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Chapter 4: Design and development of a multipurpose cadastre data model

4.5 Data quality validation

4.5.2 Strategy for geometry validation

Yúsuf Al-Mustanṣir murió sin dejar heredero. Los notables y los jeques se pusieron de acuerdo para nombrar a ‘Abdeluáḥed Ibn Yúsuf Ibn ‘Abdelmúmen sucesor a los sesenta años de edad. Lo llamaban Al- Murrákuší Abú Moḥammed ‘Abdel‘aziz, de madre libre Maryam. A su propósito el autor de Al-Mu‘jib dijo, que lo conocía: “Lo conocí hombre que ayunaba de día y velaba de noche rezando, perspicaz, fuerte, no temía a nadie en instaurar ordenes de Dios, no paraba de repetir oraciones, plegarias a Dios y leer el Corán”. Después de dos meses, su sobrino Abdulláh Ibn Ya‘qúb Al-Manṣúr se sublevó contra su poder en el este de Al-Ándalus.

Se dice que: “Tenía por visir Ibn Yuyán, hombre astuto y agudo. Advirtió a Abdulláh Ibn Ya’qúb Al-Manṣúr de la “bai‘a” y del miedo de verla atribuirse a otro después de Al-Manṣúr. Todo se puso mixto arriba y fue confuso. Cada uno de los almohades pretendía tener la legitimidad. Se mezclaron otros con ellos marcando así otro episodio en las tragedias de Al- Ándalus, que se dividió en reinos parcelados, en cada uno un rey como Al Bayási, Al-‘Adil y Al-Má’mún, acudiendo todos a los castellanos pidiendo socorro y colaboración.

Fue a Fernando III a quien acudieron los musulmanes para pedir socorro. Ésta sería la causa de la exterminación del islam en la mayoría del territorio de al-Ándalus más tarde.

Fernando III salió en el año 623 a la cabeza de un ejército muy grande dirigiéndose hacia el territorio de Al-Bayyásí para quitarle sus fortaleza. Débil y sumiso, le expresó vasallaje y servicio. Fernando lo obligó a entregarle las fortalezas, suministrar a su ejército y entregarle su hijo como rehén durante las guerras contra sus enemigos como garantía para asegurar su apoyo y su ayuda. Al-Bayási se sintió apoyado por los castellanos y se dirigió hacia Sevilla. Se confrontó con los almohades que le derrotaron, le arrebataron las fortalezas y se escapó a Córdoba. Temieron los cordobeses su traición, se sublevaban contra él y lo mataron. Fue uno de los símbolos de traición que apresuró la desaparición final y total de la existencia del islam y de los musulmanes más tarde en Al-Ándalus.

Los cristianos se apoderaron de todo lo que encontraban en su camino y permanecieron pequeños territorios bajo la tutela de los musulmanes. Apareció un hombre de noble linaje llamado Moḥammed Ibn Yúsuf Ibn Húd Al-Yudámí, soldado en el ejército, actuaba en colaboración con un hombre llamado Al-Ghaští, contra los cristianos sorprendiéndoles en sus

fortalezas como arrebataba, a veces, a los musulmanes de su ganado y sus animales, ayudado en eso por un grupo de malvados. A su propósito nos dice Ibn Idárí: “A su entorno actuaba un grupo de ladrones, viles y desdeñables, fueron sus ayudantes y espías”, y agregó leyendas relacionadas con sortílegos y sus previsiones, arraigadas en los cerebros de los ignorantes y analfabetos de la ámma.

Los dos se relacionaron y decidieron colaborar. Ibn Húd levantó la bandera de los abasíes y se arropó de negro, símbolo para atribuirle la legitimidad, le rodeó un gran número de hombres y se dirigió hacia Murcia después de haberse concertado con el Cadí ‘Ali Ibn Moḥammed Al-Qastal. Su objetivo fue acabar con los almohades, vencer a los cristianos y reavivar la char’a. Cuando Al-Má’mun Almohade se enteró del asunto mientras estaba en Sevilla, se dirigió con sus soldados hacia Ibn Húd y lo venció sin lograr cautivarlo ni desterrarlo de Valencia. Los poetas se apresuraron a su corte halagándole, uno de ellos fue Ibn ‘Áicha:

Mi corazón, con los loores del califa, encantado Enamorado y en sus elogios sumiso y satisfecho Al califa, se dedican mis alabanzas

Honor y prestigio son a quien les expresa Su obediencia es deber de todos

Y su desobediencia es, sin duda, a Dios también.

