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The 2025 strategy adequately equipping UJ’s competitiveness in the knowledge

CHAPTER 4: DATA ANALYSIS

4.3 The 2025 strategy adequately equipping UJ’s competitiveness in the knowledge

“(…) no sólo vendar a las víctimas bajo la rueda,

sino parar la misma rueda bloqueando sus radios”

La tarde del 30 de enero de 1933 el cuñado de Bonhoeffer, nada más llegar a la casa, comentó la subida al poder de Hitler, que había tenido lugar ese mismo día, diciendo: “¡Eso significa la guerra!”. Toda la familia asin- tió a sus palabras sin reservas.

Muchos de los colegas de Bonhoeffer dentro del colec- tivo de pastores y teólogos se dejaron engañar en ese momento por los piadosos votos de Hitler y se mostraron más que dispuestos a restarles importancia a las primeras manifestaciones del terror pardo, no viendo en ellas nada más que un mal necesario en la lucha contra el bolchevis- mo. Circularon imágenes idílicas de Hitler acudiendo con regularidad a la iglesia como un buen feligrés (después de 1933 éste hizo que fueran eliminadas de los volúmenes de fotografías) y de la boda del gauleiter1 de Berlín y poste-

1. Literalmente “líder (Leiter) de distrito” (Gau). Cargo político creado por Hitler en 1922. Dentro de la organización del territo- rio nacional efectuada por el partido nacionalsocialista, Alemania había sido dividida en varios “distritos” o regiones administrati- vas superiores (Gaue) que, a su vez, se dividían en varios “conda- dos” (Kreise), finalmente subdivididos en otras divisiones aún más

rior ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, en una iglesia evangélica, en presencia del “Führer” y bajo una bandera con la cruz gamada desplegada sobre el altar. Cuando Hitler adoptó tonos cada vez más modera- dos en sus manifestaciones públicas, habló con acento entusiasta de un “cristianismo positivo”, reclamó solida- ridad nacional y trató hábilmente de ganarse la voluntad de las Iglesias, las ingratas circunstancias en que se había producido su subida al poder ya no parecieron más que un simple accidente de servicio.

Había también, sin duda alguna, una repugnancia sin- cera por el culto a Wotan y los delirios sobre el hombre superior. Con harta frecuencia, la llamada gente humilde, con su sano sentido de la realidad –líderes juveniles com- prometidos, párrocos de aldea con experiencia de la vida y tozudas campesinas–, se resistió al principio con todas sus fuerzas a las aspiraciones de Estado y policía, partido

“tendríamos que haber gritado”

pequeñas (“sedes”, “células” y “bloques”). Los gauleiter, como el resto de miembros de los “cuerpos de liderazgo” del NSDAP, eran nombrados directamente por Hitler y respondían también direc- tamente ante él del sector de soberanía que se les confiaba. Sus responsabilidades y funciones eran fundamentalmente políticas, destinadas a asegurar la autoridad del partido nazi en su área. El cargo de gauleiter fue desempeñado por algunos de los principa- les encausados en Nuremberg, como Streicher (gauleiter de Franconia), Von Schirach (gauleiter de Viena) o Sauckel (gauleiter de Turingia). Con posterioridad a 1939 se nombraron también

gauleiter para las regiones ocupadas, añadiéndose a sus funciones

competencias directamente relacionadas con el esfuerzo bélico. Bajo la disciplina de las llamadas Napolas (escuelas de élite nacio- nalsocialistas, conocidas por el acrónimo de su designación admi- nistrativa: National Politische Erziehungsanstalt, instituto educa- tivo político-nacional), el partido llegó incluso a preparar a algu- nos de sus miembros más jóvenes para desempeñar futuras fun- ciones como gauleiter de Moscú o Nueva York tras la “victoria final” de Alemania.

e ideología a hacerse con el poder absoluto. Curiosa- mente, los nazis podían contar con que encontrarían antes simpatizantes para su causa entre alumnado y profesores universitarios, médicos y juristas, teólogos de renombre y altos representantes eclesiásticos, con su supuesta pers- pectiva académica de las cosas.

