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Chapter 5 – Discussion and Implications

5.4 Study Limitations

- Siento no haber podido verte antes. -le dijo ella, estrechándola.

Antes de que pudiera responderle, se separó y la cogió de la mano, guiándola. Tras una serie de estrechos pasadizos y una larga subida en ascensor, se detuvieron frente a una puerta. Nadia extrajo una llave y entró.

Para su sorpresa, Sarah se encontró con un piso amueblado. Habría jurado que estaba en la temible sede del NKVD, la Lubianka, de donde se decía que nadie que entrase volvía a salir. En su lugar, se encontró en un piso que, esta vez sí, daba claras muestras de estar permanentemente habitado.

- ¿Qué? ¿Qué te parece? -le preguntó Nadia, con una curiosa sonrisa en su rostro, una expresión algo infantil que jamás le había visto.

Sarah comprendió entonces que se encontraba en su casa, el lugar donde Nadia vivía. Echó una nueva mirada a su alrededor y compuso la sonrisa que se requería para la ocasión.

- Está muy bien, Nadia. Parece mucho más acogedor...

En efecto, lo parecía. Lo que en la dacha había sido frialdad, allí era todo habitaciones pequeñas y atestadas. Se veían muebles, objetos diversos apilados sobre librerías y aparadores, alfombras de diverso estilo y estado de conservación, recuerdos personales...

- Perdona tanto misterio. Esta vez era necesaria una cierta discreción, me temo... -le estaba diciendo, al tiempo que le quitaba el abrigo y se lo quitaba ella. Lanzó ambos sobre una silla sin fijarse demasiado, y lo mismo hizo con su gorra de plato. Venía de uniforme de nuevo, y esta vez no parecía tan impecable como siempre. De hecho, parecía algo arrugado, como si lo hubiese llevado encima mucho tiempo.

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- ¿Has tenido mucho trabajo, Nadia? -le preguntó, preocupada.

- Oh, sí. -respondió, al tiempo que se aflojaba la guerrera, lanzándose agotada sobre un pequeño diván.- Son días muy ajetreados.

Sarah se recostó a su lado. Cuanto antes dijera lo que había pensado, mejor. - ¿Quiénes son? -preguntó en cambio, fijándose en una foto enmarcada sobre la mesilla más cercana. En la foto se veía a una Nadia muy joven, en uniforme de teniente, rodeada de otros hombre y mujeres también de uniforme. Sin embargo, sonreían distendidos, evidenciando una intensa camaradería.

- Mis compañeros de promoción. -respondió, sin dudar.

- ¿Y ella? -preguntó a continuación, señalando otra foto, más grande, en que se veía a una Nadia igual de joven al lado de una chica rubia, las dos de civil y muy juntas. Al instante se arrepintió de su pregunta. No necesitó ver cómo la expresión de alegría de Nadia se derrumbaba.- Perdona. -se excusó.

- No importa. -dijo ella, agarrando la foto.- Sí, es Anja...

Sarah contempló al gran amor de Nadia, muerta tiempo atrás en el campo de concentración de Ravensbrück. Era realmente muy hermosa...

- ¿A que te pareces a ella? -le preguntó Nadia, pasando su mano sobre la foto, como acariciándola, recuperando poco a poco su sonrisa. Evocando sin duda los momentos felices mientras relegaba a un forzado olvido los peores.

Algo se parecían, aunque Sarah pensó que Anja parecía una versión más hermosa y joven de sí misma. Sin embargo, renunció a responder a esa pregunta, y en cambio acarició los cabellos de su compañera.

Aquello tuvo el deseado efecto de centrar en ella la atención de Nadia, abandonando la foto. Antes de cometer una nueva torpeza, Sarah decidió

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afrontar la cuestión que la había estado obsesionando.

- Nadia, creo que puedes estar en graves problemas. Deja que te haga una pregunta, una pregunta puramente teórica si quieres: ¿qué ocurriría si finalmente Beria es desplazado del poder?

Pareció extrañada, y por unos instantes no respondió. Al fin lo hizo, con el argumento que Sarah temía.

