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re Schriften, Johann Ambrosius Barth, Leipzig, 1905, pp. 316-317.

de muchas veces que para memorizar una palabra grie­ ga cabe recitar una serie de versos homéricos, inmedia­ tamente la palabra concernida se situará en su sitio. Des­ pués de estar ocupado durante semanas, exclusivamente, de la mecánica de Hertz, he comenzado una carta a mi mujer por las palabras “Liebes Herz”, y antes de que me diese cuenta había escrito Herz con tz.

Todos sabemos que el despertar de algo que tene­ mos en la memoria a veces nos resulta difícil si no está sostenido por mecanismos particulares (un nudo en el pañuelo, etc.). Cuando, el día que debía mudarme a Leipzig, fui a la ventana para consultar, como hacía fre­ cuentem ente, el termómetro que había mirado el día anterior me quejaba: “¡No poseo otro mecanismo que funcione tan mal que mi memoria, por no decir que mi intelecto!”.

Boltzmann considera que, tal y como el funcionamiento normal de la memoria se explica por principios puramente mecánicos, sus disfunciones se explican del mismo modo: por el carácter muy imperfecto del mecanismo en cuestión o las interferencias que pueden producirse entre varios meca­ nismos cuando funcionan al mismo tiempo. No considera que el lapsus al que se refiere deba ser explicado de otra manera que por causas “mecánicas” de un tipo totalmente ordinario: el mecanismo de la memoria ha cometido, en ese caso, un banal error de lectura o de transcripción, hecho posible por la semejanza de dos palabras y el hecho de que la mecánica de Hertz haya estado durante varias semanas en el primer plano de las ocupaciones de Boltzmann, así el nom­ bre “Herz” tenía grandes oportunidades de ser sustituido por una palabra que se le parece hasta el punto de que sólo se distingue por el modo en que se escribe. Es suficiente considerar un ejemplo de este tipo para dar cuenta de has­ ta qué punto la explicación que Freud da de un lapsus y otros fenómenos de ese tipo es, a pesar de su invocación del principio del determinismo mental, diferente de una expli­ cación mecánica del tipo que Boltzmann tiene en mente. Probablemente sea mejor no pensar en lo que se le ocurri­ ría a un psicoanalista a propósito del “sentido” que puede tener un lapsus como el de Boltzmann, es decir, lo que even­

tualmente podría enseñamos respecto al inconsciente de su autor. Que, probablemente, sea explicable por causas mecá­ nicas banales, significa precisamente, para Boltzmann, que no hay ningún sentido particular que buscar. Es cierto que Freud mismo nos explica que un cigarro, a veces, pue­ de no ser otra cosa que un cigarro. Pero la gran novedad es, justamente, que en adelante tengamos la necesidad de un experto que nos diga en qué caso un cigarro no es otra cosa que lo que parece ser. Lo que resulta claro, en todo caso, es que las causas en las que piensa Boltzmann y, de mane­ ra general, todas las que antes de Freud han sido propues­ tas por neurofisiólogos, psicólogos, psicolingüistas, etc., no son para éste condiciones suficientes del lapsus, sino todo lo más Begünstigungen, factores favorecedores que simple­ mente han facilitado su ocurrencia, pero sin que basten para explicarlo. Esas causas tienen, entre otros inconvenientes, el hecho de que son, en todo caso, demasiado generales. Y, aparte de que puedan ser condiciones realmente sufi­ cientes, no pueden considerarse como condiciones necesa­ rias. A propósito de la intervención de uno de sus adversa­ rios en el Congreso de Amsterdam, en la que hablando de lo que Breuer y Freud supuestam ente habían demostrado dijo, en vez de “Breuer y Freud”, “Breuer y yo”, escribe Freud: “No hay semejanza alguna entre el nombre de mi adversa­ rio y el mío. Este ejemplo, entre muchos otros del mismo tipo, de lapsus de sustitución de nombres, muestra que el lapsus no tiene en modo alguno necesidad de las facilidades que ofrece la semejanza fonética y que puede producirse a favor de relaciones ocultas, de naturaleza puram ente psí­ quica” (Psychopathologie de la vie quotidienne, p. 95). En otros términos, la tarea del inconsciente puede seguramente ser facilitada por circunstancias accidentales de índole diversa, pero no por eso deja de ser, en todo caso, lo indispensable y esencial. Si queremos saber por qué tal o cual lapsus ha sido cometido en tal o cual momento, es indispensable pre­ guntarse, de una manera de la que Wittgenstein diría que nada tiene que ver con la búsqueda de causas, sobre lo que expresa y revela.

