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8.1 Single Tunnel Apparatus Results

8.1.2 Sub-surface settlement

Periodismo y nuevas tecnologías

La historia del periodismo y la comunicación no puede ser escindida de la historia de las tecnologías. Esta relación que parece novedosa está en la base de la posibilidad del periodismo moderno: la capacidad de la reproducción de la información a gran escala. Pero es necesario decir que la relación no existe en sí misma (no está dada de una vez y para siempre) sino que tiene historia y que hegemónicamente se ha constituido a partir de ciertos ejes que es necesario poner en común con el objeto de plantear una nueva agenda tanto para el pensamiento académico como para la práctica periodística.

El primero de estos ejes ha sido la linealidad evolucionista. Se ha pensado una historia de las tecnologías y el periodismo siguiendo un modo de entender la temporalidad que ha sido el dominante para todo el proyecto civilizatorio moderno. Este ha sido el del modelo secuencia, lineal, en el que cada nueva etapa implica la anulación de la anterior. Así, el relato del progreso primero, y luego el del desarrollo (especialmente para pensar nuestra región) han sido la base de un pensamiento sobre las tecnologías en el cual la emergencia de cada nueva técnica implica un estadio superior que deja en el atraso y el olvido al estadio previo. La historia más o menos se cuenta así: la imprenta, el libro, la radio, el cine, la televisión, la multiplicidad de pantallas; de la cultura analógica a la digital.

Pero también, sostenido sobre la capacidad de desarrollo de las tecnologías, se ha alojado una mapa clasiicatorio del mundo, donde unas naciones quedan atrás (y deben ser conducidas y tuteladas como niños o incapaces) y otras son las que pueden ocupar el lugar de la toma de decisiones.

Esta visión además se ha consolidado en la larga década neoliberal con una airmación: que la historia ha concluido, que ha llegado a un lugar del cual es imposible moverse y que lo único que nos queda es aceptar ese orden (orden en el cual lo único que cambian son las tecnologías que nunca dejan de ser nuevas).

El periodismo queda así reducido a un afán por la adquisición de una serie de destrezas y habilidades que, se piensa, le permite acceder a los cambios tecnológicos últimos para dar cuenta con absoluta rapidez de lo que está dado ( y no se cuestiona) como la noticia: lo último.

El segundo de los ejes es el que ha pensado la tecnología en sí misma, es decir, por fuera de toda relación social, reducida a una mirada instrumental. Así la técnica es esa herramienta al servicio de cualquier poder. Y el periodista un experto o profesional que no decide nada ni tiene posición.

La tekhné deja de ser poiesis, es decir, se desprende de cualquier pasión sobre el bien o el mal. Se transforma en un saber en sí mismo que sabe de lo humano sin pertenecer a ese dominio. Que no acepta los misterios. Ni las tensiones. No hay herida. Una técnica ciega a la belleza y al horror en sus múltiples caras.

En esta matriz, la técnica no funda ni nombra nada. Escribe Schmucler (2008): “la técnica dejó de ser producción que adviene para convertirse en dominio planiicado, en conminación provocante. El acontecer cedió ante el cálculo. Poesía y técnica dejaron de ser una misma cosa y el hombre empezó el camino de ser instrumento de los instrumentos que había construido. Alejadas de la poesía (o de lo político), las palabras del pensar técnico dejan de crear -en principio fue el verbo- y se resignan a expresar lo previsible.”

Por este motivo, la idea de la tecnología como un instrumento (que además es neutral: como una especie de herramienta o aparato por fuera de lo humano dispuesto a cualquier tipo de uso) es también absolutamente funcional a una concepción administrativa liberal del periodismo. Perspectiva administrativa que sostiene que los periodistas no tienen ninguna posición (ni de clase, ni de género, ni ideológica) y que, por lo tanto, su función se restringe a “relejar”, a “contar” una realidad a la que acceden sólo mediados por la tecnología. Una realidad cuya existencia se presenta al desnudo ante los periodistas, que se limitan a dar cuenta de ella. .

