La historia del sujeto se desarrolla en una serie mas o menos típica de identificaciones ideales, que representan a los mas puros de los fenómenos psíquicos por el hecho de revelar, esencialmente, la función de la imago. Y no concebimos al Yo de otra manera que como un sistema central de esas formaciones, sistema al que hay que comprender, de la misma forma que a ellas, en su estructura imaginaria y en su valor libidinal.
Sin demorarnos, pues, en aquellos que hasta en la ciencia confunden tranquilamente al Yo con el ser del sujeto, podemos desde ahora ver dónde nos separamos de la concepción más común, que identifica al Yo con la síntesis de las funciones de relación del organismo, una concepción que debemos calificar de bastarda por la circunstancia de definirse en ella una síntesis subjetiva en términos objetivos.
Ahí se reconoce la posición de Henri Ey tal cual se expresa en el pasaje que ya hemos destacado más arriba, en la fórmula según la cual la afección del Yo se confunde en último análisis con la noción de disolución funcional.
¿Es dable reprochársela, cuando el prejuicio paralelista es tan fuerte que hasta Freud mismo, en contra de todo el movimiento de su investigación, siguió siendo prisionero de él y cuando, por lo demás, atentar contra él en la época de Freud habría tal vez equivalido a excluirse de la comunicabilidad científica?
Se sabe, en efecto, que Freud identifica el Yo con el "sistema percepción-conciencia", que constituye la suma de los aparatos gracias a la cual el organismo se adapta al "principio de realidad(57)".
Si se reflexiona en el papel que desempeña la noción de error dentro de la concepción de Ey, se advierte el vínculo que une a la ilusión organicista con una metapsicología realista. Esto no nos acerca, pese a todo, a una psicología concreta.
Así, pues, aun cuando los mejores espíritus en psicoanálisis requieren ávidamente, si hemos de creerla, una teoría del Yo, hay pocas probabilidades de que su lugar se advierta
por otra cosa que no sea un agujero hiante mientras no se resuelvan a considerar caducos lo que en efecto lo está en la obra de un maestro sin par.
La obra de Merleau-Ponty(58) demuestra sin embargo de manera decisiva que toda fenomenología sana, como por ejemplo la de la percepción, gobierna lo que se considera experiencia vivida antes que toda objetivación con la experiencia. Me explico: la menor ilusión visual manifiesta que se impone a la experiencia antes que la observación de la figura, parte por parte, la corrija, gracias a lo cual se vuelve objetiva la forma denominada real. Cuando la reflexión nos haya hecho reconocer en esta forma la categoría a priori de la extensión, cuya propiedad consiste, justamente, en presentarse partes extra partes, no será por ello menos cierto que es la ilusión misma quien nos da la acción de Gestalt, que es en este caso el objeto propio de la psicología.
Por eso, pues, ni aun todas las consideraciones sobre la síntesis del Yo nos eximirán de considerar su fenómeno en el sujeto, a saber: todo lo que el sujeto comprende con este término y que no es precisamente sintético ni está solo exento de contradicción, como se lo sabe de Montaigne acá; más aún, desde que la experiencia freudiana designa en él el lugar mismo de la Verneinung, es decir, del fenómeno por el que el sujeto revela uno de sus movimientos mediante la denegación misma que aporta a él y en el mom ento mismo en que la aporta. Subrayo que no se trata de una retractación de pertenencia, sino de una negación formal: en otros términos, de un fenómeno típico de desconocimiento y con la forma invertida acerca de la cual hemos insistido, forma cuya mas habitual expresión -"No vaya usted a creer que..."- ya nos entrega la profunda relación con el otro en su condición de tal y que valoraremos en el Yo.
De manera, pues, que la experiencia no nos muestra a simplísima vista que nada separa al Yo de sus formas ideales (Ich Ideal, donde Freud recupera sus derechos) y que todo lo limita por el lado del ser al que representa, ya que escapa a él casi toda la vida del organismo, no solo porque con suma normalidad a ésta se la desconoce, sino también porque en su mayor parte no tiene el Yo que conocerla.
