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¿Cuándo podré ser libre?, suspira un adolescente. Dadnos pan y libertad, reclama el proletario; y para conquistar o defender esta libertad está presto a luchar y hasta a dar su vida. Cuando el hombre quiere castigar a sus semejantes les priva de libertad. Pero para muchos ¿qué es la libertad sino únicamente la liberación de toda sujeción, la posibilidad que se le brinda de hacer cualquier cosa, donde sea, cuando sea? Esto es una caricatura de la verdadera libertad espiritual.

Ser auténticamente libre supone además de la ausencia de todas las sujeciones físicas, un total despego de sí mismo a cambio de un apego superior. Hay que conquistar «la propia» libertad.

La libertad humana es siempre limitada; sólo puede desenvolverse plenamente en lo sobrenatural. Sólo Dios es enteramente libre. En la tierra, el hombre más libre es quien más se acerca a Dios, quien más unido está a Él, el más Santo.

— La libertad es el más bello regalo de Dios al hombre, el que le ha costado más caro: los sufrimientos y la muerte de su Hijo.

Por amor y para el amor, Dios quiere al hombre auténti- camente libre.

— La mayoría de los hombres se creen libres cuando pueden decir: «hago cuanto me viene en gana»; es decir:

no llevo esposas en las manos, no me ata ninguna sujeción física;

puedo satisfacer todos mis impulsos, mis instintos, nadie ni nada me lo impide.

Esta «libertad» es la del animal salvaje pero no la del hombre y menos la del hijo de Dios.

— Aunque estés tendido en un lecho, completamente paralizado,

aunque estés prisionero en lo profundo de una celda de condenado,

si quieres, puedes permanecer libre, pues tu libertad de hombre no está al nivel de tu cuerpo sino al de tu espíritu.

— Salvo sí se te reduce al estado de la inconsciencia —y entonces tú no te comportas como hombre— nada ni nadie puede arrebatarte la libertad, puesto que nada ni nadie puede aprisionar tu espíritu.

— Tú, sólo tú, con la complicidad de los otros y de las cosas, limitas tu libertad. Si quieres ser libre has de luchar contra ti, has de

— Si dices:

¡no es culpa mía, es mi temperamento! ¡no puedo prescindir de él!

¡me equivoco pero no cedo!

¡inútil trabajar, me ilusiono en vano! ¡Es más poderoso que yo!

¿por qué pienso de esta manera? ¡Todo el mundo lo dice! ¡a éste, no puedo verle!

¡no quería hacerlo: resistí en vano!

no eres libre sino esclavo. Esclavo de ti, de tu pasado, de tu ambiente, de las cosas, etc...

— Humanamente no eres libre en tanto no hayas construido en ti al hombre de pie, sometiendo a tu espíritu tu cuerpo, tu sensibilidad, tu imaginación.

— La barca no puede bogar si una sola amarra la ata a la orilla.

El globo «cautivo» no es libre de volar si un solo hilo lo mantiene sujeto.

No serás «libre» mientras estés aún atado a una sola cosa o a una sola persona, con un lazo incontrolado.

— No son las cosas las que se atan a ti sino tú quien te atas a las cosas. Te entregas a ellas como esclavo. Cuantos más

juguetes tengas en tus cajones «negocios» en tu oficina

mantelería en tu armario discos en tu discoteca

caballos en tu coche dineros en tu cartera …

más difícil te será ser libre, porque tendrás más ocasiones de estar «sujeto».

— Despegarte es volverte libre.

— Ser libre no es ser indiferente, Es natural que disfrutes, sientas, pruebes, te alegres ante las cosas y ante los hombres; pero es preciso que todas las atracciones, los gozos o los sufri- mientos, no nublen tu razón en la elección del camino ni constriñan tu voluntad en la decisión de seguirlo.

¿De qué sirven tus pies ágiles si no sabes a dónde dirigir tus pasos?

¿De qué te sirven tus materiales si no sabes qué casa construir?

¿De qué sirven tus riquezas de amor si no sabes a quién darlas?

¿De qué sirven tus victorias sobre tu herencia, tu subcons- ciente, tu inconsciente, tus hábitos; tu señorío interior y exterior; de qué sirve tu dominio de ti, tu disposición, tu libertad total, si no sabes en qué dirección encaminar esta libertad conquistada?

— Si eres libre para... cualquier cosa, no eres verdaderamente libre sino condenado a la indecisión, a la inconstancia y a la angustia.

— La verdadera libertad es la posibilidad que tienes, una vez despegado y señor de ti, de escoger y seguir siempre sin error y

sin pasos en falso, el camino del BIEN.

— Si quieres ser auténticamente libre has de reconocer el Plan de Dios en el Mundo, el deseo infinito del Padre sobre ti; te es preciso, una vez reunido, re-cogido, dispuesto, adherirte a él con un sí de amor que es un sí de esponsales con Jesucristo.

— Si te sometes a la voluntad de tu instinto, tienes una «li- bertad» de animal.

Si te sometes a la voluntad de tu sensibilidad, de tu ima- ginación, de tu espíritu, de tu orgullo, de tu egoísmo... tienes una libertad de hombre inficionado y limitado por el pecado.

Si te sometes a la voluntad de Dios, tienes una libertad de hombre divinizado, una libertad de hijo de Dios.

— La cualidad de tu libertad aumenta con la cualidad de la voluntad a la que te adhieres.

— Tu capacidad de adhesión a la Voluntad del Padre mide tu grado de libertad.

— Las caricaturas de la libertad —independencia, posibilidad de satisfacer todos los instintos, los deseos o los caprichos— son obstaculizadas por la obediencia.

La verdadera libertad se desenvuelve en la obediencia a Dios, por medio de la Iglesia, de los superiores, del deber de cada día, de los acontecimientos.

— La obediencia auténtica supone la verdadera libertad; pero la verdadera libertad se nutre de obediencia.

— Sí eres auténticamente libre, en Cristo, nada podrá ya detenerte, pues la verdadera libertad te permite apoderarte de las sujeciones legítimas y transformar además las ilegítimas y los obstáculos inevitables, con otros tantos medios para alcanzar tu FIN.

— Mostrándose obediente hasta la muerte Jesucristo ganó para ti la verdadera libertad.

Muriendo con Él el pecado te libras de la esclavitud y resucitas con al a la Vida libre.

— En el bautismo recibiste el germen de la libertad. Por el sacramento de la penitencia, sumergiéndote de nuevo en la gracia bautismal, recobras la libertad.

Cada vez que renuncias al pecado, cada vez que rompes los lazos de todo cuanto te «ata», para unirte a Jesucristo, desarrollas en ti la verdadera libertad.

— Serás definitivamente libre cuando en el amor te hayas definitivamente desposado con tu Libertador.

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