Step 3: Convergence Verification
6. Summary and Conclusions
CICLO A
«Señor, sé para mí una roca de refugio, alcázar fuerte que me salve» (SI 31, 3).
«Mirad: yo pongo hoy ante vosotros bendición y maldición; bendición, si obedecéis a los mandamientos del Señor vuestro Dios..., maldición, si desobedecéis» (Dt 11, 26,28). Toda la perfección de Israel estaba contenida en la ley y se expresaba en su observancia. Dios bendecía p maldecía al hombre según su obediencia o desobediencia a la ley. El Nuevo Testamento instaura un orden nuevo: Dios bendice y salva al hombre no por la observancia de la ley antigua, ya caducada, sino por la fe en Cristo Salvador. Es S. Pablo el gran defensor de este principio: «Pero ahora, independien- temente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado..., justicia de Dios por la fe en Jesucristo» (Rm 3, 21-22). El cambio es brusco. Los hebreos, fieles observantes de la ley mosaica, no tienen más derecho a la salvación que los hombres que desconocen esa ley; para unos y para otros la salvación es don gratuito ofrecido por la bondad infinita de Dios a cuantos creen en Jesucristo. También en el Evangelio de Juan se lee: «todo el que cree en el Hijo, tiene por él la vida eterna» (3, 15). Y S. Pablo aclara: «el hombre es justificado por
la fe, sin las obras de la ley» (Rm 3, 28). Se ha de entender que las obras excluidas son solamente las de la ley mosaica y no las obras buenas fruto de la fe en Cristo. Pues el mismo Apóstol explica en otro lugar que para la salvación cuenta sólo «la fe que actúa por la caridad» (GI 5, 6), o sea la fe que no es sólo adhesión de la inteligencia a Cristo, sino adhesión de todo el hombre: entendimiento y voluntad, pensamientos y obras.
Esto justamente enseña Jesús cuando declara: «No todo el que me diga: "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21). La fe debe penetrar toda la vida y llevar al hombre no al reconocimiento meramente abstracto de la existencia de Dios, sino a un reconocimiento práctico que implica la sumisión de la voluntad a la de Dios y una conducta regulada según sus mandamientos. Por eso los que reducen la profesión de su fe a la oración, al apostolado o a un mero ejercicio del ministerio «¿no profetizamos en tu nombre y arrojamos demonios...?» (ib 22), pero no la extienden a los sectores todos de la vida personal mediante el cumplimiento de la voluntad de Dios, escucharán un día: «No os conozco» (ib 23). Sólo la fe que se concreta en una adhesión plena al querer de Dios, permite al hombre edificar su casa sobre roca, y no temer que sea abatida por vientos o tempestades. La casa es la vida cristiana que, fundamentada en la fe de Cristo y en el cumplimiento de su palabra, puede desafiar cualquier huracán y aun el tiempo y la muerte trocándose un día en vida eterna.
El alma del justo a ningún mal se abate; y la razón es porque está cimentada sobre la roca viva, esto es, sobre la firmeza de tu doctrina, ¡oh Señor Jesús! A la verdad, más firmes que una roca son tus preceptos, que nos levantan por encima de todos los oleajes humanos... ¿Qué vida, por ende, puede haber más afortunada que ésta? Esto no puede prometérnoslo ni la riqueza, ni la fuerza corporal, ni la gloria, ni el poder, ni otra cosa alguna de este mundo, sino sola y únicamente la posesión de la virtud...
Señor, no sólo me animas a la virtud por la esperanza de los bienes venideros: el reino de los cielos, la recompensa inexplicable..., bienes, en fin, incontables, sino también por los mismos bienes presentes, poniéndonos delante la gran seguridad y hasta el placer que en ella se halla. (S. JUAN CRISOSTOMO,Coment. al Ev. de S. Mateo, 24, 2-3).
¡Oh Jesús!, me acerco a ti lo más posible y con viva fe, para conocer a Dios en ti y por ti, y para conocerlo de modo digno de Dios; es decir, de modo que le ame y obedezca, según dice su discípulo predilecto: «El que dice que conoce a Dios y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso»; y tú mismo: «El que me ama, guardará mi palabra».
Sólo, pues, para amarte quiero conocerte; y para esforzarme a hacer tu voluntad, quiero conocerte y amarte, convencido de que no podré conocerte bien sin unirme a ti con corazón puro y casto... Que la luz de la fe me guíe y me ilumine para llegar a amarte, siendo propio de la fe, según lo que dice S. Pablo «obrar y moverse por amor». Amén. (Cfr. J. B. BOS-SUET,Elevaciones a Dios sobre los misterios, Oración).
