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bien sabido, es demostrar que el nacimiento de las ciencias de la vida fue condición de posibilidad del advenimiento de las ciencias humanas. Ahora bien, tres años antes, Foucault constataba que esa condición de posibilidad biológica del advenimiento de las ciencias del hombre estaba declinada médicamente: la medicina, a finales del siglo

XVIII, no es solamente el corpus de las técnicas de curación y del saber que requieren,

sino que también desarrolla un conocimiento normativo del hombre saludable, «es decir, a la vez una experiencia del hombre no enfermo, y una definición del hombre

modelo»157. Es por ello que, continúa Foucault

el prestigio de las ciencias de la vida en el siglo XIX, el papel de modelo que estas

han tenido, sobre todo en las ciencias del hombre, no está vinculado primitivamente al carácter comprensivo y transferible de los conceptos biológicos, sino más bien al hecho de que estos conceptos estaban dispuestos en un espacio cuya estructura profunda respondería a la oposición entre lo sano y lo mórbido. Cuando se hable de la vida de los grupos y de las sociedades, de la vida de la raza, o incluso de la «vida psicológica», no se pensará en principio en la estructura interna del ser organizado, sino en la bipolaridad médica de lo normal y lo

patológico158.

Para Foucault, en consecuencia, las transformaciones epistemológicas de las que la noción de vida es indicador, son condición de posibilidad del conocimiento del

156 M. Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit., pp. 258-273.

157 M. Foucault, Naissance de la clinique, Presses Universitaires de France, Paris, 2009 (1963) [trad. esp. de F. Perujo, El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica, Siglo XXI, Buenos Aires, 1966, p. 61].

48 hombre a partir de la bipolaridad entre lo normal y lo patológico. En la Naissance de la

clinique, por tanto, el objetivo foucaultiano no es solamente reconstruir las condiciones

en las que la vida adquirió visibilidad como objeto específico del saber. Al estar declinada esta visibilidad por la polaridad normativa entre lo normal y lo patológico, esta historia epistemológica adquiere un sentido político. Si la lectura clínica implica que el orden de la verdad y el del lenguaje coinciden, la experiencia anatómica, debido a su opacidad, se presentaba como un problema. La experiencia de la enfermedad se convierte, gracias al principio de desciframiento de Bichat —interogánico, intraorgánico y transorgánico—, en el criterio de visibilidad del cuerpo en tanto viviente159:

Usted podría tomar durante veinticinco años de la mañana a la noche notas sobre el lecho de los enfermos sobre las afecciones del corazón, los pulmones, de la víscera gástrica, y todo no será sino confusión de síntomas que, no vinculándose en nada, le ofrecerán una serie de fenómenos incoherentes. Abrid algunos cadáveres: veréis desaparecer en seguida la oscuridad que la observación sola no había podido disipar160.

Es sobre el eje de esta práctica de auscultación de cadáveres que se produce el desplazamiento que inaugura la medicina anatomo-patológica. El conocimiento de la vida, así, no se fundamenta en la esencia de la vida, sino en aquello que se opone a la vida: «el primer discurso decisivo sobre el viviente, desde el punto de vista científico, está atravesado por la muerte»161. Desde esta clave arqueológica, esta visibilización de la vida por su paradójica equivalencia con la muerte, se produce gracias a la estructura histórica de la experiencia clínica que le sirve de trasfondo. En esta,

a partir de la anatomía patológica, el médico y el enfermo no son ya dos elementos correlativos y exteriores, como el sujeto y el objeto, lo que mira y lo mirado, el ojo y la superficie; su contacto no es posible sino sobre el fondo de una estructura en la cual lo médico y lo patológico se pertenecen desde el interior, en la plenitud del organismo. El escalpelo no es sino el reluciente, metálico y provisional símbolo de esta pertenencia. […]. El cadáver abierto y exteriorizado, es la verdad interior de la enfermedad, es la profundidad extendida de la relación médico-enfermo162.

159 M. Morey, Lectura de Foucault, op. cit., p. 104.

160 X. Bichat, Anatomie Générale, p. XLIX, citado por M. Foucault, El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica, op. cit., p. 209. «Con Bichat, el conocimiento de la vida encuentra su origen en la destrucción de la vida, y en su extremos opuesto», ibid., p. 207.

