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Student Assessment Rubrics: Doctor of Ministry Program In Congregational Development

In document Assessment Rubrics (Page 32-37)

DOS ANÉCDOTAS SIGNIFICATIVAS

Quiero comenzar estas notas con dos anécdotas.

En el año 1962 empezó el Concilio Vaticano II. Fue el 11 de octubre, fiesta de la maternidad de la Virgen María. El domingo anterior se organizó en Roma una procesión de rogativas, que salió de la Basílica de Santa María la Mayor y terminó en la de San Juan de Letran. Yo tomé parte en ella. Al llegar nosotros al término, se presentó el Papa Juan XXIII y, hablando con la senci- llez familiar que le caracterizaba, nos dijo:

—Quizá vosotros pensáis que el Papa está preocupadísimo con esto del Concilio y que no puede dormir. Pues nada de eso. Duermo perfectamente. Porque el Concilio lo convoqué porque me lo inspiró el Espíritu Santo, y Él nos hará llevarlo a término.

Los que estábamos en la Basílica prorrumpimos en un aplauso cálido y jubiloso.

Algunos años más tarde, cuando el Papa Pablo VI estableció que los obis- pos diocesanos hiciesen renuncia de sus cargos al cumplir 75 años, un perio- dista romano le preguntó:

—Su Santidad ¿piensa aplicarse a sí mismo esa indicación, cuando llegue a esa edad?

Pablo VI le respondió:

—Yo no, porque ¿cómo me voy a bajar de la cruz?

Según mi humilde parecer, en la primera de estas anécdotas se revela un profundo (y transcendente) humor religioso cristiano. En cambio en la segun- da hay una total falta de ese ingrediente. Hay una seriedad enfática y un poquito tétrica, que me parece fuera de lugar.

Además resulta que, con su suave humor, Juan XXIII acertó a vivir y expre- sar cosas muy profundas: que para la Iglesia la esperanza está sólo en el Espíritu Santo; que ninguno de los miembros de ella es decisivo; que se pue- den llevar a cabo iniciativas extraordinarias sin creerse que uno es la piedra angular del mundo, de la historia y de la salvación que Jesús nos anunció y nos trajo.

En cambio el Papa Pablo VI (hombre sincero, bueno y nada autoritario) dijo en aquella ocasión cosas curiosamente irracionales. Porque ni el sillón episcopal de Roma es una cruz, ni el Papa está llevando a cabo la redención del mundo. Y lo peor del caso es que (aunque el Papa adujera con cierta sin- ceridad subjetiva aquella razón descabellada) la verdadera razón era el senti- miento, heredado por él de Gregorio VII (1073-1085) y de casi todos los Papas posteriores hasta Pío XII (1939-1958), de que el Romano Pontífice es una espe- cie de Dios en la Iglesia y en el mundo, y por eso es impensable que pueda dimitir, aunque es seguro que acabará muriéndose, y de momento no va a resucitar como Jesucristo.

Y es que en el segundo milenio del cristianismo ha ido formándose y con- solidándose, sobre todo a partir de Pío IX (1846-1878), una idea autocrática y semidivina del Papa romano, que toca a veces lo grotesco. Un “Catecismo ca- tólico popular” de F. Spirago, editado en París en 1903 y reeditado en 1950 (con ocasión de la proclamación del dogma de la Asunción), afirma con una desfachatez ingenua: “El Papa, como soberano, acuña moneda, concede con- decoraciones, tiene una bandera amarilla y blanca, embajadores (legados, nuncios apostólicos) en cada nación, etc. Quienes se extrañan de este aparato y apelan a que Jesucristo no se rodeó de una corte parecida, se olvidan de que el Papa no representa a Jesucristo perseguido por sus enemigos y vergonzo- samente humillado en la cruz, sino al divino Salvador gloriosamente elevado al cielo”. Y todavía en 1980, en Canadá, en un texto de la Comisión Escolar Regional de Ottawa, se daba una definición increíble, que deja tamañas a todas las herejías que en el mundo han sido. “Papa: sucesor de Dios, pastor de todos los fieles y enviado para velar por el bien común de la Iglesia uni- versal y el bien de cada una de las Iglesias”1.

