Como hemos visto, el bestiario latino es un género que se originó con el Physiologus de Alejandría (siglo ii d. C.) que se retomó en el siglo viii, fue objeto de varias ampliaciones a lo largo de la Edad Media y tuvo sus últimas versiones en los siglos xvi y xvii. En sus primeras ediciones recogían la fauna propia de Oriente Medio y de los países de la cuenca mediterránea, pero ya en los siglos xii y xiii comenzaron a incorporar referencias a «bestias» del centro y Norte de Europa. De este modo, se pasó de las cincuenta criaturas recogidas en el documento original a las más de un centenar que aparecían en las últimas ediciones.
Cuando nos situamos ante bestiarios medievales hemos de considerar que estamos ante trabajos serios y sugerentes, que intentaban sistematizar y categorizar los conocimientos sobre el mundo animal de la época y entroncaban con las fuentes clásicas de la filosofía natural y de las ciencias. En estos ejemplos de literatura científica medieval se puede apreciar la herencia de una tradición procedente de la Antigüedad Clásica, aunque sus autores estaban ya muy determinados por la visión del mundo que postulaba el cristianismo.
A diferencia de las fábulas, los bestiarios no son únicamente productos de la imaginación o de la intencionalidad moral de sus autores. Son trabajos rigurosos, concebidos con una intención descriptiva y con la certeza de estar mostrando, en todo momento, seres que realmente existen. La mayoría de las bestias a las que hacen referencias son criaturas reconocibles (no seres imaginarios, ni mitológicos, ni simples animales alegóricos) y la inclusión explícita de juicios morales responde al carácter teológico y la dimensión doctrinal que tenía el
Ricardo Piñero Moral
conocimiento científico en la Edad Media. Hay que ser conscientes de que el cristianismo medieval pensaba que el mundo natural estaba repleto de mensajes enviados por Dios a los hombres, y que, por tanto, cualquier intento de conocer la realidad debía encontrar y difundir las enseñanzas morales que el Ser Supremo había inscrito en la naturaleza. Así, leemos en el Libro de Job: Pero interroga a las bestias, que te instruyan, a las aves del cielo, que te informen. Te instruirán los reptiles de la tierra, te enseñarán los peces del mar. Pues entre todos ellos, ¿quién ignora que la mano de Dios ha hecho esto? Él, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre (12, 7-10).
Los autores de los bestiarios medievales poseían, además, un gran optimismo respecto a la fiabilidad de la imaginación y partían de la certeza de que en el cosmos existen correspondencias, simetrías y jerarquías. Así, a partir de la observación de las semejanzas entre algunos animales (por ejemplo los caballos y los caballitos de mar) dedujeron que había un paralelismo entre la fauna terrestre y la marina, e incluso encontraron correspondencias entre las jerarquías propias de la sociedad de la época y el mundo animal. Esto explica que el descubrimiento de un pez que se asemejaba a la figura de un monje (Monk Fish), les llevara a identificar a otro (probablemente una morsa) como el pez-obispo.
En los bestiarios medievales se alternan determinadas indicaciones más o menos objetivas —que describen con detalles los rasgos físicos y algunos aspectos del comportamiento de los animales— con elucubraciones alegóricas y de carácter moral. Las ilustraciones se ciñen a criterios realistas, siendo en los textos donde los autores dan rienda suelta a su imaginación e introducen todo tipo de valoraciones y consejos doctrinales. En cualquier caso, tampoco estos «naturalistas» medievales relataban historias especialmente extrañas, sobre todo si se comparan con algunas explicaciones de la biología actual, como, por ejemplo, el «hecho» de que las amebas nunca mueren (sino que se dividen y multiplican), o que las termitas producen el 10% del metano que hay en la atmósfera.
Para entender estos «informes naturales del pasado» hay que evitar la interpretación de su contenido obviando el contexto científico, moral e intelectual en el que se llevaron a cabo. Este es un error frecuente de las tendencias defensoras del realismo científico que se plantean la historia de la humanidad como un proceso progresivo lineal y aplican las verdades contemporáneas a discursos concebidos desde una cosmovisión completamente diferente. Además, el sistema espistemológico que propició la aparición de estos bestiarios mantiene suficientes conexiones con nuestra forma de percibir el mundo como para que nos sea posible comprender su funcionalidad y sus objetivos. Por ello, no nos resulta difícil discernir entre lo que los autores medievales consideraban fáctico (y en su caso, rebatir sus aseveraciones con argumentos científicos) y lo que suponía la aplicación de una perspectiva que la visión de la modernidad ya no considera pertinente para el discurso científico (las digresiones alegóricas y/o morales, pongamos por caso).
T. S. Kuhn habla de pérdidas al referirse al camino emprendido por el conocimiento científico en las sociedades modernas que, en su búsqueda de rigurosidad y objetividad, ha decidido prescindir de los filtros morales y de la ayuda de la imaginación como fuente fiable de información. En este sentido, parece imprescindible que la ciencia busque un equilibrio entre el escepticismo y la imaginación. El escepticismo es importante para vehicular un discurso riguroso que nos aporte un conocimiento sólido del medio, pero la imaginación proporciona el impulso necesario para adentrase en territorios inexplorados y alcanzar nuevas metas.
Hay que tener en cuenta que la observación del mundo siempre ha estado y estará mediatizada por un sistema de valores y un conjunto de premisas teóricas y científicas. Es imposible el conocimiento puro y plenamente objetivo, ya que el sistema de creencias y el «aparataje» científico y tecnológico que se utilice nos devuelve inevitablemente una imagen especular del hecho que se observa. En cualquier caso, el conocimiento científico contemporáneo debe exigir que la observación y el análisis de la realidad se configuren a través de un medio que contamine lo menos posible la mirada. La diferencia entre el «naturalista»
Ricardo Piñero Moral
medieval y el científico actual es que el primero aún no ha aprendido a desconfiar de la capacidad que tiene el ser humano para ver e interpretar lo que le conviene. Cuando el autor de un bestiario imaginaba la existencia de un pez-obispo, observaba la realidad y terminaba encontrándolo.
La principal aportación de la ciencia moderna es que su solidez se basa no en buscar lo posible sino lo evidente, de modo que las hipótesis solo pueden confirmarse si se cumplen en cualquier momento y en circunstancias muy diferentes. El científico moderno, como el medieval, puede equivocarse en muchas de las cosas que dice. Sus planteamientos responden a una cosmovisión marcada por un sistema de valores y están sujetos a cierta injerencia de la imaginación. Pero la rigurosidad con la que se enfrenta a su objeto de estudio articula un conocimiento más complejo y completo de la realidad, incluso le hace consciente de sus propias limitaciones. El saber científico no puede alcanzar la perfección y la objetividad plena, pero sí puede aumentar el nivel de exigencia analítica y disminuir, al menos, los riesgos de que se sigan encontrando peces obispos…
En fin, en cualquier caso, no debemos perder de vista que «las psicologías de las profundidades (no marinas, sino humanas…) han reconocido a la dimensión de lo imaginario el valor de una dimensión vital, de importancia primordial para el ser humano en su totalidad. La experiencia imaginaria es constitutiva del hombre, al mismo nivel que la experiencia diurna y las actividades prácticas»35,
solo que en la experiencia imaginaria están vivos nuestros fantasmas, nuestros deseos, nuestros arquetipos, nuestros sueños...