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La ausencia hasta la fecha de una descripción de la homonimia parasitaria y el desconocimiento casi generalizado entre los lingüistas de la existencia del procedimiento han llevado, como hemos señalado en diversas ocasiones, a un análisis aislado de casos, en el que con relativa frecuencia no se ha reparado en la solución correcta. Es, por tanto, comprensible que, ante la falta de un modelo adecuado, algunos autores hayan tratado de solventar las notables anomalías que presenta el recurso (sobre todo en el plano semántico y en el morfológico) mediante explicaciones basadas en los esquemas habituales que suelen aplicarse desde estos campos para la detección del procedimiento de creación léxica empleado. De este modo, muchos de los casos que aquí estudiamos se han interpretado como resultado de desarrollos morfológicos o semánticos comunes —como derivaciones con afijación regular o transiciones de significado generadas por metáforas o metonimias—, pero también como fruto de sorprendentes avatares semánticos o de inesperadas innovaciones morfológicas.

En los homónimos parasitarios que tienen por término modelo un nombre propio (especialmente cuando se trata de una palabra que no se ajusta a los patrones fonotácticos y morfológicos del español, como locateli ‘loco’), la interpretación como creación intencionada y humorística —y/o eufemística— parece obvia, llámese al proceso homonimia parasitaria o con otra de las múltiples denominaciones (asociación

fónica, deformación, distorsión, juego paronomástico, floreo verbal, etc.) que hemos

consignado en 2.1. Sin embargo, cuando el término modelo pertenece a una de las categorías canónicas, el análisis del proceso creativo que ha seguido la nueva unidad léxica no resulta tan transparente. Si, además, el homónimo parasitario solo reproduce la base en un grado mínimo (p. ej.: langosta ‘ladrón’), dispone de pseudoafijos (p. ej.:

tomista ‘bebedor’), presenta valores semánticos secundarios (p. ej.: cicatero ‘ladrón de

bolsas de monedas’) o, por el contrario, muestra una conexión semántica nula o francamente débil con el resto de valores de la palabra (p. ej.: bolonio ‘necio, ignorante’), la dificultad de dar con el auténtico procedimiento por el que se ha generado la unidad léxica en cuestión se torna mayor aún.

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Dedicamos los siguientes subapartados a detallar tipológicamente las interpretaciones discrepantes con nuestro modelo, tanto morfológicas (4.2.1) como semánticas (4.2.2). Para esta labor nos hemos basado en diversas informaciones y explicaciones que hemos ido atesorando en las propias fuentes durante la recopilación de los homónimos parasitarios que ofrecemos en § 5.4. Nuestro objetivo en esta sección consiste, pues, en detectar y mostrar los distintos tipos de análisis no coincidentes con nuestra propuesta, es decir, los esquemas interpretativos discrepantes que se han aplicado hasta la fecha. Ello implica que no reproduciremos todos y cada uno de los homónimos que cuenten con una interpretación no acorde con nuestro planteamiento, sino que, tras separarlos por tipologías, nos valdremos de algunos de ellos para ejemplificar el grupo al que están adscritos. Por lo demás, debido a la abundancia de casos, entendemos que una clasificación tipológica facilitará la comprensión del asunto.

Por último, queremos dejar constancia de que algunos autores han intentado aclarar la formación de algunos de nuestros homónimos parasitarios valiéndose para ello de explicaciones mixtas, en las que se combinan criterios morfológicos y semánticos. El hecho en sí, como procedimiento analítico, nos ha resultado interesante porque creemos que esta clase de interpretaciones se aproxima más a nuestra perspectiva inicial ante el fenómeno (piénsese en la pseudoafijación y en los valores semánticos secundarios que hemos expuesto en 3.2) en cuanto que parece traslucir que se han percibido en los términos tratados anomalías varias que hacen dudar al investigador sobre el lado hacia el que debe inclinarse la balanza. En todo caso, es obvio que la observación anterior no implica que las soluciones ofrecidas sean correctas o coincidan con nuestro punto de vista.

