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Con veinte años a punto de cumplir, agobiado por la soledad y el miedo a la muerte, Juan Ramón regresó de Francia y se quedó en Madrid, instalándose en el Sanatorio del Rosario, en la calle Príncipe de Vergara, casi a las afueras de la ciudad. Aunque era un sanatorio quirúrgico, el doctor Simarro había conseguido que fuese acogido allí, como en un hotel, disponiendo de una sala y un dormitorio, y sin apenas ruido a su alrededor. Juan Ramón lo denominó el Sanatorio del Retraído: En este ambiente de convento y de jardín he pasado dos de los mejores años de mi vida. Algún amor romántico, de una sensualidad religiosa, con paz de claustro, un olor a incienso y a flores, una ventana sobre el jardín, una terraza de rosales para las noches de luna87. Estuvo muy bien atendido por jóvenes Hermanas de la Caridad: El segundo día de entrar yo vinieron corriendo a mi cuarto la Hermana Pilar y la Hermana Manuela a decirme que fuera a ver los fuegos de la Guindalera. Llaman abajo; nos quedamos solos la Hermana Pilar y yo, y recuerdo su presencia de Venus de Nilo: clara, transparente como resurjida de la espuma de algún sueño88.

El poeta vino a vivir al Sanatorio del Rosario por los médicos y por el jardín. Desde hacía tiempo vivía temiendo que la muerte le asaltara de improviso, y precisaba de la proximidad de los médicos y de la serenidad del jardín. Los médicos eran el doctor Simarro y sus ayudantes Achúcarro y Sandoval, los tres institucionistas —de la Institución Libre de Ense-

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ñanza—, responsables, sensibles y cultos. Simarro lo cuidaba, lo vigilaba y convertía en bromas su temor a la muerte. Todos los días, casi invariablemente, al terminar sus clases y su consulta, venía a visitar al poeta: Nunca olvidaré aquellas tardes de invierno, nieve, frío, lluvia y alrededores solitarios, cuando inesperadamente, a última hora, veía yo llegar desde mi ventana, hasta el jardín tristón, la lenta berlina de Simarro89. Sandoval era el menos ilustre, pero muy buena persona, y Achúcarro iba para científico genial... Pese a todo, durante meses no pude acostumbrarme a la aridez circundante, empapado como venía del verdor de Francia. Mi sensibilidad de entonces no cojía aquello, barojiano y mostrenco. Por la noche lo pasaba mal, sufriendo de terribles pesadillas: Yo tengo miedo a algo estraño, alguna posible aparición macabra, a un no sé qué siniestro que me acompaña a todas partes. Y algunas de estas noches de insomnio y desesperanza me da horror estar solo, ¡y estoy solo siempre y nunca tengo quien con sus labios fragantes y cálidos ahuyente de mí las visiones trájicas! Mi miedo es intenso y febril y la aparición casi cierta. Dos veces he visto, en mi vida, a las altas horas de la noche, un hombrecillo estraño cuya mirada fija y siniestra me ha helado el alma90. Una variante de este “hombrecillo extraño” era el “hombre enlutado”, trasunto superyoico del poeta, que apareció en unos de los “Nocturnos” de su libro “Arias tristes”, escrito en aquel mismo tiempo:

Alguna noche que he ido solo al jardín, por los árboles he visto a un hombre enlutado que no deja de mirarme. Me sonríe y, lentamente,

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J.R.J.: “Habla el poeta”, op. cit.

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J.R.J.: “El salón”, de la serie “Sanatorio del Retraído”, incluido en el libro “La colina de los chopos”. Taurus, Madrid 1965.

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J.R.J.: “Simarro”, texto de la serie “Sanatorio del Retraído”.

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no sé cómo, va acercándose,

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y sus ojos quietos tienen un brillo extraño que atrae. He huido, y desde mi cuarto, a través de los cristales, lo he visto subido a un árbol y sin dejar de mirarme.91

Hasta que, pasado el invierno, empezó a atisbar la llegada de la primavera por las ventanas del sanatorio, por las de su cuarto, por las del salón, por las de las habitaciones deshabitadas. El sol y la luna ya llegaban a mí a través de otras cosas más gratas. Mi reconciliación con Madrid empezó por la noche. Bajando al jardín o atisbando por las ventanas... Empezaron a brotar mis Nocturnos.

