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CHAPTER 5: VIDEO ENCRYPTION SCHEME

5.3 Encryption Technique

5.3.3 Suffix Bin Encryption

«¡Dichoso tu elegido, tu privado, en tus atrios habita!» (Si 65, 5). 1.— «El reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña» (Mt 20, 1). En el propietario se alude a Dios que llama continuamente a los hombres al «reino de los cielos», es decir a la salvación. Dios llama a todos y a todas las horas sin discriminación: «Id también vosotros a mi viña» (lb 4). Es la vocación universal a la vida cristiana y a la santidad. La llamada divina no es un simple estímulo externo, pues Dios, al llamar, dispone a los hombres para responder a su llamada ofreciéndoles el don de la gracia. «Es, pues, claro que todos los fieles de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40); para alcanzarla no tienen más que vivir con plenitud la gracia recibida en el bautismo.

Pero en el marco de esta vocación universal a la santidad —única en su sustancia, como fundada en «una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5), una misma gracia y tina misma caridad— «no todos van por el mismo camino» (LG 32). Dios, como el propietario de la parábola, es libre de llamar como y cuando quiere, confiando cometidos y oficios diferentes, dando la misma gracia en medida y con modalidades diversas, esto es «distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad» (1 Cr 12, 11). Por eso al lado de los seglares llamados a actuar la vocación de la santidad en el seno de la familia y de la vida social, están los «consagrados», llamados a un servicio de Dios más directo y exclusivo. La vocación universal a la santidad —dice el Concilio Vaticano II—«aparece de manera singular en la práctica de los co- múnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica... que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado... proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido ejemplo [...de la] santidad» de la (LG 39).

2.— Ya por el bautismo queda el cristiano consagrado a Dios, destinado a su servicio y culto. Pero esto no quite que, si Dios le llama por divina y misteriosa elección, pueda profundizar, llevándola hasta sus últimas consecuencias, esta consagración inicial, lo cual se realiza abrazando libremente por amor, a Dios los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. «El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia naturaleza semejantes a los votos— con los cuales se obliga a la práctica de los tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial» (LG 44). De este modo el fiel entra en un estado particular de vida: el estado de perfección, cuya característica esencial es un seguimiento más íntimo y total, de Cristo pobre, casto, obediente y enteramente consagrado a la gloria del Padre y a la salvación de los hombres. En otras palabras, los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia son asumidos como empeño particular de vida para asemejarse más perfectamente a nuestro Señor y

reproducir más fielmente su misma vida. El estado religioso «imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían» (LG 44).

El estado de los consejos evangélicos no constituye una santidad diferente de la propuesta a todos los bautizados, sino un itinerario distinto, que, por configurar más directamente a Cristo, supera más fácilmente los obstáculos que se interponen al conseguimiento de la santidad. El fiel, enseña el Concilio, «para extraer de la gracia bautismal fruto más copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimen tos que podrían apartarle del fervor de la caridad» (ib). La llamada al estado de perfección es, pues, una gracia preciosísima, no sólo para la santidad individual, sino para la de toda la Iglesia, ya que está ordenada a encarnar más fielmente el misterio y la vida de Cristo, para que todos los hombres sean atraídos a él.

Señor Jesús, que has venido al mundo para hacer la voluntad del Padre y no la tuya, concédeme la más completa sumisión al querer del Padre y al tuyo. Creo, Salvador mío, que tú sabes qué es lo mejor para mí. Creo que me amas tú más que lo que me amo yo mismo, porque es omnisciente tu providencia y omnipotente tu protección. Como Pedro, también yo ignoro lo que el futuro me depara (Jn 21, 22). Me resigno por completo a mi ignorancia y te agradezco de todo corazón que me hayas librado del pesado cometido de guiarme a mí mismo, moviéndome así a confiarme en ti. Nada puedo pedir mejor que llegar a ser objeto de tus cuidados en vez de los míos.

Pretendo, Señor, seguirte con la ayuda de tu gracia a dondequiera que vayas, y renuncio a elegir solo mi camino. Esperaré a que me guíes, dispuesto a portarme con sencillez y sin temor. Te prometo que no seré impaciente, aun cuando quieras mandarme momentos de oscuridad e incertidumbre y que no me lamentaré de ninguna desgracia ni de ninguna ansiedad. (J. H. NEWMAN, Madurez cristiana).

Vengo, vengo a ti, Jesús amantísimo, a quien he amado, he buscado y siempre he deseado. Vengo por tu dulzura, tu piedad y tu caridad; vengo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Te sigo porque me has llamado.

En ti, a quien amo sobre todas las cosas, lo encuentre yo todo; y sepa mante- ner lo que he prometido. A ti que escudriñas los corazones deseo agradar, no para el cuerpo sino para el alma.

Oh hermano y esposo mío Jesús, Rey supremo, Dios y víctima, pon en mí tu sello de modo que nada busque en este mundo, nada desee y nada ame fuera de ti. Y tú, Señor, dígnate unirme a ti en matrimonio espiritual, de modo que llegue a ser tu verdadera esposa por un amor Indisoluble que la muerte misma no pueda romper. (STA. GERTRUDIS,Ejercicios. 3).

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