8. AUTO-DEPLOY PERFORMANCE TESTS PROCEDURES
8.4. Step-by-Step Procedures
Juan Villoro:
La utilidad del deseo
Anagrama, Barcelona, 2017
392 páginas, 20.90 € (ebook 9.99 €)
ginas sobre su pasión por el fútbol (Dios es
redondo, 2006) y los textos híbridos (na-
cieron como columnas con voluntad de re- latos) de ¿Hay vida en la Tierra? (2014). Está, además, el delicioso libro de un via- je a la península del Yucatán Palmeras de
la brisa rápida (1989), sin olvidar las con-
versaciones con Ilan Stavans de El ojo en la
nuca (2014).
El profesor invitado de universidades como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Pompeu Fabra, Yale o Princeton, el solicitado conferenciante cuya presencia basta para dar brillo a una char- la o a una mesa redonda, logra aquí, una vez más, informar deleitando. El volumen se abre con el lúcido y emotivo preámbulo «El camino de la madera», donde se refiere a unos señaladores de libros hechos por in- dígenas que, puestos a la venta en su barrio capitalino de Coyoacán, le sirven como po- tente imagen de lo que la literatura es: «Al margen de las exigencias de la realidad, en la sierra de Oaxaca alguien talla la madera convencido de que otros leen y de que es ne- cesario impedir que caigan en el vértigo de no saber en qué página están. Escribir es un acto semejante, la apuesta inconmensura- ble de que alguien llegue a esta línea».
Los textos que conforman La utilidad del
deseo proceden de algunas conferencias
(en un festival de Valparaíso, Chile; el dis- curso de ingreso en el Colegio Nacional; en un congreso organizado por el Colegio de México; en la inauguración de la Cátedra Carlos Monsiváis de la Dirección de Estudios Históricos…), pero también hay artículos y prólogos y ensayos que aca- so se den a conocer aquí por primera vez. El libro se divide en cuatro partes, de las cuales las centrales son las más extensas: «Los motivos de la escritura»; «La orilla eu-
ropea», con páginas sobre Defoe, los auto- res en lengua alemana Klaus Kraus y Peter Handke (Villoro, que estudió en el Colegio Alemán, fue agregado cultural de su país en la desaparecida República Democrática Alemana) y escritores rusos, entre los que destacan Gógol y Dostoyevski; «La orilla latinoamericana», con el asedio a Ramón López Velarde (viejo conocido de Villoro y pretexto de su novela El testigo, con la que ganó el Premio Herralde en 2004), Usigli, Onetti, Cortázar, Puig, García Márquez, Ibargüengoitia y Monsiváis; y, finalmente, «Infancia, lenguas extranjeras y otras enfer- medades», donde se detiene en un géne- ro que practica, la literatura infantil, y un oficio en el que también ha puesto manos –y menas de oro– a las obras. «En las gran- des traducciones poéticas, el texto original es un acicate para alcanzar novedosas solu- ciones», aventura. O: «Lichtenberg reparó en la paradoja de que las traducciones li- terales casi siempre son malas. A fuerza de acercarse a un texto ajeno, se pierde el rit- mo y la naturaleza del propio idioma».
A incontables lecturas, a una disposición personal hacia el asombro, a haber cono- cido y tratado a algunos de los grandes, de los que aporta anécdotas sabrosas, Villoro añade una aguzada capacidad de observa- ción. Señala sobre Gógol: «Para acentuar el valor simbólico de sus fabulaciones, re- chaza la exactitud. Pocos autores han repu- diado en forma tan consistente los números redondos: sus personajes recorren dieci- nueve verstas o tienen dos minutos y me- dio de descanso. Este gusto por enrarecer lo cotidiano se perfecciona con incoheren- cias ambientales: describe un día de calor y abriga mucho a sus personajes».
