No existe ninguna obra consagrada al pensamiento de Hamelin en conjunto. Puede consultarse, en primer lugar, parodi, La Philosophie de O. Hamelin, en Du Positivisme a l'idéalisine, t. u, cap. IX, Vrin. Además etcheverry, L'ldéalisme dialectique d" Hamelin, en L'ldéalisme fran (ais contemporain, cap. u, P.U.F. Finalmente, beck, La Méthode synthétique O. Hamelin, Aubier. El Essai de Hamelin es un monumento de difícil acceso (P.U.F.).
Biografía.
Octavio Hamelin nació en Lion d'Angers en 1856. Hace sus estudios en París sin pasar por la escuela normal; sigue luego la carrera universitaria: es profesor en Foix y en Pau, en la universidad de Burdeos y después en la Sorbona, donde explica historia de la filosofía. En 1907 presenta su tesis doctoral, en la que trabajaba desde hacía veinte años: el Essai sur les éléments principaux de la representarían. Durante las vacaciones siguientes se ahogó en una playa de las Laudas intentando socorrer a una sobrina.
Hamelin, espíritu penetrante que no tuvo tiempo de dar todo lo que poseía, representa en Francia la forma más pura del idealismo sistemático. Después de su muerte se publicaron tres de sus cursos que habían sido integralmente redactados: Le Systéme d'Ansióte, Le Systéme de Descartes, Le Systéme de Renouvier. Su interpretación de las doctrinas está claramente influida por su propia filosofía. En Aristóteles estudia sobre todo la lógica, y en ésta
especialmente la oposición de los conceptos, en la que ve el inicio de su propia dialéctica. Presenta un Descartes idealista, y le juzga inconsecuente cada vez que se aparta del idealismo puro. Su estudio sobre Renouvier tiene un interés particular porque en él se encuentran las raíces de su propio pensamiento: considera a Renouvier empirista, pero más por gusto que por principio, de suerte que piensa completar y llevar a su perfección el neocriticismo orientándolo hacia Hegel. Su ambición es realizar el ideal que Renouvier juzgaba inalcanzable: la construcción de un sistema perfecto de categorías. Y en su maestro encuentra el medio de conseguirlo. Hamelin encadena las categorías según la ley de correlación que Renouvier utilizaba para construir cada una de ellas separadamente. Ésta es casi su única originalidad.
1. Los principios.
El nervio o el resorte de la filosofía de Hamelin es el «método sintético». Pero este método sólo es posible mediante ciertos presupuestos que forman las verdaderas bases del Essai.
El primero es el fenomenismo, que Hamelin da como equivalente al idealismo. Se opone a toda forma de realismo, que Hamelin no distingue del materialismo. El idealismo es para él una especie de evidencia primaria, pues la hipótesis de la cosa en sí, que existe fuera del pensamiento, es absurda. En efecto, es absurdo imaginar que el pensamiento pueda salir de sí mismo para alcanzar
las cosas, y también es absurdo imaginar que las cosas puedan entrar en la conciencia. Por consiguiente, hay que admitir la identidad del pensamiento y del ser. La representación no se refiere a nada distinto de sí misma «no representa, no refleja un objeto y un sujeto que existirían sin ella; ella misma es el objeto y el sujeto, es la misma realidad. La representación es el ser, y el ser es la representación». No existe, pues, lo incognoscible, es más «no hay misterio en el fondo de las cosas».
El segundo principio es el relativismo. Una cosa que existiera sin relaciones, un absoluto, sería, por esto mismo, ininteligible: sería de nuevo una cosa en sí. Por consiguiente, una cosa no es más que «el conjunto de sus relaciones con todas las demás». «La verdadera realidad no es el pretendido real de las escuelas llamadas i realistas, es la relación, más o menos rica de contenido, que forma i un todo con él porque este contenido es él mismo relación.» Así pues, el mundo está formado «no de cosas, sino de relaciones», es «una jerarquía de relaciones». Y así se llega al idealismo, puesto que para Hamelin es evidente que las relaciones sólo pueden, existir en el pensamiento.
El tercer principio es el racionalismo. Significa dos cosas: que el saber forma un sistema, y que se desarrolla a priori. El saber es un sistema. En efecto, «saber es siempre señalar relaciones necesarias entre las cosas». Pero, ¿qué es un sistema, sino «un conjunto de términos ligados entre sí»? El empirismo, que no admite otra cosa que hechos yuxtapuestos sin vínculos, es «casi
abiertamente la negación de todo saber». Por consiguiente, explicar una noción es conocerla en su lugar por relación con todas las demás, «situarla en su puesto» en el progreso del pensamiento. El saber se construye de una manera puramente a priori. La experiencia desempeña, sin duda alguna, un papel en la constitución de las ciencias, pero sólo es el sustituto provisional de la deducción racional, porque la ciencia propiamente dicha sólo comienza con el hallazgo de las relaciones necesarias, se confunde con la explicación que es obra de la razón. Por tanto, si rechazamos el empirismo, y debemos rechazarlo, «nos pronunciamos en favor de una filosofía completamente racional y completamente nocional».
