de otra cosa y los foros de Internet están más que colapsados con teorías, fotos y peticiones de ayuda.
Los hospitales parecen una zona de guerra y el pueblo exige que los militares tomen de una vez el control de la situación. Las ciudades están inundadas de seres que gimen, se mueven lastimosamente y se alimentan de cerebros humanos. Y lo peor de todo, nadie sabe de dónde han salido.
Parece que los animales también sufren la misma extraña enfermedad, y se reportan decenas de casos de mascotas mordiendo las cabezas de sus amos, buscando sus cerebros. Los políticos no saben a quién acusar, afirmando que se trata de un problema de terrorismo a gran escala, de una extraña mutación de la gripe española o cualquier otra historia imaginable.
Los Gobiernos piden paciencia ante lo que está ocurriendo y se resisten a ordenar a sus Ejércitos que pasen a la acción. Mientras, un número cada vez más alarmante de zombies camina por las calles de todo el mundo. Movimientos ciudadanos aseguran diferentes edificios públicos para hacer frente a esta horda letal, mientras que otros simplemente intentan huir de las ciudades. La línea telefónica se cae por la avalancha de llamadas de personas que intentan contactar con sus familiares, mientras que Internet, pese a durar algo más, tampoco tarda en dejar de estar operativa. La información que se da en televisión empieza siendo muy interesante y útil, pero poco a poco pasa a ser redundante y poco actualizada. La radio es algo más activa, pero tampoco sirve para mucho más que hacerse eco de las respuestas civiles y exigir al Gobierno una respuesta militar.
En poco tiempo, la situación va a peor, mientras los Gobiernos no salen de su estupor. Casi todos terminan sacando a los militares a la calle, pero en una amplia mayoría de casos los resultados son funestos. Hay masacres por doquier y los derechos humanos son pisoteados. En muchos lugares se declara el estado de sitio y se realizan ejecuciones masivas ante cualquier síntoma de infección.
Pero nada de esto es oficial, y se difunde principalmente por métodos de comunicación no convencionales o es recibido por los pocos con la suerte de tener un móvil con conexión GPS que aún funciona. Los medios de información tradicionales se ven obligados a detener su funcionamiento en casi todos los países, y dar con un teléfono operativo es poco menos que imposible.
No parece haber una opinión oficial por parte de ningún organismo gubernamental, y los animales salvajes ya no tienen miedo a los humanos, así que entran en las ciudades en busca de cerebros, atacando primero a aquellos que están atascados en su intento de huir por la autopista.
En algunos lugares, los militares siguen sin aparecer y empiezan a cobrar fuerza rumores que apuntan a que están refugiados en sus cuarteles, esperando órdenes del alto mando militar que nunca llegan, o a que están dedicados en exclusiva a la protección de los ricos y poderosos. El número de muertes se dispara y los zombies toman las ciudades, alimentándose de cerebros y engrosando sus tropas. Todo está perdido, pero de repente llega a todos los rincones del planeta un mensaje del Gobierno de los Estados Unidos: “No temáis. Os rescataremos, os salvaremos de la epidemia.”
LO QUE OCURRE
Solo para el DJ
A
finales de junio de 1947, un objeto volador no identificado se estrelló en Nuevo México, en un rancho a las afueras de una pequeña población llamada Roswell. La policía local, al no saber determinar el origen exacto del artefacto, se puso en contacto con el FBI, que rápidamente llamó a los militares, pensando que podría tratarse de un aparato de espionaje soviético que se había quedado sin combustible.La información se filtró a la prensa y las teorías conspiranoicas apuntaron rápidamente a la llegada de un platillo volante. La información era confusa y hablaba de cadáveres, metales desconocidos y enormes esfuerzos del Gobierno por ocultarlo todo. Tras unos días de polémica, el día 8 de julio del mismo año, el FBI mostró en una rueda de prensa los restos de un globo meteorológico, asegurando que era ese el artefacto que había causado todo el revuelo. Obviamente, mintieron. Y curiosamente, toda la polvareda informativa levantada por el suceso acabó sirviéndoles para ocultar la verdad.
Lo cierto es que el 27 de junio de 1947 un meteorito venido de más allá de la Vía Láctea cayó en la Tierra. Ese meteorito estaba formado por una sustancia desconocida en nuestro planeta, y se convirtió casi por completo en polvo a su entrada en la atmósfera terrestre, esparciendo un virus que afectó a todos los animales en un área de más de 30 kilómetros cuadrados. Afortunadamente, ésta área estaba casi desierta y solo unos campistas y la fauna del lugar sufrieron sus efectos. Tanto los campistas como los animales perdieron su voluntad y empezaron a vagar con un irre- frenable ansia de consumir cerebros humanos. El día 28 de junio la policía recibió una llamada de socorro del propietario de una granja cercana, que estaba asustado porque unos vándalos querían entrar en su casa. Eran los campistas que, impulsados por su insaciable hambre, habían seguido el rastro del olor humano hasta allí. Fueron detenidos y llevados a comisaría, donde el FBI los recogió para trasladarlos a instalaciones secretas.
