3 STUDY AREA
4 DATA COLLECTION AND RESULTS OF THE FIELD SURVEY
5.2 Decision Analysis, Utility Theory and Certainty Equivalent Concepts
5.3.3 Stochastic Efficiency Methods
La joven actriz fue conducida a una habitación adornada con todo el esplendor y gusto semioriental que caracterizaba los palacios de los grandes señores de Italia. Sola en aquel recinto, el primer pensamiento de Viola fue Zanoni. ¿Vivía? ¿Había salido ileso de las manos de los enemigos? Zanoni era ya para ella su tesoro, la nueva luz de su vida, su señor, y, finalmente, su amante.
Poco tiempo tuvo para reflexionar, pues, al poco rato, oyó pasos que se acercaban a su cuarto. Retiróse al último rincón de la habitación sin experimentar miedo alguno; antes al contrario, sintió nacer en ella un valor desconocido hasta entonces, valor que, manifestándose en sus ojos, parecía dilatar su estatura. ¡Aun cuando le costara la vida, estaba resuelta a ser fiel a Zanoni! Tenía un nuevo motivo para defender su honor, y quería defenderlo a todo trance. Al abrirse la puerta, apareció el príncipe vestido con el espléndido y lujoso traje que se usaba entonces en Nápoles.
—Criatura hermosa y cruel, —dijo el recién llegado dirigiéndose a ella con la sonrisa en los labios. —Espero que no calificaréis demasiado severamente la violencia que me ha hecho cometer el amor.
Al decir esto, quiso coger una mano de Viola; pero viendo que la joven se retiraba, prosiguió:
—Pensad que estáis en poder de un hombre que no ha visto fracasar nunca ninguna de sus tentativas amorosas. Vuestro amante, por mucha que sea su presunción, no podrá salvaros esta vez. Sois mía; sin embargo, mas bien que vuestro dueño, permitidme ser vuestro esclavo.
—Príncipe —respondió Viola con gravedad, —vuestra jactancia es por demás vana. ¡Decís que me tenéis en vuestro poder! Os engañáis. La vida y la muerte están en mi mano. No os desafío; pero tampoco os temo. Siento, y hay presentimientos que parecen enviados por el cielo, —añadió Viola con voz solemne y penetrante, —que me encuentro segura aún en este mismo sitio; mientras que vos, príncipe de ***., habéis llamado grandes peligros sobre vuestra casa.
El orgulloso napolitano pareció sobresaltarse al ver una resolución y una osadía para la cual no estaba preparado. Con todo, no era hombre que se intimidara tan fácilmente ni que desistiese de sus proyectos una vez concebidos.
Acercándose a Viola, iba a responderle con un calor real o ficticio, cuando se oyó un golpe en la puerta del cuarto. El golpe sonó por segunda vez, y el príncipe, irritado por aquella interrupción, abrió la puerta preguntando con impaciencia quién se atrevía a desobedecer sus órdenes y a venir a interrumpirle. Mascari, pálido y agitado, le respondió en voz baja:
—Señor, perdonad; pero hay abajo un extranjero que insiste en veros, y por algunas palabras que ha pronunciado, he creído prudente infringir vuestro mandato.
—¡Un extranjero!... ¡A esta hora! ¿Qué quiere? ¿Por qué le has admitido siquiera? —Según dice, vuestra vida os halla en inminente riesgo, y solo a V. E. quiere manifestar de dónde viene el peligro.
El príncipe frunció las cejas y palideció. Después de reflexionar un instante, volvió a entrar en la habitación, y, adelantándose hacia Viola, le dijo:
—Creedme, hermosa joven: no quiero aprovecharme de la ventaja que me ofrece mi posición. Quisiera conseguirlo todo por medio del afecto y del cariño. Sed en el interior de este palacio una reina más absoluta que la que habéis representado a veces en el teatro. ¡Adiós, por esta noche! Dormid tranquilamente, y ¡ojalá que vuestros sueños sean favorables a mis esperanzas!