Un católico puede y debe reírse de tan enormes despropósitos, recordan- do que el evangelio de San Mateo, que es el que más recalca la importancia de la Iglesia y la de Pedro en ella, es el único que nos transmite esta palabra de Jesús: “Vosotros no os hagáis llamar maestros, pues uno solo es vuestro maestro, mientras que todos vosotros sois hermanos. En la tierra a nadie lla-

1. Ambos textos están citados en J. M. R. Tillard, El obispo de Roma. Estudio sobre el papado, Sal Terrae, Santander, 1986, p.50.

méis padre, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni os llaméis ins- tructores, pues vuestro instructor es uno solo, Cristo. El mayor de vosotros sea vuestro servidor. Quien se ensalza será humillado, quien se humilla será ensalzado” (Mt 23, 8-12).

Realmente no pocas deformaciones de la Iglesia Católica son tan grandes y tan contrarias al Jesús del Evangelio, que algunos (o muchos) creyentes pue- den llegar a pensar que es mejor apartarse de ella. Si tal es el dictamen de una conciencia sincera, debe uno atenerse a él. Pero otros pensamos que es posi- ble y bueno permanecer en la Iglesia, para tratar de seguir a Jesús y de bus- carlo interior y socialmente, recordando que San Pablo les decía a los cristia- nos de Corinto, hacia el año 55 de nuestra era, que hemos sido bautizados para vincularnos exclusivamente a Jesucristo, no a Pablo ni a Pedro ni a Apolo (1 Cor 1, 12-13).

Para vivir en la Iglesia (sea la católica romana, sean otras iglesias cristia- nas), puede ayudar mucho cierto humor trascendente, que parece también transparentarse en el episodio de la confesión de Pedro junto a Cesarea de Filipo, tal como lo narra el evangelio de San Mateo (16, 13-23).

“Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del

hombre? Ellos dijeron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Les dice él: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondien-

do Pedro, dijo: tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente. En respuesta Jesús le dijo: Dichoso eres, Simón hijo de Jonás, porque ni carne ni sangre te revelaron esto,

sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres piedra (en griego pétros) y sobre esta peña (en griego pétra) edificaré mi comunidad (ekklesia) y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del reino de Dios y cuanto atares en la tie- rra quedará atado en el cielo y cuanto desatares en la tierra quedará desatado en el cielo. Entonces mandó a sus discípulos que no le dijeran a nadie que él era el

Mesías”.

A continuación narra Mateo que Jesús desde entonces empezó a manifes- tar a los discípulos que él iba a sufrir mucho por parte de los sacerdotes, de los pontífices y de los escribas y que lo iban a matar. “Entonces Pedro, tomán- dolo aparte, empezó a increparlo diciendo: ¡Lejos de ti, Señor! ¡No te va a pasar

eso! Jesús, volviéndose le dijo: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Eres para mí un tro- piezo (en griego skándalon), porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres”.

De manera que, para Mateo Pedro es “piedra” porque por revelación de Dios ha reconocido que Jesús es el Mesías (Cristo) pero la “peña” en que se basa la Iglesia no es Pedro, sino la mesianidad (o mejor: la filiación divina) de Jesús. Y Pedro debe tener una función importante para mantener la fe de sus

hermanos (como dice el evangelio de San Lucas 22, 32), pero de hecho puede resultar a veces (¿cuántas?) “piedra de tropiezo” por su actitud y su falta de discernimiento.

Hay en el relato de Mateo una especie de fino humor trascendente, que no da pie a ningún intento de “idolatría papal”.

