En noviembre de 1095, al término del concilio celebrado en Clermont, el papa Urbano II lanzó su llamamiento. La multitud entusiasta le respondió: «Dios lo quiere». La cruzada había nacido. Iba a ocupar los espíritus durante varios siglos, drenar hacia el Próximo Oriente las fuerzas vivas de Occidente, ampliar el foso entre el mundo musulmán y el mundo cristiano, e incluso entre las Iglesias de Oriente y Occidente, atizar de manera duradera los odios y los rencores, crear ideologías e incluso mitos, algunos de los cuales todavía subsisten en la actualidad. Desgraciadamente.
Al formular los hechos de este modo, corremos, sin embargo, el riesgo del anacronismo.
En primer lugar, porque Urbano II no predicó la «cruzada». Ni la palabra, ni la entidad que designa existían en aquella fecha. Emplear este término a propósito de la predicación de Urbano II supone correr el riesgo de trasplantar a su llamamiento el contenido, el significado y las connotaciones emocionales e ideológicas que ha adquirido para nosotros, que conocemos hoy, como mínimo de manera rudimentaria, lo que sucedió a continuación de él. De manera rigurosa, el término «cruzada» debería ser, por consiguiente, descartado, al menos por lo que respecta a la primera expedición predicada por Urbano II. Pero, ¿por qué podemos remplazarla, si no es por esta misma perífrasis?
La palabra «cruzado», en cambio, apareció muy pronto, desde aquella época (crucesignati): tradujo el compromiso de quienes reaccionaron al llamamiento del papa gritando «Dios lo quiere» y haciendo coser enseguida cruces en sus vestidos, para expresar a través de ello que prometían responder a su llamamiento. En lo sucesivo, ese signo material de la cruz daría su nombre a los participantes de la empresa: los cruzados.
Como hemos visto más arriba, mucho antes de dicha fecha, algunos combatientes guerrearon ya valiéndose de este signo protector. Expresaba a la vez la causa por la que se comprometían y la protección que esperaban de él a lo largo de toda la empresa:
Ahora bien, ¿cuál fue el objetivo de la empresa predicada por Urbano II? En este punto es preciso también que hagamos abstracción de lo que la «cruzada» llegó a ser después, y de los múltiples significados que desde entonces se concedieron a dicha palabra hasta sobrecargada. Si nos atenemos a lo que se sabe de las razones de ser y de los objetivos originales de la expedición predicada por Urbano II, se trataba de incitar a los «guerreros» de
Occidente, atribuyendo a su acción un valor penitencial igual al de una peregrinación, a que fueran a liberar en Jerusalén el sepulcro de Cristo y, por eso mismo, a liberar las comunidades cristianas de Oriente sometidas a la ocupación musulmana.
No se pretendía ni convertir a los musulmanes, ni exterminados, ni bautizar por la fuerza a los judíos durante la ruta, ni incluso de crear en Oriente «colonias» latinas, sino únicamente restablecer la autoridad cristiana en los territorios que antaño fueron la cuna de la Iglesia, poblados todavía por un gran número de fieles, y que comprendían en Jerusalén numerosos lugares sagrados, en particular la tumba de Cristo, destino favorito de las peregrinaciones en tanto que el primero de los lugares santos del cristianismo, mucho antes que Roma y Santiago de Compostela. En una época en la que, como fue el siglo XI, las peregrinaciones a Jerusalén conocieron un creciente fervor, este último punto debe subrayarse.
La empresa, pues, fue de manera muy clara una guerra de conquista sacralizada, una guerra santa, especie de yihad cristiano destinado a colocar de nuevo los fieles bajo la ley de Cristo, y al primero de sus Santos Lugares bajo obediencia cristiana.
Por vez primera, la cristiandad de Occidente contempló y realizó una expedición semejante. Luego veremos las razones de lo que puede considerarse como una especie de «retraso». Los historiadores han subrayado de modo unánime (y yo mismo incluso abundé antaño en este significado) los nuevos aspectos, revolucionarios, del llamamiento de Urbano Il. Sin embargo, por muchos aspectos, la empresa que predicó tradujo la culminación lógica de una evolución que llegó a su término, aquella que hemos intentado describir en las páginas precedentes.
GREGORIO VII Y SU «CRUZADA»
Urbano II, en efecto, se situó en la ortodoxia del pensamiento cristiano de reconquista cristiana y liberación de la Iglesia.
No innovó incluso cuando fijó Jerusalén como objetivo a alcanzar por aquella expedición militar de tinte religioso. Gregorio VII había concebido ya el proyecto en 1074, cuando llegó a Occidente la noticia de la derrota sufrida por los bizantinos en Manzikert en 1071. Vencido por los turcos, el Imperio bizantino debió abandonar
entonces a aquellos nuevos conversos al islam amplias porciones de Siria, dejándoles franca Anatolia, que iban a conquistar en los años siguientes. Desde aquella fecha, Jerusalén, hasta entonces bajo la dominación de los abassíes, cayó también, provisionalmente, en sus manos. El papa fue informado de ello y su correspondencia nos permite conocer sus reacciones al respecto.
Como era de esperar, Gregorio vio en aquella progresión de los turcos, en detrimento de lo que podría llamarse la «cristiandad de Oriente» (pero la ficción nostálgica de una cristiandad unida persistía en los espíritus), la señal de una acción del diablo. Un diablo consagrado intensamente a la perdición del bando de Dios, devastándolo en el interior mediante la herejía y la corrupción de los eclesiásticos, arruinándola en el exterior mediante los éxitos militares de los turcos, cuyas masacre s y opresión a los cristianos subrayó el papa. Ahora bien, para gran sorpresa de su parte, los poderes de este mundo no hicieron nada para reaccionar. Decidió, por tanto, coger las riendas, también en este ámbito, de los destinos de «la Iglesia» y reunir un ejército (véase texto núm. 22, págs. 317- 320).