A propósito de Gógol, y Roma, anota, asimismo, la equívoca fascinación –quien
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lo probó lo sabe– que ejerce México: «En su mezcla de infierno y paraíso, México fue idílico para Kerouac, Lowry, Lawrence, Burroughs o Bolaño en una forma en que no puede serlo para un autor mexicano». Quizá por eso él sale a menudo de ese averno empíreo y visita con frecuencia la Ciudad Condal (su padre fue el filósofo barcelonés Luis Villoro). Contagiado del ya nombrado Lichtenberg, a quien tradujo, Villoro ronda lo aforístico en sus ensayos, dejando aquí y allá aéreas frases lapidarias, libres del las- tre de la solemnidad: «Se necesita ser ruso para consagrar la primavera. Se necesita mucha prisa para apresar lo eterno». O al hablar de Dostoyevski: «Para un artista, la reiteración de los logros es una derrota; no hay mejor socio que el riesgo».
Todo el libro está sembrado de expresio- nes y juicios no solamente brillantes, sino también, procediendo de quien proceden, ilustrativos de formas que le son afines en el abordaje de la escritura. De este modo, en su capítulo sobre Karl Kraus asevera: «La lengua meramente utilitaria no sólo le parecía pobre sino ininteligible». En otra página, hallamos esta otra suerte de afo- rismo (basta tomar lápiz para ir espigando un nutrido ramillete): «Leer es como el pa- racaidismo: en situaciones normales sólo unos espíritus arriesgados lo practican, pero en una emergencia le salvan la vida a cualquiera».
En la semblanza de Ibargüengoitia, un autor que merece ser mejor conocido, evo- ca: «En sus conferencias solía provocar polémicas con el público. Hosco, renuen- te a matizar o a profundizar en el tema, preguntaba a quien lo cuestionaba cuán- to había pagado por entrar ahí; al com- probar que estaba ahí gratuitamente, le advertía que no tenía derecho a pedir de-
masiado. Si alguien insistía en una crítica, le recomendaba que escribiera su propio li- bro. Curiosamente, el enojo lo conforma- ba como humorista arquetípico. Los cómi- cos suelen alimentarse de la melancolía y el mal humor». Ibargüengoitia (Villoro rea- lizó una selección de sus columnas para Reino de Redonda, el sello editorial que pi- lota Javier Marías) fue uno de los más di- vertidos escritores mexicanos. Me recuer- da, desde las páginas de Excélsior, a Flann O’Brien (Myles na gCopaleen) en las de
The Irish Times. Ambos son ácidos críticos
de sus sociedades y novelistas paródicos: el irlandés, en La boca pobre, de los libros testimoniales del campesinado de las ve- nerables zonas gaélicas; el mexicano, en
Los relámpagos de agosto, de las autobio-
grafías de participantes en la revolución. Recuerda Villoro cómo se multiplicaron las sonrojantes memorias de altos oficia- les «que buscaban que un libro les con- cediera la gloria que les había regateado el teatro de los acontecimientos». Y agre- ga: «Ibargüengoitia fue un lector apasiona- do de esa torpe variante de la autoficción donde el vanidoso deseo de figurar en el panteón de los héroes producía el efecto contrario. Motivadas por un delirio de gran- deza, esas ingenuas autobiografías engro- saban la biblioteca universal del ridículo». He aquí otro rasgo de la prosa de Villoro: sabe jugar con las connotaciones y modu- lar ecos que remiten a lo mejor de la lite- ratura, como, en este caso, a Jorge Luis Borges y su Historia universal de la infa-
mia. Podríamos abundar en los paralelis-
mos entre Ibargüengoitia y O’Brien, pero, en las mismas coordenadas, le dejamos el campo libre a Villoro y su espléndida com- paración entre el jerezano (de Zacatecas) López Velarde y el dublinés James Joyce.