En cuanto a la psicología genética del Yo, los resultados que ha obtenido nos parecen tanto mas válidos cuanto que los despoja de todo postulado de integración funcional. También yo he dado prueba de ello en mi estudio de los fenómenos característicos de lo que he denominado momentos fecundos del delirio. Proseguido de acuerdo con el método fenomenológico, que aquí preconizo, mi estudio me ha conducido a análisis de los que s e ha desprendido mi concepción del Yo en un progreso que han podido seguir los oyentes de las conferencias y lecciones que he dictado por años tanto en l'Évolution psychiatrique como en la Clínica de la Facultad y en el Instituto de psicoanálisis y que no por haber permanecido, por mi decisión, inéditas han dejado de promover el término, destinado a sorprender, de conocimiento paranoico.
Al comprender con este término una estructura fundamental de tales fenómenos, he querido designar, si no su equivalencia, por lo menos su parentesco con una forma de relación con el mundo de un alcance particularísimo. Se trata de la reacción que, reconocida por los psiquiatras, se ha generalizado en psicología con el nombre de
transitivismo. Esta reacción, como nunca se elimina por completo del mundo del hombre
en sus formas más ligadas (en las relaciones de rivalidad, por ejemplo), se manifiesta ante todo como la matriz del Urbild del Yo.
Se la comprueba, en efecto, como si dominara de manera significativa la fase primordial en la que el niño toma conciencia de su individuo, al que su lenguaje traduce, como sabéis, en tercera persona antes de hacerlo en primera. Charlotte Bühler(59), por no citar más que a ella, observando el comportamiento del niño con su compañero de juego ha reconocido ese transitivismo en la forma asombrosa de una verdadera captación por la imagen del otro.
De ese modo puede participar, en un trance cabal, en la caída de su compañero, o imputarle asimismo, sin que se trate de mentira alguna, el hecho de recibir el golpe que éI le asesta. Prescindo por ahora de la serie de fenómenos tales, que van desde la identificación espectacular hasta la sugestión mimética y la seducción de prestancia. Todos han sido comprendidos por esta autora en la dialéctica que va desde los celos (esos celos cuyo valor iniciador entreveía ya san Agustín de manera fulgurante) hasta las primeras formas de la simpatía. Se inscriben en una ambivalencia primordial, que se nos presenta, como ya lo he señalado, en espejo, en el sentido de que el sujeto se identifica en su sentimiento de sí con la imagen del otro, y la imagen del otro viene a cautivar en éI este sentimiento.
Ahora bien, solo bajo una condición se produce reacción tal, y ella es la de que, la diferencia de edad entre los compañeros permanezca por debajo de cierto límite, que al comienzo de la fase estudiada no puede superar un año de diferencia.
Allí se pone ya de manifiesto un rasgo esencial de la imago: los efectos observables de una forma en el más amplio sentido, que sólo se puede definir en términos de parecido genético, o sea que implica como primitivo cierto reconocimiento.
Sabido es que sus efectos se manifiestan con respecto al rostro humano desde el décimo día posterior al nacimiento, es decir, apenas aparecidas las primeras reacciones visuales y previamente a cualquier otra experiencia que no sea la de una succión ciega.
Conque, punto esencial, el primer efecto de la imago que aparece en el ser humano es un efecto de alienación del sujeto. En el otro se identifica el sujeto, y hasta se experimenta en primer término, fenómeno que nos parecerá menos sorprendente si nos acordamos de las condiciones sociales fundamentales del Umwelt humano, y si evocamos la intuición que domina a toda la especulación de Hegel.
El deseo mismo del hombre se constituye, nos dice, bajo el signo de la mediación; es deseo de hacer reconocer su deseo. Tiene por objeto un deseo, el del otro, en el sentido de que el hombre no tiene objeto que se constituya para su deseo sin alguna mediación, lo cual aparece en sus más primitivas necesidades, como por ejemplo en la circunstancia de que hasta su alimento debe ser preparado, y que se vuelve a encontrar en todo el desarrollo de su satisfacción a partir del conflicto entre el amo y el esclavo mediante toda la dialéctica del trabajo.
síntesis de su particularidad y de su universalidad, llegando a universalizar esa particularidad misma.
Lo que quiere decir que en este movimiento que lleva al hombre a una conciencia cada vez más adecuada de si mismo, su libertad se confunde con el desarrollo de su servidumbre.
¿Tiene, por tanto, la imago la función de instaurar en el ser una relación fundamental de su realidad con su organismo? ¿Nos muestra en otras formas la vida psíquica del hombre un fenómeno semejante?