4.2.1. Tipos de interpretaciones morfológicas discrepantes con nuestro modelo

Como cabía esperar, los análisis que divergen en este aspecto de nuestra perspectiva suelen darse con aquellos homónimos parasitarios que presentan pseudoafijación (cf. 3.2.1.5). Sin embargo, aunque de manera residual, también hemos encontrado explicaciones morfológicas que atribuyen la formación de determinados homónimos parasitarios a procedimientos limítrofes entre lo canónico y lo anómalo, como acortamientos jergales especiales, derivaciones burlescas, epéntesis ad hoc o sufijaciones únicas. Trataremos la colisión interpretativa entre afijación y

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pseudoafijación en 4.2.1.1, mientras que reuniremos en 4.2.1.2 los ejemplos que se han explicado como resultado de procedimientos morfológicos anómalos.

4.2.1.1. Afijación frente a pseudoafijación

En este caso, nuestra interpretación coincide con las que aquí exponemos en la asignación de la base, pero diverge en cuanto que, para nosotros, el término resultante no se obtiene con la simple adición de determinados afijos, sino a través de la parasitación de un término modelo mediante los mecanismos que hemos explicado en 3.2. Por tanto, la discrepancia con nuestro modelo de análisis se produce cuando se interpreta como un afijo regular un segmento que en realidad es un pseudoafijo. De acuerdo con nuestra clasificación, se materializa de tres maneras en función del tipo de sufijo y del ámbito en que se desarrolle el proceso: a) interpretación de un pseudoafijo como sufijo apreciativo regular; b) interpretación de un pseudoafijo como un sufijo propio de formaciones marginales; y c) interpretación de un pseudoafijo como un sufijo regular en formaciones coloquiales. Para encauzar el tema, expondremos el contraste de los análisis que disuenan con nuestros postulados, pero sin pretender con ello rebatir una a una las diferentes explicaciones con las que nos hemos topado, para lo que remitimos a § 5.4, donde se estudian pormenorizadamente los homónimos parasitarios, incluida la información de las interpretaciones que entran en conflicto con nuestras tesis. Conviene recordar que lo que pretendemos en esta sección es ante todo dejar constancia de un hecho provocado por la carencia de la descripción científica y el desconocimiento de nuestro fenómeno.

a) Interpretación de un pseudoafijo como sufijo apreciativo regular

La presencia de determinados pseudoafijos muy comunes, como los apreciativos, en varios de los casos que en este trabajo analizamos invita a considerarlos como creaciones morfológicamente regulares. Al optar por este análisis, ladrillo ‘ladrón’ (para nosotros, un homónimo parasitario con el pseudosufijo apreciativo -illo, cuya base es

ladrón y cuyo término modelo es ladrillo ‘masa de barro cocida, en forma de

paralelepípedo rectangular, empleada en construcción’) se explica como diminutivo de

ladrón, según Gobello y Oliveri (2010: 172), interpretación que quizá también esté

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En la misma línea87, Sanmartín (2006: s. v.) considera macarrón ‘proxeneta, chulo’ como una creación regular a partir de macarra y el sufijo aumentativo y despectivo -ón, si bien para nosotros de nuevo entra en escena un término modelo (macarrón ‘pasta alimenticia en forma de canuto alargado’) y un pseudosufijo (-ón). En ambos casos, el ámbito en que se produce la nueva unidad léxica, la similitud temática y creativa con otras formaciones similares y, además en ladrillo, la anomalía morfológica por la que la adición del sufijo conlleva la supresión en la base de material semánticamente relevante parecen apoyar nuestra concepción de estas palabras como resultado de la homonimia parasitaria.

b) Interpretación de un pseudoafijo como un sufijo propio de formaciones marginales

Pertenecen a este grupo una serie de términos originarios de un ámbito sociolingüístico muy marcado —la marginalidad— que, como chuleta ‘chulo’, maleta ‘malo’, ‘alevoso, traidor’, ‘persona que practica con torpeza su profesión’, ‘mal torero’, ‘ladrón torpe’, ‘prostituta’, ‘persona despreciable’, cantata ‘acción de cantar, chivatazo’, culata ‘culo’ o piñata ‘dentadura’, se han interpretado a veces únicamente como formaciones regulares. De acuerdo con el sufijo que suele reconocerse en estas creaciones, podríamos dividir los ejemplos anteriores en dos subgrupos, de manera que por un lado contaríamos con chuleta y maleta y, por otro, con cantata, culata y piñata.

