Delirios de la Sangre (Ciudad de Panamá: Editorial Portobelo, 2003)
Poemas para encontrar a un ser humano(Ciudad de Panamá:
Editorial Mariano Arosemena, 2005)
Meditación en un laberinto y otros extravíos (Ciudad de Panamá:
Editorial 9 Signos, 2006)
Javier Romero Hernández
PALABRAS DE UN CLON
I
El ser y la nada se engendran. Lao Tse Como toda buena Teogonía
primero fue la oscuridad, la Bioquímica danzaba en los caminos del srcen; no era la vida ni la muerte, sólo un pulso, un insistir desde lo eterno. Las claves de la lengua -veloces electrones – surcaban el primer silencio que ningún oído humano escuchará. Los ácidos nucleares
eran dioses diminutos que esparcían pensamientos, gestos, rescataban antiguos planos de ensamblaje; entonces fue el crepúsculo,
el soplo de la espuma, la creación de lo divino en los laberintos del genoma: ¡El verbo estaba vivo! Fui un lejano sueño sin recuerdo, cosmos celular,
en mi se iniciaba un rito, una dinastía;
4 M 3 R 1 C 4 J a v i e r R o m e r o H e r n á n d e z
aguardaban el momento de la profecía. ¿Aún no lo comprendes? Yo
vivía en ti como tú en mí
desde antes de las invasiones del esperma, la historia y el fusil entre las manos, la pupila y la imagen de la sombra, antes de que el sexo
tomara su ración de sentimiento. He vivido en ti
como la voz obnubilada del instinto, como aquella nada innominable que engendró la totalidad de tu existencia.
PREHISTÓRICO
I Al principio
nuestros cuerpos
consumieron el aliento de la cueva; llenaron los espacios del eclipse, los vacíos naturales, recorrieron la sabana y las crueles escarpadas y descubrieron el asombro con el nombre impronunciable de uno mismo.
Y qué grandioso fue ese día encontrarnos entre todos, y entre todo, encontrarnos a nosotros, hermanos, reejos, semejantes, consagrados en la cacería,
unidos para perseguir la bestia con el sìlex sin saber entonces
que empuñábamos el arma, la ciencia, la ceniza, la cicuta, y la última consecuencia de la especie. II
(Fogata) Orgasmo, protolengua luminosa: el trueno se hizo falo, hembra la madera, concibiendo para siempre la esperanza y el incendio. III
(Poema rupestre) Hay un bello ser en la caverna; en cuclillas,
reverente,
escucha cómo crece la existencia en un latido.
Pronto sentirá la ternura de una línea cuando todavía temeroso trace para siempre el destino de la roca; la poesía rupestre: La inmortalidad que no entendimos.
4 M 3 R 1 C 4 J a v i e r R o m e r o H e r n á n d e z
NEOSAPIENS Archivo encontrado
en una nave extraterrestre. Año 2500.
El Neosapiens habita las suras del secreto, trasiega movimientos estelares y extiende la largura de su lanza a lo imposible.
El Neosapiens abstracción evolutiva, confronta las criaturas celestiales y disfruta de la siembra de edicios. Para el Neosapiens
todo ser es simplemente un artefacto.
ÁTOMO
(Crónica de una eplosión) No tuvimos tiempo
de avisar a nuestras sombras para que buscaran unas gafas de sol o un paraguas playero. Jamás volvimos a ver tan de cerca
una estrella fugaz; en realidad, jamás volvimos a ver.
A Violeta
Y encontrarte siempre entre las mismas cosas que despiertan empapadas de los restos de tu sombra. Encontrarte entre mis poemas,
encontrarte viviendo bajo otro techo,
usando unos zapatos donde nunca más entrará la lluvia, enfrentándote en tu forma más humana a la soledad. Cierto, Violeta,
el mar es todo
un ser de nostalgia y de llanto contenido, un hombre herido donde se resume la esperanza, porque yo miro el mar
y pienso que tal vez tú también lo miras
durante aquellas horas en que pájaros y árboles se encuentran; y pienso que también nosotros lograremos encontrarnos, allí, en esa dispersión de espuma
y reverberaciones paralelas, donde se congrega el tiempo y los latidos de todos aquellos seres que quisimos amar.