AMOR NARCISISTA

Por el día, pasaba mucho tiempo contemplando el jardín desde su cuarto: a veces las monjas andaban por los estrechos caminos de grava, y le llegaban hasta el balcón el leve cascabeleo del rosario y el murmullo de sus oraciones. El poeta se estremecía, arrebatado de misticismo y voluptuosidad. Otras veces veía a las monjas más jóvenes que hacían ramos con las flores, y que reían y saltaban de júbilo. Él hubiera bajado con ellas, pero no lo hacía, quedándose inmóvil, casi paralizado, sintiendo cómo un vacío le iba invadiendo. Tres novicias eran sus preferidas, tal como expresara en un poema de su libro “Arias tristes”:

Por el jardín —tarde hermosa de abril, florida de estrellas

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van, entre la bruma rosa, las tres novicias más bellas ¿Corazón, saben de amores? ¿Ensangrientan su alegría?

–Solo sé que cogen flores

–para la Virgen María

–Han sabido que están bellas con sus tocas blancas?—Sí,

–y no dan besos! —Estrellas que piensan las tres en mí!

(Arias tristes, 3, XI)

Las tres novicias —Sor Pilar, Sor Amalia y Sor Andrea—eran todo ternura, y el poeta veía en ellas a la mujer buena ausente, la madre, la hermana, la novia, la niña; algunas veces se las imaginaba santas, y otras, pecadoras. Cuando no había muchos pacientes que atender, jugaba con ellas por los pasillos como un niño. En ocasiones les regalaba golosinas, que ellas comían alrededor de la estufa de su cuarto. Como sabían el miedo que el poeta le tenía a las tormentas, cuando estallaba alguna, se refugiaban en su cuarto, haciendo aspavientos, se distraían distrayéndolo, le gastaban ingenuas bromas, y a veces le ponían en la cama, arropada, la fotografía de su amada

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francesa. Juan Ramón, en medio de una crisis religiosa, andaba entre el sensualismo que a veces le dominaba y los deseos de pureza. Cuando la sensualidad predominaba, quería llegar a la carne que imaginaba detrás de los hábitos. La Hermana Pilar le parecía un mármol de museo que él podía ablandar y calentar. A Sor Andrea, rubia y de ojos negros, se atrevía a tocarle las manos, poniéndola muy nerviosa y a él le parecía que quería y no quería, que ella le apartaba los brazos pero le atraía. Y a Sor Amalia, cuando descorría las ven-

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tanas de la galería de su cuarto, él quería retenerla. Y trasladaba sus fantasías a sus versos: Yo estaba junto a mi mesa

y entre flores, leyendo el libro triste y amargo del poeta de mis sueños. Ella se acercó callada y me dijo: —Si los versos te gustan más que mis labios, ya nunca te daré un beso. ¿Vienes conmigo? ¡La tarde está tan hermosa! Quiero antes que llegue la noche ir por jazmines al huerto

—Si quieres vamos; y mientras coges jazmines, yo leo

del libro triste y amargo del poeta de mis sueños Me miró triste; sus ojos, llenos de amor, me dijeron

que no. —¿No quieres?— Voy sola... Entonces seguí leyendo

(Arias tristes, 3, I)

Sor Amalia entraba en su cuarto riendo, y vestida de blanco, y a veces se sentaba frente al poeta, que sentía que le acariciaba con sus ojos melancólicos, con lágrimas en los ojos y sonrisas en los labios. E imaginaba que le daba un beso llorando... Sor Amalia era distinta, dulce y tibia. Cuando él rozaba el borde almidonado de su toca, ella cerraba los ojos y se sentía la preferida. Él le hablaba de besos, de estrellas, de