- Eso no puede pasar. - Pero, ¿y si pasase? - Te repito...

- Nadia, por favor. Dime si es cierto o no: si Beria cayese, arrastraría consigo a medio NKVD, incluyéndote a ti. ¿No es así?

- No sé de dónde has sacado semejantes ideas... - Es así, ¿verdad? ¿Estás en peligro?

- ¡No! ¡Lo que dices no tiene sentido! Y aunque así fuera... Sarah acarició los hombros de Nadia, recostándose sobre ella.

- Nadia... Creo que se prepara la caída de Beria. En el Comité Central se elegirá a Khruschev para el cargo de Primer Secretario. Puede que os hagan creer que es un hombre de compromiso, pero no lo es. Es la cabeza visible de una gran coalición para acabar con Beria. Puede que no de inmediato, pero ocurrirá.

- Sarah, no veo adónde quieres llegar. -le dijo ella, muy seria. En realidad, parecía querer decir todo lo contrario, que sabía a qué se refería, y sus ojos le exigían toda la verdad.

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- No pretendo que me creas sin más, Nadia. -argumentó ella, desesperada. De lo que dijera a continuación podía depender la vida de su amada.- Espera hasta después de la reunión del Comité Central. Si eligen a Khruschev, aún tendremos tiempo. Te esperaré a en el avión que sale a la madrugada siguiente con rumbo a Viena.

- ¿Eso es lo que pretendes? ¿Qué escape a Occidente? ¿No te he dicho ya varias veces por qué no puedo hacer eso? -su expresión era terca, aburrida incluso. Sarah se sintió mal.

- Nadia, no queda más remedio. Estás en peligro. Olvídalo todo y vente... Vente conmigo, por favor.

En respuesta, Nadia agitó la cabeza a un lado y otro, tras lo que la sujetó por los hombros y la obligó a mirarla de frente.

- Sarah. Voy a hacerte una pregunta, y quiero que me respondas con sinceridad. ¿Abandonarías todo lo que tienes, tu carrera, tu familia, tu país, tu mundo? ¿Lo dejarías todo por mí? Piénsalo. -le preguntó, taladrándola con su mirada.

- Yo... - desvió la mirada, reflexionó con desesperación. Sí, lo haría. No, no podría. ¡No!- ¡Nadia! ¡No es esa la cuestión! ¿No has escuchado lo que te he dicho? ¡Estás en peligro! Además, estoy arriesgando mi misión y los intereses de mi país al contarte esto, ¿no te das cuenta? No es ningún chantaje, ningún truco. Sí, quiero tenerte a mi lado, quiero que te vengas conmigo. Pero jamás te engañaría para conseguirlo. ¡Tienes que creerme!

Vio cómo se alejaba de ella, cómo no la creía. O no quería creerla, que venía a ser lo mismo. Algo se había interpuesto entre ellas, y sintió cómo el frío llenaba aquel vacío.

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Lograron un aplazamiento, una renuncia tácita a tratar el tema de nuevo, al menos de momento. Nadia había logrado un poco de tiempo para estar junto a ella, y todavía sentían el suficiente calor de la pasión que compartían como para no desaprovecharlo. Nadia no tendría que marchar hasta la tarde del día siguiente, y se había propuesto pasar todo aquel tiempo allí, con Sarah. Esta, por su parte, se agarró a aquel tiempo juntas con una cierta desesperación, temiendo a cada instante por su amada.

Vistos en retrospectiva, fueron momentos deliciosos. Nadia preparó su plato favorito, mientras Sarah intentaba ayudarla, pero ella no le dejó, sino que la expulsó de la estrecha cocina. Contemplar a la altiva espía trajinando cacerolas, con delantal y todo, habría sido todo un shock para otros, pero no para Sarah. De alguna forma, había sabido siempre que aquella dimensión hogareña estaba en Nadia. El resto del tiempo compartieron recuerdos, anécdotas, alguna confidencia y no pocos besos. Sarah comprendió que los espacios reducidos, atestados, de aquella casa, se hacían más habitables, más agradables al compartirlos. Al final del día se acostaron juntas, pretendiendo estar en medio de una vida de pareja que las dos sabían efímera.

