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2.4 Empirical Literature Review

2.4.2 Studies Conducted in Developing Countries

Otra manera de exponer el principio encarnacional de la misión es mediante el término "inserción", que ha adquirido creciente importancia en algunos círculos de reflexión pastoral y teológica en nuestro continente. De "inserción" se habla, en parte, gracias a la renovación misionera de las últimas décadas —tanto en el protestantismo como en el catolicismo—, pero también debido a los crecientes desafíos de la secularización y, en especial, de la aparición de grandes mayorías pobres y marginadas. Ante estos nuevos retos, no basta con saber decir el evangelio; también hay que demostrarlo por medio de la vida y de los hechos. Para esto es indispensable reconocer el lugar que ocupa el diálogo compasivo, el servicio solidario, el testimonio comprometido y la identificación con quienes sufren los males de este mundo. Estos compromisos exigen la inserción de la comunidad de fe. No hay otro camino. No es posible evangelizar, ni redimir, ni hacer misión, sin compartir, en el nombre de Cristo, la condición humana. El antiguo principio de Ireneo (aprox.125-200) acerca de la encarnación tiene pleno sentido: "Lo que no es asumido no es redimido".

La misión, como aparece en los cuatro Evangelios, es, ante todo, un envío orientado hacia el mundo y hacia cada persona en su situación específica. En cierta manera, la misión es un "éxodo" pastoral que significa salir del mundo "de uno" para ir

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al mundo "del otro". Cuanto "más distante y diverso sea el mundo del otro —en su realidad religiosa y cultural y en su realidad humana— más exigente y radical ha de ser el éxodo de ¡a inserción".18 Y aunque con toda razón se podría afirmar que la inserción más típica ha de ser entre los más empobrecidos y oprimidos —como solía ser el interés, a veces exclusivo, de ciertas teologías—, también es cierto afirmar que la inserción debe cubrir todos los espacios donde la humanidad plena se ve disminuida o amenazada.

El testimonio del apóstol Pablo acerca de su propia inserción misionera resulta decisivo para comprender el alcance de la misma: entre los judíos, Pablo se volvió judío; entre los que vivían bajo la ley, se volvió como los que estaban sometidos a ella; entre los que no tenían ley, se volvió como uno de ellos; entre los débiles se hizo débil; en fin: "Me hice todo para todos... Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos" (ICo 9:22, 23). Esta flexibilidad para la adaptación o el "acomodamiento" —la palabra que acostumbraba emplear Calvino—, es el resultado de una entrega profunda y no tiene nada que ver con técnicas de mercadeo evangelizador o con "estrategias publicitarias de identificación simulada". Pablo no estaba escondiendo su identidad con el propósito de obtener un eficiente "cierre de venta" de su evangelio. Lejos estaba él de usar esas tácticas. Por cierto, la inserción emite un juicio crítico sobre muchos de nuestros métodos de captación de miembros, de plantación de nuevas congregaciones y de crecimiento cuantitativo de fieles. Sobra decir que al referirnos a la inserción

18 Segundo Galilea, La inserción en la vida de Jesús y en la misión, Ediciones Paulinas, Bogotá. 1989, p. 7.

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no estamos hablando de un método, sino de una actitud que procura imitar el ejemplo compasivo de Jesús.

La historia misionera de la iglesia nos ofrece elocuentes muestras de verdadera inserción. Fray Bartolomé de Las Casas, el más destacado misionero dominico, es una de ellas. Él dedicó su vida a la defensa de los indígenas y combatió con denuedo los abusos de los conquistadores; con sobrada razón se le considera "el primer sembrador en América de la semilla de la libertad".19 Como evangelizador, Las Casas creía que el mensaje debía cambiar primero a quien lo proclamaba y que no existía método más adecuado y natural para proclamar el evangelio que servir a los evangelizados con amor y bondad. También Pedro Claver, el apóstol de los negros; Guillermo Carey, el apóstol en la India; Elizabeth Fry, la ministra cuáquera amiga de las prisioneras británicas; David Livingstone, el explorador del África; Teresa de Calcuta, la servidora de los pobres; y tantos otros hombres y mujeres que nos legaron su testimonio de inserción a favor de la proclamación del Reino de Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos diría que ahora "estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos", que deberíamos despojarnos "del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia" y correr "con perseverancia la carrera que tenemos por delante" (Heb 12:1).

Una de las carreras que tenemos por delante es construir una misionología renovada, que haga de la inserción uno de sus principios esenciales. Para ello, la encarnación debe tomarse más en serio. David Bosch, reconocido autor y cristiano auténtico, opina con firmeza que "las iglesias protestantes en general poseen una teología subdesarrollada de la encarnación". Ese

19 Pablo A. Deiros, Historia del cristianismo en América Latina, FTL, Buenos Aires, 1992, p. 283.

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subdesarrollo no es tanto conceptual como vivencial y práctico. Cuando la encarnación como doctrina se divorcia de la inserción como principio se produce lo que él llama "tendencia docetista". Explica:

Esta Iglesia burguesa tiene un entendimiento idealista de sí misma, rehusa tomar partido y cree ofrecer un hogar tanto a los amos como a los esclavos, tanto a los ricos como a los pobres, tanto a los pobres como a los oprimidos. Debido a que rehusa practicar la "solidaridad con las víctimas", tal Iglesia ha perdido relevancia. Habiendo desechado las dimensiones sociales y políticas del evangelio, lo ha "desnaturalizado" totalmente.20