La historia de la psicoterapia de grupo, como modelo de intervención hacia la salud mental, comienza con Moreno. Este autor no solo tiene una mirada vincular y social sobre la temática de los trastornos mentales, sino que además ve en el grupo una posibilidad de recreación de las situaciones que originaron el conflicto y con ello la posibilidad de curación. Posteriormente, otros modelos como el psicoanalítico, el hu- manista y el transpersonal desarrollaron propuestas de traba- jo grupal, basados en la línea de las técnicas verbales, expe- rienciales y/o corporales.
El psicodrama es entonces el precursor de la psicoterapia de grupo, planteando así tres situaciones revolucionarias, en lo que concierne a las estrategias de tratamiento. La primera dice
relación con el énfasis ya mencionado en lo interaccional, no centrándose exclusivamente en la dinámica intra-psíquica. La segunda se refiere a trabajar los conflictos y recursos, desde un método que trascienda la palabra y lo meramente cognoscitivo, abordando lo corporal y afectivo, que también está presente en el grupo. Finalmente, la tercera situación planteada por la psi- coterapia de grupo psicodramática es la democratización de la relación terapeuta-paciente, ya que confía en las propias diná- micas grupales y en los miembros que la componen, para la abreacción y resolución de conflictos. Deja con esto de lado la omnisapiencia y omnipotencia del terapeuta.
La psicoterapia de grupo plantea una serie de ventajas en la actualidad. Yo enfatizaría como una de las más importantes, la optimización de recursos profesionales, frente a realidades asistenciales de salud mental que en nuestros países poseen escasa disponibilidad de horas de atención. En los consultorios públi- cos de Chile, las horas y el tiempo requerido por sesión son irri- sorios, desde el punto de vista de las necesidades de una psicote- rapia en base a cualquier paradigma. Otra ventaja de la psicote- rapia de grupo es que potencia y agiliza el diagnóstico individual y la exploración del modelo vincular de un paciente, al ponerse en acción aspectos de sí mismo que no ocurren en una sesión individual. También podríamos señalar como ventaja del traba- jo grupal, que así como el diagnóstico se potencia, ocurre lo mismo con la eficiencia del proceso relacionado con el motivo de consulta. Al ser el grupo una especie de laboratorio experi- mental magnificado y ágil para la reproducción de los conflic- tos, también lo es para la reparación y rematrización de ellos.
Sus eventuales desventajas están más bien asociadas con las contraindicaciones para algunos casos clínicos ya mencio- nados en este capítulo y frente a la posibilidad de profundización de algunas temáticas personales, que permite la psicoterapia individual. Por esta razón, muchas veces se recomienda la in- clusión en ambas para algunos pacientes. En cierto sentido, estamos alternando agilidad con mayor profundidad y dedica- ción de tiempo a algunos conflictos que lo requieran.
Caso clínico
El caso que presento a continuación es parte de un pro- ceso de psicoterapia grupal psicodramática de un año de du- ración, llevado a cabo en un consultorio de salud mental de una universidad. La atención dirigida está focalizada a secto- res de clase socioeconómica media baja, pobre y extrema po- breza, de la ciudad de Santiago de Chile. Muchos de los datos están distorsionados y mezclados con otros procesos grupales, de tal manera de evitar identificaciones. De esta forma, pre- tendo solo cumplir con el propósito de ejemplificar algunos de los puntos señalados en este capítulo.
El grupo mencionado corresponde a ocho mujeres de entre treinta y cincuenta años. Ingresan por diversas sintomatología de carácter afectivo, como trastornos depresivos y ansiosos, además de disfunciones familiares asociadas con hijos y cón- yuges. Alguna de ellas presentan, además, asociado a lo an- sioso y/o depresivo, dificultades psicosomáticas. Respecto de su nivel educacional, todas terminaron la licencia secundaria y tres de ellas poseen educación universitaria incompleta. El promedio intelectual de este grupo es bueno, poseyendo un adecuado nivel de simbolización. Viven en diversos sectores de clase media de Santiago. Todas, casadas y con hijos.
