«Oh Jesús, que nos has dejado tu ejemplo, haz que siga yo tus huellas» (1 Pe 2, 21).
1.— Jesús es el Maestro que enseña a tender a la perfección del Padre celestial y, al mismo tiempo, es el modelo vivo de dicha perfección. Los hom- bres, por muy santos que puedan ser, son siempre por su naturaleza tan limi- tados e imperfectos que no pueden servir de modelos completos; y a Dios, que es la santidad misma, no lo podemos ver. Pero he aquí que el Hijo de Dios, su imagen viva, haciéndose hombre, encarna en sí la infinita perfección divina: «en Cristo Jesús... Dios se manifestó perfectamente a sí mismo y descubrió sus caminos» (DH 11). En Jesús pueden los hombres ver y como tocar con la mano, la santidad de Dios; la perfección divina que se escapaba a su experiencia, que era inaccesible a sus sentidos, la encuentran viva, concreta y tangible en Cristo Señor. EI Padre lo ha presentado al mundo como su Hijo amado en el que se complace, justamente porque ve en él la
imagen perfecta de sí y de todas sus perfecciones; el Padre, pues, lo ofrece a los hombres no sólo como maestro, sino también como modelo; desde la eternidad, en efecto, «los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29).
Jesús dice: «Yo soy el camino... Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6); y con su ejemplo muestra al hombre el camino para acercarse a la perfección del Padre, para llegar a él. Por eso ha dicho expresamente que sus discípulos deben imitarlos: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho...» (Jn 13, 15); «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Imitando a Jesús, el cristiano imita al Padre celestial; esforzándose en practicar las virtudes como las ha practicado Jesús, se acerca a la perfección infinita de Dios; reproduciendo la imagen del Hijo, reproduce la imagen del Padre y «se va renovando... según la imagen de su Creador» (Col 3, 10).
2.— En el Evangelio se registra «todo lo que Jesús hizo y enseñó» (He 1, 1); sus acciones y sus palabras son la norma de la conducta del cristiano. Las virtudes que exige a sus discípulos las ha practicado él primero en sumo grado, con la máxima perfección. Y después de haber practicado, ha enseñado a hacer como él; su doctrina no hace más que precisar cuál debe ser la conducta del cristiano para que sea semejante a la suya. Por eso toda la tradición católica proclama que el camino de la santidad es la imitación de Cristo, el cual —como enseña el Conc. Vaticano II —- «nos dio ejemplo para seguir sus pasos» (GS 22).
S. Juan de la Cruz escribe: «Lo primero traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él» (S I, 13, 3). No se trata, sin embargo, de una imitación externa y material de las acciones de Jesús, sino de procurar, por medio de la meditación devota del Evangelio, captar y penetrar las disposiciones íntimas de su corazón para apropiárselas, según el consejo de S. Pablo: «Tened... los mismos sentimientos que tuvo Cristo» (Fil 2, 5). De este modo la imitación de Jesús capta lo que en él hay de más profundo y vital, o sea, las disposiciones que constituyen el principio interior de todas sus acciones; y al mismo tiempo se torna accesible a todos en cualquier estado o condición de vida, mientras que la imitación material de las acciones del Señor nunca puede ser completa y varía según las circunstancias en que cada uno puede encontrarse.
Así todo cristiano, «reflejando como en un espejo la gloria del Señor», es decir, reflejando en la propia conducta el resplandor de la vida de Cristo, se irá transformando en su imagen (2 Cor 3, 18).
¡Oh Cristo, verdad eterna! ¿cuál es tu doctrina? ¿cuál es el camino por el que quieres conducirnos y nos conviene ir al Padre? No sé otro camino que el que nos has allanado con las sólidas reales virtudes del fuego de tu caridad. Tú, Verbo eterno, lo has regado con tu sangre; éste es el camino. Así pues, en
ninguna otra cosa está nuestra culpa sino en amar Io que tú odiaste, y en tener odio a lo que tú amaste. Confieso, Dios eterno, que siempre he amado lo que tú odias, y odiado lo que tú amas. Pero hoy clamo delante de tu misericordia que me concedas seguir tu verdad con corazón sincero». (Plegarias y elevaciones).
Quienes siguen este camino son hijos de la Verdad, porque siguen la verdad y pasan por la puerta de la verdad, y en ti, se encuentran unidos, Padre eterno, con la puerta y camino de tu Hijo, Verdad eterna, Mar pacífico. (Diálogo, 27, p. 246. STA. CATALINA DE SENA).
Tú y sólo tú, Señor, eres camino, verdad y vida» (Jn 14, 6). La tierra no podrá nunca llevarme al cielo, porque el único camino para llegar a él eres tú. Dios mío, ¿dudaré ni un instante sobre la senda que debo escoger? ¿No seré capaz de optar por ti al punto? ¿A quién iré, Señor? «Tú sólo tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 69). Has venido a la tierra con el único objeto de hacer para mí lo que nadie habría podido hacer. Sólo el que está en el cielo puede conducirme al cielo. ¿Dónde encontraría de otro modo la fuerza para escalar la montaña?... Aun cuando hubiese yo cumplido fielmente mi misión, aun cuando hubiese beneficiado a los otros, aun cuando me hubiese construido un buen nombre y una amplia fama y mis gestos fuesen alabados y hubiese merecido el elogio de la historia, ¿cómo podría todo esto conducirme al cielo? Te elijo, pues, a ti como herencia mía, porque tú vives y no conoces la muerte. Me entrego a ti, arrojando lejos las falsas divinidades.
Te ruego, Señor, me instruyas, me guíes, me des ánimo y me recibas junto a ti. (J. H. NEWMAN,Madurez cristiana).