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en que ahora se encuentran, sino que te concederán autori­ dad para hacer lo que creas conveniente para ellos. Y si se te oponen y no aceptan tus propuestas inducidos por los éxitos que han obtenido gracias a ti y a tu dirección, pensando que siempre se van a mantener, renuncia pública­ mente al mando de su ejército y no te conviertas ni en traidor de los que han confiado en ti, ni en enemigo de tus más allegados, pues ambas cosas son impías. Esto es lo que he venido a pedirte, Marcio, hijo, que no sólo no es imposible, como tú dices, sino que está libre de toda intención injusta e impía.

»Pero, vamos, tienes miedo de hacerte con una repu­ tación vergonzosa si haces lo que te pido, pensando que darás pruebas de ingratitud hacia tus bienhechores, quie­ nes, después de haberte acogido pese a ser enemigo, te hicieron partícipe de todos los bienes de que disfrutan los ciudadanos de nacimiento, pues en esto insisten siempre tus palabras. Pues bien, ¿no les has dado ya muchas y herm o­ sas compensaciones, y has sobrepasado sus beneficios con favores de tamaño y número incalculables? A los que con­ sideran suficiente y el mayor de todos los bienes vivir en su patria libre, no sólo les has hecho indudablemente ser dueños de la suya, sino que también has hecho que estén considerando ya si es mejor para ellos destruir el poder de los romanos o participar de él en igualdad de condiciones, estableciendo un gobierno común. Prescindo de mencionar con cuántos despojos procedentes de la guerra has adorna­ do sus ciudades y qué grandes riquezas has regalado a los que han participado contigo en las campañas. Los que gra­ cias a ti han llegado a ser tan grandes y han alcanzado tan gran prosperidad, ¿crees que no se contentarán con los bienes que tienen, y que se irritarán y se indignarán conti­ go si no viertes también sobre sus manos la sangre de tu

patria? Yo, al menos, no lo creo. Todavía me queda un argumento, fuerte si lo juzgas con la razón, débil si lo ha­ ces con ira: el referente al odio injusto que albergas contra tu patria; pues no estaba sana ni gobernada según el orden tradicional cuando emitió la injusta sentencia contra ti, sino enferma y sacudida por una gran agitación, y no fue toda, entonces, de esa opinión, sino sólo la peor parte de ella, que se dejó llevar por jefes malvados. Pero, ni aun en el caso de que no sólo a los peores, sino también a to­ dos los demás les hubiera parecido bien esto, y te hubieran desterrado en la idea de que tu comportamiento político no era el mejor, tampoco en este caso estaría bien guardar rencor a tu patria. En efecto, a otros muchos cuya política seguía los mejores principios les ha sucedido lo mismo y son pocos, ciertamente, a los que no ha sido adversa una injusta envidia de sus conciudadanos ante la reputación de su virtud. Pero todos los que son nobles soportan las des­ gracias como hombres y con moderación, y se transladan a ciudades en las que puedan vivir sin perjudicar a su pa­ tria; como también hizo Tarquinio, el llamado Colatino —es suficiente un ejemplo único y de nuestra patria—, el cual, después de haber ayudado a liberar a sus conciudada­ nos de los tiranos42, luego, falsamente acusado ante ellos de colaborar a su vez en el intento de restaurar a los ti­ ranos43 y desterrado por este motivo él mismo de la pa­ tria, no guardó rencor a los que lo habían desterrado, ni marchó contra la ciudad llevando consigo a los tiranos, ni hizo que los hechos fueran prueba de las acusaciones, sino que se marchó a Lavinio, nuestra metrópoli, y allí vivió

42 Véase IV 64-85. 43 Véase V 6-11.

todo el tiempo restante, siendo leal a su patria y amigo dç ella44·

so »Admitamos esto, sin embargo, y concedamos a las

víctimas de sufrimientos terribles no discernir si el que les ha hecho mal es amigo o extraño, sino albergar contra to­ dos la misma cólera. En ese caso, ¿no te has hecho pagar suficientes satisfacciones por los que se comportaron injus­ tamente contigo, al haber no sólo dejado inculta su mejor tierra, sino también destruido ciudades aliadas, que po­ seían tras haberse apoderado de ellas con muchos esfuer­ zos, y al haberles obligado, ahora por tercer año, a una gran escasez de provisiones? Pero llevas adelante tu coléri­ co y enloquecido resentimiento, incluso hasta la esclaviza- 2 ción y destrucción de su ciudad. Y ni respetaste a los em­ bajadores que vinieron enviados por el Senado trayéndote la absolución de las acusaciones y la posibilidad de regresar a tu casa, hombres buenos y amigos, ni a los sacerdotes que extendían ante ellos las ínfulas sagradas de los dioses, sino que también a éstos los despediste, después de haber­ les dado respuestas arrogantes y despóticas, como a hom-

3 bres vencidos. Yo, por mi parte, no sé cómo voy a aplau­

dir esas pretensiones obstinadas, orgullosas y que sobrepa­ san los límites de la naturaleza humana, cuando veo que se ha encontrado un refugio para todos los hombres y el medio de asegurarse el perdón de las ofensas mutuas en la forma de súplicas y plegarias, por las que se apaga to­ da cólera, y en vez de odiar al enemigo, se compadece uno de él, y que, en cambio, todos los que han obrado con arrogancia y han recibido con insolencia los ruegos de los suplicantes incurren en la cólera divina y acaban en sucesos 4 desgraciados. En efecto, los propios dioses, que fueron los

primeros en establecer y transmitirnos esto, son indulgentes con los errores humanos y fáciles de aplacar, y ya muchos que han cometido grandes faltas contra ellos han aplacado su cólera con súplicas y sacrificios. A menos que tú, M ar­ cio, pienses que la ira de los dioses es mortal y la de los hombres, en cambio, inmortal. Así pues, harás algo justo y conveniente para ti y para tu patria, si le perdonas lo que tienes que reprocharle, puesto que está arrepentida y dispuesta a la reconciliación y a devolverte ahora todo cuanto antes te quitó.

»Pero si, ciertamente, te muestras irreconciliable con ella, concédeme, hijo, esa prerrogativa y ese favor a mí, de la que has recibido cosas no mínimamente importantes y acerca de las que cualquier otro podría tener pretensio­ nes, sino las mayores y más honrosas y por las que posees todo lo demás: el cuerpo y el alma. En efecto, tienes de mí esos préstamos y ningún lugar ni tiempo me los quitará, ni los beneficios y favores de los volscos ni los de todos los demás hombres serán tan poderosos, aunque lleguen a ser altos como el cielo, que aniquilen y dejen a un lado los derechos de la naturaleza. Siempre serás mío, y a mí, antes que a nadie, me deberás el agradecimiento por tu vida y me concederás la ayuda que te pido sin disculpas. Porque esto es lo que ha determinado la ley de la naturale­ za para todos los que gozan de sentido y razón, y, con­ fiando en ella, Marcio, hijo, también yo te pido que no lleves la guerra a tu patria y me pongo como obstáculo para ti si empleas la violencia. Así que, o bien con tu pro­ pia mano me sacrificas a las Furias45 a mí, tu madre, que

45 Furiae, especie de espíritus infernales cuyo primitivo carácter den­

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