El grupo es semicerrado y se reúne semanalmente, en se- siones regulares de dos horas cada una. Describo a continua- ción una sesión del primer mes de iniciada la psicoterapia grupal y luego planteo las diversas fases por las que pasó el grupo mencionado.
Durante las cuatro primeras semanas, habíamos estado centrándonos fundamentalmente en el proceso de cohesión grupal, generando un clima de confianza y respeto, que posi- bilitara la abreacción y contención de conflictos de las inte- grantes y el sondeo de algunas temáticas tomadas solo como emergentes grupales. Esta es una forma en que yo abordo la temática personal, de manera que es el grupo el que sostiene en un inicio la conflictiva, para no sentir de esta manera la
amenaza de la exposición personal. El grupo ya estaba dismi- nuyendo el miedo al contacto, estaban marcadamente más confiadas y entregadas al espacio, asociándolo cada vez más con un lugar y tiempo gratificante de encuentro y escucha, que según ellas no poseían en otro lugar.
Como caldeamiento, en esa sesión les pido que caminen por el espacio, vayan conectándose con el cuerpo y vayan de a una, a través del caminar y el movimiento, expresándoles a las demás que pasó durante la semana. Mientras cada una va presentándose, les pido a las otras que la sigan y la espejen, de manera que vayan ejercitando una empatía y un encuentro con las otras. Esto posibilita el estar centrada en su corpora- lidad, y también un encuentro con el grupo. Luego les pido que se detengan, cierren sus ojos, realicen un viaje por el inte- rior de su cuerpo y se detengan en la sensación que más les llama la atención en este momento, pudiendo ser placentera o displacentera. Les pido un soliloquio; luego les digo que laxamente asocien esta sensación con una emoción, y les vuel- vo a pedir un soliloquio. Desde ahí, del territorio escénico corporal, van construyendo un personaje que va surgiendo sin dirección lógica ni mental. Surgen personajes pensantes, danzantes, depredadores y depredados, juguetones y angus- tiados, personajes de cómics, de epopeyas, mitológicos, coti- dianos o famosos. Cada uno de ellos va resonando en la pro- pia historia y simbología mía como terapeuta, lo que dejo que venga libremente, pero también lo suelto, lo suspendo, para escuchar la significación que para cada uno tenga el per- sonaje, el sentido y las características que vayan siendo acti- vadas por el grupo y entonces exploro junto con ellos. Les pido que investiguen este personaje kinestésica, sensorial, emocionalmente y a través de la interacción con los otros per- sonajes.
Van surgiendo escenas, van cristalizándose roles y mode- los vinculares, hago soliloquios, las dejo. El clima emocional es cada vez más intenso. Aparecen en escena deseos y miedos, la madre que devora, el erotismo, la relación de pareja, el querer y
no querer profundizar en las emociones, aparecen además las respuestas defensivas a estas fantasías, como la seducción, el sobrepensamiento, el superficializar los conflictos, el aislamien- to, la sobreactuación, los dolores del cuerpo, etc. Se va expre- sando esto, nos detenemos y elegimos una escena.
La escena se denomina «la mujer pulpo». Aparece en la protagonista, a través de una asociación con el personaje, una escena con el marido. En esta escena ella se queja de tener que hacer todo sola, atender los niños, el colegio, los quehaceres domésticos, el pago de las cuentas y además el esfuerzo por sustentar el vínculo. Aparece en el rol complementario, que es el marido en escena con mucha pasividad, aparentemente in- conmovible y lejano. Al explorar esto aparece más profunda- mente rabia y temor a ser sofocado, «como siempre sofocan las mujeres». En la protagonista, al explorar su demanda, aparece en primera instancia rabia e impotencia, más profun- damente desamparo y temor al abandono. El intentar tener tantos brazos como los pulpos es un mecanismo defensivo de control, para evitar en su fantasía el abandono. Lo que real- mente provoca, como suele ocurrir en los complementarios internos patológicos, es exactamente lo temido y es que el otro retrocede, y en cierto sentido abandona y no acompaña. Se aprecia en los personajes complementarios de la pareja el cruce de historias, el enganche que favorece la perpetuación de los mitos individuales. Durante la dramatización se utili- zan fundamentalmente soliloquios, espejos, concretizaciones de imágenes en relación con el miedo al abandono e inversión de roles. La catarsis de integración es de intensa rabia primero y pena después, provocando un profundo insight en la prota- gonista, en el que se da cuenta de cómo ella activa el aleja- miento del marido y provoca lo temido.