Cuando los fascistas peroraban sobre el Estado del Führer y sobre que por fin se había restablecido la autori- dad, echaban pestes del liberalismo, tachándolo de indul- gente, y prometían dar el golpe de gracia a los ateos bol- cheviques, los cristianos conservadores se sentían como en casa. ¿Acaso no había sido la Iglesia objeto de sangrientas persecuciones por parte de los marxistas tanto en Méjico como en España? Si el tal Hitler acababa con los rojos y volvía a restablecer el orden en el país, ¿no había que per- donarle, inspirándose en el refrán: “para hacer una torti- lla hay que romper los huevos”2, que de vez en cuando

excitara los ánimos más belicistas o dijera algún que otro disparate sobre acabar3con los judíos? ¿Y no era precisa-

mente más necesario que nunca confraternizar con los nazis, si en verdad se quería disciplinar poco a poco a sus rudas tropas de asalto y convertir en un cabal hombre de Estado al genial camorrista que marchaba a su cabeza?

Al volverse a abrir las puertas del Reichstag el 21 de marzo de 1933, diez días después de que Hitler se hubie- ra instalado definitivamente en el poder como dictador, el superintendente general de Berlín y futuro obispo Otto

berlín, londres: un pastor descubre la explosividad política del evangelio

2. En alemán el dicho dice exactamente Wo gehobelt wird, fallen

Späne: “Donde se pasa el cepillo, saltan virutas“. (N. del T.)

3. El autor emplea aquí el término Judenschlachten, con el que se conocían en alemán antiguo los pogromos de judíos en la Edad Media (del verbo schlachten, “matar”, “degollar”, “sacrificar”) y que podría traducirse como “degollina” o “matanza de judíos”. (N. del T.)

Dibelius pronuncia un solemne discurso, radiado por todas las emisoras alemanas, en el que se imparte una macabra absolución general a las prácticas terroristas que contra “rojos” y pacifistas usan los matarifes de la SA: “Cuando el Estado cumple con sus deberes –aclaraba Dibelius– en contra de quienes minan los fundamentos del orden estatal, en contra, sobre todo, de quienes destruyen el matrimonio con palabras corrosivas y vulgares, envile- cen la religión y trabajan con ahínco por la ruina de la patria, entonces el Estado cumple con sus deberes en nom- bre de Dios. (…) Hemos aprendido del doctor Martín Lutero que la Iglesia no tiene derecho a oponerse al ejer- cicio legítimo de la violencia estatal cuando ésta hace lo que está llamada a hacer. Ni siquiera cuando actúa con dureza y brutalmente”. La exhortación final de Dibelius a que “el amor y la justicia” volvieran a “imperar” una vez restablecido el orden, fue sin duda pasada por alto por la mayoría de los oyentes.

Gentes como Bonhoeffer no se dejaron engañar cuando Hitler declaró solemnemente que el gobierno del Reich tomaría al cristianismo bajo su “firme protección”, haciendo de él la “base de toda nuestra moral”, y que “reconocería y garantizaría a las confesiones cristianas en la escuela y la educación la influencia que legítimamente” les correspondía. Sabían lo que esa “firme protección” significaba ya para un número cada vez mayor de perso- nas “diferentes” y que pensaban de otra manera, para sin- dicalistas y funcionarios del SPD4, cristianos indóciles y

conciudadanos judíos: ser arrestado a la caída de la noche y entre la niebla, verse encarcelado sin derecho a juicio,

“tendríamos que haber gritado”

4. Siglas del Partido Socialdemócrata Alemán, Sozialdemokratische

ser torturado en las cárceles de la Gestapo5, morir asesi-

nado en circunstancias nunca aclaradas y, como mínimo, sufrir represalias en la profesión y ser económicamente aniquilado.