Abú Zaid Al Bayási salió de Valencia para enfrentarse con Ibn Húd quien se había apoderado de Murcia. Fue derrotado y nombraron a otro sucesor en Valencia, ex jefe, Ziyán Ibn Mardaníš. Abú Zaid Al-Bayásí se escapó de una de las fortalezas dirigiéndose a Portugal. El autor de Al- Bayán Al-Mughríb dijo: “Fue extraño que dos cristianos llegaran, con un poco de antelación al sitio, es decir antes de Abí Zayd y le dijeran: si entras en nuestra religión te la dejamos. Furioso, los mató pero muy poco después se cristianizó dejando a sus hijos y familia para vivir con los cristianos, que despreciaron y lo rechazaron para morir aislado y vagabundo”.

Se decía que “lo acompañaba Ibn Al-Abbár, y cuando vio su rendimiento con los portugueses decidido a cristianizarse, volvió a Valencia y se alió con el nuevo gobernador.”

Así entró en el cristianismo, el descendiente de ‘Abdelmúmen cuyo movimiento fue de carácter religioso basado sobre la extensión del islam y de la ‘aqida, a pesar de sus intenciones políticas.

Los almohades vivían con miedo, bajo el mando de Abí Al-‘Ulá, a finales de su existencia en Al-Ándalus. No les quedó más que Sevilla, Córdoba y algunas pequeñas ciudades y fortalezas, aceptaron la tregua con los castellanos pagándoles una gran cantidad de dinero.

A pesar de temer la guerra y la provocación de Fernando III, Abú ‘Ali acudió a una conducta desagradable proclamándose califa y apodándose el Califa Al-Má’mún, contra su hermano el califa Al-‘Adil. Mandó a sus hombres a Marrakech para destituir a su hermano, comportamiento ilógico e inaceptable. Mataron a su hermano y a él lo proclamaron califa, luego lo destituyeron y nombraron a otro, Yaḥyá Ibn Moḥammed Annáṣir, apodado Al-Mu‘taṣim. El poder se transformó en un juego en las manos de los hombres, incitados por los almohades mismos.

Enfadado con la gente de Marrakech, Abú ‘Ali Al-Má’mún decidió vengarse de ellos, contactó a Fernando III y le pidió ayuda. Le exigió en cambio diez fortalezas colindantes, edificar en Marrakech una iglesia para los cristianos, no aceptar a los que quisieran adoptar el islam y aceptar la cristianización de quienes la desearan. Al-Má’mun aceptó todas las condiciones y exigencias.

Al-Má’mún salió con su ejército a Marrakech y quinientos alféreces de Fernández aceptando sus condiciones humillantes. Desde el primer encuentro, Al-‘Adil huyó a Marrakech y los jeques y notables presentaron su devoción al recién llegado con los castellanos. Llamó al cadí y le preguntó: “ ¿Qué opinas de las personas que expresaban su lealtad y "bai‘a" a una persona, luego la traicionaron, la mataron, nombraron a otro y repitieron lo mismo ¿Me propusieron lo mismo a mí y me están devolviendo la espalda? El cadí contestó: “merecen la muerte”. Ordenó entonces matarlos a todos y fueron casi cien personas de las mejores y notables de la ciudad y los enterraron a todos en la misma tumba. El resto de los hombres que alcanzaban cuatrocientas personas las mataron y colgaron sus cabezas sobre las puertas y murallas de la ciudad. Olían muy mal en pleno calor y cuando lo denunciaban al califa les contestaba: “las cabezas de los guerreros las sentimos buenas cuando son fieles y fétidas cuando son traidores.” Mientras el emir vivía en su lujoso palacio, los habitantes de Marrakech sufrían los olores fétidos de cuerpos descompuestos.

Un conjunto de dolores fueron trazados por su dueño Al-Má’mún Almohade, traicionando a su hermano, entregando las fortalezas al rey castellano, aceptando sus condiciones, matando a la gente, acompañando a los castellanos a Marrakech por primera vez. Superó sus predecesores en la traición, bajeza y la falta de buenas virtudes y de fe.