Lo mismo puede decirse de la entrega de las llaves del reino de Dios (cuan-

to atares en la tierra quedará atado en el cielo y cuanto desatares en la tierra quedará desatado en el cielo). Porque el mismo Mateo, dos capítulos después (18, 18),

dice de la comunidad (ekklesia) lo mismo que antes había dicho de Pedro: “os

aseguro que cuanto atéis en la tierra quedará atado en el cielo y cuanto desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

De manera que Jesús le da las llaves a Pedro, pero a la vez se las da a toda la comunidad. Y, además de esto, se queda Él con ellas. Esto lo dice bellísi- mamente un libro del Nuevo Testamento muy distinto del evangelio matea- no, pero no incompatible con él. En el Apocalipsis, Jesús resucitado y glorio- so se define a sí mismo en estos términos: “el Santo, el veraz, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre” (Apoc 3, 7).

Hay mucho humor trascendente en la eclesiología del Nuevo Testamento. La promesa de la portería del Reino no tiene la seriedad de lo jurídico, sino la intrepidez lúdica de lo carismático. El Pedro que va a recibir las llaves no está por encima (y por tanto fuera) de la comunidad, en solitario, sino junto con la comunidad. Esto lo vio muy bien San Agustín, quien en el Sermón 295 dice que Pedro, al recibir las llaves, “representaba él solo la totalidad de la Iglesia”. Por- que “estas llaves no las recibió un hombre solo, sino la unidad de la Iglesia”.

A mí me parece que San Agustín da aquí en el clavo. Primacía de Pedro. Pero no una dictadura jurisdiccional absoluta, incondicionada e incontrolable. El Concilio Vaticano I en 1870 definió que el Romano Pontífice tiene juris- dicción ordinaria e inmediata en todas y cada una de las iglesias y sobre todos y cada uno de los pastores y fieles.

Al teólogo Karl Rahner le preguntaban, hace más de veinte años, en una entrevista publicada en un revista alemana:

—¿Qué cree usted que hubiese pensado Jesús si le hubieran leído la defi- nición del Concilio Vaticano I sobre el primado de jurisdicción papal?

El teólogo contestaba (cito de memoria) en estos términos:

—Yo creo que Jesús, durante su vida terrena, en su conciencia humana empírico-fenoménica, no hubiera entendido nada.

La respuesta es muy fina y exacta (era la respuesta de un gran teólogo). Creo que es verdadera. A mi juicio, el hecho de que Jesús no hubiese enten- dido una palabra de lo que el Concilio dice, relativiza mucho la definición

conciliar. Yo no digo que sea falsa. Creo que en esa fórmula hay un contenido de verdad, expresado de un modo imperfecto, tiznado de intereses e ideolo- gía. Por eso lo que dice la fórmula puede entenderse bien y mal.

El Concilio Vaticano I expresa en términos jurídicos algo que, en la mente e intención de Jesús, no era jurídico. Es una traducción a un lenguaje inadecua- do. Algo así como verter una poesía en símbolos de lógica matemática. Pero, a través de una mala versión, se puede rastrear un núcleo de verdad originaria. Me parece que esto se puede decir en general de las definiciones dogmáti- cas del magisterio eclesiástico. Creo que los fieles, incluso los activamente injertados en la comunidad eclesial, pueden muchas veces “aparcar” los dog- mas definidos y retrotraerse a la sencillez del Evangelio y del Padre Nuestro, la oración que Jesús nos dejó en herencia.

Quiero terminar estas consideraciones introductorias sobre el humor transcendente, refiriéndome a dos figuras de Papas, que están en la línea que apuntaba Juan XXIII de no exagerar la importancia y el papel de la función papal y del sujeto humano que eventualmente se encuentra siendo Papa. Se trata de Celestino V (en el siglo XIII) y de Ponciano (en el siglo III).