Dicho compromiso llegó muy lejos: proyectó, en efecto, dirigir personalmente hasta Jerusalén aquel ejército de auxilio a los cristianos de Oriente. En varias cartas dirigidas a sus «fieles» -es decir, a los príncipes unidos a la Santa Sede por relaciones particulares de obediencia-, los presionó para que le enviasen soldados (milites). El 2 de febrero de 1074, Gregorio escribió a varios príncipes para reclamarles, «en calidad de servicio a San Pedro», la asistencia militar que le debían y que le habían prometido. Se proponía utilizar dichos guerreros para organizar una expedición militar que se dirigiera a Constantinopla para socorrer a los cristianos de Oriente sometidos a la opresión de los sarracenos. Para evitar que se le reprochara, a él, hombre de Dios, predicar la guerra y poner en peligro a los cristianos, subrayó que no era ésa su inten- ción. En su opinión, no sería necesario derramar sangre: una simple demostración de fuerza bastaría para impresionar a los turcos y hacerlos entrar en razón. Prometió, sin embargo, de parte de los santos patronos de Roma (Pedro y Pablo) recompensas espirituales a todos los que cayeran en el curso de aquella expedición.
El 1 de marzo de 1074, Gregorio volvió sobre este proyecto en una carta circular destinada «a todos los que quieren defender la fe cristiana»; describió con emoción y énfasis la trágica situación de los cristianos (después de Manzikert), de la cual le habían informado varios mensajeros. Los cristianos, en Oriente, casi hasta Constantino- pla, eran «matados como ganado» en una región devastada. Presionó a los cristianos, por solidaridad fraternal, para que fueran en su ayuda, y recordó que por su parte estaba dispuesto a socorrerlos «por todos los medios» (véase texto núm. 22a, págs. 317-318).
El 7 de diciembre del mismo año, Gregorio precisó de nuevo sus intenciones en una carta al emperador Enrique IV. Tras evocar los sufrimientos de los cristianos masacrados por los turcos,
sufrimientos de los que acababan de informarle, confiesa haber lanzado un llamamiento a los fieles para incitarlos, a imitación de su Salvador, para que a su vez dieran su vida por sus hermanos y para defender la ley de Cristo. Afirma que su llamamiento ya ha sido oído: el papa se mostraba presto, en efecto, a marchar personalmente hasta la tumba de Cristo, en Jerusalén, al frente de un ejército de 50.000 hombres ya disponibles (véase texto núm. 22b, págs. 318- 319).
Una semana más tarde, Gregorio se dirigió de nuevo a todos sus fieles para exhortarles a que fueran en ayuda del Imperio de Oriente y a rechazar los infieles. Asoció dicho llamamiento a una promesa de recompensa espiritual que debería, pensaba, incitarlos a combatir por Dios todavía más de lo que hacían de ordinario, en tanto que vasallo s o dependientes, por cuenta de su señor temporal, y a cambio de magras y perecederas ganancias materiales (véase texto núm. 22c, págs. 319-320). Urbano 1 1 , como es sabido, retornó tam- bién este tema en su discurso de Clermont, si creemos los testimonios de quienes nos lo relatan.
En fin, en una carta de 22 de enero de 1075, participó su profundo desánimo al abad Hugo de Cluny: el diablo, llegó a escribir, abruma a la Iglesia en todas partes: en la Iglesia oriental, ha suscitado el cisma griego, que desgarra la unidad de la Iglesia; en Occidente, siembra la cizaña animando a la herejía y a la simonía; en el Próximo Oriente, arma el brazo de los turcos que masacran sin piedad a los cristianos de Oriente y ahora llegan a amenazar Constantinopla. Ante la inercia de los príncipes laicos, que el papa deploraba, Gregorio debió apelar a todos sus fieles: les prometió recompensas eternas como remuneración de su servicio armado. San Pedro merece, en efecto, que se le sirva con mayor fidelidad que a un señor terrenal, que sólo puede ofrecer magros y aleatorios beneficios materiales. El portero del paraíso les garantiza sus bienes eternos, la absolución de todos sus pecados, y la seguridad de la Patria celestial. ¿Cómo habrían de dudar todavía?
Todos estos textos son muy claros: desde Gregorio VII, se encontró nítidamente afirmada la idea de una guerra santificada y meritoria aplicada a una operación militar de origen occidental predicada (¡e incluso dirigida, lo que era nuevo e incluso inaudito!) por el papa en persona para ir en ayuda del Imperio de Bizancio, a socorrer a los cristianos de Oriente, a rechazar los invasores musulmanes y a reconquistar los territorios cristianos perdidos, no sólo hasta Antioquía, recientemente ganada por los turcos, sino tam- bién hasta Jerusalén, que dependía de él desde hacía 436 años.
Aquel proyecto, como es sabido, jamás se realizó, aunque fuera debido a los conflictos internos de la cristiandad. Sin embargo, la ideología de guerra santa fue claramente expresada y dirigida, por vez primera, contra los musulmanes de Oriente.
A través de esa transferencia, observémoslo, la operación abandonaba la «dependencia» de San Pedro para entrar en la del mismo Cristo. Puesto que iban a rechazar los infieles más allá de Jerusalén, para liberar su tumba, aquellos «cruzados» virtuales no
eran ya únicamente soldados de San Pedro: se convertían, con mayor lógica que Erlembaldo, en milites Christi.