Mientras, el resto de animales infectados seguía buscando alguna manera de aplacar su hambre, mordiendo a algunos excursionistas y siendo cazados por sus depredadores naturales en casi todos los casos, al haber perdido buena parte de su movilidad. El FBI peinó la zona con ayuda de los militares, recogiendo a los animales para su estudio e intentando impedir la llegada de las personas mordidas al hospital local.
Paralelamente a esta empresa, la prensa se concentraba en un lugar cercano, donde el meteorito se había estrellado, pero fuera del radio de acción de los militares, así que las fuerzas de seguridad pudieron recuperar en un periodo de tiempo bastante corto a todos los afectados.
Los militares llevaron los restos del meteorito y los afectados por el virus a una base en Groom Lake llamada Área 51. Allí, científicos estadounidenses realizaron todo tipo de pruebas a los ani-
males, intentando comprender el virus, denominado R-01, y examinaron los restos del meteorito, buscando una posible respuesta a todos estos enigmas. Años más tarde, y tras la muerte y poste- rior autopsia de todos los humanos afectados, se encontró una cura para el virus.
Este asunto es uno de los mayores secretos del Gobierno estadounidense, y ni siquiera el actual presidente lo conoce. Asimismo, tampoco es consciente de una de las decisiones que tomó el director del FBI de la época, J. Edgar Hoover, moralmente dudosa pero realmente práctica. Una empresa farmacéutica fantasma, que sirve de fachada a la sección de amenazas bacteriológicas del FBI, suministra desde entonces a todos los estadounidenses una vacuna contra la rubeola que secretamente también protege a la población del virus R-01.
La noche anterior al comienzo de la partida, una lluvia de meteoritos especialmente copiosa y prolongada pudo verse desde cualquier punto del globo. Aunque no se detectó en ese momento, el virus R-01 estaba dentro de los meteoritos y se esparció por todo el planeta, sin aviso previo para nadie.
El enemigo
Una gran parte de la población ha sido infectada por el virus R-01, desprendido por las estelas de los cometas que aparecieron hace unas horas. Así, más del 30% de la población total ha sido afectada, por lo que el enemigo es MUY fuerte. En un periodo de 7 horas desde que sucediera el evento, todos los afectados se convertirán en seres sin más deseo que devorar cerebros. Los infectados van lenta y torpemente de un lado a otro, esperando oler a algún humano para lanzarse en esa dirección. Tienen un olfato muy desarrollado, que les permite estable- cer el número y localización exacta de seres humanos con solo detectar un leve rastro de su olor corporal, lo que hace casi imposible esconderse de ellos. Sin embargo, su intelecto y su capacidad motora están muy mermados, así que les resultará imposible abrir puertas o ventanas, o incluso quitarse el cinturón de seguridad si se convirtieron dentro de un coche, y les costará subir o bajar escaleras debido a la rigidez de sus piernas (aunque se arrastran realmente bien).
Los zombies agarran, muerden y arañarán a los humanos que encuentren, con un solo objetivo: inmovilizarlos y romperles el cráneo para sacarles el cerebro o comérselo allí mismo. Irónica- mente, los cerebros de los zombies son su motor, por lo que cualquier persona asesinada por los zombies no se levantará si su cerebro ha sido comido o dañado de algún otro modo.
En cambio, todos los que hayan tenido un roce con algún zombie, sufriendo alguna herida como resultado, o hayan ingerido carne o cualquier fluido de los mismos, estarán infectados. El R-01 tarda bastante en hacer efecto; su periodo de latencia depende básicamente de la gravedad de la herida que haya causado la infección, propagándose más rápido cuanto mayor sea esta. Pero lo importante es que la infección no mata, sino que afecta a las ondas cerebrales, contro- lando las acciones del usuario, por lo que los zombies no son personas muertas, e incluso son conscientes de lo que hacen, de la misma manera que se es consciente de un sueño cuando es muy vívido y real. Si se le aplica la cura a algún zombie, estará desconcertado por el tiempo transcurrido, pero en principio se sentirá como si acabara de despertar.
¿CÓMO LOS MATO?
Los zombies son seres vivos, y como tales resisten el mismo daño que un ser humano normal. Muchos de ellos estarán heridos, así que es posible que aguanten menos ataques, pero por lo demás, su fuerza y resistencia serán las mismas que antes de quedar infectados.