CICLO B
«Gritad de gozo a Dios, nuestra fuerza; aclamad a nuestro Dios» (SI 81, 2).
La santificación del día del Señor tiene en la sagrada Escritura un lugar privilegiado. Se lee en el Deuteronomio: «Guardarás el día del sábado para santificarlo, como te lo ha mandado el Señor tu Dios. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es el día de descanso para el Señor tu Dios» (5, 12-14). «Santificar» el sábado significa separarlo, distin- guirlo de los otros días para consagrarlo a Dios. Más adelante (ib 15) el texto sagrado sugiere el modo: recordar los grandes beneficios de Dios a su pueblo, entre los cuales sobresale la «pascua», o sea la liberación de la esclavitud de Egipto. Luego el recuerdo debía desembocar en la acción de gracias y en la renovación de la promesa de fidelidad.
En el Nuevo Testamento la pascua antigua fue sustituida por la nueva: el misterio pascual de Cristo; y el viejo sábado cedió el puesto al domingo, día bendito de la Resurrección. El sentido del domingo cristiano es precisamente el de celebrar «la memoria» de la Pascua de Jesús, misterio de amor y de salvación, dando gracias al Altísimo por medio del sacrificio eucarístico, centro y acto supremo del culto. La abstención de trabajos serviles no agota el precepto de la santificación de las fiestas, sino que es una mera premisa para que el hombre, libre del tráfago de la vida diaria, pueda pararse más fácilmente a hablar con Dios, a evocar su amor y sus beneficios, a encender- se en el deseo y en la esperanza de los bienes eternos, a fortalecer su espíritu con la meditación de la Palabra divina y a, tomar aliento en el camino que conduce a la Patria. Cuando el domingo pierde este sentido religioso no es ya el «día del Señor», sino que con frecuencia se convierte en el día en que el hombre se desahoga a su talante; o bien el reposo festivo se reduce a un grosero formalismo, como sucedió con el sábado hebreo.
Jesús, renovando la ley antigua, afirmó su autoridad sobre el mismo sábado. Saliendo a la defensa de sus discípulos que en día de sábado habían recogido y desgranado unas espigas para templar el hambre, dijo: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). Su función, pues, es ante todo el bien espiritual del hombre, a conseguir mediante una relación más intensa con Dios en los actos de culto, no sólo individuales sino comunitarios; y hasta su bien material, procurándole un justo reposo y permitiéndole dedicarse a obras de caridad en favor del prójimo. Jesús, declarándose «Señor del sábado» (ib 28), lo libra de la grosera interpretación de los fariseos y al mismo tiempo amonesta a los discípulos a usarlo con justa libertad, pero siempre conforme a su enseñanza y ejemplo. El, en efecto, no duda, precisamente en sábado, en curar al hombre «que tenía una mano seca» (Mc 3, 1). Y lo hace a despecho de la actitud malévola de los fariseos, para demostrar que no sólo es lícito hacer el bien en día de
sábado (ib 4), sino que las obras en alivio de los hermanos que sufren deben completar la santificación del día del Señor.
Nosotros te invocamos, Señor Dios... Tú quieres salvar a todos los hombres y llevarlos al conocimiento de la verdad. Todos a una, te ofrecemos alabanzas e himnos de acción de gracias en esta hora, para glorificarte con todo el corazón y en voz alta. Te has dignado llamarnos, instruirnos e invitarnos, y concedernos sabiduría e inteligencia en la verdad para la vida eterna. Nos has redimido con la sangre preciosa e inmaculada de tu Hijo de todo extravío y esclavitud... Estábamos muertos y nos has hecho renacer en alma y cuerpo por el Espíritu. Estábamos sucios y nos has vuelto puros.
Te rogamos, pues, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos confirmes en nuestra vocación, en la adoración y en la fidelidad. Nos consagramos a tus palabras divinas y a tu ley santa, nosotros que hoy queremos acercarnos a ti. Haz luminosa nuestra alma para que pueda conocerte y servirte. Te rogamos nos des la fuerza de realizar los santos propó- sitos y no te acuerdes de los pecados que hemos cometido y que continuamos cometiendo... Acuérdate, Señor, de que caemos fácilmente; tus hombres son débiles de naturaleza y de medios; nuestros males están ocultos...
