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Strategy for developing the Rietveld structural models

Chapter 2 Experimental Procedures

2.9 X-Ray diffraction measurements (XRD)

2.9.8 Strategy for developing the Rietveld structural models

A

L campo otra vez. La ciudad queda atrás

con sus laureles. Después del Istmo, con su desbordado color y sus flores caluro- sas, cielo cercano y dulce, estos valles de Oaxaca tienen una serenidad maravillo- sa, una contenida hermosura distancia- da del cielo, reflejo de él en sus verdes clarísimos.

OCOTLÁN. El mercado nos enseña la animación de la mañana en los puestos de fruta y en las telas, los precio- sos rebozos negros. Nos distraemos con los divertidos re- gateos entre los marchantes, lucha diaria del centavo que aquí se reviste de la fina cortesía –cantarina y suave la voz– de los oaxaqueños. Y don Joaquín, que ha venido hoy con nosotros, nostálgico de sus lindos caballos en el automóvil, nos dirige luego, con su pericia habitual, a los puestos de nieve. “Las nieves de Ocotlán tienen fama en todo el rum- bo de Oaxaca” Y no la desmienten.

NOS acercamos a la iglesia, de preciosas proporciones y magnífica portada, con ese barroco mexicano que esta tierra hace más retorcido y más dulce ¡Lástima de pintura

reciente que le quita vigor a la piedra vieja! Están diciendo misa cuando entramos. En el coro –sólo los suaves latines del cura en el silencio de la nave, allá abajo– nos quedamos largo rato ante un estupendo cuadro casi escondido.

EN la placita cercana los ineludibles, maravillosos laure- les nos hacen pensar en cualquier rincón de Oaxaca. Oaxa- ca al fin este Ocotlán silencioso. Y el sol se esconde en esos momentos como para que el verde se dibuje todavía más sobre la piedra del fondo.

AL pasar, un ambicioso letrero encima de una puerta pequeña, insignificante: “Se hacen y componen santos”.

EL valle de nuevo, siempre el valle entre Oaxaca y noso- tros, desde Oaxaca a nosotros, con nosotros en la ciudad, presente, unas veces temblando, firme y rotundo otras.

DON Joaquín viene contándonos historias y leyendas de la ciudad y lo hace con una gracia y sencillez que riman bien con el campo, los ojos aún asombrados cuando llega- mos a Oaxaca, toda la mañana el sol y las nubes luchando allá arriba.

DESPUES de comer vamos a la feria que se celebra por ser la octava del Carmen. Y subimos a los caballitos y a las calesitas, nos columpiamos en las barcas y le entramos a los tiros al blanco. Lolis –alguien lo atribuye a una constan- te cualidad de su mirada– le atina: “Le ha tocado el catrín, señorita.” Y le regalan una preciosa estampa y una ollita de barro primorosa que le envidiamos un momento.

ESTÁN instalando los toritos de fuego y las ruedas de artificio que se quemarán esta noche y toda la calle es un ir y venir de gentes atareadas y curiosas. Alegre trabajo el de preparar la diversión de todos, la propia quizá en primer término. En una iglesia cercana los pequeños naranjos de la puerta lucen entre sus hojas carnosas unas flores con la bandera nacional.

PARA descansar del bullicio nos vamos a las huertas cer- canas a la Merced y repetimos el paseo de la otra tarde –los Príncipes, la Noria, rincón de San Francisco– hasta recalar en la calma absoluta de la placita de la Soledad, silenciosa y solitaria como nunca en esta hora. Y yo me quedo largo rato solo, escribiendo a Jorge González Durán por su libro reciente.

EN la noche, la feria, toda iluminada y alegre. La gente se apretuja en la calle, alrededor de los fuegos de artificio, el cielo más hondo que nunca allá arriba, y la luna ya no sabemos si llena –¿es que en Oaxaca dura más?–, eterna para nosotros estos días.

UNA música pegada a los muros de la calle ataca La Llo- rona, que ya no nos abandonará en toda la noche, fondo constante de todo el espectáculo. ¡Y cómo suena en Oaxaca la canción!

“Todos me dicen el negro, llorona,

negro, pero cariñoso. Yo soy como el chile verde,

llorona,

picante, pero sabroso.”

Y comienzan los fuegos. Unos hombres con máscaras gigantes encima de los hombros, y con toda la rueda de artificio en lo alto, ardiendo y estallando, danzan incansa- bles, se buscan y se huyen, inundando el aire de fuego chis- porroteante en mil colores. El círculo de gente se agranda y se achica a su alrededor, casi danzando también, temero- so del fuego y atraído por su encanto. Las mujeres chillan cuando las chispas las alcanzan y cuando los muchachos les lanzan al tiempo –hábilmente lograda la retaguardia– los atronadores buscapiés. Y en medio del bullicio –sólo el cielo de Oaxaca tranquilo arriba–, La Llorona vuelve a sur- gir con estos versos que volverían loco a cualquier astróno- mo más o menos científico:

“Si al cielo subir pudiera, llorona,

las estrellas te bajara, la luna a tus pies pusiera, llorona,

y que el sol te coronara.”

Y de la astronomía ideal, los cohetes por medio, susti- tuyéndola sobre el cielo, bajo el cielo, pasa la canción a la- mentaciones más concretas y reales:

“De noche, cuando me duermo, llorona,

me pongo a pensar y digo: ¿de que me sirve la cama,

llorona,

si no me acuesto contigo?”.

EL olor a pólvora se crece con el castillo final, de apo- teosis, que es recibido con enorme entusiasmo. La noche es ahora toda una pura algazara de colores y sonido bajo la otra fiesta de la luna alta. Y la feria se nos antoja de pronto amurallada por el silencio del resto de la ciudad que pre- siden los adivinados laureles, todo su alboroto y su gente concentrados en esta calle llena de fuego.

“Ay de mí, llorona, llorona, llévame al río. Tápame con tu rebozo, llorona,

que ya me muero de frío.”

Y nos vamos hacia Juárez como otras noches –ya queda poco– para recuperar un rato más la Oaxaca de siempre, la nuestra, la que se duerme tranquila, vuelta sólo a su miste- rio clarísimo, entre sus valles llenos de luna. Y a la espalda nos sigue persiguiendo la canción:

“Ay de mi, llorona, llorona de azul celeste. Aunque la vida me cueste, llorona,

CAPÍTULO XV