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recuerdos, de nostalgias, y ella, pensativa, no decía nada... En verano, a veces, él la veía sin mangas interiores por el calor y se figuraba que le acariciaba el brazo deseado, largamente, hasta llegar al pecho, imaginando sus pechos menudos, medrosos, sólo vistos por las manos, porque el hábito no se podía quitar fácilmente. La creciente compenetración entre Sor Amalia y Juan Ramón —hecha de breves diálogos, de silencios y de miradas— no pasó desapercibida a los demás, llegando el momento en que a él le enviaban las comidas con una monja mayor, que a él le parecía viejísima. Y una mañana, a Sor Amalia le impusieron el traslado, sin darle apenas tiempo para despedirse: Unos pasos suaves y precipitados llegaron hasta la puerta que se abrió momentáneamente y el rostro pálido y descompuesto de la Hermana Amalia miró con angustia. Mi profesor de alemán estaba

conmigo, ella no lo sabía. Y los pasos huyeron otra vez apresuradamente. Yo sentí confusamente algo que no pude explicar entonces. Era que aquellos pasos se alejaban... para siempre92. En versos posteriores evocaría que ella se fue sin decirme nada / nada... sin dejarme nada... Y el libro “Arias tristes” lo acabó así:

Su carita blanca y triste llena de amor y de ensueño, se perdía entre la sombra que arrojaba el manto negro. El manto negro envolvía el misterio de su cuerpo de nardo y nieve, enterrado como si ya hubiera muerto ……… Mi corazón me lo ha dicho: ella me miró un momento;

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pero se fue... para siempre... y ya nunca nos veremos

(Arias tristes, 3, XXVI)

La desaparición repentina de la Hermana Amalia aumentó la tristeza del poeta melancólico. Una vez más se quedó solo y vacío: Cuando aquella pobre Hermana de la Caridad, enferma y triste me dijo: ¡Hasta el Cielo!, y se fue para siempre, me quedé en mi ventana, solo y más triste que ella, mi- rando al cielo violeta del crespúsculo. Su toca blanca y sus ojos negros habían llegado a hacerse de mi alma, ¡y aquellos ojos y aquella toca se iban de mí, y en la dulzura de la tarde! Algunas veces cuando venía anocheciendo, mientras a lo lejos pasaban los tardos rebaños en un hilo movible, ella había estado en mi ventana junto a mi corazón, y yo le había enseñado la buena rosa en la niebla soñolienta del paisaje de oriente; y sonriendo, habíamos mirado, frente a nosotros, aquellos novios jóvenes que todas las tardes se enamoraban en el balcón... Por aquellos días todos conocieron mi tristeza. Realmente, dentro de mí todo eran lágrimas93.

CRISIS RELIGIOSA

En la angustia de aquel año de 1902 que pasó en Madrid, y en su estado depresivo, le alentaba la visita diaria del doctor Simarro: ¡No sé las veces que alejó de mi alrededor, dándome voluntad y alegría, la muerte imaginaria! Lo trataba como a un hijo, y a menudo lo invitaba a comer a su casa, donde su esposa, Mercedes Roca, lo atendía con mucho cariño. Le llevaba libros, y le leía a Voltaire, a Niezstche, a Kant, a Wundt, a Spinoza, a Carducci. Y le llevaba a ver personas agradables y venerables: Giner de los Ríos, Emilio Sala, Sorolla, Cossio, etc., y hacía que lo

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acompañara a la Institución Libre de Enseñanza. Hizo amistad con el pintor Emilio Sala, un viejo maestro casi ignorado: He conocido pocas personas más abiertas a lo nuevo que Emilio Sala. Su tolerancia y su comprensión —era ya viejo y pasaba por maestro de maestros— eran grandísimas. Me tomó gran cariño y leía lo mío con verdadero amor. Venía y nos poníamos a mirar, desde la

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J.R.J.: “Recuerdos”, inédito citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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ventana las acacias... Él me enseñó a gustar a Rosales y me trajo los libros de Ganivet... Me mandaba unas setas cocinadas exquisitamente en su casa, ahí cerca; venía a verme con Mercedes, algunas noches de verano94. Y le hizo posar para un retrato, pintándolo como un poeta romántico de veinte años... También lo visitaba Manuel Reina, uno de los poetas “mayores” de aquella época: Repasó el manuscrito de mi libro “Rimas” y me cambió todo lo que yo consideraba mejor y más personal95.