161 Ibid., p. 205. 162 Ibid., p. 195.

49 En el análisis de Foucault, esta condición de posibilidad no reside en una naturaleza biológica en sí, sino en la historicidad de la experiencia clínica163. En las condiciones históricas que hacen posible la experiencia clínica, tanto la muerte como la vida dejan de ser absolutos ontológicos, para adquirir una dimensión epistemológica, en la que la muerte esclarece la vida:

La vida, la enfermedad y la muerte constituyen ahora una trinidad técnica y conceptual. La vieja continuidad de las obsesiones milenarias que colocaban en la vida la amenaza de la enfermedad, y en la enfermedad la presencia aproximada de la muerte, está rota: en su lugar, se articula una figura triangular, cuya cumbre superior está definida por la muerte. Desde lo alto de la muerte se puede ver y analizar las dependencias orgánicas y las secuencias patológicas. En lugar de ser lo que había sido durante tanto tiempo, esta noche en la cual se borra la vida, en la cual se confunde la enfermedad misma, está dotada, en lo sucesivo, de este gran poder de iluminación que domina y saca a la luz a la vez el espacio del organismo y el tiempo de la enfermedad…164.

La vida, en la obra de 1963, aparece sobre el fondo institucional de la experiencia clínica de la enfermedad y la muerte. Foucault llega a afirmar que el vitalismo emerge sobre el fondo de un «mortalismo»165, así como que el organismo — concepto que, como veremos a continuación, reúne las transformaciones epistemológicas fundamentales que dieron lugar al vitalismo— es la forma visible de la vida en su resistencia a lo que se opone a ella. La vida, para el Foucault de Naissance de

la clinique, emerge dentro de los confines del triángulo formado por el enfermo, en

tanto objeto de observación; el médico, como miembro del «cuerpo de médicos», legitimado como competente para devenir el sujeto de la observación; y, en el vértice, la institución clínica, que oficializa y legitima socialmente la relación entre el objeto observado y el sujeto de la observación. Pierre Macherey ha señalado con acierto que esta tesis supone una arista de contacto, a la vez de unión y de diferencia, entre las posturas de Foucault y Canguilhem166. El primero defiende que la visibilización de la vida acontece en un campo de posibilidad fuertemente institucionalizado, muy marcado histórica y socialmente. Canguilhem, por su parte, comparte una concepción de la vida

163 P. Macherey, «De Canguilhem à Canguilhem en passant para Foucualt», en Id., De Canguilhem à Foucault. La forcé des normes, La fabrique, Paris, 2009, pp. 98-109, p. 105 [trad. esp. de H. Pons, De Canguilhem a Foucault: La fuerza de las normas, Amorrortu, Buenos Aires-Madrid, 2012].

164 M. Foucault, El nacimiento de la clínica, op. cit., p. 205.

165 Cfr. asimismo A. Gabilondo, Mortal de necesidad. La filosofía, la salud y la muerte, op. cit., pp. 102- 3.

50 como intrínsecamente ligada a la insistencia de lo patológico que la amenaza. No en vano, su idea de vitalismo es frecuentemente ilustrada a través la célebre sentencia de Xavier Bichat —referencia igualmente fundamental en la Naissance de la clinique— «la vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte [trad. mía: G. V. A.]»167.

En Canguilhem, tal y como es nuestro propósito demostrar, la definición de la vida como superación de lo patológico no tiene un encuadre constitucional tan definido. Históricamente acontecida, la noción de vida adoptada por Canguilhem resulta de una serie de «desbloqueos epistemológicos» no estrictamente ligados a la experiencia clínica. Pero, pese a ello, su historia epistemológica arroja una conclusión coincidente con la de Foucault en 1963: la vida se concibe consubstancialmente ligada a lo patológico168. La duración vital —como demostraremos— está intrínsecamente ligada a la resistencia a las fuerzas de la muerte. Y, como consecuencia, las prácticas en las que se concrete el gobierno de la vida obedecerán a un primado defensivo, preventivo y, en suma, securitario.

La incorporación de la historia epistemológica al núcleo del «momento foucaultiano», en suma, invalida una genealogía de lo biopolítico que se limite al análisis foucaultiano del a priori institucional de la experiencia médica —tanto en su variante clínica como en la social, que estudiaremos más adelante— y de las prácticas surgidas para gobernarla. La consubstancialidad de la vida y lo patológico en su emergencia histórica debe ser rastreada en un análisis histórico y epistemológico del concepto mismo. La pauta de este análisis, paradójicamente, se encuentra rigurosamente indicada por Foucault en la obra de 1966: allí, el cambio epistémico entre la época

167 «On cherche dans des considérations abstraites la définition de la vie; on la trouvera, je crois, dans cet aperçu général: la vie est l’ensemble des choses qui résistent à la mort», X. Bichat, Recherches physiologiques sur la vie et la mort, Alliance Culturelle du Livre, Genève-Paris-Bruxelles, 1962 (1800), p. 43.