A la mañana siguiente siguieron con aquel juego, pero el paso de las horas les recordaba que aquello era sólo eso, un juego, un engaño compartido, y que pronto iba a acabar. Al fin Nadia comenzó a ponerse su uniforme.

Sarah la ayudó, en un remedo de labor de esposa que no se le hizo extraño, en absoluto. Habría deseado abotonarle la camisa todos los días, inspeccionando con ojo tan crítico como satisfecho su aspecto. Al fin se encararon.

- Tengo que marcharme ahora. Tú sólo tienes que bajar al subterráneo dentro de media hora. Te estarán esperando para llevarte a la embajada. -dijo Nadia, desviando la mirada.

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- Lo sé. Yo también he de marcharme... de Moscú. - ¿Tan pronto? -Nadia la miró ahora de frente, dolida.

- No ahora. Pero después de la reunión del Comité Central me marcharé, Nadia. - este fue el turno de Sarah de desviar la vista; no sabía cómo decirle aquello.- Habrá terminado mi misión. Y si Khruschev es elegido... te esperaré junto al avión. Ya sabes cuál es. Podrás venir, lo tendré todo preparado.

- Sarah. -la obligó a mirarla, agarrando su cara entre sus enguantadas manos.- No puedo irme. Ni aunque tuvieras razón. No puedo, de verdad...

- Nadia, por favor. Prométeme sólo una cosa. Prométeme que si ocurre lo que he dicho, al menos lo considerarás. Y que si averiguas que estás en peligro, vendrás. Sólo eso, Nadia. Jamás quise decir algo como esto, pero... hazlo por mí. Prométemelo.

Pareció que no lo haría, pero al fin dijo: - Está bien. Te prometo que lo consideraré.

Se besaron, junto a la puerta. Tras el beso se abrazaron, muy fuerte, como si quisieran fundirse la una en la otra. Luego, sin una palabra, Nadia se dio la vuelta y se marchó por el pasillo, sin mirar atrás.

190 PARTE 14

Era muy de madrugada, el alba apenas se intuía. El mundo se hallaba inmerso en ese grisor indistinto que lo invade todo, cielo y suelo, como si todo estuviera aún por ser creado. A través de la desierta pista de aterrizaje soplaba un viento tremendo, constante, como si toda la fuerza de la naturaleza se empeñase en derribar cualquier obstáculo que se le opusiera. Sarah se hallaba al pie de la escalerilla del avión, tratando de evitar ser derribada por aquel viento. Se sujetaba la gabardina a su alrededor, al tiempo que fijaba la vista en un punto indeterminado de la lejanía. Una azafata salió por la portezuela del avión, sujetándose el sombrerito del uniforme de sus líneas aéreas para que no volara de su cabeza.

- ¡Señorita! -gritó para hacerse oír desde arriba de la escalerilla. En cuanto Sarah se giró repitió:- ¡Señorita! ¡Ya no podemos esperar más!

La noche anterior, se había anunciado la elección de Nikita Khruschev como Primer Secretario del PCUS. A aquellas horas, la sorpresa y la confusión todavía se extendían por todas las cancillerías y servicios de información del mundo. La elección era interpretada de las más diversas maneras, algunas realmente disparatadas. La mayoría coincidía en que Khruschev no era más que un hombre de transición, alguien colocado en el puesto pero privado de verdadero poder. Alguien que no haría nada, y que respetaría la herencia de Stalin y a todos sus correligionarios. Sarah temía, lo temía en los más hondo de su ser, que aquello también fuera un error.

- ¡Debemos esperar un poco más! -respondió, cada vez más desesperada. Ahora se arrepentía de su jugada, pero... ¿qué otra cosa podía haber hecho? Tenía que forzar a Nadia a tomar una decisión, y cuanto antes, mejor. Aunque no sabía cuándo ocurriría todo, podía ser en cualquier momento. Y Nadia tenía que venir. ¡Tenía que hacerlo!

