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4 INFRASTRUCTURE TO SUPPORT THE OPERATION OF THE BOARD

4.5 Subgroups

Otro aspecto del fetiche que quiero analizar de modo breve, porque el interés no es hacer una reflexión del vasto mundo del valor en el cual Marx inserta el tema de la mercancía y establece la correlación fetichista, es una aproximación que devela aspectos de la dinámica económica capitalista que vigorizan las reflexiones aquí puestas.

La mercancía considerada como valor de uso puede ser objeto para satisfacer necesidades o como producto de trabajo humano (Marx, 1864). Al comportamiento del objeto como mercancía, Marx lo denomina un objeto físicamente metafísico.

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Cuando Marx expone el capítulo de la mercancía, atribuye un término para lo que sucede con ésta en la dinámica fetichista: el carácter místico de la mercancía. Esta es una de las primeras formas de aproximación a la explicación que el hombre tiene con la mercancía en el capitalismo. La relación máxima que el hombre establece con lo sagrado es una relación mística, de igual forma la establece con la mercancía.

El producto del trabajo reviste forma de mercancía. La mercancía toma un carácter misterioso que debe ser explicado. El trabajo humano asume la forma material de un objeto, la(s) mercancía(s). La mercancía proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de estos como si fuese un carácter material de los propios productos de sus trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media en entre los productos y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores (Marx, 1864, p. 37).

El objeto queda desprovisto de ese contenido que es el componente más importante de su existencia, el trabajo. Hay contenido en su conversión en mercancía, que no se reconoce, y es que hay allí una relación social establecida entre los mismos hombres. Esto es lo que sería el fetichismo para Marx. El no- reconocimiento de lo que hay en el objeto; en su trasformación en mercancía se le dan otras categorías que están desprovistas de un contenido importante y se desvirtúa, quedando el objeto con una vida propia donde pareciera que no participara el trabajo del hombre. Los objetos-mercancías tendrían una voluntad propia independiente de sus productores. Este es un fenómeno de dos características: es social pero es psicológico. Social porque corresponde a la actividad productiva capitalista y porque es en ella donde los hombres realizan las transacciones económicas de compra y venta, sin embargo, es psicológica porque allí es donde se sitúa el fenómeno de la “transustanciación”, ya que al objeto se le otorga una identidad distinta a su naturaleza, un movimiento independiente que realmente sucede en la psiquis del sujeto. Este acto es la fetichización del objeto- mercancía.

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El sujeto pasa de una condición humana a un vehículo de guerra, un objeto con determinadas características, es un sujeto místico porque en sí mismo es invulnerable. Esta invulnerabilidad es causada por el trabajo que hace el chamán o el brujo(a) en esa economía religiosa de guerra capitalista, donde el objeto, la mercancía, es un agente de terror.

El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores (Marx, p. 37).

He aquí los alcances de la máquina de horror capitalista, la creación de agentes de terror que no se reconocen sino en su capacidad para producir crueldad y horror. Justificados por una legitimidad, ilegitima la condición de representar al estado una doble configuración fetichizante: la mercancía que en sí mismo es y el agente ilegal de poder que a sume la justifica desde la acción del déspota.

Si en la sociedad capitalista las relaciones de producción abarcan todo, nada escapa a su dinámica, todo es susceptible de convertirse en producto y, por lo tanto, en mercancía, alcanzando en su constitución fetichista el mundo de las mercancías.

Si una de las características del andamiaje perverso del capitalismo es trasladar a los objetos el valor del sujeto y a éste la condición del objeto, entonces esa comprensión nos sirve para entender cómo se sucede en la economía de los grupos paramilitares esta objetivación del agente de terror.

El agente de terror, al hacerse invulnerable, potencia su condición de máquina destructora, despótica, que se coloca al servicio del comandante o de la divinidad representada en el brujo. Estos actores de poder lo ejercen de manera dominante

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y cosificante. El sujeto pierde su condición humana y queda al maniobrar de la guerra y de las figuras de poder, sean éstas reales o simbólicas. El agente de terror se diluye en el campo de muerte en términos de la economía capitalista que allí se practica: es deudor de los “dioses” o sus representaciones simbólicas (brujo local, bruja doméstica, indígena chamán), deudor del comandante o de la figura de poder en el grupo armado y cosificado en la relación como dispositivo de guerra, agente de terror, un microorganismo en el órgano de guerra o máquina de guerra despótica. El agente se ha fetichizado.

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