El tercer eje sobre el que se ha articulado la relación periodismo/tecnologías es el que piensa las tecnologías de la comunicación como salvación, o lo que podemos denominar como las tecnoutopías de la sociedad de la información. La emergencia moderna de un relato sobre la comunicación está íntimamente ligada al ideal del progreso como proceso natural y guiado por una civilización blanca (patriarcal y de una única razón). Allí prevalece la idea de una comunicación “luminosa”, sin ruido, domesticadora de lo social,

ensayos Chasqui No. 124, diciembre 2013

Florencia Saintout

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o de lo que aparece como anomalía con respecto al orden. Una condición moral; una búsqueda de bondad que acude a salvar lo humano de la barbarie y la oscuridad.

La emergencia de la llamada sociedad de la información no está exenta de estos relatos, por el contrario, la constituyen y marcan su identidad. Llamamos aquí sociedad de la información a una serie de procesos económicos, políticos y socioculturales –en un principio como proyecto ligado a las esferas gubernamentales norteamericanas- que permiten hablar del desplazamiento de un modo de sociedad que basa su sistema de producción en la industria hacia otro donde la información ocupa un lugar central. La información como insumo y como fuerza motriz en la reestructuración de los procesos productivos. La sociedad de la información supone además un des-anclaje en las categorías clásicas de tiempo y espacio, donde las verdaderas arquitecturas de la sociedad mundial son las redes en lugar de las naciones; la producción de bienes y servicios ligadas a la tecnologías de información y comunicación, en lugar de las fábricas.

Desde el punto de vista socioeconómico, este modelo productivo que intentó reemplazar al estado de bienestar está basado en la sustitución a gran escala del trabajo humano, en la centralidad del complejo de la microelectrónica y de la industria de las telecomunicaciones, en la interconexión inanciera y comercial del globo, en la deslocalización industrial, en la consolidación del sector terciario y del empleo precario y en la promoción del consumo como relación social preponderante ( Becerra, 2003).

Como una suerte de continuación del proyecto del progreso moderno, se presenta como un nuevo modelo societario globalizado que promete un futuro de bienestar con carácter universal. Para esto necesita de ciertos relatos:

La metáfora de la aldea global, luego de ciertas operaciones de actualización, se sigue sosteniendo de manera especialmente rica para aquellos que sitúan el desarrollo de las llamadas nuevas tecnologías en un mundo que anhelan sin conlictos ni diferencias y que se presenta como resultado del imperio de esa técnica.

Si de acuerdo a la idea “macluhiana” una sociedad se deine y caracteriza por las tecnologías de las que

dispone, en el sentido no especíico sino genérico, y en nuestra sociedades las tecnologías permiten pensar en un desarrollo infocomunicacional como nunca en la historia, para algunos será lógico creer que hemos pasado de la “galaxia Gutenberg” a la aldea global que ahora es más aldea que nunca (en el sentido de la proximidad) aunque esté “des/ ordenada” (u ordenada en un nuevo orden: el del capital).

La diferencia de esta aldea de hoy con las aldeas del pasado es que se sobresalta la condición de la diversidad. Gianni Vattimo señaló que la característica central de nuestras sociedades es la puesta en visibilidad simultánea y caótica de ininitas culturas e ininitos mundos, y que en ese caos (caos como nuevo orden) residía la posibilidad de la emancipación. Escribía: “El sentido emancipador de las diferencias y los dialectos está más bien en el efecto añadido de extrañamiento que acompaña al primer efecto de emancipación. Vivir en este mundo múltiple signiica experimentar la libertad como oscilación continua entre pertenencia y extrañamiento”. (Vattimo, 1996, p. 85)

Se celebra entonces una diversidad por fuera de todo marco estructural, entendida más como multiculturalismo que como interculturalidad. Como si en la aldea todas las voces tuvieran la misma fuerza.

En esta aldea no hay Estado, no hay clases, no hay fronteras (o se transformaron en fronteras porosas). Sobre todo, no hay conlictos. No hay política. Lo único que existe son las redes. Y si bien las redes habían sido pensadas previamente por la sociología en su carácter de lazos, ahora serán pensadas a partir de las posibilidades de multiplicación de los negocios.

En el mundo como aldea, la cuestión del poder se asume en un desplazamiento desde las lógicas de la dominación/emancipación hacia las metáforas rizomáticas, oblicuas, donde el poder al ser una dimensión de todo lo social, está en todas partes y en ninguna. Sobre todo no está para ser combatido.

