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Chapter 3: Adsorption of benzene on iron oxide (α-Fe2O 3 ) surfaces

3.3 Results and discussions

3.3.2 The structure of hematite surfaces

Hayden White sostiene que la historiografía opera del mismo modo que la literatura: con frecuencia recoge acontecimientos que en su origen son fic- ciones culturales y crea también patrones de acontecimientos que sólo

cuando son retomados por la literatura son llamados “imaginarios”25.

También por eso, episodios como los del negro Miguel y el Tirano Aguirre son narrados desde la farsa y desde la locura sanguinaria: no sería creíble (ni tampoco admisible para los censores, quienes hubieran podido vetar todo relato sobre las sublevaciones de colonos en América si la narración de esas sublevaciones no llevara implícita una condena) que se creara un

reino paralelo al de España, y menos bajo la majestad de un esclavo o de un

hereje.

La construcción de esos dos episodios –sobre los que habremos de

25. Hayden White, en Tropics of Discourse (Baltimore: Johns Hopkins, 1978): “¿No es po- sible que la cuestión de la narrativa en cualquier discusión de teoría histórica sea siempre, finalmente, una discusión sobre la función de la imaginación en la producción de una ver- dad humana específica?” (p. 57. La traducción es nuestra). [De ese modo operan los rela- tos de Oviedo y Baños: estableciendo temas o melodías de imaginación para deducir y afir- mar, a partir de ellos, ciertas verdades generales: el contacto con los Omegua afirma la existencia de El Dorado; las victorias de 15 soldados españoles contra miles de indígenas afirma el heroísmo de aquéllos y la protección de la Providencia; las curaciones por inter- pósita persona, como sucede con la de Felipe de Utre, subrayan el derecho de vida o muer- te que los españoles se arrogan sobre los indios; los mitos de tesoros escondidos, los mila- gros o animales fantásticos, la muerte con olor de miel de Martín Tinajero, son siempre signos platónicos de una evidencia que está por encima del hecho mismo y que refleja una verdad superior. Los encuentros entre el mito y la historia son incesantes en todo el libro. Así, es pertinente preguntarse por qué los mitos legalizados (o historizados) habrían de ser menos verdaderos que las listas de nombres. Tales listas tienden, en verdad, a otra forma de invención: inventan un linaje, una genealogía que no avanza en varias generaciones. Son sólo nombres/palabras que fundan realidades y derechos.] White distingue también allí entre los procedimientos de la crónica y los de la historia: “La crónica suma fechas; la histo- ria reconstruye acontecimientos narrándolos. Es muy distinto entonces el código produ- cido por una cronicalización que por una narrativización: ésta produce un sentido más próximo a la poiesis que a la noiesis”, p. 42.

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volver– permite ver en detalle toda la trama de intereses históricos a la que Oviedo y Baños estaba sometido y su estrategia para conciliar los intereses del rey con los de su grupo de pertenencia. Oviedo debía, por un lado, demostrar que los criollos blancos provenían de los mejores linajes penin- sulares y legitimar el derecho de aquéllos a gozar de privilegios no inferio- res a los de los españoles recién llegados. Los excesos referidos en la prime- ra parte de su Historia se atribuyen a los banqueros alemanes Welser (los Bélzares), a quienes Su Majestad “beneficia [...] por las cantidades de di- nero que en diferentes ocasiones le habían prestado [los Welser] para sus expediciones militares”. Se trata, pues, de un préstamo o de una compra, no de un derecho conquistado o heredado. Como el origen es espurio, el fin no puede ser sino la destrucción: los alemanes que llegan a la provincia de Venezuela no hacen “asiento en parte alguna” y se entregan al pillaje. Desembarcan, saquean y se marchan, “...sin que los detuviese la piedad ni los atajase la compasión”. Es decir: arrebatan sin poblar, marcando el ori- gen de la provincia con la señal del extranjero, del nómade, del que no ama. En lo que resta de la obra, toda ignominia en que incurre algún criollo es sancionada por la Providencia, y la estirpe del culpable queda sin conti- nuidad. Los demás criollos, por lo tanto, se mantienen incontaminados. Oviedo debía demostrar que, bajo la responsabilidad de los criollos, el es- quema jerárquico impuesto por el rey no podía ser quebrado ni sustituido. Para los criollos, la autoridad del rey era incontestable, y era preciso poner énfasis en la ignominiosa muerte de transgresores como el Tirano Aguirre y el negro Miguel, para que sus alzamientos no se convirtieran en indicios de la incapacidad criolla para defender la autoridad real. Las ideas de inde- pendencia o autonomía estaban, por cierto, fuera de cuestión: a nadie se le cruzaban por la cabeza. Lo que importaba a Oviedo y Baños y a los de su clase era más bien reivindicar el derecho de los criollos a ejercer, a través de los Cabildos, la autoridad política y militar en caso de acefalía del goberna- dor, a probar que también ellos tenían temple para el mando. Ese derecho ya había sido concedido por una cédula del 18 de septiembre de 1676, pero abundaban los maestres de campo y jefes de guardia que esgrimían otras cartas de privilegio cada vez que se presentaba un conflicto.