El primero era un hombre humildísimo, espiritual y contemplativo, voca- do a la vida eremítica y monástica. Se le pide que acepte su nombramiento como Papa (que había tenido lugar el 5 de julio de 1294), en un momento en que la iglesia de Roma estaba metida en un atolladero de intrigas y de luchas. Acepta con humildad y espíritu de servicio, contra sus íntimos deseos, cuan- do rondaba ya los ochenta años. Pero a los cinco meses escasos, no pudiendo superar las banderías y los manejos políticos ni resistir el clima mundano del entorno papal, el 13 de diciembre de 1294 promulgó una Bula en la que decla- raba que el Papa puede renunciar a sus poderes, que su aceptación y perma- nencia en el cargo es libre, y, siendo el bien de la Iglesia la suprema ley, puede llegar el caso de que la renuncia sea obligatoria en conciencia. Se retira para buscar la soledad, pero su sucesor, Bonifacio VIII, envió guardias a recogerlo, y lo retuvo recluido en el castillo de Monte Fumone, junto a Anagni, donde murió en mayo de 1296.

El segundo caso es el del Papa Ponciano, elegido probablemente el 28 de septiembre del año 230. En un momento de persecución de la Iglesia, el año 235, fue desterrado a Cerdeña, donde murió. El Liber Pontificalis afirma que Ponciano “fue exonerado (discinctus) el IV Kal. octobris (28 de septiembre) y en su lugar fue ordenado (ordinatus) Antheros el XI Kal. decembris (21 de noviembre)”2. Esto significa que Ponciano, al tener que alejarse de Roma, pri-

vado de libertad (condenado a trabajos forzados), o bien dimitió o tal vez

aceptó como obvio que en la imposibilidad de cumplir su función tenía que ser substituido por otro.

HUMOR TRASCENDENTE Y FE

El “humor” (y mucho más un humor “transcendente”) es bastante indefi- nible y no se puede reducir a fórmulas, ni enseñar mediante recetas.

No se identifica sin más con la “comicidad” (no es cuestión de “chistes”), se contrapone a la “sátira” (más bien despiadada, mordaz y despectiva), tiene algo de inmensa comprensión, tolerancia, piedad y un poso agridulce (pero nada amargo) de esperanza.

El humor “transcendente”, tal como lo entiendo aquí, es una actitud pro- funda que caracteriza la personalidad de un ser humano (varón o mujer), y se mantiene frente al sujeto mismo, frente a su entorno vital (de personas y de cosas) y frente al horizonte total de su existencia, con sus logros y sus fallos, sus luces y sombras, sus problemas no resueltos y sus preguntas radicales eternamente recurrentes. Evidentemente, para una persona creyente (cristia- na o de otras religiones o formas de sabiduría) la fe (experiencias religiosas y místicas) tiene un papel importante en su actitud de “humor transcendente” (si es que llega a tenerla). pero estoy convencido de que también personas no creyentes pueden vivir en actitud básica de este tipo de “humor”. Y pienso que, cuando esto sucede, estos agnósticos tienen un fondo de esperanza (y de benévola solidaridad, de apertura al amor), que de algún modo representa una forma de fe.

Por otra parte la “religiosidad” (sobre todo en las religiones positivas, también en las cristianas) tiene cierta ambigüedad, porque fácilmente puede convertirse (o incluso consistir desde el principio) en fanatismo. Este es antitético del humor transcendente. Pero también es opuesto a la verda- dera fe. Porque ésta tiene una dimensión de agnosticismo, ya que el autén- tico Dios no puede ser racionalmente demostrado ni conceptualmente com- prendido. Esto lo reconocía limpiamente (ya en el siglo XIII) Santo Tomás de Aquino, sintetizando un pensamiento que viene de la Teología de los Santos Padres (Gregorio Nazianceno, Agustín, etc.): “Tenemos el supremo conoci-

miento de Dios cuando lo reconocemos como el Incognoscible, es decir, cuando reco- nocemos que lo que Dios es en sí mismo sobrepasa todo aquello que nosotros pode- mos conocer de él3”.

