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4. Conclusion

4.2. Suggestions for future work

I

Ese pequeño y humilde pueblo no merecía el terrible suceso que aquella maldita noche le aconteció. En realidad ningún pueblo merece algo así; pero aquel... mucho menos.

Cañaovilla, que ese es el nombre del municipio sobre el que versa esta historia, era hasta entonces un sitio tranquilo y apacible en el que jamás ocurría nada extraordinario. Ni para bien, ni para mal. En los últimos tiempos lo más sorprendente que habían vivido sus cincuenta y siete habitantes fue cuando, cinco años atrás, una cabra del Mateo parió dos chivitos gemelos. Aquel había sido el último acontecimiento digno de reseñar. Y además con dos sensaciones muy dispares: una alegre por el insólito doble parto del animal, y otra triste, ya que las pobres criaturas, debido al poco peso con el que nacieron, no lograron sobrevivir ni veinticuatro horas.

En cualquier caso, nada comparable con el espantoso y enigmático suceso ocurrido aquella noche, y que ha llegado a mis oídos de boca de alguien que lo vivió muy de cerca.

Antes de dar comienzo a la narración debo explicar que, aunque no sea lo habitual en estos casos y únicamente para intentar ayudar a ese amigo colaborador, he preferido respetar los nombres reales tanto de las personas como de los lugares mencionados en el relato.

Lo primero será referir unos breves datos sobre ese, hasta hoy, desconocido pueblo y sus tranquilos vecinos. Ya que es fundamental que conozcan el lugar en el que vamos a movernos durante toda la historia, y que estén al tanto de las costumbres y rutinas de sus habitantes. Cuando les cuente lo que es... lo que era la vida cotidiana de esas personas, comprenderán por qué decía al principio que «esas pobres gentes no merecían lo que les había sucedido».

Nuestro municipio es una aldea situada entre dos montañas, al oeste la Peña Chica y al este la Peña Grande, bañada al norte por el caudaloso río

Hondo, a cuya ubicación debe su nombre: «Cañaovilla» (Villa en la Cañada).

Algo importante de reseñar es que su única vía de acceso es por el sur a través de un áspero camino, que en realidad es una vieja vía de paso para el ganado. Por ese sendero, tras recorrer treinta kilómetros de piedras y baches, aparecemos en el cruce de la comarcal 357. Una vez emplazados en ese punto los sitios más cercanos son: Villa Águilas (154 habitantes) y Cuevas Viejas (102 habitantes). Esas son las únicas localidades vecinas de nuestro pueblo. Para encontrar un municipio medianamente importante, partiendo siempre desde ese cruce, habría que desplazarse cincuenta y ocho kilómetros al nordeste por esa misma comarcal hasta Fuente Higueras, que cuenta con una respetable población de 6.582 habitantes.

Esa única y precaria vía de comunicación, unida a los inexistentes medios de transporte disponibles en Cañaovilla, hace que sus vecinos estén prácticamente aislados del resto del mundo. Su único enlace con el exterior es Senén, el cartero, que, a lomos de su bien cuidada Orbea, se desplaza hasta el citado cruce una vez al mes en invierno y dos en verano, para encontrarse con el autobús de Fuente Higueras. Allí con Agapito, el cobrador, efectúa el correspondiente intercambio de sobres, paquetes y demás enseres, para, una vez realizado el canje, montar de nuevo en su bicicleta y... ¡de vuelta al pueblo!

Otra curiosidad que puedo contarles de Cañaovilla es que, aunque existe el dinero, prácticamente ni se utiliza. Solo para pagar los encargos a Senén y poco más. Todos viven de su trabajo y podría decirse que su moneda de pago es esa: «el producto de su labor cotidiana». Sus vecinos siguen rigiéndose en la mayoría de ocasiones por el método del intercambio. Cada uno paga con lo que le resulta más fácil de conseguir, sin que por ello tenga más o menos valor para el que lo recibe.

Por ejemplo, si Jonás, el carnicero, necesita dos panes y una docena de magdalenas, va a la tahona de Julián con un kilo de chuletas de cerdo, las entrega como pago por lo que se va a llevar, y el panadero ni se plantea si lo que le han dado tiene más o menos valor que lo suyo. Simplemente le da lo que pide... y punto. El que tiene carne paga con carne, el que tiene pan paga con pan. Para los dos resulta más cómodo y fácil así, y ambos quedan satisfechos con el intercambio.

De esa misma manera se las arreglan todos desde hace años y jamás han discutido. Nunca ha habido una disputa. Todos se ayudan de forma desinteresada. Si al Mateo se le queda un cordero en el monte, allá va medio pueblo a intentar dar con él. Que el tío Braulio tiene que recoger la cosecha de patatas y es mucha tarea para él solo, cada día van un par de vecinos a ayudarle hasta que estén todas en los sacos. Y así, con todo.