Al realizar el sharing, que es la tercera y última etapa de la psicoterapia psicodramática grupal, el grupo comparte sus vivencias y resonancias. Durante este último tiempo, he esta- do enfatizando cada vez más en la consigna de que vean las resonancias, contenidos, evocaciones y afectos que les dispa-
ran internamente las escenas tanto a nivel individual, como grupal. Esto evita que el sharing esté muy centrado en el pro- tagonista, lo que ocurre a veces como defensa a la mirada interna. Protejo además, con ello, que el protagonista se trans- forme en una pantalla de proyección y sustente solo los con- flictos de los demás. Se le agradece haber prestado su escena, haber profundizado y ser un portavoz de los emergentes grupales. Invito en un primer momento a que realicemos aso- ciaciones libres laxas e inconexas, que permitan profundizar algunas temáticas de las escenas. Posteriormente pasamos a un proceso más secundario, en que separamos lo individual de cada miembro, lo del protagonista y sobre todo la lectura grupal. En este caso en particular, apareció el miedo al víncu- lo, ya que en la medida en que habían pasado los temores iniciales más conscientes, la relación grupal se estaba profun- dizando, los vínculos consolidando y como consecuencia de lo anterior, aparecía el miedo al abandono.
Estamos describiendo un grupo que en la sesión mencio- nada se encuentra en tránsito desde la primera fase, consisten- te en el temor inicial a la autoexposición, y a ser devorado o tragado por el grupo, hacia una etapa de encuentro y de reco- nocimiento de los aspectos transversales, que los hacía sentir- se pertenecientes y parecidos. Posterior a la sesión descrita, el grupo fue manifestando un creciente apego e idealización del espacio, en lo que estaba relacionado con la terapeuta, con los miembros y con el momento de reunión. Los días jueves en la tarde eran esperados con ansias y eran visualizados como uno de los pocos momentos en donde se sentían escuchadas y se reconocían a sí mismas. También eran reconocidos los cam- bios que se producían en la calidad de las relaciones fuera del grupo. Era un espacio de gratificación que representaba la sustitución de la familia, vista en este caso como idílica.
Producto de la profundización de las escenas y las proble- máticas y recursos que cada una traía, se fueron diferenciando, aparecieron las particularidades, las diferencias, las divergen- cias, los conflictos, con la inherente desilusión y duelo. Esta
fase fue vivida por el grupo con rabia y frustración, dirigidas a veces hacia la terapeuta y a veces hacia ellas mismas. Luego de otra escena en que se vuelve a trabajar el duelo y el temor a la pérdida y al abandono, el grupo logra pasar esta etapa asu- miendo las diferencias como parte del crecimiento y la necesa- ria individuación. Con ello limpian los aspectos transferenciales con la terapeuta y son capaces de centrarse en la tarea.
Creo necesario que el terapeuta esté consciente de que en los grupos terapéuticos de mayor duración, estas fases se producen y debe estar atento para ir manejando los aspectos transferenciales suscitados allí. En el trabajo terapéutico gru- pal, el abanico de posibilidades de intervención se multiplica. El grupo es en sí un espacio de reproducción de las historias vinculares de cada uno, en donde el tema del duelo y la pérdi- da siempre están presentes. El grupo plantea, además, la dico- tomía entre la individuación o integración, que para muchos es vivida como la soledad versus la negación del ser y la masificación. Ambos polos pueden ser vividos con angustia y dolor, si escindo la otra parte. En este sentido, más allá de los síntomas o motivos de consulta que los miembros del grupo traigan, el gran desafío del terapeuta de grupo, es facilitar la superación de esta dicotomía. De esta forma, los síntomas y los trastornos son un vehículo para la individuación y la con- solidación de la propia identidad y la vez una posibilidad de integración y encuentro. El grupo terapéutico es entonces un espacio en donde de reeditan y eventualmente se rematrizan estas temáticas vinculares.