CATEGORY I WETLAND BUFFER WIDTHS
CHAPTER 6 SPECIFIC SHORELINE USE REGULATIONS 6.1 General Provisions
9 Above Ordinary High Water Mark (OHWM) 10 See 6.3.13(6).
6.4 Shoreline Modification Regulations
6.4.7 Structural Stabilization
También en la religión se encuentra la doble vía que se des cubría en la psicología, la evolución biológica y la moral: espíritu y cuerpo, impulso vital y resistencia material, aspi ración y presión. Por mejor decir, se trata siempre de una sola vía en la que se circula en dos sentidos. En la religión, a lo estático, ritualizado y mecánico, se opone la mística. El místico representa la punta, la vanguardia de la evolución; pero como en la biología, las resistencias serán numerosas y el avance incierto.
En torno a la inteligencia, como se ha dicho, hay una fran ja de intuición vaga y evanescente. El filósofo la explora y se esfuerza por ampliar con ella el radio de la inteligencia. Como resto del instinto que es, está en contacto directo con la vida y se orienta a la acción. Pues bien, el místico lo que hace es dejarse llevar por esta intuición, no como el filósofo, para ampliar el conocimiento, sino con vistas a la acción.
El misticismo así entendido sería de naturaleza entera mente distinta a la de la «religión estática». Sin embargo, afirma Bergson, «el misticismo puro es una esencia rara, que se encuentra en la mayoría de los casos diluido, comunican do a la masa con la que se mezcla su color y su perfume, y es menester dejarlo en ella, sin separarlo, para que actúe, porque es así como ha acabado imponiéndose al mundo». Por eso mecánica y mística, «religión estática» y «religión dinámica», se sostienen y necesitan. Y está justificado usar en ambos casos la palabra «religión».
Se trata de nuevo, no de formas puras, sino de diversos grados y transiciones. Históricamente las configuraciones han sido múltiples. Ha habido el misticismo griego, que alcanza su cima en el neoplatonismo, con Plotino. En Oriente, en la India en particular, en cuya religión encuentra Bergson nu-
mcrosos paralelismo con la griega, la culminación del misti cismo la encarna Buda (563 a.C.-483 a.C.). En los dos casos se trataría sin embargo de un misticismo incompleto, porque en ambos el movimiento se detiene antes de tiempo. El neopla- tónico se queda en la contemplación especulativa. El budista, en la iluminación. A este último no le falta la caridad, pero el pesimismo antropológico intrínseco a la espiritualidad india le impide llegar hasta el final. El misticismo completo, piensa Bergson, tiene que ser «acción, creación, amor». Y este misti cismo, según él, solo se da con el cristianismo.
La culminación del misticismo es una toma de contacto, y por consiguiente una coincidencia parcial, con el esfuerzo creador que manifiesta la vida. Este esfuerzo es de Dios, si es que no es Dios mismo. El gran místico sería un individuo que traspasa los límites asignados por la materialidad a la especie, continuando y prolongando así la acción divina.
El misticismo pleno es pues acción, y esa acción es creación, amor, que no son sino sinónimos.
Es una constante de toda mística la experiencia de la unión con la divinidad: la supresión de la separación entre amante y amado, que produce una alegría sin límites. Es la experiencia del éxtasis. En el éxtasis el hombre queda ab sorbido en Dios por el pensamiento y el sentimiento. Pero la voluntad, observa Bergson, se queda fuera y esto produce en el místico pleno, en el momento mismo del éxtasis, una vaga inquietud. El éxtasis contiene ya una acción incipiente. El místico tiene de alguna manera que difundir, contar su ex periencia. Tarea vana, imposible: la experiencia es inefable. N o hay palabras para expresar lo que siente y, sobre todo, no se trata de transmitir conocimiento. De lo que se trata es de transformar, de renovar la creación.
El amor que consume al místico no es un amor humano a Dios, es el amor mismo de Dios a todos los hombres: «Por Dios, a través de Dios, ama a la humanidad entera con un amor divino». Y por ese amor quisiera completar, llevar a la plenitud a la especie humana. Se mueve en la misma direc ción del impulso vital, el élart vital, es ese impulso mismo. Pero la tarea no es simple ni puede llevarse a cabo de golpe. H ace falta tiempo, es menester una sucesión de avances len tos y logros parciales. El místico tiene pues que proceder co municando sus experiencias, ya en cierta medida atenuadas, a un reducido número de privilegiados llamados a constituir una sociedad espiritual. N o otro sería el origen de las frater nidades y órdenes religiosas. En su fundación consumieron los místicos buena parte de sus energías. Era una tarea mo desta, limitada comparada con sus ambiciones, pero difícil y, según Bergson, imprescindible.
Los místicos, por otro lado, llegan a sus experiencias místicas desde una tradición religiosa concreta. Esta tradi ción sin duda los condiciona, pero sus experiencias son en buena medida independientes. L a función de los místicos es «aportar a la religión, para caldearla, algo del ardor que los anima», hasta tal punto que la religión puede conver tirse por su virtud en material incandescente. Y Bergson imagina cada una de las religiones como «la cristalización, producida por un sabio enfriamiento, de lo que el misti cismo había depositado antes, ardiente, en el alma de la humanidad». L a esencia de las religiones así formadas sería pues la difusión del misticismo. L a religión no sería sino una forma vulgarizada de la mística.
L a manifestación máxima del misticismo es para el judío Bergson el Cristo de los Evangelios, y su mejor expresión, el Sermón de la Montaña. Esta experiencia máxima se con vierte así en criterio y, como tal, ha de cotejarse con la filo
sofía. La experiencia mística pura (desprendida de tradicio nes, visiones, alegorías y fórmulas) puede y debe convertirse en «un poderoso auxiliar de la indagación filosófica». Y se propone, en efecto, verificar en qué medida confirma esta la
doctrina del impulso vital y hasta qué punto puede la filosofía expli- citar y contrastar las experiencias del misticismo.
Con esto se va ciertamente más allá de lo inmediatamente verifica- ble. Pero Bergson insiste en que, puesto que no se sale del terreno de la experiencia, cabe as pirar a que conclusiones que en un primer momento parecen meramente probables se vayan sumando a otras que apun ten en la misma dirección, y dicha acumulación conduzca a una progresión hacia la verdad equivalente en la práctica a la certeza. Las manifestaciones de los místicos y las reflexio nes de los filósofos acerca de la naturaleza y la existencia de Dios deben ponerse así en contacto. Todos los místicos, por ejemplo, coinciden en afirmar que Dios necesita a los hombres, como los hombres lo necesitan a él. La razón solo puede ser que los necesita para amarlos. La creación entera no sería sino «una iniciativa de Dios para crear creadores, para asociarse seres dignos de su amor».
Es ir bastante más lejos, Bergson lo reconoce, de donde había ido La evolución creadora. Allí todo era susceptible de ser verificado un día por la biología. Ahora se mueve en el ámbito de lo meramente verosímil, aunque sin salirse del terreno de la filosofía, porque esta, repite una y otra vez, supone distintos grados de certeza, avanza por aproxima ciones y necesita recurrir a la intuición tanto como al razo namiento; y la intuición mística no es sino una forma más, forma capital, de la intuición.
La religión es al misticismo lo que la divulgación a la ciencia.
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RELIGIÓN