No sienten dolor, así que puede dar la impresión de que los disparos o golpes que reciben no tienen efecto, pero lo cierto es que el daño está hecho. Por otro lado, un examen médico de cualquier zombie revelará que está vivo y que tiene una frecuencia cardíaca mucho mayor de la habitual. Su sangre estará contaminada por un virus desconocido y sus ondas cerebrales se parecerán a las que se dan durante la fase REM del sueño, pero con una desaforada actividad del hipotálamo.
Lo importante es que, aunque resulte relativamente fácil matar o escapar de un zombie, cuentan con una superioridad numérica abrumadora casi desde el principio del holocausto. Y ellos no se cansan, ni duermen, ni se rinden.
Las reacciones
Mucha gente verá como, de repente, uno de sus seres queridos se transforma delante de él, per- diendo la capacidad del habla y mostrando una extrema rigidez en sus miembros. La primera reacción de casi todas esas personas será intentar ayudar, tomarle la temperatura y preguntarle si está bien. Pero los infectados no pueden hablar, y simplemente murmurarán algo sin sentido, como un intento de gemido incomprensible.
La respuesta generalizada será acercar la oreja a la boca del infectado, para intentar comprender sus palabras... y terminar con el cuello desgarrado de un mordisco. Una vez el infectado se ha cobrado su primera víctima, las reacciones del resto variarán, aunque el intento de separarlos posiblemente se cobre aún más víctimas. En cualquier caso, 3 de cada 10 personas en todo el mundo se convierten en zombies en el momento de inicio de la Campaña, así que casi todo el mundo será testigo directo de la transformación de al menos un infectado.
Muchos de los que han decidido acabar con la vida del infectado y su víctima necesitarán demostrarse a sí mismos que fue la decisión correcta y para ello se dedicarán a la búsqueda y eliminación de zombies. Como solo una pequeña parte de la sociedad no vive en primera persona este enfrentamiento, esa primera decisión marcará fuertemente las diferencias entre dos grandes grupos: los que piensan que la solución pasa por eliminar a los zombies y los que creen que hay que protegerlos para curarlos cuando sea posible.
Cada Gobierno intentará comunicar su enfoque del problema, pero sus mensajes serán ignorados en gran medida por una población que ya ha decidido cómo va a actuar, independientemente de las instrucciones gubernamentales.
Lo que ocurre en el mundo
Mientras en todo el planeta se luchará contra los monstruos, recurriendo al Ejército y cualquier otra fuerza del orden, en Estados Unidos se mantendrá la calma. Todos los que han nacido y vi- vido durante al menos sus dos primeros años en tierra estadounidense son inmunes al virus. Solo los muy ancianos, los radicales que rechazan las vacunas y los inmigrantes corren el riesgo de convertirse, y de estos solo un 30% lo hace, por lo que la crisis será muchísimo menor.
Pocas horas después del inicio del desastre, desde el Gobierno estadounidense se comunicará al resto del mundo que existe una cura para el virus R-01. Actuarán como si la cura hubiera sido descubierta y sintetizada en tiempo récord, ocultando que realmente poseen esta solución desde hace décadas. Rápidamente, aparecerán vacunas custodiadas por el Ejército en los hospitales estadounidenses y se inyectará a cualquiera que muestre alguno de los síntomas conocidos. En poco tiempo, la infección en todo el continente norteamericano estará contenida. Los focos aún activos se localizarán sobre todo en las zonas pobres, donde la población inmigrante es mucho mayor. En cambio, el resto del mundo seguirá preocupado y empezará a rumorearse que Estados Unidos tiene algún tipo de cura.
El Gobierno estadounidense no parará ni un momento, y con la situación ya controlada en su territorio, enviará sus tropas a otros territorios, dispersando la cura sintetizada por medio de aviones fumigadores. Para ayudar en este esfuerzo, gran parte del Ejército emprenderá el vuelo hacia Sudamérica y Europa, alquilando todos los aviones comerciales para acabar con la ame- naza cuanto antes.
Los gobernantes del resto de países darán por hecho desde el principio que los norteamericanos intentan sacar beneficio de estos servicios, pero también comprenderán la magnitud del proble- ma y acabará negociando un precio. Los millones de personas que salvan de este modo se lo agradecerán.
Lo que ocurre en España
Buena parte de la fuerza militar española estaba de maniobras durante la lluvia de meteoritos, así que sus integrantes sufren una prolongada exposición a sus efectos, elevándose al 60% la tasa de militares afectados. Por esta razón, mientras el Gobierno exige a los militares que salgan a la calle para controlar a las multitudes, estos se tendrán que enfrentar a una tarea aún más compleja: luchar contra sus propias tropas.
