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“Abre tu boca a favor de los que no tienen voz y no pueden defenderse” (Prov. 31,8)

Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su propia persona según art. 3 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (185).

En España se cumplen casi 25 años de la Ley Orgánica 9/1985, aprobada por el Parlamento, ratificada por el Rey, y mantenida, tras su alternancia, por los gobiernos del Sistema, con y sin mayorías parlamentarias, y ha dejado matar más de un millón de niños por aborto quirúrgico y varios millones más por aborto químico.

El aborto es “el máximo desprecio de la vida humana” señala el filósofo Julián Marías (216).

El derecho a la vida es el primero, el más fundamental y el más obvio de los derechos de todo hombre, es una obligación que nace del reconocimiento de la dignidad del otro “deber correlativo” (216).

La norma que manda abstenerse de todo ataque a la vida inocente es un principio fundamental de justicia. Este respeto no está condicionado a determinado estado de desarrollo ni de vitalidad o de capacidad intelectual del prójimo. Tampoco admite excepciones, ni aún cuando la destrucción de un ser humano se intente para utilidad pública, pues “el fin no justifica los medios” que sean de suyo inicuos (78).

Este principio de justicia, por ser tan primordial y evidente, es incorporado en las leyes jurídicas positivas, que reputan una conducta gravemente antijurídica la destrucción de la vida inocente ajena.

El aborto provocado es una acción que impide la viabilidad de un nuevo ser en cualquier momento a partir de la fertilización o concepción hasta la viabilidad fetal.

Provocar la muerte al feto, o interrumpir el embarazo mediante el empleo de medicamentos o intervención quirúrgica, en un período anterior a la viabilidad fetal, o sea 22 semanas de gestación o 500 gr de peso, es generador de permanentes controversias y constituye un tema de relevancia en el que lo íntimo, lo privado y lo público están estrechamente interconectados. La mención de los 180 días se debe a que es el tiempo máximo de no viabilidad del feto, condición indispensable para que se trate de un aborto (217).

La Madre Teresa de Calcuta afirma (218) en 1979 al recibir el premio Nobel de la Paz que:

“el aborto es el peor enemigo de la paz hoy en día”… “Porque si una madre puede matar a su propio hijo, que nos queda a nosotros; bien pueden ustedes matarme o yo matarlos, ya no queda ningún impedimento”.

Dice el padre Pascual (219): “El hecho de que millones de personas escojan ciertos actos no es suficiente para valorar su corrección ética. Cada año millones de mujeres recurren al aborto, eliminan al propio hijo de sus entrañas, y se sabe que el aborto es siempre un delito grave, aunque sea realizado por tantas personas”.

Por todo ello, la aceptación social del aborto entraña la degradación de la persona al estado de cosa, y la consideración del ser humano como medio y no como fin en sí. Si el aborto es lícito moralmente, entonces la vida humana carece de valor y sentido. Así, esta práctica sustrae de la tutela legal algunas categorías de seres humanos, justificándolo con la distinción entre vida biológica humana y vida personal humana.

Una de las dificultades mayores para dotar al embrión de la condición de sujeto de derechos es la creencia en que la dimensión de la maternidad, en cuanto un cuidado intransferible de la madre repecto del hijo supone una situación análoga a la esclavitud, de la que la madre puede ser liberada si lo desea (la maternidad como carga insoportable). Esta ideología es la que subyace en la sentencia Roe vs Wade (220), por la que se reconoce el

embarazo. “El feto es dependiente del cuerpo de la madre que lo concibió. Aquel no puede vivir sin ella. Aunque todos los niños y muchos adultos sean dependientes de otros para sobrevivir, mucha gente les puede proporcionar apoyo”.

El gran reto del presente es el de la valoración del cuidado, como núcleo de lo que se llaman valores femeninos. Hay una línea hegemónica empeñada en devaluarlos.

Comienza en el dualismo con Descartes (221), al concebir la libertad como dominio del

entorno y autosuficiencia, y continúa con el personismo de Singer (80, 222 ) o Engelhardt (81),

que reduce el derecho sólo para los autosuficientes.

Algunos abortistas dicen: “El aborto debe ser legal porque todo niño debe ser deseado”

El deseo o no deseo no afecta en nada la dignidad y el valor intrínseco de una persona. El niño no es una cosa sobre cuyo valor puede decidir otro de acuerdo a su estado de ánimo.

También suelen decir: El aborto es legal porque la mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

En general, la ciencia reconoce que en un embarazo hay dos vidas y dos cuerpos (223).

O es necesario eliminar a un niño con deficiencias porque el sufrirá mucho y les ocasionará sufrimientos y gastos a los padres.

Esta última afirmación se basa en el postulado falso de que los “lindos y sanos” son quienes deben establecer el criterio de valor de cuando una vida vale o no. Con ese criterio, se tiene suficiente motivo para matar a los minusválidos ya nacidos. ¿Quién puede afirmar que los minusválidos no quieren vivir?.

¿Qué se opinaría si alguien llegara y sentencia a muerte a las personas, con el pretexto de aliviar los años futuros de vejez y enfermedades. ¿Qué tipo de muerte se elegiría, veneno, aspirador, etc?

Se ha comprobado que la vida humana está por encima de la apariencia física o psíquica, niños y adultos con malformaciones viven muy felices.