EL PEZ
Cuando el árbol abre sus párpados de alondra bajo el río, yo quisiera entrar
en un límite de tierra que me desampare. Quisiera unas agallas, una aleta, una escama desprendida de mi muerte, un helecho que se asocie a mi mirada. Pero sólo tengo
humedades reunidas en corola, hojas devoradas por la mariposa,
4 M 3 R 1 C 4 J a v i e r R o m e r o H e r n á n d e z
vendavales rendidos que acumulan huellas, matorrales, gritos, sepulturas, cosas derrotadas sumergidas en sí mismas. Sólo tengo un duro plumaje de algas brotando desde el lecho de mis huesos.
CONFESION DE INVIERNO
Porque yo tenía un trabajo, un auto,
hacia planes, me desvelaba,
no me preocupaba que alguna vez mi vida pudiera ser la sombra de una lluvia, un muro limpio de graftis y de musgo, alguna materia con un nombre escasamente humano. Pero hoy tendremos que decir
que hemos vivido
en un panorama de paredes largamente contempladas. Tendremos que decir
que hay una porción de muerte detrás de las confesiones amorosas; oculta en las manchas de una cama de hotel donde se repite el rito de las desnudeces mutiladas; escrita en los signos que un cigarro traza sobre el espejo cinerario del insomnio. Tendremos que decir: ¡perdón!, a los amigos,
que hemos pensado en hacer uso de los gestos del suicidio, que somos el contorno incandescente de una lágrima, pero que ha sido el húmedo tremor
que nos llegó desde la infancia, el lento clamor del aguacero.
LA LLUVIA EN EL ESPEJO A Ubaldina Troya
Cuando venga nuestra muerte cardinal; esa muerte que a veces percibimos como un hermano gemelo que aguarda por su imagen propia para saberse vivo;
ese intento de reunión que hay en nosotros, ese aniquilarse minucioso
de algo extranjero pero nuestro en cada fecha que nos desvanece; en cada amigo en cada beso, en cada recuerdo enrarecido arrancado con garra de paisaje al tiempo. Cuando venga nuestra muerte con los pies cortados
a través de un litoral donde crece un llanto de remotas arenas invernales; y secretos peces que habitaron nuestra fuga se asimilen a tus brazos;
porque la muerte no tiene manos para sujetar el fruto verde que se desprende; porque la muerte no tiene uñas pero acaban sus raíces en un vientre o en una oscura calavera de caballo. Y sembradíos de motores callen,
y las cosas que respiran
saturen la distancia ambigua de la tarde: Entonces, en los espejos,
dejaremos de sentir que somos otros cuando llueve.
Héctor Hernández Montecinos 4M3R1C4
DESPERTANDO EN UNA CASA ExTRAÑA
Despertar en una casa extraña
después de haber bebido el tequilla de la noche y sus gusanos, buscar el baño con la urgencia de expulsar los últimos residuos de mi alma, comprender los ruidos que denen el lugar de la tortura
y al nal sólo encontrar la puerta que sellé con mi ceniza. No me queda más remedio que inventarme juegos y exorcismos. (Puedo, por ejemplo, sacar el muñón por la ventana.
El muñón es una hoguera donde arden las tardes sumergidas en la niebla, el ritmo de tu risa que alborota el follaje de mis lágrimas,
la punzada de mi pecho, el ruiseñor y su disnea,
la bandera de desahucio con la cual me enviaste a la conquista del invierno.) No me queda más remedio que escribirte frases funerarias,
que escribir tu nombre como si escribiera un epitao.
No me queda más remedio que buscar el agua, el ansiolítico, el cigarro, y drenarme de tu sombra hasta el colapso,
hasta escuchar el crujido de las puertas
anunciando que ha llegado el tiempo de enfrentarme a los verdugos.
LA CAÍDA
Cuento cada una de las piedrecillas
que tengo clavadas en los codos y en la palma de la mano, tomo nota de las manchas de barro
pinturas surrealistas en mi pantalón y mi camisa; sé que debo calcular mejor mis pasos y limpiar la calle que está justo enfrente de mi casa,
así será mucho más seguro el viaje a tu desprecio , menos humillante cada vez que me derrotes.