuentra en la religión griega, donde los dioses tienen forma humana y son representaciones de los arquetipos, y en la judeocristiana, donde a Dios se lo concibe también como un ser de forma humana y con reacciones semihumanas.
blanca; ésa es la forma clásica. El aspecto de mana, el aspecto de la Divinidad como una especie de poder no personificado, reaparece súbitamente en el cristianismo en la forma del Espíritu Santo, que es agua, viento y fuego: un viento llenó la casa, sobre las cabezas de los apóstoles en Pentecostés aparecen llamas, y en el bautismo aparece también como agua. Por consiguiente, aquí la idea arquetípica reaparece en la interpretación del Espíritu Santo como un poder impersonal con un aspecto semimaterial.
A esta idea se adhiere nuestro autor cuando muy ingenuamente describe al Espíritu Santo como una especie de agente físico semimaterial que actúa sobre la prima materia: primero lavándola y después llenándola de sangre —es decir, vivificándola— y por fin calentándola con fuego, lo que sería darle vida y resurrección. Esto lo amplifica incluso comparándolo con el nacimiento de un niño, que durante tres meses está preservado en agua, nutrido por el aire durante otros tres y luego tres meses más por el fuego, hasta que nace. De manera que la actividad del Espíritu Santo, el impacto que éste tiene sobre la materia, pone en juego al mismo tiempo la generación y el parto, la nutrición del niño divino y el ayudarlo a nacer.
Aquí ven ustedes que nuestro texto es una descripción típica de la forma en que se produce la piedra filosofal, porque con frecuencia se la compara con el proceso del nacimiento; es el Sí mismo que nace dentro de la psique como un niño divino. También hemos visto ya alusiones al motivo de la coniunctio. Ahora se dice: cubrir la frialdad de la una con el calor del otro; poned al macho sobre la hembra, lo caliente sobre lo frío. Aquí está la idea de la coniunctio
oppositorum, el acoplamiento del varón y de la mujer, y hay también una despersonalización
mediada por la atribución de cualidades, de manera que lo cálido y lo frío se reúnen, lo que sería un acoplamiento de potencias opuestas. En el medievo era una idea generalizada la de que, fisiológicamente, los hombres eran calientes y las mujeres frías.
Después viene una idea más sutil, la de que esta reunión de los opuestos significa que secretamente son uno, porque el fuego tiene que ser extinguido por el fuego, o tiene que ser
refrescado, refrigerado, por su fuego interior. Psicológicamente, ¿cómo interpretarían esto?
Respuesta: Suena algo así como el Ouroboros.