Gentes como Bonhoeffer habían leído los escritos programáticos del “movimiento”, como, por ejemplo, El

mito del siglo XX de Alfred Rosenberg, en donde se exi-

gía que “el ideal del amor al prójimo” se sometiera “en todos los casos a la doctrina nacional”, haciéndose de la “seguridad de la nación” el valor moral más alto. Ya en 1930 –cuando El mito llegó a las librerías–, en una melan- cólica carta que le escribió a su abuela con motivo de su cumpleaños, Bonhoeffer profetizaba “que llegaremos a ser una gran Iglesia nacional étnica que ya no soportará el cristianismo en su esencia, y habremos de estar prepara- dos para caminos completamente nuevos que luego esta- remos obligados a andar. La cuestión es en realidad o ger- manismo o cristianismo, y cuanto antes salga a la luz el conflicto, tanto mejor. El disimulo es aquí lo más peligro- so de todo”.

Gentes como Bonhoeffer supieron desde el principio qué tenían que esperar de los nazis: el fin de todas las libertades ciudadanas en Alemania y una resistencia des- piadada por parte de la Iglesia, excepto si ésta se dejaba someter y compraba, renunciando a su palabra profética, la posibilidad de seguir ejerciendo su culto sin ser mo- lestada.

Pero eso era justamente lo que no debía suceder. Ya no era hora de celebraciones, sino de protestas, había decla- rado Bonhoeffer durante un oficio divino académico el día de la festividad de la Reforma de 1932. De ser cierto

berlín, londres: un pastor descubre la explosividad política del evangelio

5. Acrónimo de la “Policía Secreta del Estado”, Geheime Staats-

que el anciano presidente von Hindenburg se habría sentado entre los oyentes, como algunos afirman, la que todavía era la cabeza del Reich tuvo sin duda que sor- prenderse del modo en que aquel mozalbete, un simple pastor estudiantil, convertía la venerable festividad de la Reforma en una “protesta de Dios contra nosotros”. “Dejad que el difunto Lutero descanse en paz de una vez y escuchad el Evangelio”, tronaba Bonhoeffer desde el púl- pito. “El Día del Juicio está claro que no nos preguntará Dios: ¿habéis celebrado representativas fiestas de la Refor- ma?, sino: ¿habéis escuchado y preservado mi palabra?” no se buscan revoltosos

Sus sermones siguieron causándole dificultades. En ellos, a diferencia de sus lecciones universitarias, Bon- hoeffer hablaba a menudo atascándose y con torpeza. Sin embargo, no dejó un solo día de esforzarse y pronunció discursos a contracorriente que obligaban a sus oyentes a aguzar sus oídos. Bonhoeffer se preguntaba “si nosotros los cristianos tendremos la fuerza suficiente para dar tes- timonio ante el mundo de que no somos soñadores ni visionarios, (…) que nuestra fe no es el opio que nos per- mite vivir satisfechos en medio de un mundo injusto, sino que, al revés, nosotros, precisamente por aspirar a lo que está arriba, protestamos tanto más pertinaz y resuelta- mente en esta tierra”. Y señalaba a continuación, asusta- do, “que cuanto más piadosos somos, menos dejamos que nos digan que Dios es peligroso”.

No se buscan “molestias” ni “falta de armonía”, cons- tataba Bonhoeffer el día de duelo nacional de 1932. Lo que, sin embargo, no le impidió asignar a su Iglesia el papel de una pensadora a contracorriente: en días tales

–decía–, ella está ahí “menos orgullosa”, “menos heroi- ca”, “menos popular”. Sin embargo, uno tendría que tener ya el valor de confrontar el mandamiento de la paz con la realidad de la guerra, mirar más allá de las fronte- ras de la propia nación y pedir por el Reich “que ponga fin a todas las guerras”. En otro sermón, Bonhoeffer re- cordaba que muy bien podían volver los tiempos en que se reclamara a la Iglesia la “sangre de sus mártires”.