Después de pronunciar estas palabras, el príncipe se retiró. Un momento después, Viola se vio rodeada de asiduos servidores, a los cuales pudo despedir, no sin alguna dificultad. No queriendo acostars e, la joven pasó la noche examinando la habitación, que no ofrecía salida por ninguna parte. Tampoco, en toda la noche, Zanoni se apartó de su imaginación un solo instante, y el poder de aquel hombre le inspiraba una especie de confianza sobrenatural.
El príncipe, entretanto, bajando la escalera, se dirigió a la habitación donde introdujeran al extranjero.
El recién venido estaba envuelto en un ancho ropón que lo cubría de pies a cabeza; una especie de traje talar, medio manteo, como el que suelen llevar, a veces, los eclesiásticos. La fisonomía de este extranjero era notable. Su cara parecía tan tostada por el sol y su color era tan moreno, que, a primera vista, cualquiera le hubiese podido tomar por un habitante de las más apartadas comarcas del Oriente. Su frente era tan elevada, y sus ojos, aunque tranquilos, tan penetrantes, que el príncipe evadió su mirada, como si conociera que podía leer sus más ocultos secretos.
—¿Qué me queréis? —preguntó el príncipe, señalando un asiento al desconocido. —Príncipe de ***, —dijo el extranjero con voz afable y penetrante, pero cuyo acento no le hacía del país, —hijo de la raza más enérgica y más varonil cuyo gran genio se haya consagrado nunca al servicio de la humanidad; descendiente del gran Visconti, en cuyas crónicas está escrita la historia de Italia en sus más prósperos días y en cuya elevación e inteligencia llego a su mas sublime altura, vengo a contemplar la última estrella que se obscurece en un nublado firmamento. Mañana, a esta hora, vuestra estrella no brillará en el espacio. ¡Príncipe! ¡si vuestra conducta no cambia enteramente, vuestros días están contados!
—¿Qué significa esa jerigonza? —dijo el príncipe, cuyo secreto terror se traslucía en sus miradas. —¿Venís a amenazarme en mi propia casa, o queréis advertirme
de algún peligro? ¿Sois algún saltimbanquis ambulante o algún pretendido adivino? Hablad alto y claro ¿Cuál es el peligro que me amenaza?
—Zanoni y la espada de vuestro abuelo, —repuso el extranjero.
—¡Ja! ¡ja! —repuso el príncipe riendo de sdeñosamente, —A primera vista, casi he adivinado quién erais. Según eso, ¿sois el cómplice o el instrumento del más diestro, pero al presente, del más desprestigiado charlatán ? ¿Supongo que vendréis a decirme que si devuelvo la libertad a cierta persona cautiva, se desvanecerá el peligro y la mano del destino se detendrá?
—Juzgad de mí como queráis, príncipe. No os niego que conozco a Zanoni. También vos conoceréis su poder; pero no será hasta el momento que os aniquile. Quisiera salvaros, y por lo mismo, vengo a advertiros. Y preguntaréis por qué. Voy a decíroslo. ¿No os acordáis de ninguno de los extraños cuentos que se han referido de vuestro noble abuelo? ¿No habéis oído hablar de su sed por conocer una ciencia que supera la de los claustros y de las universidades? ¿No oísteis nombrar nunca a un hombre singular que venido de Oriente, fue su amigo y su maestro, y contra el cual el Vaticano lanzó sus rayos de siglo en siglo? ¿No os acordáis de las riquezas de vuestro ascendiente, y de cuán poco sonó su nombre en su juventud? ¿Ignoráis que después de una vida disipada y extravagante como la vuestra, tuvo que huir de Milán, pobre y medio desterrado? ¿No sabéis que después de muchos años, pasados, nadie sabe en qué climas ni en qué ocupaciones, volvió a la ciudad donde reinaran sus antepasados, y que con él vino el gran sabio del Oriente, el místico Mejnour? Pues bien, todos los que volvieron a ver a vuestro abuelo, observaron, con medrosa admiración, que el tiempo no había plantado una sola arruga en su frente, y que la juventud parecía haberse fijado como por encanto en su semblante y en su persona. Desde entonces en fortuna prosperó. Los parientes más remotos fueron muriendo, y estados sobre estados pasaron a las manos del noble arruinado. Visconti se enlazó con la familia real de Austria; fue el consejero de los reyes y el primer magnate de Italia. Vuestro abuelo fundó una nueva casa, de la cual vos sois el último poseedor, y trasladó su esplendor de Milán al reino de Sicilia. Planes de la más atrevida ambición le dominaban de día y de noche. Si hubiese vivido, la Italia hubiese conocido una nueva dinastía, y los Visconti hubiesen reinado en la Magna Grecia. Era un hombre de los que el mundo ve muy raramente; pero sus fines, demasiado terrenales, pugnaban con los medios que quería emplear. Si su ambición no hubiese sido tan desmedida, hubiese sido digno de un reino más poderoso que el de los Césares, digno de nuestra solemne orden, digno de la amistad de Mejnour, al cual tenéis delante de vos.
