• No results found

E.   Analysis of Within Sample Predictions 30

5.   Summary and Conclusions 31

Mis brazos,

¿qué haría sin ellos?

Hace algunos días, mientras abrazaba a mi hija de 4 años para consolarla por algo que le había pasado, constaté lo afortunada que soy por tener mis brazos. Con ellos hago todo en mi vida, en ocasiones desearía contar con otros dos pares de brazos para poder hacer todavía más actividades al

mismo tiempo; se vale soñar. Mis brazos abrazan, consue­ lan, tranquilizan, arrullan, mecen, fortalecen, dan seguridad y calor, protegen, detienen, cargan, y sobre todo me ayudan a recuperar la tranquilidad después de un enfrentamiento o pleito con alguno de mis hijos. Al abrazarlos sucede algo maravilloso: es como si todos los pensamientos o sentimien­ tos que de alguna manera molestan o estorban, se van es­ fumando poco a poco hasta el momento en que sólo estoy consciente de lo bello que se sien te en mi cuerpo tener a este pequeño ser que necesita de mí, agitado y afligido, del ca­ lor que producimos entre los dos, del aroma tan delicioso de

su cabeza, cuando todavía es bebé, (porque ya un poco más grandes empiezan a oler entre a oxidado y a lápiz). Si tienes hijos de 3 años aproximadamente sabes de lo que estoy ha­ blando. A lo largo del tiempo, de criar y educar a tres hijos me he dado cuenta que cuando hay necesidad de hacerles una contención para ayudarles a expresar el enojo o la tristeza, a mí también me ayuda a encontrar la calma y la paciencia que tan fácilmente se me va. Soy consciente que yo soy la gran­ de, la de la experiencia, la que contiene al pequeño (mi hijo), que le estoy ayudando y que por lo tanto él cuenta conmigo para desahogarse. Pero realmente, la que se desahoga en si­ lencio con ese abrazo soy yo misma. Al exhalar y hacer uso de mis brazos para ayudar al otro, los efectos terapéuticos son dobles; nos recuperamos, y reconciliamos para llegar nue­ vamente a la polaridad del amor. Posteriormente nos damos abrazos y masajes con cosquillas tan chistosos que nos ha­ cen reír y nos encontramos de nuevo.

Y pensar que 5 minutos antes no sabía ni qué hacer ni qué dar, me convertía en una mamá histérica regañando y gritan­ do desesperada, porque se hacía tarde o mi hija lloraba por­ que quería ponerse un vestido veraniego de tirantes con sán-

2 5 0

dalias y no el pantalón con suéter de lana y botas invernales, adecuadas para el clima del momento. Dicen por ahí: "Son pequeños momentos en la vida los que realmente cuentan, ■porque al hacer el recuento, esos momentos son los que re­

cordamos de nuestra infancia'! Definitivamente quiero que mis hijos recuerden eso de su mamá cuando crezcan. Que lo hagan tan suyo que cuando les pregunten sobre las cosas lindas de su infancia digan: “Los abrazos de mamá" No quie­ ro que recuerden el viaje o el juguete o cuando llegó San­ ta Claus y les dejó justo lo que le habían pedido debajo del árbol. Quiero que recuerden que en la medida en que pude y estuve disponible, siempre contaron con mis brazos para expresar sus penas, su rabia, sus tristezas, sus frustraciones, sus alegrías, etc. Nunca les he negado un abrazo a mis hijos; aunque me hayan hecho enojar o incluso estuviera yo rabio­ sa y en ese instante me pidieran un abrazo; tal vez las pala­ bras de mi boca hubieran querido decir: "¡no tengo ningunas ganas de abrazarte ahora porque estoy furiosa!" Me trago mis palabras y en el instante en el que siento su cuerpo que yo rodeo con mis brazos, se esfuma mi rabia, siento como si nada hubiera pasado y escucho sus palabras: "¡Lo siento mucho mami; ya te voy a hacer caso!" Mi corazón salta de alegría y seguimos nuestra vida cotidiana pasando del polo del amor al del pleito, regresando siempre al amor. Así es mi vida con mis hijos, marcada por el movimiento, con equili­ brio y fluidez logrando una relación magnífica con ellos, en la que podemos dialogar, decirnos lo que nos pasa, buscar una solución y pedirle al otro lo que estoy necesitando en ese momento.

Antes, cuando mi hijo mayor tenía 5 años, me decía: "Mamá, me están dando celos de mi hermana" Ahora a sus casi 7 años me dice: "Mamá, me dan celos que cargues tan­

EL ABRAZO QUE LLEVA AL AMOR

to a mi hermanito y no juegues conmigo." Poco a poco van aprendiendo que también es posible pedir lo que necesitan de mamá y papá en un momento dado y no sólo quejarse amargamente de lo que no tienen o les hace falta, incluso ac­ tuándolo de manera negativa (pegándole al hermanito por celos). Este tipo de discusiones seguramente te suenan co­ nocidas. En un día puede haber un sinfín de estos momen­ tos, que si no lográs manejar, tu relación se ve sumamente afectada y desgastada por estupideces.

Podemos enseñarles a nuestros hijos pedir lo que necesi­ tan, de manera educada y adecuada, sin necesidad de llorar, gritar o gemir. La comunicación se vuelve más fluida y de un intercambio de comentarios espontáneos en los niños, por­ que les enseñamos a expresar lo que sienten y piensan, sin juzgar ni criticar sus puntos de vista.

Una dinámica que me encanta observar en mis hijos es cuando entre ellos se abrazan, consuelan y contienen. Tal vez porque regañé a alguno de ellos por algo que no fue un pleito entre hermanos y cuando me alejo, observo de lejos como el otro hermano llega y lo abraza con una ternura que se me llenan los ojos de lágrimas. No alcanzo a escuchar lo que le dice al oído, porque lo dice en voz bajita y ambos se funden en un abrazo tan sincero y profundo.

Ellos se dan cuenta que tienen la capacidad de ayudarse mutuamente y construir una alianza de hermanos insustitui­ ble, y que fomenta y fortalece su relación como ninguna otra. Mi papel ahí es secundario y me quedo con la boca abierta de cómo ellos han aprendido e imitado la conducta de abrazar.

Cuando yo he estado triste o me lastimo llegan corriendo a abrazarme con muchísima empatia me dicen: "¡Ay mamá pohrecita!, ven, te sobo en donde te golpeaste la pierna para que ya no te duela.”

2 5 2

El abrazo para la vida cotidiana

Con mi tercer hijo de un año de edad he comprobado nuestra naturaleza humana necesitada de cercanía, calor, contención y protección. Le fascina que lo abrace, que lo car­ gue con o sin rebozo y que nos durmamos juntos abrazados con todo nuestro cuerpo apretado.

Desde que lo pude identificar la primera vez en el ultra­ sonido de tercera definición reconocí su postura apretada, contenida y cada célula de su cuerpo estaba en contacto con­ migo de manera que entiendo tan bien el por qué hoy en día le gusta sentirse completamente rodeado y contenido por el cuerpo de su mamá o papá. En ningún momento me ha cru­ zado por la mente el pensamiento de "embracilar” “acostum­ brarlo a los brazos” “consentirlo demasiado” etc. Disfruto tanto cada abrazo, cada beso, respirar su maravilloso aroma a bebé y saber que con cada abrazo nos estamos proporcio­ nando mutuamente la fuerza y energía que necesita nuestra relación madre-hijo para toda nuestra existencia.

Y los papás,

Related documents