Ninguna experiencia como la del psicoanálisis habrá contribuido a manifestarlo, y esa necesidad de repetición que muestra como efecto del complejo -aunque la doctrina la exprese en la noción, inerte e impensable, del inconsciente- habla con suficiente claridad. La costumbre y el olvido son los signos de la integración en el organismo de una relación psíquica: toda una situación, por habérsele vuelto al sujeto a la vez desconocida y tan esencial como su cuerpo, se manifiesta normalmente en efectos homogéneos al s entimiento que él tiene de su cuerpo.
El complejo de Edipo revela ser en la experiencia capaz no sólo de provocar, por sus incidencias atípicas, todos los efectos somáticos de la histeria, sino también de constituir normalmente el sentimiento de la realidad.
Una función de poder y a la vez de temperamento; un imperativo no ya ciego, sino "categórico"; una persona que domina y arbitra el desgarramiento ávido y la celosa ambivalencia que fundamentaban las relaciones primeras del niño con su madre y con el rival fraterno: he aquí lo que el padre representa, y tanto más, al parecer, cuanto que se halla "retirado" de las primeras aprehensiones afectivas. Los efectos de esta aparición se expresan de diversas maneras en la doctrina, pero está bien claro que aparecen en ella torcidos por las incidencias traumatizantes, en las que la experiencia los ha dado primeramente a advertir. Me parece que se pueden expresar, en su forma más general, así: la nueva imagen hace "precipitar en copos" en el sujeto todo un mundo de pers onas que, en la medida en que representan núcleos de autonomía. cambian completamente para él la estructura de la realidad.
No vacilo en decir que se ha de poder demostrar que esa crisis tiene resonancias fisiológicas, y que, por muy puramente psicológica que sea en su resorte, se puede considerar a cierta "dosis de Edipo" como poseedora de la eficacia humoral de la absorción d e un medicamento desensibilizador.
Por lo demás, el papel decisivo de una experiencia afectiva de este registro para la constitución del mundo de la realidad en las categorías del tiempo y el espacio es tan evidente, que alguien como Bertrand Russell, en su ensayo -de inspiración radicalmente mecanicista- Análisis del espíritu(60), no puede evitar admitir en su teoría genética de la percepción la función de "sentimientos de distancia", a la que, con el sentido de lo concreto propio de los anglosajones, refiere al "sentimiento del respeto".
Yo había destacado este rasgo significativo en mi tesis cuando me esforzaba en dar cuenta de la estructura de los "fenómenos elementales" de la psicosis paranoica.
Básteme decir que la consideración de éstos me llevaba a completar el catálogo de las estructuras: simbolismo, condensación y otras explicitadas por Freud como aquellas, diré, del modo imaginario. Porque espero que muy pronto se ha de renunciar al empleo d e la palabra "inconsciente" para designar lo que se manifiesta en la conciencia.
Percatábame (y por qué habría de dejar de pediros que os remitáis a mi capítulo(61): hay en el tanteo auténtico de su búsqueda un va lor de testimonio), percatábame, digo, en la observación misma de mi enferma, de que resulta imposible situar con exactitud, por la anamnesia, la fecha y el lugar geográfico de ciertas intuiciones, de ilusiones de la memoria, de resentimientos conviccionales y objetivaciones imaginarias que solo se pueden relacionar con el momento fecundo del delirio tomado en su conjunto. Recordar é, para hacerme comprender, la crónica y la foto de las que la enferma hubo de acordarse durante uno de aquellos períodos como si la hubiesen sorprendido algunos meses antes en determinado periódico y que la colección íntegra de éste reunida durante meses no le había permitido volver a hallar. Yo admitía que tales fenómenos se dan primitivamente como reminiscencias, iteraciones, series, juegos de espejo, sin que su dato mismo se pueda situar para el sujeto, en el espacio y el tiempo objetivos, de ninguna manera mas precisa que aquella en la que puede situar sus sueños.
Así, aproximémonos mediante un análisis estructural de un espacio y un tiempo imaginarios y de sus conexiones.
Volviendo a mi conocimiento paranoico, yo intentaba concebir la estructura como red, y las relaciones de participación y las perspectivas en hilera, y el palacio de los espejismos que reinan en los limbos de ese mundo al que el Edipo hace hundirse en el olvido.