El príncipe, que escuchara con religiosa atención a este singular huésped, se estremeció al oír las últimas palabras.
—¡Impostor! —exclamó. —¿Os atrevéis a querer jugar de esta manera con mi credulidad? Hace sesenta años que mi abuelo murió, después de haber vivido ciento veinte; y vos, cuya vejez es lozana y vigorosa, ¿pretendéis haber sido su contemporáneo? Habéis aprendido muy mal vuestro papel. ¿Sin duda no sabéis que mi abuelo, sabio e ilustre, efectivamente, en todo, excepto en la confianza que puso en un charlatán, fue encontrado muerto en su cama, en el momento en que
iba a poner en ejecución sus colosales planes, y que Mejnour fue quien cometió este asesinato?
—¡Ah! —respondió el extranjero con voz triste. —Si él hubiese escuchado los consejos de Mejnour, si hubiese aplazado la prueba más peligrosa de la atrevida sabiduría hasta que la práctica requerida y la iniciación hubiesen sido completas, vuestro abuelo hubiese permanecido conmigo en una eminencia a donde no alcanzan las aguas de la muerte. Vuestro abuelo desoyó mis más fervientes súplicas, desobedeció mis absolutos mandatos, y en la sublime temeridad de una alma que se afanaba por secretos que nunca puede obtener el que desea estados y cetros, pereció víctima de su frenesí.
—Mi abuelo murió envenenado, y Mejnour desapareció, —dijo el príncipe.
—Mejnour no huyó, —respondió el prudente extranjero; —Mejnour no tenía que huir, porque es superior a los peligros. El día que precedió al en que el duque tomara el fatal brebaje que él creía debía hacerle inmortal, aquel día, viendo que mi dominio sobre él había terminado, le abandoné a su suerte. Pero dejemos este asunto. Sabed que amaba a vuestro abuelo, y porque le amaba, quiero salvar al último de su raza. No os opongáis a Zanoni; no opongáis vuestra alma a vuestras malas pasiones. Retiraos del precipicio; todavía es tiempo. En vuestra frente y en vuestros ojos descubro todavía parte de aquella divina gloria que perteneció a vuestra raza. Aun existen en vos gérmenes de su hereditario genio; pero éstos quedan ahogados por vuestros hereditarios vicios. Acordaos de que el genio elevó vuestra casa, y que debe la pérdida de su poderío a las malas pasiones. En las leyes que regulan el universo está decretado que lo malo no puede durar. Sed prudente, y aprovechaos de las lecciones de la historia. Os encontráis en el borde de dos mundos, el pasado y el futuro, y de cada uno de ellos llegan presagios a vuestros oídos. He concluido. ¡Adiós!
—¡Aguardad! No saldréis de este recinto sin que haya experimentado vuestro poder. ¡Hola! ¡Aquí, socorro!
En un instante los agentes del príncipe llenaron el cuarto.
—¡Apoderaos de ese hombre! —gritó el príncipe, señalando el sitio que había ocupado Mejnour; —pero el príncipe se quedó aterrado cuando vio que el asiento estaba vacío. El misterioso extranjero se había desvanecido como una visión, y solo se veía una especie de vapor diáfano que ondulaba alrededor de las paredes.
—¡Socorred al señor! —gritó Mascari.
El príncipe había caído al suelo sin sentido. Cuando volvió en sí, despidió a sus criados, y un momento después se le oía pasear precipitadamente por su cuarto. El príncipe no pareció ser el mismo hasta una hora antes del banquete que tenía anunciado para aquel día.