Wittgenstein juzga del modo siguiente la explicación que Freud da sobre la naturaleza de los chistes:

Respecto a lo que dice Freud sobre los chistes, decla­ ra que, para empezar, éste comete dos errores, (1) supo­ ner que hay algo común a todos los chistes, (2) suponer que este carácter común es la significación de los chistes. No es cierto, dice, como creía Freud, que todos los chis­ tes permiten realizar secretamente lo que no sería conve­ niente hacer abiertamente, sino que todo chiste, como “proposición”, tiene “todo un espectro de significacio­ nes” CWittgensteirís Lectures in 1930-1933, pp. 316-317). Consideraciones de este tipo se aplican, desde luego, para Wittgenstein, al caso del lapsus, los actos fallidos, los olvi­ dos “voluntarios”, etc. No hay razón para pensar que hay algo común a todos los lapsus, ni que eso supuestamente común fuese la expresión disfrazada de una intención o un deseo inconscientes. Desde luego podemos, en adelante, decidir considerar todos los lapsus de este modo y encon­ trarle a esto un encanto considerable, pero, contrariamente a lo que sugiere Freud, esto no es ninguna obligación “cien­ tífica”. Como escribe McGuinness:

¿Qué bien [...] hace la explicación que da Freud del origen de los lapsus (tal como se producen, por ejem­ plo, en los recuerdos o las citas)? Intenta mostrar por qué han sido precisamente ésos los errores que se han producido (y no los otros que serían igualmente posi­ bles a partir de los mismos principios). Pero no estamos autorizados a suponer que debe haber una razón por la cual se han producido precisamente tales enores, tal y com o no podem os exigir una causa para toda coinci­ dencia. La disposición del que escribe a cometer cierto tipo de enores puede ser activada en un caso particular por condiciones meteorológicas, el hecho de que esté fatigado, etc. Si se insiste sobre el hecho de que la inves­ tigación debe continuar hasta que una razón del tipo freudiano debe ser encontrada para todo lapsus, se está expresando la resolución de encontrar este tipo de expli­ cación y de sólo quedar satisfecho con ella y ninguna otra (Freud and Wittgenstein, p. 35).

Incluso en el caso de sucesos que consideramos gober­ nados por un determinismo de tipo estrictamente causal,

ocurre raramente que podamos explicar por qué un suceso preciso se ha producido con preferencia a tal o cuales otros que eran a primera vista igualmente posibles. Pero no duda­ mos que un conocimiento completo de las causas tendría por efecto eliminar todas las otras posibilidades distintas a las que efectivamente se ha realizado. Lo que hace Freud en el caso del lapsus no consiste, según Wittgenstein, en com­ pletar y precisar la descripción de sus causas posibles de tal modo que el efecto producido aparezca determ inado de manera perfectamente unívoca, no pudiendo ser de otro modo que como es; más bien consiste en resolver un pro­ blema distinto: encontrar una razón que haga al lapsus inte­ ligible. Y puesto que lo que hace que la razón freudiana sea una buena razón (si es que lo es) no es que haga al preciso suceso sobre el que nos preguntamos más probable que si no existiese, la respuesta que se obtiene a la pregunta del por qué no prueba que la ocurrencia del suceso no pueda ser explicada completamente por causas ordinarias (no freudia- nas), si conociéramos en su menor detalle las que han podi­ do intervenir en ese caso preciso. Aunque tampoco, desde luego, prueba lo contrario.

McGuinness se refiere, sobre esta cuestión, al libro de Timpanaro que citamos anteriormente, cuya meta esencial era mostrar que una buena parte de los lapsus88 respecto a los que Freud propone una explicación, que muchos suelen considerar más ingeniosos que realmente convincentes o indispensables, podrían ser explicados de manera mucho más banal, acudiendo, por ejemplo, a los principios que dan cuenta de los errores que se producen en la transmisión de textos, y los fenómenos de alteración y de corrupción que tienen lugar en ellos. Timpanaro justifica del siguiente modo la decisión que tomó para dedicar una obra entera a una dis­ cusión profunda de las explicaciones que Freud da de los lapsus y otros fenómenos semejantes: “[...] Creo que [estas

88 En lo que sigue la palabra “lapsus”, utilizada sin otra precisión,