Sin embargo, hubo algunos acontecimientos positivos en su época como el cambio de la doctrina almohade impidiendo la oración en nombre de Al-Mahdí ordenando: “no lo llaméis el infalible, sino el detestable, desacreditado, el único Mahdí es Jesús”. Incitó también a la lucha contra la herejía y los herejes.

Al-Má’mún salió a Ceuta. Su hermano Yahyá (Al-‘Adil) aprovechó la ocasión para sorprender a los habitantes de Marrakech, no le demostraron

ninguna resistencia, entró en el palacio, se apoderó del dinero y de las riquezas, destruyó la iglesia construida por Al-Má’mún y mató a los cristianos que estaban allí. Cuando Al-Ma’mún se enteró volvió corriendo abandonando el asedio de Ceuta jurando entregar Marrakech a los castellanos. Falleció de repente en el camino de vuelta después de haber castigado en vez de perdonar y de haber destruido en vez de edificar, excepto su posición frente Al-Mahdí Ibn Túmart.

Su esposa cristiana ocultó su muerte hasta la llegada a su tierra y el nombramiento de su hijo Arrášíd, a los catorce años de edad. El ejército continuó su camino hacia Marrakech, la asedió y la recuperó sin derramar sangre.

Los jefes almohades pidieron de nuevo pronunciar la oración en nombre de Al-Mahdí Ibn Túmart como se hacía antes y repetían palabras y conceptos que llamaban “Tasálit” al islam (oraciones del islam) como por ejemplo en la aplicación de la oración ritual: “Sudurt, Nárdi” (palabras bereberes), amanecemos y amanece el reino de Dios, todo poderoso.

Los almohades vivieron los peores dolores durante diez años bajo el reino del califa Arrášíd. Meses antes de su fallecimiento, mató al más famoso de sus ministros Al-Múnání igual que a Abí Ḥafṣ, a causa de una carta que escribió.

Ibn Idárí dice en su libro Al-bayán Al-Mughríb: “Cuando logró Arrášíd estabilizar su gobierno y renovar el Estado almohade, se descansaron los habitantes de Marrakech en jardines y huertos. Edificó su palacio en tierra agradable, entre ríos y árboles e hizo construir las casas de sus familiares y amigos a su rededor. Una vez, cuando estaba en una barca con sus esclavas y favoritas, se hundió en el agua a causa de una tempestad. Otros decían que se resfrió y murió por no poder luchar contra una fuerte fiebre. Su reino se acabó el viernes diez de Yumáda I del año mencionado.”

Después de su muerte, decidieron nombrar sucesor a su hijo menor, a ese propósito dijo un hombre: “estamos hartos de nombrar a niños”, insinuando Yúsuf Al-Mustanṣir, su hermano y Arrášíd. Estaba presente ‘Ali Ibn Idris, hermano de Arrášíd pensando ser el único legítimo y dijo a los presentes: ¡soy el nuevo califa, lo aceptéis o no! Lo sentaron sobre el trono y lo llamaron Assa‘íd (El feliz). Al apoderarse del gobierno, mató a sus oponentes, encarceló a la madre de Arrášíd, le hizo pagar dinero y golpeaba el jeque de los esclavos, en tiempos de Arrášíd, haciéndole sufrir a éste mil azotes.

Fue un hombre fuerte, firme, intentó recuperar el esplendor almohade y declaró la guerra a los Bení Merín, que se retiraron de las tierras conquistadas y, luego, saliendo hacia una fortaleza mataron al califa. Así

falleció después de cinco años a la cabeza del poder. Fue un desastre después de una larga esperanza, pero no se pudo evitar el destino de Dios.

En Al-Ándalus, Ibn Húd pudo someter algunas fortalezas, pero muy pronto salió el rey de Aragón decidido a recuperar los territorios musulmanes empezando por Mérida. Cuando se enteró Ibn Húd reunió a su ejército y fue al encuentro del rey cristiano que lo derrotó y conquistó luego Cáceres. Por su parte, el rey de Castilla asedió Úbeda y la recuperó exigiendo a Ibn Húd pagarle trescientos sesenta dinares.