168 Somos consciente de que, como ha señalado con acierto Miguel Morey, el par normal/patológico no es enteramente homologable al par salud/enfermedad. Según Morey, «la introducción del concepto de “medio” en el seno del pensamiento médico —introducción que estudiaremos más adelante— y la caracterización del medio humano como eminentemente social son en buena medida, responsables de este desplazamiento del criterio médico regulador que lleva de la salud a la normalidad. El par normal/patológico remite inmediatamente a la intrincación entre lo social y lo vital, a la relación entre un conjunto de prácticas terapéuticas y el conjunto de instituciones sociales», M. Morey, Lectura de Foucault, op. cit, p. 83. Esa intrincación es el tema principal de las Nouvelles réflexions concernant le normal et le pathologique de 1963, a partir de las cuales tematizaremos el vínculo entre la creación médica de lo patológico y el nacimiento del saber sobre lo social. De momento, el uso del par normal/patológico para describir una concepción de la vida no intrínsecamente ligada al plano institucional en el Essai sur quelques problèmes concernant le normal et le pathologique de 1943, justifica que usemos estas categorías también para referirnos genéricamente a la distinción entre salud y enfermedad.

51 clásica y la moderna viene marcado por el advenimiento de una «ontología salvaje»169, que Foucault define en los siguientes términos170:

Quizás por primera vez en la cultura occidental, la vida se escapa a las leyes generales del ser, tal como se da y se analiza en la representación. Del otro lado de las cosas […], sosteniéndolas para hacerlas aparecer y destruyéndolas sin cesar por la violencia de la muerte, la vida se convierte en una fuerza fundamental que se opone al ser como el movimiento a la inmovilidad, el tiempo al espacio, el querer secreto a la manifestación visible. […] Pues ésta, y por ello tiene un valor radical en el pensamiento del siglo XIX, es a la vez el núcleo del ser y del no ser: solo hay ser porque hay vida y en este movimiento fundamental que los consagra a la muerte, los seres dispersos y estables en un instante se forman, se detienen, la congelan —y, en cierto sentido, la matan—, pero son destruidos a su vez por esta fuerza inextinguible. […]; funciona como una ontología salvaje que trataría de decir el ser y el no ser indisociables de todos los seres171.

Esto que más adelante denominará «noción sintética de vida» es el a priori epistemológico tanto de la disciplina biológica como del vitalismo en general, también en su variante metafísica. Davide Tarizzo ha advertido que, si bien Foucault reconoce la coincidencia de la arqueología del vitalismo moderno y la de la biología, no explicita, en cambio, la relación entre la metafísica de la vida y la ciencia de la vida172. Aunque, como el propio Foucault reconoce, a partir del siglo XIX el campo del saber no puede ya

dar lugar a una reflexión homogénea, sino que cada positividad tiene la filosofía que le conviene173, —siendo la de la economía política la filosofía de la historia—, deja sin aclarar cuál es el correlato de la biología.

El capítulo subsiguiente, haciéndose eco de este envite, tratará de rastrear una historia epistemológica de la «noción sintética de vida» para demostrar el papel consubstancial que en ella representa la presencia de lo patológico. Nuestra hipótesis es que la vida, en su emergencia misma como objeto visible de un saber, está intrínsecamente ligada a lo patológico. Y ello con independencia de las condiciones institucionales de su aparición, estudiadas por Foucault en la Naissance de la clinique. Foucault sostiene que cuando se habla de la vida de grupos, sociedades, de la raza y de la psique, no se piensa en el ser organizado, sino en la bipolaridad médica entre lo normal y lo patológico: «la conciencia vive, ya que puede ser alterada, amputada,

169 M. Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit., p. 272. 170 Ibid., p. 263.

171 Ibid., p. 272.

172 D. Tarizzo, La vita, un’invenzione recente, Laterza, Roma-Bari, 2010, p. XII. 173 M. Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit., p. 273.

52 desviada de su curso, paralizada; las sociedades viven ya que hay en ellas enfermos que se marchitan, y otros, sanos, en plena expansión; la raza es un ser vivo qie se ve degenerar; y también las civilizaciones, cuya muerte se ha podido comprobar tantas veces»174. Prosigue Foucault constantado que las ciencias del hombre nacen como extensión de las ciencias de la vida, sí, pero en su variante médica y no biológica, de tal modo que «la gran unidad de lo vivo, en la cual, hasta Bergson, se ha desarrollado la reflexión sonbre el hombre, no es sino la ocultación de esta estructura [la de la oposición normal/patológico]»175.

En lo que sigue, nos proponemos demostrar que ese par conceptual no está solamente vinculado a la medicalización de la vida, sino que la misma comprensión de la vida a partir de la noción de «organismo» lleva aparejada, la intrínseca relación con la muerte y lo mórbido. Por eso, apostamos por encuadrar este recorrido dentro de una historia epistemológica que, no en vano, desembocará en la noción de vitalismo y su relación intrínseca con lo patológico, tal como es recuperada por los estudios de Canguilhem.

II. 2. ARQUEOLOGÍA DE LA «NOCIÓN SINTÉTICA DE VIDA»

Partamos, para ello, de la definición de la «noción sintética de vida» apuntada por Foucault.

II. 2. 1. LA RUPTURA DE LA REPRESENTACIÓN TAXONÓMICA Y EL

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