Autores como Casado Velarde (1991: 102 y 2002: 58-59), Camus y Miranda (1996: 283 y 298), Zimmermann (2002: 144) o Sanmartín (2006: s. v.) han considerado que

chuleta es un derivado de chulo con el sufijo despectivo -eta, análisis que Camus y

Miranda (1996: 298) extienden a maleta al estimar que proviene de malo y -eta. Sin embargo, es llamativo que incluso Camus y Miranda (ibid.: 287) reconocen en maleta ‘persona que practica con torpeza su profesión’ una formación peculiar porque «busca

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Quizá pudiera incluirse en este grupo la consideración de león ‘que lee con avidez’ como un derivado de leer con el sufijo aumentativo -ón, según la propuesta de Salvador Gutiérrez en el pregón de Feria del Libro de León (30-4-2011). Sin embargo, el tono festivo del discurso y el contexto lúdico en que se inscribe el texto, lejano en todo punto del ámbito académico, invita a dejar esta interpretación en cuarentena.

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con evidente propósito jocoso la evocación de otras palabras del vocabulario» y añaden esta interesante reflexión:

Estas formaciones, de evidente inspiración analógica, requieren para su correcta descripción una concepción del Léxico en la que consten otras relaciones distintas de las meramente estructurales; de otro modo nos debemos conformar con consignar su carácter idiosincrático y renunciar a vincularlas con el resto del grupo.

Por lo que respecta a las formaciones en -ata, como culata ‘culo’ (Casado Velarde 1985: 74), y culata ‘culo’, cantata ‘acción de cantar, chivatazo’ y piñata ‘dentadura’ (Camus y Miranda 1996: 278 y 298), se conciben por estos autores como creaciones morfológicas regulares en las que, a partir de una base (culo, cantar y piño ‘diente’, respectivamente), se obtienen con la adición del sufijo -ata los términos antes señalados. Con todo, debe constatarse que Camus y Miranda (1996: 278) perciben cierta anomalía en cantata por ser un nombre de acción y no, como es habitual en los deverbativos de este grupo, uno agentivo.

Como era esperable, nuestra interpretación para chuleta, maleta, cantata, culata y

piñata es distinta, pero nos basamos para ello en una serie de razones que han sido

dejadas de lado en los análisis precedentes. En primer lugar, no se ha tenido en cuenta ni la gestación y origen de los sufijos, ni la diacronía en los testimonios. En segundo lugar, se ha optado por una interpretación canónica porque se desconoce la existencia de la homonimia parasitaria y su aplicación frecuente, por su carácter elusivo, en el ámbito de la marginalidad. Con respecto a lo primero, hemos de señalar dos hechos clarificadores:

1) -eta, como sufijo productivo, pertenece al español oriental (cf. Pharies 2002: s. v. -ete, -eta). De hecho, los primeros testimonios de chuleta ‘chulo’ —cf. DEA— destacan por producirse en un margen temporal muy corto (entre 1962 y 1964) y por darse en el sevillano Grosso —1963— y en los gallegos Olmo —1962— y Cela — 1964—, esto es, en autores de zonas lingüísticas lejanas del español oriental.

2) Aunque los ejemplos que aportan los anteriores estudiosos se ciñen al lenguaje jergal y juvenil relativamente reciente, disponemos de testimonios antiguos en que -

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sucede con el término de la germanía clásica maleta ‘prostituta’ —cf. Alonso Hernández (1977: 473), DCECH o Hernández Alonso y Sanz Alonso (2002: 315)— y, en menor medida, con los restantes valores de maleta (‘persona que practica con torpeza su profesión’, ‘mal torero’, ‘ladrón torpe’), ya documentados en Besses (1905: s. v.).

Por tanto, podemos concluir que desde la perspectiva de la morfología canónica no se ha atendido a que maleta y chuleta cuentan con testimonios o alejados en el tiempo de los usos actuales o documentados en zonas lejanas a su campo de acción natural. Podría aducirse como contraargumento que en realidad ambas voces no siguen los esquemas habituales del prefijo porque surgen en un ámbito —el de la marginalidad— en que -eta ya dispone de otro uso. Sin embargo, cabría replicar diciendo que tales formaciones marginales se ajustan desde antiguo al esquema de la homonimia parasitaria y se ven favorecidas por la profusión de nuestro recurso en la jerga delictiva, según hemos apuntado en varias ocasiones. Así, para nosotros maleta (en cualquiera de sus acepciones) y chuleta siguen exactamente el mismo proceso de creación que el jergal y coloquial peseta ‘persona pesada y fastidiosa’ —Wagner (1929: 19), Kany (1960: 130) y Rodríguez Herrera (1967: 436)—, formación difícil de explicar con los anteriores postulados, pero transparente desde el modelo de nuestro recurso. Incluso sería oportuno replantearse si, en cierta medida, la duda de Camus y Miranda (1996: 287 y 298) sobre la verdadera creación del jergal y coloquial maleta —tal como hemos mostrado un poco más arriba— o su intento de explicar el homónimo parasitario

vagoneta ‘vago’ como «una variante más o menos humorística» de vagueta ‘vago’

suponen más bien un refrendo de nuestra interpretación.