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Miró en la distancia. La aurora ya iba dando una difusa iluminación. El gris del cielo se diferenció del gris del cemento de la pista, separados por un horizonte al fin visible. Y en medio de aquella desolación... el vacío.

- ¡Haga el favor, señorita! -ahora era el piloto el que se apretaba fuera de la portezuela al lado de la azafata y le gritaba.- ¡Voy a despegar! ¡Si no lo hago ahora voy a perder el plan de vuelo! ¡Si no sube ahora mismo, despegaré sin usted!

Derrotada, sintiéndose incapaz de mantener viva la esperanza, Sarah subió al fin los escalones, uno a uno, demorándose tanto como pudo. Echó un último vistazo a la pista por encima de su hombro, hasta que la portezuela se cerró. Sin ver nada ni nadie tras de ella.

*

Durante un tiempo, pareció que, después de todo, se había equivocado. Khruschev, como se había predicho, no hizo nada, nada visible al menos. Sin embargo, y pese a sus intentos, Sarah no logró contactar con Nadia. El NKVD, a diferencia de los servicios secretos británicos y occidentales en general, estaba formado por los más diversos departamentos, separados entre sí. El NKVD contaba con secretariados de policía política, información militar, espionaje exterior (el de Nadia), etcétera. Nada de lo que pasaba en uno se sabía en el resto. Esta compartimentación era lo que hacía que sólo la cumbre estuviera al tanto de todo. También hacía que Nadia no estuviera implicada, ni informada siquiera, de las atrocidades que cometían otros departamentos. Pero tampoco le permitiría, en esos momentos difíciles, estar al corriente de lo que ocurría justo a su lado.

Sarah puso en marcha todos sus contactos, todos sus recursos, pero no consiguió averiguar nada. Después, las noticias empezaron a hacerse

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preocupantes de veras. Tal y como había temido, Khruschev empezó a dar muestras del programa político que lo había llevado al poder. Su discurso secreto ante el Comité Central, el que después se conoció como el primer discurso sobre la desestalinización, se filtró pronto. Esto, junto a sus proclamas de coexistencia pacífica, provocaron el entusiasmo en el servicio secreto, el gobierno, y en toda la opinión pública occidental. Parecía que, después de todo, se abría un camino a la paz mundial, después de las dudas y los temores de la sucesión. Todo el mundo estaba entusiasmado... menos Sarah. Sabía que todo aquello significaba que, tarde o temprano, habría una gran purga. Y el día llegó.

La noticia también se filtró con rapidez. La detención de Beria fue repentina, inesperada, como correspondía a una jugada que tenía más que ver con un golpe de Estado que con un cambio ministerial. Según algunos rumores, la orden de detención no la llevó a la dacha de Beria un motorista, sino un tanque, que entró directamente por la puerta para realizar la detención. En días, sucesivos, Beria fue destituido de todos sus cargos, procesado en secreto y, según se dijo, ejecutado sumariamente. A esto, desde luego, siguió una reestructuración en profundidad del NKVD, de donde fueron purgados todos aquellos cargos próximos a Beria. Nadia no tenía una posición excesivamente próxima a éste, ni era un cargo de su confianza. Pero en situaciones como ésta, lo normal era que, ante la duda, cayeran juntos culpables e inocentes.

Sarah seguía todos estos acontecimientos con una creciente sensación de desesperación e impotencia. Hizo todo lo que pudo para seguir los acontecimientos, para saber algo de Nadia, de quien no le llegaba la menor noticia. Al fin, logró hacerse con un listado del nuevo organigrama del NKVD. De hecho, hasta su nombre había cambiado, pasando a denominarse KGB. Ni en el lugar que le correspondía, ni en ningún otro, figuraba el nombre de Nadia. Había sido destituida y quién sabía qué más.

