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7. Summary and Conclusions

Es necesario conceptualizar el término “espiritualidad” para entender

cómo es utilizado en el contexto de este estudio.

“La espiritualidad debe atribuirse a todo hombre que esté abierto al misterio y viva según sus verdaderas dimensiones” (Fiores, S. Goffi, T. Guerra, A. 1991).

La espiritualidad nos conecta con la fuerza profundamente poderosa y divina que está presente en este universo. Tanto si se busca el éxito mundano como la paz interior o la iluminación suprema, ningún conocimiento puede dar el impulso para alcanzar las propias metas o proporcionar un plan tan eficaz para vivir como lo hace el conocimiento espiritual.

En este sentido, Waingortin dice que el ser humano tiene dos aspectos universales expuestos (relacionados con lo corpóreo) y uno oculto (relacionado con lo espiritual).

Tenemos un aspecto corporal. Tenemos un cuerpo y no hay ser humano que carezca de él. Con el cuerpo nos relacionamos con lo físico.

Tenemos también un aspecto psíquico. Tenemos una mente y no hay ser humano que carezca de ella. A través de la mente nos relacionamos con nosotros mismos y con nuestra realidad. Estos dos aspectos son universales y expuestos, no debemos hacer nada para descubrirlos (aunque sí para cuidarlos y mantenerlos sanos).

Y tenemos un aspecto espiritual. Tenemos un alma y no hay ser humano que carezca de ella. A través de la espiritualidad nos relacionamos con lo trascendente, con lo sagrado. Pero la espiritualidad es algo que, si bien es universal, está oculta y debemos esforzarnos por encontrarla.

Hay seres humanos que no se consideran "seres espirituales". Desde el punto de vista cristiano, la espiritualidad se percibe como la coincidencia del espíritu humano con el Espíritu divino, coincidencia que es influenciada por varios factores. Entre ellos, la búsqueda del sentido global de la vida y no solamente el sentido parcial de acciones particulares. Aunque se niegue la teoría de Dios, el existencialismo acepta que la vida humana contiene la capacidad de buscar un fin o un sentido global. Durante esta búsqueda, el hombre debe definir sus propios valores. En la medida en que se pregunta ¿por qué estoy aquí?, la búsqueda va transformándose en experiencia de vida, en experiencia religiosa entendida como la presencia vívida y encuentro de comunión con Dios, experiencia que va madurando a base de amor junto a la aceptación de una misión en Su plan de salvación.

Frankl dice: “quien sabe que tiene una finalidad en la vida, una misión que cumplir, tiene en sus manos un valor inigualable, tanto desde el punto de vista psicoterapéutico, como desde el punto de vista de la higiene mental. Asignar un cometido a un ser humano es lo más adecuado que pueda hacerse para que venza toda dificultad interior y toda angustia. Tanto mejor si este cometido lo ha elegido la persona misma en cuestión; tanto mejor si se trata de una misión.”

La idea judía de la espiritualidad es que solo Dios es sagrado (o Santo), KADOSH en hebreo, y trascendente. Para el judaísmo no existen personas santas, ni tampoco objetos ni lugares santos, lo único santo es Dios y los seres humanos compartimos la santidad del tiempo, pero no de algo físico, ni humano.

Si la espiritualidad se trata de la búsqueda de la trascendencia y la santidad, ¿cómo se obtienen? Dios dice en la Torá (Biblia): KEDOSHIM TIHIÚ KI KADOSH ANI (Santos seréis porque Santo soy Yo). Esto significa que para alcanzar la santidad debemos imitar a Dios, hacer lo que Él haría y lo que Él quiere que hagamos. Por lo tanto, la santidad se obtiene a través del cumplimiento de las mitzvot, preceptos que son ordenados por Dios.

Las mitzvot tienen dos vertientes: las mitzvot "entre el Hombre y Dios", que son rituales, relacionadas con el culto, con nuestra relación con Dios. Son el motor para inspirarnos a cumplir las otras, que son las mitzvot "entre el Hombre y su prójimo". Se trata de mitzvot humanas, valóricas, como honrar a los padres, proteger a los desvalidos, la justicia social, el amor al prójimo, etc. El objetivo del cumplimiento de las mitzvot, es hacer Tikún Olam, que significa mejorar el mundo. Cuando mejoramos el mundo a través de nuestras mitzvot, nuestros actos de bien y nuestra relación con Dios, estamos adquiriendo santidad para nuestras vidas y adquirimos también sentido de trascendencia, pues cuando morimos solo quedan nuestros actos de bien.

“Es por eso que cualquier persona, judía o no, que hace el bien en nombre de Dios, adquiere santidad para su vida. Adquirir santidad es ganar en espiritualidad, y así saborear un atisbo de trascendencia” (Waingortin, 2015).

Según el Dalai Lama, la espiritualidad es el factor esencial para encontrar serenidad y verdadera paz interior en las personas. El poder de la espiritualidad ofrece ayuda en momentos de dificultad y ayuda a lograr una vida más feliz y plena. Agrega que en la vida se puede tener una dimensión espiritual religiosa, en función de las propias creencias y convicciones y otra basada en valores fundamentales, valores que guíen a la persona a una vida más serena, feliz y pacífica, vida que permita un cambio de actitud hacia uno mismo y hacia los demás, apuntando a un cambio o transformación interior.

Estas definiciones y aportes sobre el concepto de espiritualidad son la base de la propuesta de acompañamiento que se pretende implementar en la institución, ya que pretende ayudar a cada persona a comenzar la búsqueda del conocimiento de sí mismo, a preguntarse cuál es su misión en esta vida, a rencontrarse con su ser en profundidad, a ver a los demás como personas valiosas en esta constante búsqueda para finalmente intentar lograr a un cambio interno, altruista, que nos permita ver las cosas desde otra mirada, no centrándonos en nosotros mismos, sino que abriéndonos al misterio de la vida en plenitud para ser realmente felices y hacer felices a otros.

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