A menudo he tomado posición contra la manera azarosa en que Freud interpretaba sociológicamente el descubrimiento capital para el espíritu humano que con él le debemos. Pienso que el complejo de Edipo no apareció con el origen del hombre (en el supuesto de que no sea insensato tratar de escribir su historia), sino a la vera de la historia, de la historia "histórica", en el límite de las culturas "etnográficas". Evidentemente, sólo puede presentarse en la forma patriarcal de la institución familiar; pero no por ello deja de tener un valor liminar innegable, y estoy convencido de que en las culturas que lo excluían su función la debían llenar experiencias iniciáticas, como aún hoy nos lo deja ver, por lo demás, la etnología. Su valor de cierre de un ciclo psíq uico atañe al hecho de representar la situación familiar, en la medida en que esta marca dentro de lo cultural, por su institución, el traslape de lo biológico y de lo social.
Sin embargo, la estructura propia del mundo humano, tanto como implique la existencia de objetos independientes del campo actual de las tendencias -con la doble posibilidad de uso simbólico y uso instrumental-, aparece en el hombre desde las primeras fases del desarrollo. ¿Cómo concebir su génesis psicológica?
A la posición de un problema como éste responde mi construcción denominada "del estadio del espejo", o, como se querría decir mejor, de la fase del espejo.
Hice en 1936 una comunicación al respecto dirigida formalmente al Congreso de Marienbad, al menos hasta el punto que coincidía exactamente con la cuarta llamada del minuto décimo, en que me interrumpió Jones, quien presidía el congreso en su carácter de presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Londres, posición para la cual lo calificaba, sin duda, el hecho de no haber podido yo encontrar jamás a uno de sus colegas ingleses que dejara de hacerme partícipe de algún rasgo desagradable de su carácter. No obstante, los miembros del grupo vienés, allí reunidos como aves antes de la inminente migración, dieron a mi exposición una acogida bastante calurosa. No entregué mis papeles a la secretaria encargada de los informes del congreso, y podréis hallar lo esencial de mi exposición en unas breves Iíneas de mi artículo sobre la familia aparecido en 1938 en la
Encyclopédie Française, en el tomo dedicado a la vida mental (62)
Mi finalidad consiste en poner de manifiesto la conexión de cierto número de relaciones imaginarias fundamentales en un comportamiento ejemplar de determinada fase del desarrollo.
Ese comportamiento no es otro que el que tiene el niño ante su imagen en el espejo desde los seis meses de edad, tan asombroso por su diferencia con el del chimpancé, cuyo desarrollo en la aplicación instrumental de la inteligencia está lejos de haber alcanzado. Lo que he llamado asunción triunfante de la imagen con la mímica jubilosa que la acompaña y la complacencia lúdica en el control de la identificaron especular, después del señalamiento experimental mas breve de la inexistencia de la imagen tras él espejo, que contrasta con los fenómenos opuestos del mono, me parecieron manifestar uno de los hechos de captación identificatoria por la imago que yo procuraba aislar.
Relacionábase de la más directa manera con esa imagen del ser humano que ya había yo encontrado en la organización más arcaica del conocimiento humano.
La idea se ha abierto paso. Ha dado con la de otros investigadores, entre los cuales he de citar a Lhermitte, cuyo libro, publicado en 1939, reunía los hallazgos de una atención de mucho tiempo atrás retenida por la singularidad y la autonomía de la imagen del cuerpo propio en el psiquismo.
En efecto, hay en torno de esa imagen una inmensa serie de fenómenos subjetivos, desde la ilusión de los amputados hasta, por ejemplo, las alucinaciones del doble, su aparición onírica y las objetivaciones delirantes a él vinculadas. Pero más importante es aun su autonomía como lugar imaginario de referencia de las sensaciones propioceptivas que se pueden manifestar en todo tipo de fenómenos, de los que la ilusión de Aristóteles no es mas que una muestra.
La Gestalttheorie y la fenomenología tienen su parte en el legajo de la imagen en cuestión, y diversas especies de espejismos imaginarios de la psicología concreta, familiares a los psicoanalistas y que van desde los juegos sexuales hasta las ambigüedades morales, son causa de que se haga memoria de mi estadio del espejo por la virtud de la imagen y por obra y gracia del espíritu santo del lenguaje. ''¡Vaya! -se suele decir-, esto hace pensar en
la famosa historia de Lacan, el estadio del espejo. ¿Qué decía , exactamente?"
En verdad, he llevado un poco más lejos mi concepción del sentido existencial del fenómeno, comprendiéndolo en su relación con lo que he denominado prematuración del nacimiento en el hombre, o sea, en otros términos, la incompletud y el "atraso" del