Concédenos mirar, buscar y contemplar los bienes del cielo y no los de la tierra. Así por el poder de tu gracia se dará gloria al poder omnipotente, santísimo y digno de toda alabanza, en Cristo Jesús, el Hijo amado, con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. (Oración del Sábado, de Oraciones de los primeros cristianos, 94).
CICLO C
«Alabad al Señor, todos los pueblos; celebradle, todas las naciones» (SI 117, 1).
Salomón, después de haber construido el templo de Jerusalén, hizo a Dios esta oración: «También el extranjero que no es de tu pueblo, al que viene de un país lejano a causa de tu nombre..., cuando venga a orar en esta casa, escúchalo tú desde los cielos..., para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre» (1 Re 8, 41-23). Hermosa oración animada de espíritu profético, que ve en Yahvé no sólo al Dios de Israel, sino al Señor de todos los pueblos, al que todo hombre puede dirigirse para obtener gracia.
En el Evangelio hay un episodio que podría ser visto como la realización de esta plegaria. En Cafarnaúm un centurión romano ha oído hablar de los milagros obrados por Jesús y querría pedirle la curación de un siervo muy querido; pero en su condición de pagano no osa acercarse y le envía una embajada por medio de algunos judíos. Estos dicen al Señor: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga» (Lc 7, 4-5). Aunque extranjero, el centurión es amigo de los hebreos, admira su religión —y acaso hasta la practica—, tanto que ha hecho
edificar la sinagoga a sus expensas; pero no cree que eso le dé algún derecho para tratar directamente al Maestro; antes cuando Jesús va camino de su casa, le manda decir: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo..., mándalo de palabra, y mi criado quedará sano» (ib 6-7). Su humildad es grande, pero su fe es más grande aún, tanto que Jesús mismo «quedó admirado de él» y dijo: «Ni en Israel he encontrado una fe tan grande» (ib 9). A esa fe responde la realización del milagro a distancia; y así es oído e! extranjero que se dirigió al Dios de Israel presente en la persona de Cristo. La bondad del centurión que se preocupa del criado enfermo, su humildad y su fe le han dispuesto a recibir la gracia del Salvador mucho mejor de cuanto lo pudiesen estar tantos pertenecientes al pueblo elegido. Jesús es el Salvador universal. Su salvación es para todos los hom- bres. No hace distinción entre judíos o paganos, sino que donde encuentra humildad y fe se da aunque sea de lejos, aun cuando no sea bien conocido, como lo hizo con el centurión.
Y por otra parte, para toda la humanidad no hay más que un Salvador, una fe y un Evangelio, y es imposible hallar la salvación en otra parte. Por eso S. Pablo pone en guardia contra los que «quieren transformar el Evangelio de Cristo», y no duda en decir: «Si alguno os anuncia un Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema» (GI 1, 7.9). No teme el Apóstol que su intransigencia en la defensa del Evangelio le procure enemigos, y con santa osadía afirma: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (ib 10).
Salvador eterno, Rey del cielo, tú sólo eres omnipotente y Señor, Dios de todo lo creado, Dios de nuestros Padres santos y sin mancha, que vivieron antes de nosotros, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, lleno de piedad y de compasión, de bondad y de longanimidad. Todo corazón está patente ante ti y no se te escapa el pensamiento más secreto. Las almas de los justos te invocan y ponen en ti su confianza. Padre de los justos, tú escuchas a los que oran ante ti con rectitud, tú, oyes hasta las llamadas silenciosas; tu providencia penetra hasta las entrañas del hombre, tu conocimiento estimula la voluntad de todos nosotros. De todas las regiones de la tierra sube a ti el incienso de las oraciones y súplicas. (Oraciones de los primeros cristianos, 174).
¡Oh Rey mío!, no permitas que, habiéndome llamado para tu fe y para ser hijo tuyo por la gracia, yo venga por mi culpa a perderla y a ser desheredado de tu reino y echado en las tinieblas exteriores, fuera de tu luz y de tu amistad... ¡Oh, si viniesen a tu santa fe muchos... para que tu Iglesia y tu reino celestial se pueblen de muchos justos! Pero no permitas, Señor, que los fieles que están ya dentro de tu Iglesia salgan de ella y sean desechados del reino para el que los llamaste. (L. DE LA PUENTE,Meditaciones, III, 30, 3).