El Papa Benedicto XVI (224 ), en su mensaje para la jornada de la Paz del año 2007 presenta

los ataques a la vida humana como atentados directos a la paz: “hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre embriones y la eutanasia. ¿ Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz?. El aborto y la experimentación sobre embriones son una negación directa de la actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas”.

Vale la pena recordar aquí el juramento hipocrático (225) por los valores éticos que encierra:

..“Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza”..

Si se pierde la actitud de respeto ante la vida y la muerte ¿Cuál será el nuevo código de

ética por el que jurarán los próximos graduados en medicina? ¿Por qué se exalta la

dignidad humana y en los hechos se la denigra? ¿es éticamente neutra la profesión médica? (226).

Cabe comentar que Bernard Nathanson (227), el arrepentido « rey del aborto », afirma en su

libro titulado La mano de Dios: “Dramáticamente tengo que reconocer que el feto no es un trozo de carne, sino un paciente”. Y lo dice un médico cirujano que antes de su arrepentimiento produjo varios miles de abortos, pero que ahora no sólo asume su horrenda culpa, sino que denuncia las estrategias y tácticas jurídicas, legales y comunicacionales de las organizaciones partidarias del aborto.

Lo paradójico es que los defensores del aborto marchan por el camino contrario a los más grandes y modernos descubrimientos científicos y de embriología, que demuestran de manera irrefutable que tanto el embrión como el feto son personas, mientras que para justificar sus opiniones, recurren a conceptos ya perimidos, como la animación retardada

del alma en el feto sostenida por Aristóteles.

El Filósofo – explica el padre Basso (67) – sostiene que «de la misma manera que la masa

informe de arcilla se convertía, en manos del escultor, en una figura que se perfecciona poco a poco modelada por sus dedos, de la misma manera sobre la sangre menstrual coagulada y retenida durante el embarazo habría actuado ese impulso creador masculino, para la formación de la nueva criatura».

Sobre esta fantasiosa base, Aristóteles (228) considera que el embrión recibe formas

substanciales sucesivas, cada vez más perfectas. La “epigénesis” que describe se exterioriza a través de un proceso en el que supuestamente aparece en primer lugar, un alma simplemente vegetativa que se corrompe y es reemplazada por una segunda sensitiva

que también se corrompe y es sustituida por la definitiva: intelectiva, racional o espiritual., que abarca todas las facultades vegetativas y sensitivas y constituye la forma substancial de la naturaleza humana.

Esta teoría de Aristóteles (228) llega a extremos absurdos cuando sostiene que el embrión

adquiere la plena condición humana en tiempos distintos según sea su sexo. Así, para los varones, esta humanización o animación retardada se produce a los cuarenta días de desarrollo. En cambio, la mujer pertenece a la especie humana sólo después de los tres meses de gestación.

El desarrollo impresionante de la biología sobre la fecundación, y la comprobación de que

la penetración del espermatozoide en un óvulo marca el comienzo de la vida humana, desacreditan de modo definitivo las falaces teorías biológicas de Aristóteles. Las mismas derivan de la precariedad de medios de observación e investigación existente en tiempos del estagirita, que si hoy viviera y conociera los avances científicos logrados en materia genética, coincidiría con el padre Basso (31) en el sentido que la animación inmediata - es

decir, la infusión del alma humana - en el instante mismo de la concepción es un hecho que en el nivel filosófico puede sostenerse por ser la doctrina que mejor se ajusta a la lógica

del proceso creador y a las consecuencias que pueden extraerse de la investigación experimental.

Lo mismo se puede decir sobre los errores de Santo Tomás (229) en este tema, inducido por

la biología de Aristóteles todavía vigente en el siglo XIII. Ello al margen de puntualizar que, con independencia de la controversia en torno a la animación inmediata o retardada, Santo Tomás nunca convalida el aborto.

Y esto se explica porque, para el Doctor Angélico (229),“ninguna muerte de un embrión, tanto si se la provoca antes o después del anidamiento, antes o después de la formación de determinados órganos, puede ser tenida por lícita, pues el embrión humano, cualquiera sea su edad o condición, es ciertamente el comienzo de una nueva vida humana y está destinado, si ya no lo fuese, a ser hombre y no otra cosa”.

Rodríguez Varela (230) comenta que en el semanario “Nouvel Observateur” se denuncia que

desde hace años que de Roma a Budapest, pasando por Londres, Ámsterdam y Paris, miles de fetos que tienen su orígen en el aborto legalizado se comercializan para elaborar cremas, unguentos y terapia celular. Se conoce que camiones procedentes de Europa Central, cargados de fetos humanos congelados y destinados a laboratorios franceses de productos de belleza, son interceptados en la frontera suiza, no encontrando en la reglamentación vigente ninguna cláusula que les autorize impedir que los vehículos continúen con su siniestra carga.

De esta manera se llega a la horrible comprobación que, la generalizada despenalización del aborto determina que fabricantes de cosméticos desarrollen este macabro negocio, además de los Laboratorios de Fisiología y Farmacología experimental que realizan el transplante de células fetales provenientes de 8 a 10 fetos en el mesencéfalo de un enfermo de Parkinson, con el agravante de que los fetos abortados por procedimientos comunes

no son “idóneos” para este “tratamiento”, por lo que la extracción de estas células fetales se hace por “vivisección” o sea en el feto vivo, con la ayuda de ecografía y un sistema especial de aspiración (231).

8. 3. 1. Aborto y la legislación argentina. El aborto no punible.

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