México posee una tradición viva de ensa- yistas de fuste. A ello contribuyó, sin duda, enormemente Octavio Paz y sus sucesi- vas aventuras editoriales, y hoy es imposi- ble no citar a figuras como Roger Bartra, Gabriel Zaid, Christopher Domínguez Michael, Guillermo Sheridan, Aurelio Asiain, Adolfo Castañón, Ricardo Cayuela, Bárbara Jacobs, Alberto Ruy Sánchez, José de la Colina, Juan García Ponce, Margo Glantz, Elsa Cross o José Emilio Pacheco (de quien Ediciones Era ha publicado re- cientemente en tres volúmenes una gene- rosa selección de sus columnas con el títu- lo de Inventario). Muchos de ellos tienen, además, a su favor, y la ventaja nos llega a nosotros, sus lectores, el escribir en perió- dicos y revistas. Eso hace que no se eludan las coyunturas de la actualidad en los casos de quienes se ocupan de asuntos sociológi- cos o políticos y que, cuando se ocupan de literatura, como aquí, lo hagan con inten- ción gratificantemente fresca.
En la casa de la literatura de Villoro, hay un cuarto que es el del lector y otro que per- tenece al escritor. Estos ensayos son el muy trasegado pasillo que los une y también el plano levantado de muchas galerías que son correspondencias y paralelismos, ven-
tanas y escaleras que conducen de unos au- tores a otros. A la postre, lo que queda tras la lectura del libro no es tanto un cúmulo de datos, que se administran con cautela, como una impresión, una atmósfera, el en- tender el carácter de los escritores que tie- nen la suerte de que Villoro fije su atención sobre ellos. No se aprende tanto un «tema» de historia literaria como mucho acerca de la misma literatura: los mecanismos que la estimulan, su trasvase de lenguas y en- tre autores, las similitudes con el cuerpo, como algo orgánico que es, que son. Y apor- ta citas que resultan todas pertinentes, sin afán de lucimiento ni esas rociadas de mor- tífera metralla: las notas y el aparato críti- co. No elude, en fin, eso tan desaconsejado por la producción científica: la intromisión del yo, el dar testimonio de lo experimenta- do y lo visto, como el impagable paseo en que nos guía a Monsiváis.
Villoro dibuja una orilla americana y otra europea, una del mundo nuevo y otra del vie- jo. Las enfrenta, pero no las echa a pelear. Hace que una y otra se reflejen, espejos de oleajes y de cielos. Y, en medio, navega sin hacer nunca agua. No le sucede lo que a Robinson Crusoe, el protagonista de la novela a la que dedica una de las travesías del libro.
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El nombre del irlandés Abraham Stoker (1847-1912), más conocido como Bram, se vincula con dos libros, uno referido al conde Drácula y el otro, a una momia vi- viente. Más que a ellos, quizás, a sus ver- siones teatrales y cinematográficas, que han hecho equívoca su gloria, según la definición de Flaubert. En efecto, si bien Boris Karloff, en la película de Karl Freund, dio con la exacta figura del resucitado, en
Nosferatu, de Murnau, el monigote que
hace de vampiro es un espantajo que nada tiene que ver con el personaje de Stoker.
Popularidad y equívoco de lado, lo cier- to es que Drácula puede situarse con elo- cuencia en la encrucijada de su tiempo, digamos, la segunda mitad del xviii. El si-
glo llegaba con rapidez a una cumbre de la
técnica, la ciencia y la secularización de la vida cotidiana, especialmente en las ciuda- des. Los filósofos habían inhumado a Dios y los científicos no aceptaban otro conoci- miento que el suyo. Era fácil, además, aso- ciar este saber profano con el ateísmo, la revolución social, el final de las monarquías y hasta la evaporación ácrata del Estado.
Como siempre en la historia, este comple- jo impulso generó una reacción. Los funda- mentalistas religiosos sostuvieron que el lai- cismo engendraba el caos y había que volver a la devoción y, de ser posible, a la mística. El hombre es un ser natural, pero también sobrenatural, y ahí están los fantasmas, los espectros, los lobisones y los vampiros para probarlo. Sobre este filo de la navaja se ins- tala Stoker, se corta y hace sangre.