Se podría decir que la fe de un creyente genuino, vacunado contra el fana- tismo, es un acto (o actitud) de sumo humor transcendente. Porque el cre- yente tiene una convicción profunda, que centra la propia existencia, y a la que no se llega por demostración racional, científica o filosóficamente apo- díctica. El creyente lúcido, especialmente en nuestro entorno cultural de occi- dente, tiene conciencia de estar centrado vitalmente sobre algo que, desde el punto de vista de la razón instrumental o de la razón metafísica, es proble- mático (está en el aire). Y sin embargo, para él la verdad de su fe es verdad “vivida”. Tratándose de la fe cristiana, pienso que en el que cree (en mí mismo, que soy un muy modesto creyente) hay una especie de luz (o callada voz) interior que le dice que “sí”, que Dios existe y es Amor, que Jesús no se quedó en la muerte, sino que vive y está en relación (comunicación) con él. Esta luz invisible (que diría San Juan de la Cruz) este susurro suave (como dice la historia bíblica de Elías: 1 Reyes 19, 12b) no pertenece a la razón ins- trumental ni a la metafísica, sino a una especie de “Razón comunicativa”, que no es puramente inter-humana, sino que en el momento decisivo surge de lo profundo del creyente mismo, como una sutilísima revelación, como un don, como una apertura a algo que lo supera.

En el “sí” de la fe hay más de esperanza y amor que de conocimiento. Para el cristiano es sobre todo el convencimiento de que Jesús es el camino y de que tiene sentido seguirle. Y el impulso interior de ponerse en marcha. La convicción sapiencial de que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6, 24; Lc 16, 13), o de que quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4, 20b).

En el amor al prójimo y en el anhelo de verdadera justicia hecha a los pobres, a los marginados, a los despreciados del mundo, en este amor vivido en seguimiento de Jesús y en comunión con él, hay un elemento de gratuidad, como en todo amor digno de ese nombre (ágape).

San Pablo en una discusión con los cristianos de Corinto, que no creían en nuestra futura resurrección, llega a afirmaciones que yo no puedo ni quiero compartir:

“Si no hay resurrección de muertos tampoco Cristo resucitó” (1 Cor 15, 13). “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana” (17a).

“Si solamente en nuestra vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de todos los hombres” (19).

“Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos” (32b).

Pablo era demasiado polémico y a veces, llevado del ardor de la disputa, decía cosas en que muy bien podemos negarnos a acompañarle. El mismo

Pablo afirmó, ironizando un poco sobre sí mismo, que alguna vez hablaba “no

según el Señor, sino como en un acceso de locura” (2 Co. 11, 17).

Me siento mucho más en sintonía con una admirable declaración del sacerdote jesuita francés Auguste Valensin (1879-1953), discípulo y amigo de Maurice Blondel (1861-1949), correspondiente, confidente y consejero de Pierre Theilhard de Chardin (1881-1955), escrita en estos términos:

“Si, por un imposible, en mi lecho de muerte, se me hiciese manifiesto, con una evidencia perfecta, que me he equivocado, que no hay otra vida, que incluso no hay Dios, no lamentaría haberlo creído; pensaría que ha sido un honor para mí haber vivido creyéndolo, que si el Universo es absurdo y sin sentido, tanto peor para él, y que el fallo no está en mí por haber pensado que Dios es, sino en Dios por no ser”4.

Aquí tenemos una actitud de humor transcendente extraordinariamente valiosa. Porque se nos hace patente en ella que la fe es una adhesión práxica gratuita, así como también es vivida por el creyente como un don gratuito. Por aquí podemos captar que el fondo de esperanza abierta, de humanidad, de compasión, de solidaridad, de aguante, de paciencia, de serenidad, de capacidad de donación desinteresada, de tolerancia, de sonrisa entre lágri- mas, de un dolor que, como dice Antonio Machado, es “nostalgia de la vida buena”... todo esto, que está en la trama del humor trascendente, puede ser vivido por el no creyente. Y me parece que lo vivirá también como algo gra-

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