Chapter 8. Conclusions and Future Work
8.2 Suggestions for Future Work
Hace algunos días, pensaba: lo peor, para mí, será estar privada de papel y lápiz para hacer un balance de vez en cuando— para mí, es una necesidad absoluta, sino, a la larga, algo estallará en mí y me aniquilará desde adentro.
Hoy tengo una certeza: cuando se comienza a renunciar a las propias exigencias y deseos, se puede también renunciar a todo. Lo he aprendido en pocos días.[…] Voy a poner mis papeles en regla; cada día digo adiós. El verdadero adiós no será más que una pequeña confirmación exterior de lo que se habrá ido cumpliendo en mí día a día.[…]
¿Soy yo misma que ha escrito con tanta paz y madurez? ¿Me sabrán comprender si digo que me siento admirablemente feliz […]? Apenas me atrevo a continuar escribiendo: se diría que es extraño, el que vaya demasiado lejos en mi desprendimiento de todo aquello que en la mayoría, produce un verdadero atontamiento. Si sé con certeza que voy a morir la semana próxima, soy capaz de pasar mis últimos días en mi escritorio con toda tranquilidad; pero no sería una huida, sé ahora que vida y muerte están unidas la una a la otra con un vínculo profundamente importante. Será un simple deslizamiento, aún si el fin, en su forma exterior, deba ser lúgubre o atroz (158-159).
Clarividencia admirablemente premonitoria de Etty. En el momento en que el terror avanza, o la pinza se cierra, Etty vive cada día con la consciencia de terribles posibilidades que pueden ocurrir
en cualquier momento para ella misma o para ellos que ama. Ya
nada es improbable. El horror orquestado tiene tal dimensión que atrapa a hombres, mujeres y niños, sin que nada parezca poder resistírsele. La lucidez de Etty es total, sin concesiones: pronto el
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Presionada por esta amenaza cuyos contornos se precisan cada día más, Etty podría vivir como un animal desesperado, atrincherándose en el estupor y el abatimiento.
Pero si bien Etty es presionada por los cercenamientos de la aceleración de las medidas antijudías, no es para hacer del miedo y la postración sus compañeros. Al contrario, está atenta a la dulzura y a la confianza que siente crecer en ella día a día. Etty es feliz, capaz de dejarse conmover por una orgía de gritos de pájaros o por
un geranio que continua día a día enrojeciendo el decorado. Ninguna
huida, ninguna exaltación en su felicidad, sólo la consciencia de todo el bien que ha existido en su vida. Lejos de ser reprimida por todo el resto, esta consciencia la impregna cada vez más y le da fuerza. Con ella aumenta también la intuición de que esta fuerza la hará capaz, tal vez un día, de asumir todo, de soportar todo.
Como la muerte avanza, alargando por todas partes la sombra de su marcha funesta, Etty la mirará de frente. Aún mejor, decidirá hacerle un lugar en ella. Ensanchará su aceptación de la vida, integrando en ella su aceptación de la muerte. Ninguna morbosidad en esta actitud, sino al contrario, un deseo de vivir que rechaza el dejarse apagar, aún por la amenaza de una muerte inminente.
Como la desmesura del horror es tal que todo lo que se pudiera intentar para sustraerse parece irrisorio y condenado al fracaso, Etty se esforzará por integrar en su vida la eventualidad de la muerte. Elegir más bien que sufrir. Etapa decisiva en su recorrido.
A nuestro fin, probablemente lamentable, que ya desde ahora se esboza en las pequeñas cosas de la vida corriente, le he hecho un lugar en mi sentimiento de la vida, sin que por eso se vea disminuido. […] Esto parece una paradoja: excluyendo la muerte de nuestra vida nos privamos de una vida completa, y acogiéndola, la ensanchamos y enriquecemos la vida (145-146).
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Esta decisión de Etty constituye un verdadero punto de apoyo sobre el cual se fundará su disponibilidad a lo que venga, y no sólo a las posibilidades extremas que encierre este futuro.