Es innegable que, una vez que se consolidan en el ámbito jergal, sufijos notablemente anómalos88 como -ata propagan su uso mediante formaciones analógicas, como jalata ‘acción de jalar o comer’, ‘comida’ o pegata ‘acción de pegársela a uno, timo’ (cf. Camus y Miranda 1996: 278). Pero también es evidente que, para que este hecho pueda tener lugar, debe haberse contado primero con al menos un término originario que actúe, por así decirlo, como vector del nuevo uso. Quizá en el caso

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concreto de -ata89, sufijo común en italianismos —como fragata, piñata, bravata,

culata, cabalgata, etc.: cf. Pharies (2002 s. v. -ato)—, en donde el afijo original

experimenta en un momento determinado un cambio de significado y, por consiguiente, un nuevo empleo, el vocablo vector haya podido ser el para nosotros homónimo parasitario tocata ‘zurra, paliza’, recogido ya en 1885 por Gaspar y Roig. Hablaríamos, pues, de un proceso de gestación de sufijos (o de nuevos valores en ellos) en el que, a partir de un término de formación algo incierta, que ha servido como modelo, se genera por analogía un grupo de términos formal y semánticamente vinculados. Se trata de un fenómeno habitual en morfología del que podemos aportar un ejemplo aún más llamativo.

Hace unos años —Varela (2012: 450-452)— descubrimos que una serie de palabras coloquiales del español de América recogidas en el DA, cuya formación, según los parámetros morfológicos comunes, parecía arbitraria, se había generado en realidad mediante el procedimiento de tomar por modelo las diferentes terminaciones de un grupo peculiar de homónimos parasitarios objeto de nuestra investigación. Para ello se empleó un recurso que, si bien es anómalo, no es desconocido en el ámbito de la morfología léxica y que consiste en la creación de sufijos impropios mediante la asignación de un valor concreto a un segmento fónico del final de la palabra modelo que, además, es seleccionado arbitrariamente90. De este modo pudimos comprobar que voces como gustanini ‘hombre que llama la atención de las mujeres por ser físicamente atractivo’, foteli ‘fotografía’, felpudini ‘adulador’, escasani ‘escaso, insuficiente’ o

figureti ‘persona con excesivo afán de sobresalir o figurar’ eran formaciones analógicas,

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De otro parecer es Sempere (2006: 1121), pues, en su opinión, «la génesis de -ata se remonta al caló y seguramente a bocata ‘hambre’, como prototipo, en su sufijo ablativo de origen sánscrito».

90 Como hemos señalado en 3.2.1.5, Pena (2000: 252) denomina fractomorfos a estos sufijos inmotivados

morfológicamente, de los que pueden traerse a colación ejemplos bien conocidos como el -tica de domótica, animática, etc. (< informática), el -llizo de trillizo, cuatrillizo, quintillizo, etc. (< mellizo) o el famoso -gate de Irangate, Monicagate, etc. (< Watergate): cf. Álvarez de Miranda (2009: 137 n. 2) y Rundblad y Kronenfeld (1998). Sobre otras creaciones anómalas, obtenidas asimismo mediante usos morfológicos basados en la analogía, véase el concepto de estereotipia en Lázaro Carreter [1972] (1980) o la irradiación de sufijos en Bréal (1921: 38 ss.) y Clavería (1951: 204 n. 38 y 205). Véase además la «apellidación artificial» de la que habla Ferreccio (1974-75: 139), consistente en la invención de apellidos de origen extranjero a los que se les otorga un significado conceptual, como sucede con Fracasini ‘fracaso’, Vivarini ‘vivo’, Frescolini ‘fresco’, etc.