Quien entretanto se había ordenado, había aspirado en vano a un puesto de pastor. El consistorio de la co- munidad se decidió por un candidato de más edad y considerablemente más popular. Una segunda solicitud fracasaría más tarde a cuenta del “párrafo ario”, que Bonhoeffer no quiso aceptar, por lo que de momento éste continuó en la universidad, donde ciertamente se sentía cada vez más como un cuerpo extraño entre los alumnos pertenecientes a las corporaciones de vistosos colores y los nazis enfundados en sus pardos uniformes. Su “asociación para jóvenes” de Charlottenburg, donde se reunían cris- tianos, judíos y socialistas y se ofrecían atractivas alterna- tivas de ocio a jóvenes desempleados, tuvo que cerrar ante la presión de las patrullas de matones de la SA –lo que hizo que los indignados padres de Bonhoeffer financiaran a los comunistas perseguidos de entre sus amigos una barraca en las afueras de la ciudad–. Allí éstos encontra- ron, por el momento al menos, un lugar seguro.

Experiencias como éstas dejaron también su huella, como es lógico, en la actividad docente del profesor uni- versitario Bonhoeffer. En lugar de limitarse a interpretar dogmas cristológicos y analizar las leyes evolutivas de la historia de los dogmas, Bonhoeffer se preguntaba con cada vez más decisión por las obligaciones concretas que acarrearía consigo el seguimiento de Cristo. En lugar de

describir a la Iglesia, como por entonces era lo habitual, como una isla de bienaventuranza alejada del mundo y ocuparse de la ejecución correcta del oficio divino y de una piedad más bien privada que otra cosa, Bonhoeffer planteaba preguntas cada vez más incisivas por el lugar de donde la Iglesia había recibido su misión, el aspecto que tendría que ofrecer en situaciones conflictivas una actua- ción digna de crédito por su parte y los puntos en que ten- dría que dejarse criticar por el evangelio.

Cristología, eclesiología (teoría de la Iglesia) y ética de- terminaron el espectro temático de sus lecciones y semina- rios durante estos años. Sus títulos estaban llenos de pre- tensiones: “La esencia de la Iglesia”; “¿Hay una ética cris- tiana?”; “La idea de la filosofía y la teología protestante”; “Ejercicios dogmáticos: problemas de una antropología teológica”; “Ejercicios dogmáticos: la filosofía de la reli- gión en Hegel”. Parecen haberle interesado –a él y a sus alumnos y alumnas– no tanto los problemas académicos especializados como las grandes interrelaciones y los fun- damentos del pensamiento y la argumentación teológicos. Un alumno de historia de la religión –y no de teología– asistió por equivocación a una lección de Bonhoeffer sobre el relato bíblico de la Caída, y fue tal su entusiasmo por este “hombre de hondo arado” –como él mismo lo llamó– que a partir de ese momento ya no se perdió nin- guna de sus intervenciones. En su opinión, Bonhoeffer había redescubierto en los viejos textos “hechos esencia- les” de importancia para la vida y el conocimiento. A favor del estudiante hay que decir que, por entonces, lo habitual era que se interpretaran los textos de la Escritura desde el prisma distanciado de la crítica histórica y el aná- lisis lingüístico, y no de una forma arrebatada, existencial. Así lo hacía Bonhoeffer, por ejemplo, con las palabras

iniciales de la Biblia: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”. “¿Qué significa que al principio Dios sea?”, pre- guntaba. “¿Qué Dios? ¿Tu Dios, el que tú mismo te fabri- cas a partir de tus particulares necesidades porque necesi- tas un ídolo, porque no puedes vivir sin el principio ni el fin, porque el centro te da miedo?” Para Bonhoeffer, como simple palabra humana este mensaje no sería en realidad más que una proyección de la propia angustia; por otro lado, sin embargo, en él podría estar hablando Dios mis- mo, el Dios que ha decidido libremente instaurar al mun- do en su ser, el único que podría quitarle al ser humano su miedo al “principio sin principio” y al “fin sin fin”.