Esta aceptación nueva, lejos de ser abstracta, implica para Etty una manera concreta de vivir lo cotidiano. Ya que la muerte se insinúa desde ahora por mil privaciones y vejaciones, ella va desde ahora a acostumbrarse a un cierto desprendimiento, convencida que aquello que obtenemos libremente de nosotros mismos está más
sólidamente fundado y es más duradero que lo que se realiza bajo coacción.
Poco a poco se despide de ciertos bienes. Así, ella que sabe apreciar una taza de verdadero cacao Van Houten y comer con pasión una tostada con miel, va a conformarse con un desayuno más frugal y va a acostumbrarse a una cierta escasez…me haré
mejor a la idea de mi partida si concretizo este adiós en una serie de pequeños actos, de modo que no reciba el “vencimiento fatídico” como un golpe mortal (164).
Etty le recomienda a una amiga escandalizada por estar privada del contacto tan necesario con la naturaleza—prohibición hecha a los judíos de circular en los parques y jardines públicos:
procura vivir con los tres árboles que están frente a tu casa como si fuese una selva. Ni cinismo, ni humor negro en este consejo. Mucho
menos una resignación. Sino más bien una invitación a oponer al mal los recursos activos de nuestras profundidades más indestructibles, a encontrar y desarrollar en nosotros nuevas facultades. Lo contrario precisamente a cualquier resignación.
Si alguien se zambulle en el mal que le hace la injusticia, es como si dejase que la injusticia lo golpee dos veces: una primera vez, porque es alcanzado por su carácter injusto; una segunda vez, porque instalándose en el mal que se le ha hecho, lo sufre aumentado. Buscar desprender su atención del daño sufrido, ejercitar la mirada en ver en tres árboles una selva, en lugar de dejarse aniquilar por leyes ignominiosas, cuyo fin es precisamente
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hacer callar al hombre en el hombre: esto resume la actitud puesta en práctica por Etty.
¿Cómo no intuir la dulce y lenta educación del corazón necesaria para poder poco a poco entrar en tales disposiciones? Tomar lo precario, la privación, lo provisorio, lo incierto como ocasiones para concentrarse en lo esencial. Cada día nos despoja de
un poco de mediocridad, confía Etty…Siento que millares de fibras me atan aún a todo lo que está aquí. Deberé cortarlas una a una, subir a bordo todos mis tesoros de tal modo que no deje nada detrás de mí cuando leve anclas (195). Promesa aguda de la determinación
valiente de Etty.
Otro contexto, otros tiempos que los nuestros. Sin embargo, estas palabras pueden resonar de un modo particular. ¿La hora de
levar anclas no sonará un día para cada uno de nosotros? A veces se
escucha que cada día que pasa nos acerca al último. Cada día que
pasa nos prepara, por poco que nosotros lo consintamos. Cada día digo adiós. El verdadero adiós no será sino una pequeña confirmación exterior de lo que se habrá ido cumpliendo en mi día a día. A riesgo
de exceder el pensamiento de Etty, ¿no podemos evocar el a-Dios en su sentido original y atrevernos a esta esperanza: cada día que pasa nos acerca al primero?
* * *
¿Cómo desmenuzar plenamente la vida que nos es dada, volviéndonos atentos en lo cotidiano a lo que nos recuerda que “no tenemos aquí morada permanente” (Hb 13, 14)?