Ésta es, pues, la ambición de Hamelin: «imaginar por anticipado todas las ciencias acabadas, completadas por una ciencia del conocimiento, y todas las proposiciones de este saber universal ligadas entre sí por vínculos inteligibles». Hamelin no disimula en absoluto.
Lo que tiene de exorbitante tal pretensión. Pero si el racionalismo absoluto es un fin inaccesible, por lo menos se pueden sistematizar las categorías generales del ser y del pensamiento, construir a priori «los elementos principales de la representación».
Inevitablemente, al llegar a este punto se plantea el problema de saber qué es lo que diferencia a Hamelin de Hegel. Poca cosa: un simple matiz en el método.
2. El método.
Hamelin define su método como «sintético». Esto no basta, ciertamente, para distinguirlo del método hegeliano, pero muestra claramente que rechaza el análisis.
Acusa al método analítico de permanecer atrincherado en lo idéntico y, por lo tanto, de no ser progresivo. En efecto, el análisis no hace nada más que explicar, explicitar, las nociones. No es «extensivo», como decía Kant, es impotente para hacer progresar el conocimiento. Toda nueva adquisición se hace por síntesis.
Esto lo vio bien Hegel, en quien hay que reconocer «al verdadero maestro del método sintético». Sin embargo, Hamelin no adopta el método hegeliano. Le reprocha dos cosas. En primer lugar, el fundarse sobre la contradicción, pues una síntesis de términos contradictorios es imposible. En efecto, en la oposición de contradicción, los dos términos en presencia se excluyen absolutamente. En esto consiste precisamente la contradicción, en que cada término es la negación pura y simple del otro. Por lo tanto, no es posible unir en una síntesis dos términos contradictorios. Además, la dialéctica hegeliana conduce al nihilismo. Desemboca en el espíritu, afirma Hegel. Pero, ¿qué es el espíritu? «El abismo supremo del panteísmo oriental», responde Hamelin, o bien el uno de la filosofía plotiniana. Por lo tanto, si la dialéctica suprime todas las determinaciones, una después de otra, desemboca necesariamente en una indeterminación absoluta. Y lo que quiere
Hamelin es hallar de nuevo por vía dialéctica «lo concreto verdaderamente concreto», es decir, la conciencia personal. El siguiente fragmento, extraído de una carta, expresa perfectamente su posición, en su oposición a Hegel: «No quiero una filosofía que haga disolverse las distintas existencias individuales, sólo quiero vincularlas entre sí: solamente quiero que ninguna, considerada aisladamente, se baste a sí misma.» Descartado Hegel, ¿qué nos queda? La dialéctica tal como la finió Renouvier: «Sustituimos la contradicción hegeliana por la correlación.»
Mientras dos términos contradictorios se excluyen absolutamente, los términos contrarios se oponen de tal manera que se excluyen y se exigen al mismo tiempo. Se excluyen porque son contrarios, pero se exigen porque sólo tienen sentido el uno con relación al otro. Es lo que Aristóteles había visto ya cuando decía que los contrarios pertenecen al mismo género, y que la ciencia de los contrarios es una. Éste es, pues, para Hamelin, el «hecho primitivo»: todo lo puesto excluye un opuesto, toda tesis deja fuera de sí misma una antítesis, y los dos términos opuestos sólo tienen sentido en cuanto se excluyen recíprocamente. Pero si los dos opuestos únicamente tienen sentido el uno por relación al otro, es necesario que se den a la vez como partes de un mismo todo. La tesis y la antítesis reclaman, por lo tanto, su síntesis. Hamelin llama relación a esta ley fundamental del ser y del pensamiento.
Así el método sintético de Hamelin no se desarrolla como el de Hegel por negaciones sucesivas, sino que progresa por
afirmaciones que se completan. Cada elemento inferior manifiesta su insuficiencia, llama al siguiente porque no puede existir ni ser concebido sin él. "De este modo el pensamiento avanza por grados de lo abstracto a lo concreto.
3. El sistema.
Como Renouvier, Hamelin pasa de la relación, que es el ser abstracto e indeterminado, a la conciencia, que es el ser concreto y completamente determinado. Pero, a diferencia de Renouvier, enca- dena las categorías, de suerte que su sistema, tomado globalmente, es una verdadera «prueba ontológica». Esta prueba, sin duda alguna, es muy distinta de lo que, desde Kant, ha recibido este nombre: no se aplica a Dios, sino al ser; no procede por análisis de un concepto, sino por síntesis de conceptos opuestos; no es inmediata, sino que se despliega en momentos distintos y sucesivos. Sin embargo, lo esencial de la prueba ontológica subsiste, ya que la dialéctica muestra la necesidad de poner el ser concreto partiendo del ser abstracto.