Son gente de campo, sana y que rara vez enferma. Cuando alguno tiene una dolencia o anda un poco resfriado, avisa a don Pedro, el médico, que le da un puñado de pastillas blancas: «las milagrosas», como él las llama, y en veinticuatro horas... como nuevo.

La media de vida en Cañaovilla es de setenta y ocho años y, aunque la mayoría de vecinos supera los cincuenta y cinco, también hay algún chaval. Muchachos que asisten seis días a la semana a la escuela del pueblo, donde don Matías, el maestro, se encarga de meter en sus duras molleras algo de cultura. Las clases son por la mañana, porque por la tarde deben ayudar en casa; aunque, eso sí, sin olvidarse de hacer los deberes para el día siguiente. Incluso en ocasiones también algún mayor va a la escuela durante unos días. Si no lo hacen más a menudo es porque sus numerosas obligaciones no les dejan tiempo para ello. Se trata de gente sencilla, pero dispuesta a aprender.

Todos tienen sus trabajos, la mayoría más de uno, y eso les mantiene ocupados toda la semana; pero cuando a las doce en punto del domingo empiezan a sonar las campanas de San Lorenzo, todos, sin excepción, se dirigen a la iglesia. Como si don Fermín, el viejo párroco, pasara lista y nadie quisiera que le pusiera falta.

En general son personas creyentes, devotas, que siempre tratan de alcanzar el favor divino a través de la oración. Sobre todo haciendo ofrendas a San Lorenzo, su patrón, el día de su festividad. Antes celebrada el diez de agosto, fecha de su onomástica, y ahora el diez de septiembre, como consecuencia del trágico suceso del que voy a hablarles.

II

Cambiando de tema, como adelantaba antes, esa pequeña aldea se encuentra prácticamente aislada del resto del mundo, pero sus vecinos no

tienen ningún interés en abandonarla. La única vida que conocen está en sus campos, en sus huertas, en sus animales... Fuera de Cañaovilla no hay nada que les atraiga. De ahí que ni se planteen marcharse. ¿Para qué? Si allí disponen de todo lo que necesitan.

Si es cierto que, aunque quisieran, tampoco les resultaría fácil. Ya que sus medios de locomoción son escasos, por no decir nulos, y solo podrían hacerlo a pié o en carro. Evidentemente, sin contar con la bicicleta de Senén, el cartero.

El acceso al pueblo resulta un poco más factible. Localizar un vehículo con el que afrontar con ciertas garantías el largo y tortuoso recorrido no es del todo imposible. Aunque, en cualquier caso, nadie parece tener interés en desplazarse hasta ese retirado y arcaico lugar. Allí no hay nada que atraiga a los forasteros, y por esa apartada localidad la gente no pasa por casualidad, ni siquiera por error.

¡Por eso jamás llega nadie a Cañaovilla!

No obstante, desde hace unos años cabe señalar un par de excepciones. Al inicio del verano, finales de junio, hay dos familias que se desplazan hasta Cañaovilla. Ambas actúan de igual forma: vienen en taxi, dejan a sus hijos con los abuelos y se vuelven a marchar en el mismo vehículo que les ha traído.

Pero de ese tema volveré a hablar más adelante. Ahora voy a facilitar algo más de información sobre la zona en la que se encuentra ubicada nuestra pequeña localidad. Ya comenté que solo puede accederse a ella por el sur. Para lo cual hay que desviarse en el cruce de la comarcal y recorrer treinta kilómetros por una vieja vía de ganado.

Desde los otros puntos es imposible hacerlo.

La Peña Chica al oeste y La Peña Grande al este cierran cualquier posibilidad de entrar ó salir por esos lados. Intentar trepar sus escarpadas e inaccesibles paredes podría costarle la vida al más osado escalador. Y si pretendemos hacerlo por el norte... tres cuartas de lo mismo. Ya que en ese margen nos encontramos con una profunda depresión, al fondo de la cual discurre con impetuosa violencia el peligroso río Hondo.

Sí es cierto que existe un viejo camino, en la actualidad, abandonado y lleno de maleza, que era usado por los obreros para bajar a la mina de oro y

que llega hasta la misma orilla del río. Aunque si alguien lograra llegar allí abajo, al cauce del peligroso Hondo, la furia y la profundidad de sus aguas le impedirían cruzarlo.

Por lo tanto, resumiéndolo en pocas palabras, podría decirse: «que nuestro pueblo está situado justo al final de un maltrecho callejón sin salida de treinta kilómetros de largo».

Todos estos datos que he explicado sobre Cañaovilla: su ubicación, posibilidades de acceso y salida, costumbres y curiosidades de sus gentes, os serán de utilidad a la hora de comprender mejor la anómala situación vivida por sus vecinos durante aquel trágico e inolvidable verano.

Y ahora, tras este breve prólogo que más bien ha sido una introducción descriptiva, paso a exponer lo que fue la auténtica y estremecedora historia de un, hasta entonces, tranquilo pueblo llamado Cañaovilla.

Capítulo 9.

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