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ÍA8:
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RANSFORMAR LA ADVERSIDADPara humillar, hacen falta dos. El que humilla y aquel a quien se quiere humillar; pero, sobre todo, alguien que acepte dejarse humillar. Si falta este último o, dicho de otro modo, si la parte pasiva está inmunizada contra todo tipo de humillación, las humillaciones infligidas se deshacen en humo. Lo único que queda son las medidas vejatorias que trastornan la vida cotidiana, pero no esa humillación o esa opresión que agota el alma. Hay que educar a los judíos en este sentido. Esta mañana, bordeando en bicicleta el Stadionkade, me encantó contemplar el vasto horizonte que se descubre en los lindes de la ciudad y respirar el aire fresco que todavía no nos han racionado. Todo está lleno de carteles que prohíben a los judíos todos los senderos que conducen a la naturaleza. Pero por encima de este trozo de camino que sigue abierto para nosotros, se extiende todo entero el cielo. Nada pueden hacernos, verdaderamente nada. Pueden hacernos la vida demasiado dura, despojarnos de ciertos bienes materiales, quitarnos cierta libertad de movimiento completamente exterior, pero somos nosotros mismos quienes nos despojamos de nuestras mejores fuerzas mediante una actitud psicológica desastrosa. Sintiéndonos perseguidos, humillados, oprimidos. Experimentando odio. Fanfarroneando para tapar nuestro miedo. Todo el mundo tiene derecho a estar triste y abatido de vez en cuando por lo que nos hacen sufrir. Es humano y comprensible. Y, sin embargo, somos nosotros mismos quienes nos infligimos el verdadero espolio. Encuentro hermosa la vida y me siento libre (132)
Al juez romano que le decía: “¿sabes que tengo el poder de matarte?”, un mártir habría respondido: “sabe que tengo el poder de dejarme matar”. Etty nos hace recordar esto. ¡Extraña lógica que contraría a todos nuestros razonamientos! Permanecemos libres de la aceptación que guardamos para con el mal que nos es infligido,
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libres sobre todo de nosotros mismos: mensaje a priori desconcertante. Y Etty agrega, como si esto no alcanzase: somos
nosotros quienes nos infligimos el verdadero espolio. Estas fuertes
palabras nos parecen totalmente imposibles de escuchar. Podemos también equivocarnos en su sentido. Intentemos comprender bien a Etty.
En esta guerra que ocupa los titulares de los diarios, Etty descubre que se juega otra guerra que a cada uno corresponde librar en sí mismo y que no deja de estar relacionada con la primera. Para conseguirlo, el corazón del hombre debe ser educado. Debe aprender a “desactivar” las humillaciones, como se haría con una bomba, para que no subsistan más que medidas vejatorias que
trastornan la vida cotidiana, pero no pueden agotar el alma. Porque
es esto lo que realmente cuenta: la manera de cargar, de soportar,
de asumir un sufrimiento consustancial a la vida y conservar intacta un pedacito del alma a través de las pruebas (167). ¿Ideal más
admirable que imitable? Etty nos da aquí el fruto de un descubrimiento conquistado por una lucha consigo misma renovada sin tregua...
Febrero de 1942, actualidad dramática: no pasa un día sin que Etty se entere de que tal ha muerto por la tortura, que tal profesor o antiguo condiscípulo con que se encontró la otra vez ha desaparecido o ha sido encerrado. Sin embargo, en una mañana de invierno, mientras espera un tranvía con un amigo con las manos moradas por el frío, comentan entre ellos: “este deseo de venganza es muy fácil”. Etty registra esto en su diario como el resplandor de
esperanza de la jornada: esta capacidad de rechazar el ceder al
deseo de venganza, a pesar de los innumerables motivos de angustia que pudieran empujarla a eso.
Cerca de un año atrás ya le había venido repentinamente esta idea:
¿No habrá al menos un alemán respetable que sea digno de ser defendido contra toda la horda de los bárbaros, y cuya existencia nos quite el derecho a derramar nuestro odio sobre todo este
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pueblo? Y señala en este sentido: es un pensamiento liberador que ha hecho nacer como una joven brizna de hierba, aun vacilante en medio de una jungla de dificultades.
¡Qué metáfora! La jungla de dificultades nos es bien conocida: rebelión, réplica, puja con violencia, acusación simplista y juicio unilateral, resentimiento, o hasta odio, pero también tristeza y abatimiento. Tales son casi todas las reacciones primarias espontáneas del ser humano frente a lo que le es contrario u hostil. Así, Etty está cada vez más persuadida que este camino más fácil y
más transitado, es estéril. Aún peor, contribuye a propagar la
gangrena del mal. Y el oscuro aluvión descargado sobre nuestras pantallas no desmiente esta constatación.