Con los apoyos debidos, Juan Ramón se ocupó de la edición de “Rimas”, escrito el año anterior en Francia y que finalmente publicaría la Librería Fernando Fe de Madrid... En el verano los Simarro se fueron de vacaciones fuera de Madrid, y el poeta buscó apoyo moral en el capellán suplente del sanatorio, un joven cura andaluz con fama de ignorante y al que apodaban “Candileta”. Era feo, bajo, bizco, deslenguado y comilón, al que las monjas menospreciaban, pero, como el poeta necesitaba tener siempre a su lado a quien pudiera protegerle de la muerte, se hacía acompañar de él. Su confianza en aquel cura flaqueó un día en que, paseando en una berlina después de almorzar, le dijo, jirando el ojo terrible y reluciente su colmillo blanco: —Juanito, dejémonos de tonterías, ¿qué hay en esta vida ni en la otra como pasearse en una berlina, satisfecho el estómago?, mientras soltaba una carcajada cerrado de boca y abierto de piernas96. Juan Ramón abominó el exceso del capellán y jamás le perdonó la grosería.

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No tuvo mejor suerte con otro capellán del sanatorio, en quien también quiso encontrar apoyo en ausencia de sus médicos. Según recordaba Juan Ramón, el Padre —un andaluz de Jaén, alto, seco, rojo y con ojos azules corridos de carne rosa, lujosa de sanatorio —seda y moaré —zapatos — hebilla de plata —y de sombrero —Villasante, le hizo una confidencia grosera sobre sus amores con una jamona de la plaza Mayor, lo que le turbó extraordinariamente: Aquello que él consideraría tan natural era para mí algo terrible, desconcertante, espantoso. Me sentí de pronto como aislado, solo entre mis ideas de catástrofe, desorientado como en un desierto sin salida. El sostén de mi voluntad se había quebrado. Yo creo que si aquel hombre negro y rojo hubiera sido un hombre intelijente, si me hubiera hablado con ciencia o con razón de la vaciedad del Cielo, si hubiese sido un platónico, mi corazón no habría notado la transición del ideal y hubiese seguido estando tranquilo. No, aquella negativa de lo espiritual era seca, burda, de sacerdote que debiera haber sido en la estación de las pulgas mozo de cuerda o tabernero del Rastro, y el golpe fue espantoso, terrible, sin solución, El poeta lloró por dentro y se quedó arrinconado, medroso y triste —como un niño perdido que grita en la noche, que grita por la luz97. Y es que el incidente había sido algo más que una “confidencia grosera”, según le dijera años después por carta a uno de sus médicos: ¿Y el sinvergüenza del padrecito? ¿Se lo conté a usted? Me introdujo en casa de una señora que él disfrutaba y que empezó a echarme a su hija, una boba con la cara sucia. ¡Figúrese usted lo demás! Yo vi que aquello marchaba mal y me fui. Y quería que les indemnizara —¿de qué?— con 1.000 pesetas. La fiesta me costó sesenta duros y muchas molestias ¡Valiente mamarracho!98

Aquello acentuó su crisis nerviosa y religiosa, contribuyendo además al desarrollo de su anticlericalismo. Y lo re-

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cordó por mucho tiempo, como lo mostraba el poema “Capellán”, escrito diez años después:

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J.R.J.: “Don Emilio Sala”, de la serie “El Sanatorio del Retraído”

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J.R.J.: “Don Manuel Reina”, de la serie “El Sanatorio del Retraído”.

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J.R.J.: “Don Adrián Vegada”, inédito de la serie “El Sanatorio del Retraído”, citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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J.R.J.: “Recuerdos”, citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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J.R.J.: “Carta al doctor X”, recogida en “Cartas. Antología”, edición de Francisco Garfias, Espasa Calpe. Madrid 1992.

Acento de Jaén; sombrero de Villasante: vueltas de ormesí, enteritis y querida.