193 EPÍLOGO

La perspectiva de las calles se pierde en la distancia. Los edificios, idénticos, cúbicos, grises, se suceden unos a otros sin el menor rasgo que los distinga. La red cuadriculada de calles está numerada, sin nombres, y aún así resulta difícil orientarse. Bajo un cielo azul, totalmente despejado, se mueven figuras humanas, tan grises e indistintas como el medio en que se mueven. Cada una un mundo, un universo que se mantiene aparte, moviéndose con decisión, sin fijarse en nadie más. En medio de ellas, una única figura parece perdida, dubitativa, mirando a un lado y a otro como si no supiera adónde ir. Lleva un largo abrigo, lo que no la hace distinguirse del resto, y lleva un papel en la mano que consulta brevemente de vez en cuando.

Sigue caminando por las rectas calles, hasta que la marea humana que la rodea se hace menos abundante. Se acerca al extrarradio, donde los edificios acaban abruptamente, dando paso a un paisaje desolado, como si la ciudad acabase en la nada. Al ver aquel final se detiene, justo junto al último edificio idéntico.

"No hay quien se aclare", piensa, consultando de nuevo su papel. Es evidente que no conoce aquella ciudad, Novosibirsk, una de tantas ciudades creadas totalmente nuevas en la U.R.S.S. para el desarrollo industrial de Siberia. Se rasca la mejilla, dudando. "Preguntaré", decide, la resolución haciéndose evidente en su rostro hasta entonces dubitativo. Se acerca a otra figura solitaria, una mujer más alta. Esta camina dándole la espalda, en su caso con decisión, como si supiera bien adónde se dirige. Lleva otro largo abrigo gris, con un pañuelo de colores chillones anudado a su cabeza. Se encorva ligeramente hacia delante, llevando el peso de dos cubos metálicos, uno en cada mano.

- Disculpe, -le pregunta la mujer más baja en un ruso correcto pero evidentemente aprendido, al tiempo que le palmea la espalda para llamar su

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atención- tal vez pueda indicarme. Me dirijo al bloque 3-147...

Le muestra el papel, pero se detiene de repente en su pregunta. Abre mucho los ojos, también la boca. La otra mujer se ha dado la vuelta. Ésta, más que sorprendida, parece asustada. Deja caer los cubos al suelo, que resuenan con fuerza. Da un paso hacia atrás, luego otro. Sus ojos, muy azules, se abren más y más, y parece que va a hablar, pero no lo hace, tal vez balbucea. La mujer que le ha preguntado da un paso hacia ella, todavía en silencio, extiende una mano en su dirección. Una repentina ráfaga de viento en el, hasta entonces calmado aire, le revuelve el dorado cabello.

- Nadia... -dice la mujer rubia, más alegre que sorprendida.- Eres tú. Por fin... La mujer del pañuelo da un nuevo paso atrás. No sonríe como la otra, sino que parece a punto de dar la vuelta. Al fin habla.

- Sarah... No... no quiero que me veas así. Déjame, por favor.

Se lleva una mano al pañuelo de su cabeza, a su abrigo, gastado e informe. La mujer ante ella se le acerca más, y esta vez no hay paso atrás que mantenga la distancia entre las dos.

- Nadia, -insiste- te he estado buscando todo este tiempo. He venido... he venido por ti. No tienes que preocuparte. Lo sé todo. Te quiero.

El reflejo del sol en los azules ojos tiembla, oscila. Las lágrimas parecen a punto de rodar, pero no lo hacen. En cambio, la mujer más alta se lanza de repente hacia delante, y las dos se funden en un abrazo.

- Sarah, Sarah... es como un sueño...

- Oh Nadia... Ha sido tan difícil. Pero ahora está todo arreglado. No tienes que preocuparte.

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Se separan un poco, se miran desde muy cerca, aún abrazadas. Las lágrimas ya ruedan por las mejillas de ambas. Se miran durante unos instantes más, se besan. Los pocos transeúntes apenas se fijan en ellas, como siempre más ocupados en sus propios quehaceres.

- ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible...? -pregunta la morena en cuanto se separan un poco, el pañuelo de su cabeza caído ahora en torno a su cuello a

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