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gestadas a partir de retomar la segmentación arbitraria de las terminaciones de diversos homónimos parasitarios que presentaban la peculiaridad de acabar en -i y tener por término modelo un nombre propio de origen foráneo, como paganini ‘persona que paga las cuentas o culpas ajenas’, boticheli ‘bote, cárcel’, puccini ‘pucho, cigarrillo’, ‘colilla de cigarrillo’, etc. Gracias a ello, pudimos discriminar, a partir de los fractomorfos correspondientes, los grupos que exponemos a continuación:

1) El -eli de chivateli ‘que lleva barba o la tiene incipiente por no haberse afeitado’,

crudeli ‘que no está suficientemente cocido o preparado’, curdeli ‘persona que

tiene por hábito ingerir bebidas alcohólicas’, foteli ‘fotografía’, garrafeli ‘garrafa, damajuana’, grameli ‘gramo de cocaína’, pisqueli ‘pisco, aguardiente que se obtiene por destilación de mostos frescos de uva’, pituqueli ‘pituco, muy elegante’, rasqueli ‘rasca, de calidad regular o vulgar’, sordeli ‘sordo’, taradelli ‘persona tonta, ingenua o poco perspicaz’ y zurdelli ‘zurdo, de ideología izquierdista’, sacado de la serie de homónimos parasitarios compuesta por

boticheli ‘bote, cárcel’, locateli ‘loco’, barateli ‘barato’, blanqueli ‘blanco’, coqueli ‘coca, cocaína’, cochinelli ‘cochino, sucio’, corteli ‘corto’, dureli ‘duro’

y pirelli ‘delincuente prófugo’;

2) El -ini de bigotini ‘bigote recortado y fino’, cesantini ‘persona que se ha quedado sin trabajo’ y felpudini ‘adulador’, basado en casos como puccini ‘pucho, cigarrillo o colilla de cigarrillo’;

3) El -anini de gustanini ‘hombre que llama la atención de las mujeres por ser físicamente atractivo’, tomado de paganini ‘persona que paga las cuentas o culpas ajenas’;

4) El -ani de escasani ‘escaso, insuficiente’ y tembladerani ‘temblor provocado por frío o miedo’, asimilable al de viviani ‘vivo, ventajista’;

5) El -eti de figureti ‘persona con excesivo afán de sobresalir o figurar’, asimilable igualmente al de lorenceti ‘persona de nariz aguileña’.

Por tanto, para un análisis correcto de estas creaciones marginales —sea maleta,

peseta, cantata o felpudini—, debe tenerse en cuenta que, antes de la propagación del

patrón, esto es, antes de que opere por analogía un principio de regularidad morfológica que permita aplicar las terminaciones reanalizadas como auténticos sufijos, ha habido uno o más términos gestados al margen de los esquemas de creación léxica habituales

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que han servido de modelo. En todos los ejemplos analizados en este subapartado la homonimia parasitaria, gracias a la pseudosufijación, se revela como el recurso que ha valido para proporcionar los términos modelo de los grupos a los que se adscriben los casos que hemos expuesto en estas líneas.

c) Interpretación de un pseudoafijo como un sufijo regular en formaciones coloquiales

Se engloban en este grupo casos como perdigón ‘el que pierde mucho en el juego’, ‘perdido, hombre de poco juicio’, ‘alumno que pierde una o más asignaturas’, mandarín ‘mandón’ o feliciano ‘feliz’. Como hemos señalado en 3.2.1.5, Portolés (1999: 5055) ve en perdigón un derivado de perder con el interfijo -ig- y el sufijo -ón. Dado el uso coloquial y a veces humorístico del vocablo, su relación temática y léxica con otros homónimos parasitarios como perdices ‘pérdidas’, perdón ‘taberna’, talón ‘albergue, mesón’, vaquero ‘estudiante que falta a clase sin motivo’, etc. (cf. 5.4 y 5.5) y, por último, la labilidad, variabilidad e imprevisibilidad de los interfijos y la poca documentación del interfijo -ig-, optamos por analizar el término como un caso más de homonimia parasitaria en el que sin duda juega un papel importante la pseudoafijación.

Similares argumentos se pueden ofrecer para mandarín ‘mandón’. Aunque podría entenderse como un deverbativo regular con una base de la primera conjugación y el sufijo -ín (tipo andarín, bailarín, saltarín, etc.), nos pone sobre aviso el hecho de que se cree con posterioridad91 al muy usual mandón, un derivado regular de mandar, con el que comparte significado. Es sabido que la confluencia de creaciones similares suele

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