Se rodeó Ibn Húd de dolores y catástrofes, se sublevó contra él Moḥammed Ibn Yúsuf, descendiente de Sa‘d Ibn Ubáda, el compañero piadoso del profeta, apodado Ibn Al-Aḥmar. Se apoderó de Jaén y de allí salió hacia fortalezas para ocuparlas. Se confrontaron los dos hombres. Ibn Al-Aḥmar se puso de acuerdo con el gobernador de Córdoba. Lo casó con su hija y derrotaron los dos a Ibn Húd. Mientras Ibn Al-Aḥmar volvía con su aliado a Sevilla pensado matarlo en el camino. Mandó a quien lo asesinó y se apoderó de la ciudad en la cual permaneció únicamente un mes después de haberle echado fuera de sus murallas sus habitantes. Volvieron a apoyar otra vez a Ibn Húd que se reconcilió con Ibn Al-Aḥmar y actuaron juntos en varios sitios y acontecimientos.

El rey castellano salió de nuevo, destruyó, quemó todo lo que encontró en su camino hasta llegar a Jaén. Negoció con Ibn Húd que aceptó abandonarle algunas fortalezas y darle una gran cantidad de dinero.

Recordamos que en aquel momento Al-Ándalus islámico fue rodeado de tres reinos cristianos, Aragón en el este, Castilla en el centro y León en el oeste. Estos reinos atacaban permanentemente las tierras musulmanas que se entremataban entre ellas o las socorrían cuando se lo pedían. Lo hacían más para dominarlas y explotarlas que para asegurarle al rey taifa la protección y el mantenimiento a la cabeza del poder de los reinos musulmanes débiles y decadentes. Eso fue la verdadera tragedia de Al-Ándalus.

La caída de Córdoba

La capital de los musulmanes en Al-Ándalus cayó sin dificultad, sin que la defendieran y sin que nadie contestara a su llamamiento. Ibn Idárí dijo: “En el año 633 entraron los cristianos a Córdoba. Alfonso, que la desgracia y maldición de Dios caigan sobre él, la asedió con su ejército ayudado por otros aliados hasta expulsar a los musulmanes. Le sucedió Al- Ándalus a lo que hizo romper los corazones, destruir las montañas y derramar ríos de lágrimas, pero sólo Dios es potente y poderoso. Entre la conquista de Toledo y la de Córdoba expiraron ciento cincuenta años”.

Tenemos que recordar que Ibn Húd estaba en Murcia, disponía de un ejército enorme y salió para afrontar al rey cristiano, pero en medio camino tuvo que regresar sin que nadie se enterara de la causa que permaneció desconocida hasta nuestros momentos.

Después de la caída de Córdoba, Ibn Húd murió asesinado por Ibn Arramímí, gobernador de Almería, después de haber mantenido las riendas del poder durante nueve años y tres meses. Narrándonos la historia de su muerte, Ibn Idárí nos dijo: “al comienzo de su vida prometió a su esposa no casarse nunca por segunda vez, pero cuando se apoderó de la tierra andalusí y se glorificó su nombre y su orgullo, cruzó con una cristiana bella y hermosa, pero al prometer a su esposa nunca dejarla por otra mujer, la llevó a casa de Ibn Arramímí, gobernador de Almería. Le gustó a este último la cristiana, se quedó con ella y mató a Ibn Húd para deshacerse de él y quitárselo de su camino.

Cuando Ibn Húd llegó a Almería se instaló en sus afueras, Ibn Arramímí insistió para que entrase en su casa y le invitó a quedarse con su cristiana. Cuando entró le hizo entender que su favorita estaba en el baño preparándose a su encuentro. Cuando entabló la oscuridad su capa sobre la tierra, entraron cuatro de sus hombres y mataron a Ibn Húd y permaneció su asunto secreto”

¿Fue por una cristiana que Ibn Húd dejó de defender y salvar a Córdoba? Le cortaron la respiración, sofocándole con una almohada, cuatro hombres de Ibn Arramímí.

El camino quedó libre para Ibn Al-Aḥmar que se apoderó de Granada y luego se dirigió a Almería derrotando a Ibn Arramímí, pero permaneció temblando del rey de Castilla, temiendo su ataque en cualquier momento y

lugar. Renovó su pacto de tregua con él dejándole otra vez nuevas fortalezas y castillos.

