4 Results and discussion
4.4 Study of the formin-induced flexibility reduction using steady-state anisotropy
Como producto de la primacía actual del Mercado nos encontramos con un creciente proceso de desimbolización. Podríamos decir que la desimbolización es una de las condiciones necesarias de la reproducción del capitalismo neoliberal.
Dufour entiende este proceso como “una consecuencia del pragmatismo, el utilitarismo y el ‘realismo’ contemporáneos que intenta ‘desgrasar’ los intercambios funcionales de la sobrecarga simbólica que pesa sobre ellos. La desimbolización indica un proceso cuyo objeto es desembarazar el intercambio concreto de lo que lo excede y al mismo tiempo lo instituye: su fundamento. En efecto, el intercambio humano está inmerso en un conjunto de reglas cuyo principio no es real sino que remite a ‘valores’ postulados” (220, 221). Y, puesto que los valores (morales) no tienen ningún valor (comercial), su supervivencia ya no se justifica en un mundo que se ha vuelto íntegramente mercantil y se vuelve peligrosa por las posibilidades de resistencia al asedio publicitario que contiene.
“La desimbolización es, pues, un objetivo: quitar de los intercambios el componente cultural que siempre es particular” (221). Este constituye su principal riesgo, que suele ser tomado por virtud por sus apologistas, una amenaza a la que suele darse aromas libertarios.
Como dijimos más arriba, Dufour adhiere a la teoría de la neotenia del hombre, de su naturaleza inacabada que, al contrario del instinto animal, no le basta para hacerlo sobrevivir y hace necesario el ingreso del lenguaje y de la cultura. A partir de esta idea, se desprende una doble servidumbre a la cual el hombre es sometido. La primera es simbólica y es una servidumbre ontológica, indisponible,18 “salvo que el hombre pierda su humanidad y se vuelque a la barbarie. Sólo después de haber postulado esta primera dominación (ontológica) se puede decir que la dominación es también para el hombre un hecho político” (214).
Esta segunda dominación es contingente y, en ciertas condiciones, podemos deshacernos de ella. De la primera dominación, en cambio, no podemos sustraernos.
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En este punto las ideas de Dufour y Supiot están en la misma línea, aunque partan de diferentes disciplinas y tomen diferentes referencias. Dufour cita a Lacan: “El hombre, desde antes de su nacimiento y más allá de su muerte, está cogido por la cadena simbólica… el sujeto es siervo del lenguaje y, aún más, siervo del discurso” (214). Supiot toma al “Legislador de la lengua” de Platón al cual cada uno de nosotros se somete y que se esconde tras el rostro de nuestra madre (Supiot, A., 2007: 9).
La dificultad radica en que, en las prácticas sociales, las dos están vinculadas entre sí y se confunden o se eleva una por encima de la otra: o bien valorizando la dependencia ontológica en detrimento de la dominación sociopolítica o bien tomando en cuenta las dominaciones sociopolíticas y dejando de lado y hasta negando toda la especificidad de la cultura.
Percibir la vinculación entre ambas dominaciones sin sacrificar una a la otra requiere un delicado montaje. Dufour propone el siguiente: ciertos grupos aprovechan la dominación ontológica (necesaria) para establecer una sociopolítica (contingente), ejerciendo control sobre aquello que gobierna el acceso al sentido. Para esto existen instituciones específicas correspondientes a cada forma de dominación sociopolítica que vigilan el sentido autorizado. “Al hacer esto, los que dominan se hacen cargo de asegurar el acceso de los individuos a la función simbólica, no precisamente por una inquietud filantrópica, sino con el propósito de controlar a los sujetos. Podemos decir que si la lengua y los sistemas simbólicos están incondicionalmente a disposición de todo ser hablante, en realidad lo están con la condición de estar severamente controlados”. Pero “lo ontológico conserva su especificidad lógica y su eficacia propia. Nada podrá nunca detener la búsqueda de sentido” (215-216).
Confundir ambas dominaciones es un error. El que cometen “quienes ven en los actos de desimbolización formas de resistencia a la dominación sociopolítica. Cuando estos actos sólo deshacen la función simbólica” (216).
Si se atenta contra la función simbólica, se corre el riesgo de que ocurra todo lo contrario a la resistencia sociopolítica. Hoy corremos el riesgo de que triunfe la que el autor entiende como la más conquistadora de las dominaciones posibles: el neoliberalismo. Su novedad consiste en que, en vez de apuntar al control, el fortalecimiento institucional y la represión, el nuevo capitalismo funciona apelando a la desinstitucionalización. Ya no conviene reforzar la segunda dominación que producía sujetos sumisos, sino que resulta más eficaz destruir las instituciones y terminar así con la tarea de hacerse cargo de la primera dominación, a fin de obtener individuos “blandos, precarios, móviles, abiertos a todos los modos y todas las variaciones del mercado” (217-218).
Así, “el único imperativo absoluto es que las mercancías circulen”. El capitalismo advirtió muy rápido el partido que podía sacar de las protestas contra las formas de autoridad tradicionales, y por eso promueve “un ‘imperativo de transgresión de las prohibiciones’ que le confiere un ‘perfume libertario’”, fundado en la proclamación de
autonomía individual y extensión indefinida de la tolerancia en todos los terrenos; “no sólo hace falta ‘menos Estado’, también hace falta menos de todo aquello que pueda estorbar la circulación de la mercancía” (218).
El sujeto crítico y neurótico de la modernidad, “liberado”, desimbolizado, se transforma en un sujeto acrítico y precario cuya debilidad se subasta en el Mercado, que se convierte en el gran proveedor de kits identitarios e imágenes de identificación (134). Con las Referencias del pasado debilitadas o en retirada, el sujeto posmoderno encontrará las nuevas en el Mercado, a través de las pantallas y las góndolas (en esto nos detendremos con más detalle en el segundo capítulo).