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tencia de una segunda parte de su Historia, a la cual él alude muchas veces en el libro que publicó (aunque siempre a través de verbos en tiempo futu- ro). La controversia sobre si esa segunda parte se escribió en parte o por completo, si fue editada y guardada, o si el manuscrito fue quemado por los herederos, ha sido exhaustivamente analizada por Guillermo Morón en su “Estudio Preliminar” a la edición de la Biblioteca de Autores Españo-

les26.No hay nada que añadir a sus investigaciones, excepto –acaso– que

los autores de este prólogo no las dieron por concluidas y emprendieron, sin éxito, una búsqueda personal en bibliotecas de Madrid y Sevilla, y en los Archivos de Indias y Archivos de Protocolos (septiembre-octubre 1989).

Ante la imposibilidad de resolver el problema, sólo es posible conjetu- rar que Oviedo y Baños escribió algunos fragmentos de la segunda parte, cuya materia era el asentamiento de las ciudades, el desarrollo del comer- cio y los conflictos de los poderes políticos y eclesiásticos durante el siglo

XVII. En algún momento de la escritura debió de tropezar con la escanda-

losa historia del obispo Mauro de Tovar (quien ocupó la sede apostólica de Caracas en 1640), cuyas excomuniones arbitrarias, disputas con el gober- nador y acciones escabrosas no podían ser narradas sin entrar en contra- dicción con el plan entero de la Historia. ¿Cómo descubrir las flaquezas del Obispo sin poner también al descubierto las flaquezas de los linajes a los que Oviedo y Baños postulaba como fundadores de una nacionalidad nue- va? ¿Cómo describir los desgobiernos de un criollo notable sin cuestionar a la vez la responsabilidad de toda la casta? Este conflicto de principios, esta razón ideológica debió de pesar más sobre el ánimo de Oviedo y Ba- ños que las consideraciones domésticas que suelen esgrimirse, porque el obispo Tovar era un antepasado de la familia de su esposa.

Pero, a la vez, esta ausencia de la segunda parte, este ocultamiento, ex- clusión u omisión, debe también leerse como un conflicto epistemológico: el tabú que Oviedo (o su casta) imponen a la historia del obispo Tovar marca también un momento de ruptura de los españoles de América con la cultura europea. Se trata ya no de seguir una tradición, un rastro, sino de

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verificar el momento en que esa tradición encontrará su recorte, su límite. El hecho de que un solo episodio oscuro, el del obispo Tovar, haga desapa- recer el relato (y al mismo tiempo, la legitimación histórica) de un siglo entero, marca el punto en que los hombres designados por Oviedo y Baños como “los nuestros”, “los españoles”, ya no son más esa imprecisa fusión (o confusión) de blancos nacidos en América y de españoles de ultramar, sino que asumen definitivamente su identidad de criollos. Los “nuestros” son los que preservan su historia de toda erosión o contaminación.

Ese momento de recorte y límite es algo que Foucault estudió muy bien en La arqueología del saber. Escribe allí:

Por debajo de las grandes continuidades del pensamiento, por debajo de las manifestaciones masivas y homogéneas de un espíritu o de una mentalidad colectiva, por debajo del terco devenir de una ciencia que se encarniza en existir y en rematarse desde el comienzo, por debajo de la persistencia de un género, de la forma de una disciplina, de una actividad teórica, se trata ahora de detectar la incidencia de las interrupciones.27

La interrupción de la segunda parte, el vacío creado por un texto que se anuncia muchas veces y que finalmente se desvanece en la nada, es en Oviedo y Baños un lleno, un modo de confirmar (o de no anular y desbara- tar) la historia ya construida: una puesta a salvo de nombres, linajes, noble- zas y hazañas narradas. Oviedo advierte que la historia (y en cierto modo, la nacionalidad) que debió crear ya ha sido creada, que no hace falta ir más allá. La historia del obispo Tovar marca la frontera imposible de traspasar; pero cualquier otra oscuridad hubiera dado lo mismo; ante cualquier otro obstáculo –aun menor que ése– el autor se hubiera detenido.

27. Michel Foucault. La arqueología del saber. Aurelio Garzón del Camino, trad. México: Siglo Veintiuno, 7a ed., 1979, p. 5.

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