Así se perdió Al-Ándalus deslizándose como las joyas de un collar roto, una a una, empezando por Toledo y pasando por Córdoba y otras ciudades que la sucedieron, durante treinta años. Los poetas lloraron estos dolores, recordaron y resumieron sus poemas las escenas dolorosas de la larga vida de Al-Ándalus que terminó después de haber florecido durante ocho siglos. De este periodo Abú Al-Beca no dijo en su poema:

Todo lo que se eleva a gran altura comienza a declinar. ¡Oh, Hombre, no te dejes seducir por los encantos de la vida! Todo lo humano sufre continuas revoluciones y trastornos. Si la fortuna te sonríe en un tiempo, en otros te afligirá… ¿Dónde están los monarcas poderosos del Yemen? ¿Dónde sus coronas y diademas? Reyes y reinos han sido como vanas sombras que soñando ve el hombre. ¿No tuvo nunca lugar el reino de Salomón?

Disturbaron tristezas y tiempos dramáticos la península, abatiéndose sobre Uḥud y Zahlán sufría el mal ojo y fue mortificada

desapareció el islam de entornos y pueblos vecinos ¿Qué es de Valencia y de sus huertos?

¿Y Murcia y Játiva hermosa? ¿Y Jaén?

¿Qué es de Córdoba en el día,

Donde las ciencias y los sabios hallaban noble asiento, y por su gloria se afanaban? ¿Y Sevilla? ¿Y la ribera

Que el Betis fecundo baña Tan florida?

Llora la fuente blanca, de penas y dolores Como llora el enamorado su amada perdida Llora tierra del islam despojada

Y de sus riquezas y creencia arrebatada En iglesias transformadas las mezquitas Donde no se ven más que campanillas y cruces Incluso los mihrabs, lloran rígidos,

Y los mimbares, de madera, lastimados

¡Oh, vosotros desatentos, a pesar de la moraleja vivida Si en el sueño te olvidas, el tiempo está advertido! ¡Vosotros que camináis alegres de vuestra patria ¿Cómo aclimatarse después de Sevilla?

Y de Sevilla nunca nos olvidamos

¡Vosotros que sobre puros caballos cabalgáis, corren relámpagos, iguales a Águilas!

¡Vosotros que lleváis finas espadas como el fuego en el polvo ardiente!, Jaranean en ultramares, quietos

Gozando en su tierra de dignidad y poder. ¿Alguna noticia de los andalusíes tenéis? Caravanas, sus historias contaban

¿Cuántos vencidos débiles nos piden socorro? Muertos, cautivos y personas inertes.

¿Por qué esta incisión entre vosotros musulmanes Mientras, criaturas de Dios, sois todos hermanos? Almas alegres y buenas voluntades

Tenéis, partidarios del bien y de sus agentes ¡Oh, humildad de un pueblo que gloria conocía! Aquí están por tiranía e incredulidad.

Ayer, dueños de sus hogares estaban y hoy, esclavos en tierras de infieles. Perdidos, sin guía si les ves

arropados de todos signos de humillación. Si ves los manantiales de sus ojos, derramados Mientras vendidos como esclavos.

Escandalizado estarás y de todas penas lacerado. Madres de sus críos separadas

como cuerpo y alma desasociados. Y una niña bella, igual al sol brilla, Como si fuese corindón y coral El bárbaro la lleva de fuerza,

lágrimas en los ojos y el corazón dolorido.

Ante tales sucesos, funde el corazón del abatimiento Si huellas del islam y de la fe en el corazón quedan.

Cuando el monarca de Aragón vio al rey de Castilla apoderándose de Córdoba sin dificultades, decidió recuperar Valencia porque entraba en sus planes de reconquista.

La asedió sabiendo que su gobernador Ziyán carecía de hombres y suministros que le permitían defenderla. No recibió ni ayuda ni socorro de los almohades ¿Cómo podrían los almohades socorrer un reino batido por sus abuelos y que ellos destrozaron rivalizándose sus reinos y riquezas? No le quedó más remedio que volver hacia Bení Ḥafṣ, el gobernador de Túnez. Ibn Al-Abbár le mandó una carta implorando su apoyo y ayuda, dejando las riendas sueltas a sus sentimientos y palabras diciéndole:

¡Salva con tus caballos, criaturas de Dios, tierras de Al-Ándalus Abierto está el camino, a tus guerreros guía

¡Oh, de los oprimidos constante velador! Auxilio te demanda la bella Andalucía; La libertad espera de tu heroico valor. Sus entrañas, oprimidas, son por el dolor. Dolores que mañana y noche sufren.

(Es un poema largo y famoso)

Los valencianos comprendieron finalmente que debían rendirse por necesidad y obligación y de ese día comentó Ibn Al-Abbár: “En aquel día

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