Para Etty, existe una única solución: trabajar para erradicar en sí todo sentimiento de odio. Pues una convicción se hace cada vez más íntima en ella: la menor partícula de odio agregada a este
mundo lo vuelve más inhóspito que lo que ya es. Ella llega también a
considerar que nuestra única obligación moral consiste en
desmontar en nosotros mismos vastos claros de paz y extenderlos progresivamente, hasta que esta paz irradie hacia los otros. Porque cuanta más paz haya en los seres, más paz habrá en este mundo en ebullición (227).
Desmontar en nosotros mismos vastos claros de paz...puede
revestir formas inesperadas. Un día, Etty se sorprende dejando escapar varias veces la frase: aquí es una verdadera basura... Después, como si lo reconsiderara, se interpela: porque al emplear
tan frecuentemente esta palabra, se instala en la atmósfera donde prolifera y la echa a perder (188). ¿Hay palabras, pensamientos que
ensucian? En un mundo que se muestra tan sensible a la polución en todos los órdenes, ¡esta reflexión de Etty tiene mucho que aportar! Guardar el corazón, los pensamientos, los labios de todo los que los arruina, y por eso arriesgan con dañar la belleza del mundo: no sólo misión de salubridad pública cuanto deber de higiene personal. Pero, ¿cómo alcanzarlo?
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Para ayudarse, Etty cultiva una cierta manera de contemplar la realidad. En efecto, la educación del corazón pasa por guardar la mirada. ¿Y qué ve Etty? Contempla, más allá de los carteles de prohibición para los judíos instalados por todas partes, está el cielo. El cielo se expande plenamente por encima de ella…Con el paso del tiempo, va a constituirse para ella en el símbolo de la libertad intrínseca, el llamado de su condición inalterable: nada nos pueden
hacer, realmente nada. Pues incluso cuando la despojaran de todo,
no podrían despojarla del cielo, porción de aire libre omnipresente que la cobija.
Justo un mes antes de su deportación, Etty escribirá aún: A
lo lejos, desde mi catre, veo volar las gaviotas en un cielo uniformemente gris. Se asemejan a pensamientos libres en el espíritu
(307). ¡El día anterior, un arco iris por encima del campo y el sol reflejándose en los charcos habían bastado para llenarla de alegría! Así captamos a Etty en el ejercicio práctico de esta actitud interior dolorosamente aprendida, dulcemente adquirida: con los pies en el barro, pero con el corazón abierto. Entre los polos contrastantes de la realidad, se mantiene de pie, en una tensión de la cual no se escapa.
¡Nada que ver con una apología cursi de las nubes y los pajaritos! En una vida, los motivos de decepción o de amargura son numerosos. La realidad puede ser hiriente, somos confrontados a muchas formas de contrariedad, por momentos aún de hostilidad. Hay una manera negativa de reaccionar que constituye una verdadera hemorragia de lo mejor de nuestras fuerzas, y que Etty llama una actitud psicológica desastrosa. En el combate en el que estamos comprometidos, podemos educar la mirada de nuestro corazón, “orientarla” hacia los Cielos que no son sólo materiales…Es poco y ya es mucho. Por cierto, el resultado de este combate no es nuestro totalmente. Pero cultivar un deseo, aún frágil y embrionario, de no dejar que nuestro corazón se infecte por aquello que lo afecta depende de nuestra libertad.
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Invitación a encontrar la paz del corazón, en un concierto de sentimientos, palabras, encuentros o acontecimientos que a menudo nos la hacen perder…
¿Y si rezar fuese disponerme a dejar-Lo disponer de mí, allí donde esta paz estuviera más amenazada?...¿Me atrevería a decir Le cuál es mi tormento?
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