El adelgazamiento de la problematización del poder, anclado en la idea de que este ha dejado de ser demoníaco y material para ser luido, ambulante, creativo y subjetivo ha alimentado el abandono de la dimensión de clase para

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el análisis y comprensión de la cultura. Las ideas de la microcapilaridad del poder ligadas a su reubicaciones en la vida cotidiana y en su no exterioridad a la subjetividad fueron claves en el campo de la comunicación. Este giro epistemológico dio lugar a una serie de problemáticas: las audiencias, los llamados nuevos movimientos sociales, las resistencias ligadas a las reivindicaciones étnicas, de género.

Pero cabe decir que la ruptura fue parida por la derrota política y que esto no estuvo exento de consecuencias. La exaltación de las micro luchas ha venido de la mano de la ausencia de pensamiento sobre la existencia de una. Y, como si esto fuera poco, cada una de estas micro-disidencias han sido pensada en sí mismas sin la pregunta por su articulación con otras luchas dentro del espacio social. Es así que, por ejemplo, las capacidades de crítica, de resistencia de las audiencias han sido construidas al margen de su relación con un sistema social estructurado, pero además, al margen de las resistencias llamadas de género, o de etnia, y ni qué hablar de la articulación con una dimensión de clase.

Luego del 2001, cuando se hicieron visibles, por ejemplo en la Argentina, las consecuencias nefastas de los modelos políticos y económicos implementados en la región basados en la celebración del orden neoliberal existente como un orden casi natural, es muy complicado para la acción política, pero especíicamente para la mirada epistemológica, no ejercer una crítica del poder que no desande muchas de las rupturas pero que se detenga en la fuerza arrolladora de unos poderes que no están sólo en los microscópicos deseos de la vida cotidiana sino en grandes relaciones estructuradas históricamente. Es necesario no clausurar en la agenda de investigación el escándalo de las vergonzosas consecuencias de unas relaciones de poder profundamente desiguales que no circulan todo el tiempo, de las que no se puede entrar y salir cuando a uno se le da la gana, que poco tienen de luidos y de redes anestesiadas.

Por último, la aldea no podría existir sin una consideración sobre el estatuto de lo real. Si por un lado tenemos un empirismo brutal que asume que la realidad existe sin mediaciones y de lo que se trata es de relejarla, por otro, de la mano del giro lingüístico con todas sus consecuencias y de la exacerbación del lugar de las tecnologías de

comunicación (dos hechos que se realimentan), se va construyendo un modo de pensar lo social en el que lo real es puro lenguaje, pura construcción, puro relato. Ya no importa qué es lo real. Lo real se nombra y con eso alcanza. Esta posición epistemológica va a llegar a extremos como los de Jean Baudrillard que asegura que la guerra del golfo no ha tenido lugar (Baudrillard, 1991) o que los acontecimientos ya no existen (Baudrillard, 1993)

Es fácil imaginar entonces cómo si la verdad no existe y su lugar va a ser ocupado por puro lenguaje, por pura imagen, por pura construcción se muere la vía en la que se pueda distinguir entre verdad y mentira. Si no hay verdad tampoco hay mentira: que gane el más fuerte, ruge el mercado.

Un último gran eje que es aquel que sostiene que los grandes sujetos colectivos (especial- mente el gran sujeto de la historia, el movimien- to obrero organizado) se han adelgazado has- ta desaparecer. En las sociedades posindus- triales de la información

se piensa que ya no hay un sujeto que movilice la historia. En todo caso hay movimientos en mi- núscula y en plural que de manera fragmentaria luchan cada uno por su lado. Y lo que sí existe y se celebra es un tipo de ciudadanía que se deine por su capacidad de acción en el mercado. Ciuda- danos/consumidores: si la ciudadanía moderna se defendía y ejercía ante el Estado, esta condición del consumidor se erige ante el mercado.

Por otro lado, en el que se considera el mundo autónomo de las tecnologías, hay una exacerbación del ciberciudadano, es decir, de aquel cuya actividad se hace lugar desde el uso de las tecnologías a través de las cuales constituyen comunidades de autogestión sumamente lexibilizadas, móviles. Señala Jorge Huergo: “La

las capacidades de