Las bases militares no tardarán en llenarse de zombies, en un inesperado ataque que cogerá por sorpresa a los soldados, que en su mayoría descansaban en ese momento, ocasionando numerosas masacres. El pánico cundirá entre quienes ven cómo sus propios compañeros se lanzan sobre ellos, una vez mordidos, y pronto se hará difícil distinguir entre unos y otros. Nadie tendrá claro quién es el enemigo.
Mientras, las fuerzas policiales estarán completamente desbordadas y la línea telefónica caída sin remisión. Tendrán lugar miles de accidentes de tráfico y casi no quedará una calle que no esté cortada por uno de ellos. Además, las redes de metro se habrán convertido en trampas mortales y con el tiempo los trenes empezarán a colisionar entre sí.
Cada edificio será una batalla única donde los conocimientos y las tácticas variarán tanto como las personas que la libran. Mucha gente intentará salvar a los zombies, e incluso se enfrentarán a otros grupos que cazan y asesinan zombies. Muchos policías optarán por atrincherarse en las comisarías y hacer un llamamiento para acoger allí a todos los vecinos que lo deseen.
El Gobierno habrá perdido toda autoridad al no poder controlar al Ejército, así que no existirán verdaderas medidas coordinadas en todo el terreno nacional. Cada región tomará las medidas que estime oportunas, esperando que sean las mejores, y equivocándose, en muchos casos.
También el Ejército empezará a reorganizarse, llamando a filas a las tropas en reserva y lanzan- do contraataques. La buena noticia es que estas intervenciones estarán bien organizadas, y los soldados que sobrevivan a ellas (y especialmente sus oficiales) adquirirán una experiencia inesti- mable para hacer frente a la plaga. La mala noticia es que llegarán tarde en casi todos los casos y solo conseguirán salvar a una pequeña parte de la población.
La llegada de los aviones enviados para rociar la cura del virus será notificada por el Gobierno con antelación, pero teniendo en cuenta el estado de las líneas de comunicación, cogerá por sorpresa a casi todo el mundo. Por eso algunos lo interpretarán como un ataque químico y se esconderán de los aviones, evitando así la cura.
Lo que ocurre en toda gran ciudad
Miles de grupos distintos de supervivientes se verán obligados a librar sus propias batallas. Cabe la remota posibilidad de que algún pequeño escuadrón militar los ayude, y en ciertas poblaciones la policía local tomará las decisiones correctas, pero en general será una lucha de cada uno de estos grupos contra el resto del mundo.
La supervivencia en las zonas con mayor densidad de población será difícil. En la mayoría de los casos, salir de un edificio resultará un verdadero desafío, y huir de la ciudad se convertirá rápidamente en una utopía. El tráfico estará prácticamente colapsado y las vías de salida de las ciudades serán núcleos de miedo, parálisis y sudor hacia los que una buena parte de los zombies caminará lenta pero inexorablemente.
Pasará poco tiempo antes de que una rata se alimente de sangre contaminada que haya llegado al alcantarillado y se convierta en la primera de una oleada de ratas que, irremediablemente, saldrán a la superficie para enfrentarse a los zombies y al resto de supervivientes. Como las ratas, las jaurías de lentos perros acecharán en los callejones, y muchos pájaros, perdida la coordinación necesaria para el vuelo, graznarán agonizantes en el suelo, implorando su ración de cerebro humano.
Llegará el momento en que ninguna gran ciudad tendrá población humana, salvo quizás algún dependiente que gimotea hambriento, enterrado entre ambientadores de pino, o algún preso acosado por decenas de zombies, que reza para que los goznes de la puerta de su celda aguanten diez minutos más.
Finalmente, ningún grupo de resistencia sobrevivirá, ya que su olor atraerá a todos los zombies a varias manzanas de distancia, y probablemente estos llamen la atención de más y más. Solo queda huir.
Lo que ocurre en una pequeña población
En un pueblo la gente está mucho más unida, y será posible acercar posturas, poner cosas en común y proponer planes de supervivencia a medio o largo plazo. Por eso, la sensación de peligro será menor en las pequeñas poblaciones. Pero es una sensación falsa, ya que los zombies llegarán, y los animales están mucho más cerca, así que los ataques provendrán de más frentes.
Además, en algunos pueblos, esa presión para aunar esfuerzos desembocará en una disputa irre- conciliable entre aquellos que quieren matar a los zombies y quienes quieren salvarlos. Como es inevitable en una situación de tensión como el fin del mundo, estos conflictos se resolverán con violencia en la mayoría de los casos. Buenas noticias para los zombies, que se encuentran con