Canta misa y rosario, a un compás rasgueante de guitarra. Su ¡gloria! suena a ¡olé, mi vida!99

Cuando sus amigos escritores y poetas supieron dónde vivía Juan Ramón, fueron a visitarle. Valle lo iba a ver a menudo al sanatorio, donde no respetaba el obligado silencio, discutiendo, leyendo en voz alta y gritando, para alboroto de las monjas más jóvenes, que se reían de él a sus espaldas. También iba a visitarle Salvador Rueda, humildemente vestido y que, a veces, no se atrevía a entrar y se limitaba a preguntar cómo estaba el paciente. Villaespesa volvió a aparecer, mostrándose corno siempre, excitado y excitando con sus noticias y rumores. Jacinto Benavente, con quien se había carteado, y Gregorio Martínez Sierra, de quien Juan Ramón tenía muy alta opinión, fueron también a verlo. Alentado por éstos y otros amigos, Juan Ramón publicó su libro “Rimas” que tuvo un buen éxito de crítica y público, convirtiéndose en un personaje conocido en el ámbito literario madrileño. Y muchos jóvenes literatos quisieron conocerlo y lo conocieron, y entre ellos Antonio y Manuel Machado, Ramón Pérez de Ayala, etc. Y así se fue formando una suerte de tertulia literaria en el Sanatorio del Retraído, a la que se fueron incorporando Rafael Cansinos- Assens, Pedro González Blanco, Viriato Pérez Díaz, Julio Pellicer, José Ortiz Pinedo, etc.

Rafael Cansinos-Assens contó la impresión de su primera visita a la tertulia dominguera en el Sanatorio del Rosario: Las voces y las risas se apagaban, lo mismo que el sol poniente cuando trasponíamos la verja del sanatorio y cruzá-

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bamos al jardín, ya en sombras... Una enfermera, discreta, pulcra y rigurosa, nos guiaba hasta el departamento que allí ocupaba el poeta de Rimas. Una habitación medianamente grande, con ventanas al jardín, confortable como un cuarto de hotel caro, en la que ya había luz encendida. Una mesa con libros y papeles en el centro, una chimenea francesa en uno de los testeros, con retratos, flores y libros sobre su tapa de mármol y algunos grabados en las paredes. Todo pulcro, elegante, correcto. Y en aquel marco de selección, el poeta, pulcro, correcto también, joven, fino, pálido, serio y triste, con unos grandes ojos negros y melancólicos, un leve bigotillo negro y una barbita en punta, como la de D’Annunzio, tendíanos la mano suave y pálida, lacia, en un gesto de fría cordialidad, con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blanquísimos de no fumador. ¡Oh qué contraste entre aquella afectuosidad contenida de buen tono y la efusividad de Villa—espesa... En realidad, no tengo nada concreto —explicaba Juan Ramón—. Solamente esta tristeza, esta angustia..., esta inquietud..., el corazón, no sé... el doctor Simarro me dice que son los nervios... y me receta bromuro a todo pasto... Pero ¿qué tiene que ver el bromuro con esta tristeza?... Es que la vida es triste... Me dice que haga por alegrarme y distraerme... Pero, ¿cómo alegrarme? Si a mí me asusta precisamente la alegría… Las cosas alegres me ponen más triste... Mi lectura favorita es ahora el Kempis... Villaespesa le replica, diciéndole que debe salir de allí, ir con ellos, beber vino, perseguir a las ninfas. Y Juan Ramón se duele: —Hablas lo mismo que el ayudante de Simarro, un mediquito joven y estúpido, que cuando a veces me siento morir y lo llaman, viene, me toma el pulso y se echa a reír, y dice: — ¡Vaya! Lo que usted tiene son dengues... Usted lo que tiene que hacer es venirse conmigo y con unas pelanduscas a la verbena y coger una pítima. Juan Ramón piensa que se está muriendo, que le va a dar un colapso, que sería horrible morir en la verbena de pronto, entre aquel ruido y aquella alegría, entre borrachos y

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mujeres con mantones de Manila. Cree que existe la muerte repentina, que la iglesia reza la oración de la “muerte subitánea”, que su padre murió así, de repente... luego, habla del trabajo: Es mi único consuelo..., rimo mis penas..., mis visiones..., mis espantos. Esto está rodeado de dolor.., aquí todos

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