Un par de semanas después, sus clases pasaban a abor- dar el encargo, tan discutido hoy, que da Dios al hombre en el Génesis de “someter” la tierra, sólo que una vez más desde una perspectiva bastante inhabitual: dicho dominio, en efecto, incluiría la unión con la criatura, aclaraba Bonhoeffer, que para ello se valía como ejemplo del cam- pesino inseparablemente unido a su terruño. Además –seguía diciendo–, el ser humano, al intentar emanciparse del Creador de toda vida, había perdido desde mucho tiempo antes su capacidad de dominar: “Ya no domina- mos, sino que somos dominados; las cosas, el mundo, dominan al hombre, éste es prisionero, esclavo del mun- do, su señorío es una ilusión; la técnica es el poder con el que la tierra se apodera del ser humano y lo somete. (…) Sin Dios, sin su hermano, el ser humano pierde la tierra. (…) Sólo cuando Dios y el hermano vienen al hombre, puede éste encontrar el camino de vuelta a la tierra”.

Podemos entender a aquel otro oyente de Bonhoeffer que, tras escuchar su lección sobre la Creación, anotó: “Seguíamos sus palabras con tanta atención que se podía oír hasta el zumbido de una mosca”.

caudillo y seductor

Justo dos días después de que Hitler hubiera subido al poder, Dietrich Bonhoeffer pronunció el primer discurso radiofónico –y a la postre el último– de toda su vida. Su insidioso título rezaba: El Führer y el individuo en la

joven generación. En este discurso, Bonhoeffer advertía,

de forma categórica, del peligro de “endiosamiento” que corría este cargo: un auténtico Führer –decía– tiene que ser capaz, abstrayendo de su propia persona, de conducir a las personas inmaduras y que no se sienten lo suficien- temente fuertes que se le confían a reconocer la “autori- dad de las leyes” y, sobre todo, a hacerse responsables de sí mismas, en lugar de convertirse a sí mismo en un “ído- lo”: “El Führer ha de ser lo suficientemente responsable como para ser muy consciente de esta clara limitación impuesta a su autoridad. De entender él su función de manera diferente a como ésta está realmente fundada en el fondo del asunto, de no informar él en todo momento claramente a los que guía de las limitaciones de su tarea y de sus propias responsabilidades, de dejarse él arrastrar por ellos a pretender ser la representación de su ídolo (…), la imagen del Caudillo (Führer) se deslizará en la del seductor (Verführer)”6.

“tendríamos que haber gritado”

6. Juego de palabras con los verbos führen (“conducir”, “acaudi- llar”) y verführen (“seducir”, “tentar”), en el que Bonhoeffer se vale de uno de los sentidos que tiene el prefijo alemán ver– unido a ciertos verbos: a saber, el de indicar que el sujeto lleva a cabo dicha acción verbal (en este caso la de “guiar” a alguien) equivo- cada o falsamente. El significado de verführen coincidiría aquí con el del latino seducere en su sentido eclesiástico (“seducir”, “corromper”), y el juego de palabras en alemán sería idéntico al que podría establecerse con tal significado entre los verbos duce-

re (“conducir”) y seducere o entre las palabras castellanas “con-

Todo el mundo se dio cuenta de cómo debían enten- derse estas palabras, y los espantados redactores de la

Berliner Funkstunde7se apresuraron a apagarle el micró-

fono a aquel sedicioso.

En el oficio divino de fin de semestre que se celebró pocas semanas después, sin embargo, no hubo más reme- dio que dejarle que acabara de hablar. Bonhoeffer dijo en esta ocasión que el verdadero Señor de la historia “juzga- ría, condenaría y tacharía” todo intento del hombre por “endiosarse a sí mismo”: “En la Iglesia sólo tenemos un altar (…) No tenemos altares secundarios para adorar al hombre”. Y todo esto en el mismo momento en que la Iglesia Evangélica Regional de Hesse había ordenado que se izaran las enseñas eclesiásticas con motivo del “cum- pleaños del Führer” y en que el alto consistorio eclesiásti- co de la Altpreussische Union8saludaba en su mensaje de

Pascua el “despertar de las fuerzas más profundas de nuestra nación a la consciencia patriótica, la auténtica comunidad popular y la renovación religiosa”. ¡Dios mis-