Al estudiar cada una de las categorías, Hamelin esboza un tratado completo de metafísica. Pero lo que más le interesaba era la dialéctica, es decir, el movimiento lógico, la construcción del sistema. Intentaremos dar una idea de ello. No es una tarea imposible, como lo era tratándose de Hegel, pues sólo hay aquí doce categorías, y su génesis no ocupa más de veinte páginas de las quinientas que tiene
el Essai.
1ª Tesis: la relación, antítesis: el número, síntesis: el tiempo. La relación significa la dependencia recíproca de los términos. Pero esta incapacidad que tienen de ser el uno sin el otro «no puede subsistir», dice Hamelin, sin su contrario, a saber, la necesidad de ser, en cierta manera, el uno sin el otro. Esta nueva relación es el número, pues, las unidades permanecen distintas incluso cuando se las totaliza. La síntesis del vínculo y la dispersión es el tiempo, puesto que es un continuo cuyos elementos se excluyen.
2ª Tesis: el tiempo, antítesis: el espacio, síntesis: el movimiento.
La sucesión de los instantes del tiempo sólo se comprende por su contrario, la simultaneidad. Pero una serie de términos dados a la vez es el espacio. La síntesis del tiempo y el espacio es el movimiento, que es una relación entre un espacio recorrido y el tiempo que se emplea para recorrerlo.
3ª Tesis: el movimiento, antítesis: la cualidad, síntesis: la alteración.
El movimiento es compuesto, como el espacio y el tiempo, cuya síntesis es. Pero lo compuesto es lo correlativo de lo simple. Lo simple es lo que se encuentra entero en una parte cualquiera, tan pequeña o tan grande como se quiera: es, pues, la cualidad. Pero la cualidad no es inmutable, tiene su movimiento propio, o mejor, una variación, que es la alteración.
4ª Tesis: la alteración, antítesis: la especificación, síntesis: la causalidad.
En la alteración desaparece una cualidad que es sustituida por otra. Se entiende por oposición un proceso en el que la cualidad primitiva subsiste, y en el que la nueva cualidad se añade a ella confiriéndole una determinación. Este proceso es la especificación: el paso del género a la especie añadiendo la diferencia específica. ¿Cómo unir la alteración y la especificación? Por la idea de causalidad, pues la causalidad es «el encadenamiento necesario de los fenómenos por medio de un dinamismo mecánico racional».
5ª Tesis: la causalidad, antítesis: la finalidad, síntesis: la personalidad.
En la causalidad los cambios están determinados desde fuera y sin tener en cuenta el bien de la cosa que los sufre. Lo contrario de la causalidad es, pues, la finalidad, en la que la acción tiene un fin, en la que los cambios están determinados por una idea inmanente. Y así se llega a la última síntesis: la noción de un todo que determina sus partes, que es, pues, «relación de sí mismo a sí mismo». Semejante ser es libre y consciente, pues «manifestar su independencia y su suficiencia por un carácter interno, es hacerse, es poseer la libertad», y para escoger entre posibles hay que ser consciente.
Al llegar a este punto la dialéctica se detiene, pues la persona, el ser concreto y real, no tiene contrario, sino solamente un
contradictorio: la nada. Y si contemplamos el camino recorrido, vemos que los elementos precedentes sólo acceden al ser en el momento en que la conciencia se pone a sí misma por un acto de absoluta libertad.
Conclusión.
La influencia de Hamelin ha sido lenta en manifestarse, no ha sido muy extensa, pero ha dejado un rastro profundo en varios pensadores de primera fila. Aparece en Lavelle y, más aún, en Le Senne; también la hallamos en M. Morot-Sir y en M. Sesmat. El método sintético ha penetrado brillantemente incluso en la escuela tomista con las obras del padre Marc.
No es un error denominar idealismo dialéctico al sistema de Hamelin. Si se le considera en su aspecto idealista, no puede dejarse de percibir su fragilidad. Su base es una crítica del idealismo kantiano de la cosa en sí: lo pulveriza sin esfuerzo, pero no alcanza, en absoluto, a un realismo que no sea kantiano. Por otra parte, su finalidad es la de construir una representación del ser concreto real. Pero, ya que en el idealismo el ser se identifica con la representación, la dialéctica debe construir el mismo ser, es decir, crear una conciencia. ¿No es exigirle demasiado?
En lo que concierne al método sintético, opinamos como Parodi y Brunschvicg, enemigos fraternos de Hamelin: la construcción es admirablemente ingeniosa, pero es arbitraria y
artificial. No solamente no se impone como necesaria al espíritu la ley general de su movimiento, la oposición de contrariedad, no es, ciertamente, el único modo racional de pensar, ni el único método capaz de conferir orden y unidad a las ideas.
III. LACHELIER